Archivos de la categoría ‘Críticas’

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La fuerza de lo que se mantiene oculto

Diciembre 16, 2009



SARAJEVO, MI AMOR

(Grbavica, 2006; dir: Jazmila Zbanic)

Dentro de los tormentos sufridos por la población civil de Bosnia durante la guerra ocurrida entre 1992 y 1995, figuran el maltrato y el sometimiento sexual del que fueron víctimas miles de mujeres. Esta película ganadora del Oso de Oro en el Festival de Berlín 2006, escrita y dirigida por Jazmila Zbanic (1974, Sarajevo, Bosnia-Herzegovina), tiene el mérito de recordarle al mundo las consecuencias de ese hecho, eludiendo el sensacionalismo.
Su protagonista es Esma (Mirjana Karanovic), mujer esquiva y desconfiada, de sentimientos contradictorios hacia su hija preadolescente (Luna Mijovic). Los motivos de sus reacciones irán develándose de a poco, llevando al espectador a un proceso de comprensión no sólo del personaje sino, también, de los problemas vividos por otras mujeres, cuyas caras se suman a la suya en reuniones de ayuda (psicológica y económica), mostradas al comienzo y al final del film. De esta manera, se va de lo particular a lo general, invitando no a ver en Esma un símbolo, sino el rostro de una de las tantas víctimas de la guerra que cargan diariamente como una cruz su sufrimiento, sin dejar de adaptarse, como pueden, a la agitada vida cotidiana de la ciudad.
Casi toda la fuerza dramática de Sarajevo, mi amor está en esa madre insegura y su turbulenta hija, con sus bruscos cambios de humor, sus dudas y miedos. La excesiva atención puesta en el trabajo de las actrices (notables ambas), más un final esperanzador y emotivo –que ayuda a digerir la dura historia– le quitan aliento trágico, aunque la sinceridad de la propuesta es indiscutible.
El principal de sus aciertos, sin embargo, es el hecho de haber sabido representar un drama tan arduo sin ceder en ningún momento a la morbosa exposición de la violencia, a la tentación de mostrar (en un flashback, por ejemplo) las violaciones a las que se alude. Lo bueno de Sarajevo, mi amor es que, aún sin ser exteriorizado, lo oscuro y doloroso se manifiesta todo el tiempo, como en la mente de Esma.

Por Fernando Varea

http://www.golem.es/grbavica/

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Frágiles y feroces criaturas

Noviembre 29, 2009

CRIATURA DE LA NOCHE: VAMPIROS
(Let the Right One In, 2008; dir: Tomas Alfredson)

El título con el que se estrena en nuestro país y la fama ganada tras su paso por distintos festivales destinados al cine fantástico, llevan a suponer que Criatura de la noche (o Déjame entrar, como se conoció en otros países) es un film de terror con seres monstruosos. Sin embargo, dentro de esta historia sobre la relación de afecto y contención que se prodigan Oskar (un pre-adolescente frágil e introvertido) y Eli (una especie de chica-vampiro), late el problema de la incomprensión que sufren quienes rondan los doce años.
La importancia dada por el film a los sentimientos de ambos se evidencia, por ejemplo, en los reiterados primeros planos sobre sus rostros, en tanto padres y profesores aparecen brevemente y de soslayo. Oskar logra atenuar su debilidad a partir de la amistad con Eli, quien, a su vez, encuentra en él un amable confidente para la angustia que le provoca su condición de marginal perseguida. Protegiéndose de los demás y defendiéndose uno al otro, ambos adquieren una inesperada ferocidad.
El director Tomas Alfredson (1965, Estocolmo, Suecia) no sólo demuestra aptitudes para fundir climas fantasmales con melancolía adolescente, sino que lo hace, además, con un estilo sutil y depurado. Así como el protagonista es presentado con escasos diálogos y tomas laterales -como si la cámara fuera acercándosele discretamente-, con la misma parsimonia progresa ante el espectador su relación con Eli, desde el momento en que empieza a sospechar que hay algo extraño en ella (“Hueles raro”, le dice) hasta llegar a una relación de mayor confianza. Las mismas características bestiales de Eli van presentándose pausadamente, descubriendo las reacciones que despierta en un gato o viéndola reptar como ningún ser humano podría hacerlo.
Toda la película está compuesta por lentos travellings, planos donde cobran nitidez elementos fuera de foco y momentos fuertes cuidadosamente eludidos (como la notable secuencia final en una piscina). La hipnótica languidez de Criatura de la noche (producto de su elegancia formal, con sus bosques helados y asépticos interiores, a lo que se suma el acompañamiento de una música adusta) es esporádicamente interferida por golpes de auténtico suspenso, como las gotas de sangre que se precipitan sobre la blanca nieve.

Por Fernando G. Varea

Trailer de Criatura de la noche aquí
www.lettherightoneinmovie.com

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Lo antiguo y lo nuevo

Noviembre 29, 2009

LOS FANTASMAS DE SCROOGE
(A Christmas Carol, 2009; dir: Robert Zemeckis)

Desde George Scott hasta Mickey y los Simpson le han puesto el cuerpo a “A Christmas Carol”, novela que Charles Dickens escribió en 1843, sobre un viejo avaro que -tras ser visitado por espíritus que lo enfrentan con sus recuerdos de infancia, con la dura realidad familiar de su empleado y con los posibles comentarios de la gente ante la noticia de su muerte- se vuelve generoso y dispuesto a compartir la Navidad con los demás. Disney, de la mano de Robert Zemeckis (1951, Chicago, EEUU) rescata una vez más este clásico, ahora con técnica motion capture (convirtiendo digitalmente los movimientos de los actores en imágenes animadas, recurso ya utilizado por el director en El expreso polar y Beowulf) y agregándole el irresistible 3D.
El resultado es una curiosa combinación de lo antiguo con lo nuevo. El texto original –respetuosamente transcripto– es aleccionador, concentra todos los males (y las posibles soluciones) en la figura de Scrooge, y ve un alto grado de nobleza en dar una limosna o compartir una cena de Navidad. Mientras elementos como éstos parecen ignorar todos los cambios políticos, sociales y culturales transcurridos en el último siglo y medio, es inalterablemente fiel la reconstrucción de la Londres del siglo XIX y su gente (incluyendo los juegos de los chicos, los bailes y las comidas). No está mal la idea de internarse en el universo de aquella historia de Dickens, pero en estos tiempos de navidades comercializadas e inocencia devaluada, Los fantasmas de Scrooge suena un poco anacrónica.
Al mismo tiempo, para representar la historia se ha apelado a los más modernos artificios, lográndose sorprendentes efectos sonoros e imágenes de perturbadora belleza (junto a desplazamientos vertiginosos insertados para explotar mejor los alcances del 3D). Una sofisticación que termina limitando las posibilidades del espectador de completar la historia: si hacia 1850 “A Christmas Carol” permitía a los lectores imaginar las fantasías de Scrooge, hoy Hollywood las hace casi tangibles. Como bien ha señalado Domin Choi, respecto a películas como ésta, “toda imaginación se vuelve visible con la mediación tecnológica”.
Lo nuevo de Los fantasmas de Scrooge pasa, entonces, exclusivamente por lo tecnológico, a diferencia de otros productos animados recientes, estética y argumentalmente más originales y modernos. Lo cual no impide que pueda disfrutarse, rindiéndose a la idea que Dickens le hace exclamar al excitado Scrooge del final: “Es mejor ser como un niño”.

Por Fernando G. Varea

Trailer de la película aquí

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Juegos, trampas y dos modestos maleantes

Noviembre 14, 2009

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LOS ESTAFADORES
(The brothers Bloom, 2008; dir: Rian Johnson)

Los primeros, agitados minutos de Los estafadores (o Estafa de amor, como aparece en los títulos) sirven para presentar adecuadamente a los personajes: dos pequeños hermanos que encuentran en el oficio de embaucar una forma de sobrevivir exitosamente. Elipsis mediante reaparecen treintañeros -uno de ellos inseguro respecto a su “vocación”-, acompañados por una asistente que no habla (aunque canta) y obsesionados por engañar a una joven y excéntrica millonaria.
Como guionista y director, Rian Johnson (Maryland, EEUU, 1973) acumula livianas sorpresas y situaciones de un humor algo lunático e inocente. Mostrar el rostro de un personaje mientras en el fondo del plano ocurre algo inesperado, sugerir las consecuencias de un hecho con algún sonido fuera de cuadro, o describir una situación encadenando planos muy breves, son algunos de los recursos utilizados. A esto se agregan las estrategias empleadas por los hermanos en cuestión para jugar con la credibilidad de los otros (incluyendo, claro está, los espectadores). La serie de engaños despierta simpatía y evita que el film resulte predecible.
Pero en algún momento esos imprevistos ingenuos empiezan a sucederse sin coherencia narrativa ni consideración por las motivaciones de los personajes, convertidos finalmente en marionetas de un guión errático. Por otra parte, a pesar de la soltura de la cámara y los graciosos encuadres, Los estafadores no logra la precisión y la calidad de obras de otros directores de estilo similar, como Wes Anderson. Faltan la mirada propia de un creador y mayor rigor en el planteo, en tanto aparecen más que desdibujados personajes como los de Rinko Kikuchi (la chica de Babel) y Maximilian Schell (el veterano actor de Julia y La cruz de hierro).
Compensando esa improvisación, se agradece cierta libertad (por la cual puede verse a los personajes bailando con música de Nino Rota en la cubierta de un barco a la luz de la luna y al rato haciendo volar por el aire aristocráticas torres europeas), así como la innegable simpatía de Rachel Weisz, Adrien Brody y Mark Ruffalo.

Por Fernando G. Varea

Trailer de la película aquí

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Tan lejos, tan cerca

Octubre 24, 2009

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LEJANO
(Uzak; 2002, dir: Nuri Bilge Ceylan)

Seis años después de haber ganado en Cannes el Premio Especial del Jurado y el Premio a Mejor Actor (compartido por sus protagonistas, Muzaffer Özdemir y Mehmet Emin Toprak, este último fallecido poco después del estreno de la película), llega a las salas argentinas esta profunda reflexión sobre la incomunicación.
Uzak se centra en un fotógrafo solitario, quien, al alojar en su casa a su primo, comienza a sentirse incómodo, invadido, compartiendo su vida con alguien conocido pero al mismo tiempo extraño. No hay muchos otros personajes (básicamente algunas mujeres que sirven de soporte para definir psicológicamente a esos hombres) ni demasiadas palabras: el silencio, las miradas, los demorados movimientos, son los elementos con los que va cobrando forma esta visión desencantada sobre los seres humanos con su individualismo, sus obsesiones, sus rutinas, sus inseguridades, sus búsquedas.
El juego -sordo, tenso- de roles cambiantes es una de los matices que propone Nuri Bilge Ceylan (Estambul, 1959), oscilando la identificación con uno y con otro. En los amplios espacios (registrados en expresivos planos generales) y los melancólicos exteriores (el mar agitado, la nieve, la ciudad en penumbras) resuenan ecos de las voces interiores de los personajes, de sus turbios estados de ánimo.
Además de poner en evidencia influencias de directores admirados por Ceylan (como Tarkovski, a quien se cita con una escena de Stalker), Lejano parece, también, una versión de Persona (1966, Ingmar Bergman) con protagonistas masculinos, o una de Viva el amor (1994, Tsai Ming Liang) con dos personajes en vez de tres. Seria, morosa, inteligentemente dirigida e iluminada, no es, sin embargo, solemne; algo de ironía y cierta vivacidad sacuden ligeramente su atmósfera melancólica.

Por Fernando Varea

Trailer de la película aquí

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Los colores del melodrama

Octubre 10, 2009

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LOS ABRAZOS ROTOS
(2009; dir: Pedro Almodóvar)

Madres sufridas, amantes castigadas, pasiones ocultas, dramáticos accidentes, mujeres con dilemas morales: las piezas características del melodrama entrecruzadas por uno de los más entusiastas seguidores del género dentro del panorama del cine contemporáneo: de eso se trata Los abrazos rotos, con la que Pedro Almodóvar no depara sorpresas pero ofrece un producto persuasivo y aceitado.
Alternando distintos puntos de vista (llevando al espectador a identificarse, en distintos momentos, con una joven actriz de pocos escrúpulos, un realizador ciego, un empresario millonario, una productora contenedora o con los jóvenes hijos de algunos de ellos), el relato enreda con precisión instancias siempre atractivas, trayendo a la memoria aquella expresión de Hitchcock acerca de que el cine es como la vida pero sin los momentos aburridos. Almodóvar atenúa -o desvía- el tono inevitablemente trágico de su(s) historia(s) con sensuales colores y elegantes formas. En ese plan el rojo prevalece, cálido, tempestuoso.
Con enlaces astutos, la música de Alberto Iglesias generando climas tensos, menos momentos graciosos (apenas un diálogo sobre un imaginario film con vampiros y las escenas de la comedia que filma el director en cuestión) y menos canciones que en otras oportunidades, Los abrazos rotos confirma la elegancia y cierta ligereza almodovarianas.
Es cierto que, conectando imágenes y sonidos de su ficción y de la ficción que representan los personajes, Almodóvar parece repetir recursos ya utilizados en Átame (1990) o La mala educación (2004), y que se regodea con lugares glamorosos y con la imagen seductora de Penélope Cruz (quien ocasionalmente recuerda a Audrey Hepburn). Es cierto, también, que no logra aquí la singularidad expresiva de Hable con ella (2002) o la eficaz reunión de actrices y personajes de Volver (2006), pero es innegable que sigue siendo uno de los pocos realizadores que concibe productos sólidos y divertidos sin dejar de hacer cine.

Por Fernando G. Varea

http://www.losabrazosrotos.com/

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Cuando en la ciencia ficción no todo es ficción

Septiembre 26, 2009

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SECTOR 9
(District 9; dir: Neill Blomkamp)

Racismo. Pobreza. Discriminación. Terrorismo. Manipulación de la información. Contaminación. SIDA. Violaciones a los derechos humanos. Venta ilegal de armas. Aunque parezca raro, éstos y otros temas aparecen abordados con agudeza en este film de ciencia ficción con apariencia de producto clase B, donde muchas sutilezas se insinúan, además, con irónico humor.
El astuto guión imagina a una comunidad de alienígenas (que parecen una cruza de langostinos con cucarachas) confinados en las afueras de Johannesburgo, hasta sufrir un intento de “desalojo” de los terrenos que ocupan –junto a grupos de nigerianos– que culmina en una serie de acontecimientos violentos. El principal afectado es un funcionario medio temeroso, que pasa de ser observador y entusiasta enemigo de estos bichos a involucrarse cada vez más con ellos, hasta llegar a una desesperante situación demostrativa de que, a veces, podemos terminar siendo nosotros mismos esos “otros” a los que mal miramos y distanciamos.
El director Neill Blomkamp (1979, Sudáfrica) recurre a variados registros: imágenes que remedan noticiarios televisivos, confesiones de testigos y especialistas que parecen provenir de un documental, tomas desde helicópteros militares o con cámara en mano. Los decorados, nutridos de basurales y materiales de descarte de distinta naturaleza, traen a la memoria la estética de películas como Mad Max, que presagiaron un futuro deshumanizado y corrompido.
Sector 9 es un film menor, que se desborda bastante hacia el final (dejando en evidencia la experiencia de Blomkamp como realizador de videojuegos y comerciales), pero divierte y se distingue de otros productos similares por su perspicacia.

Por Fernando G. Varea

Trailer de Sector 9 aquí

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El cine por encima de la historia

Septiembre 5, 2009

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BASTARDOS SIN GLORIA
(Inglorious basterds; dir: Quentin Tarantino)

Tal vez el hecho de que Quentin Tarantino (1963, Knoxville, EEUU) se haya formado trabajando mucho tiempo en un video club pueda explicar tanto su admirable aprovechamiento de los rasgos salientes del cine de géneros y de los productos clase B, como también su falta de rigor conceptual, su gusto por la mera acción física y el entretenimiento ligero, su visión siempre un poco inmadura, como dejándose llevar por cierta excitación adolescente. Esa tendencia a hacer de cada película un modesto conjunto de guiños cinéfilos y bromas para los amigos, se hace más evidente cuando, como en este caso, el tema tiene raíces reales y trágicas, ignoradas con un desdén que puede tener su costado saludable (por desprejuiciado) pero también sus riesgos.
Los Bastardos sin gloria a los que alude el título son unos soldados de origen judío que persiguen nazis para castigarlos y matarlos, y a quienes se unen, de alguna manera, la joven dueña de una sala de cine en París y una ambigua actriz, con la pretensión final de un atentado durante la première de un film de propaganda al que piensan asistir los jerarcas del Tercer Reich. Dividido en capítulos, el film ofrece referencias a otras películas, una heterogénea banda sonora, pasajes notablemente intensos interrumpidos por toques de comicidad, trazos gruesos e ingredientes que parecen salidos de un comic (como los textos sobreimpresos indicando el nombre de los personajes), y –por encima de las muecas de Brad Pitt– un notable desempeño actoral, sobresaliendo la divertida sobreactuación de Christoph Waltz (como el astuto y temible coronel Hans) y la belleza inteligente de la francesa Mélanie Laurent y la alemana Diane Kruger.
Lo más controvertible de Tarantino sigue siendo ese despreocupado regodeo con la tortura física y la violencia. A eso se suma, en esta ocasión, la manera displicente con la que aborda –y tergiversa– hechos históricos, al punto de preguntarse por qué Bastardos sin gloria no provocó en críticos y cinéfilos la indignación que había despertado La vida es bella (1998, Roberto Benigni) algunos años atrás. Los motivos tal vez estén en que Tarantino, más allá de todo, es un buen director: basta apreciar aquí la magistral tensión del primer capítulo o algunos momentos de su alucinante final, para comprobarlo.

Por Fernando G. Varea

http://www.inglouriousbasterds-movie.com/

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Dos niños en ritos de pasaje

Agosto 30, 2009

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EL ÚLTIMO VERANO DE LA BOYITA
(2009; dir: Julia Solomonoff)

Julia Solomonoff lo deja claro cuando se refiere a lo que necesitaba para abordar la historia que cuenta El último verano de la boyita: más herramientas que las que tenía en su primer opus Hermanas; un pulso más firme para la dirección (esto es síntesis, condensación); la certeza sobre aquello que debe entrar o no en el relato. Y todo eso, claro, vino después de su film debut, con la experiencia y participación en producciones ajenas que finalmente terminan conformando el propio bagaje.
En El último verano de la boyita, esta seguridad se nota rápidamente, apenas transcurridos los primeros planos de un relato que se configura de iniciación, de rito de pasaje, y a cuya gravedad se le aplica un tono sutil y hasta reparador.
El film está planteado como una historia de opuestos donde la incomprensión y la curiosidad van justificando la trama, a la que Solomonoff ubica en un naturalismo pleno para narrar los sucesos que le dan forma.
Jorgelina es una niña inquieta que va queriendo encontrar su lugar en un mundo adulto que aparece complejo. Los apenas mayores que ella, su hermana incluida, le dejan claro -ironías y desmanes domésticos mediante- que no pertenece a ese universo. Sus padres, aunque estén y no estén, protegen desde sus argumentos su inocencia. De algun modo, la realizadora apuesta a dejar delineado perfectamente en la primera media hora del film la perspectiva que la mirada de la niña tiene sobre su universo, todavía un universo urbano y sin dudas caprichoso, donde los referentes parecen no ser modificables.
Luego vendrá la partida al campo, ese otro espacio donde el asombro y la apariencia traen también la amenaza y la experimentación de lo distinto, de lo independiente a la imaginería de la niña, acontecimiento que se sincroniza en el encuentro sensible con Mario, el niño curtido y diferente, consustanciado con el ámbito en que se mueve. A partir de allí, comienza a jugarse una dialéctica vital, un movimiento de creencia y de duda que funda y mantiene la relación de los niños, y de éstos con el espectador.
Solomonoff sostiene la tensión y no larga “prenda”, escamotea lo fácil, lo previsible, lo que asegura el devenir de un relato unívoco. La coreografía se construye con el paisaje que intensifica las presencias, con la desmesura del cielo abierto, la brutalidad de los hábitos campestres, la desconfianza y banalidad de los paisanos, los prejuicios y egoísmo de los padres del niño a los que la ignorancia les impide pagar el precio del amor.
En ese trance entonces surge la emancipación de Jorgelina y Mario, la compleja sexualidad del niño será el talismán para que la niña expanda su subjetividad hacia la comprensión y la ternura y oponga sus propios códigos a los del mundo adulto, que trata de “normalizar” a su manera. Los niños, que no eran actores antes de este film, intensifican la presencia de sus cuerpos con gracia y suficiencia y Solomonoff resiste la estrecha lógica del “dar por sentado”, esquiva la vanidad y la sensiblería y, lo más importante, la redundancia de formas narrativas garantizadas. Con estos elementos abre las puertas de una percepción propia para cifrar un juego fílmico por lo menos inusual, en la escena del cine argentino reciente.

Por Juan Aguzzi
(Publicado en diario El Ciudadano el 30/8/09)

Reportaje de Fernando Varea a Julia Solomonoff aquí

http://www.laboyitafilm.com/

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El secreto de su éxito

Agosto 24, 2009

EL SECRETO DE SUS OJOS


EL SECRETO DE SUS OJOS

(2009; dir: Juan José Campanella)

Pocas veces una película que se convierte en foco de atención y entusiasmo logra ese privilegio por sus méritos cinematográficos. Ocurre a menudo que las circunstancias políticas, las expectativas del público y hasta la influencia de la publicidad contribuyen a situarla en el podio de las obras recordables, aunque una mirada atenta permita detectar que -al margen de lo atractiva que pueda ser- no explota adecuadamente los materiales que el cine ofrece.
El secreto de sus ojos, el último y exitoso film de Juan José Campanella (1959, Buenos Aires) -un poco como ya ocurría en sus anteriores El mismo amor, la misma lluvia (1999), El hijo de la novia (2001) y Luna de Avellaneda (2004)- basa su eficacia en la sucesión de diálogos vivaces, en una hábil combinación de drama-comedia-romance-tensión, en una caracterización simpática y superficial de los personajes, y en el carisma de sus actores. Es un poco el modelo de muchas comedias dramáticas estadounidenses, del tipo de Mejor… imposible (1997, James Brooks) o Erin Brockovich (2000, Steven Soderbergh). Gratas películas que ofrecen cada cinco minutos una situación divertida, un enredo inesperado o alguna liviana sorpresa. Nadie debería sentirse culpable por disfrutar de estos productos menores, pero sería importante no perder de vista que tienen poco de cine y mucho de televisión.
En el caso de El secreto de sus ojos, los insistentes primeros planos, el énfasis de la música y un tratamiento formal anodino la convierten en algo muy parecido a un discreto unitario televisivo. Hay planos donde se resalta visualmente una lámpara encendida en una oficina sin que haya motivos para ello, o se dicen frases ingeniosas que suenan como salidas de un guión calculado. Al respecto, resultaría ilustrativo hacer una comparación con Una semana solos (Celina Murga), película argentina también estrenada en nuestra ciudad en estos días, narrativamente más lánguida pero, al mismo tiempo, más interesada en expresar ideas y sensaciones aprovechando las posibilidades del lenguaje cinematográfico.
Otro aspecto discutible de Campanella es la manera con la que divide a sus seres de ficción en buenos y malos. En el caso de esta película, algunos despiertan toda la animadversión posible, mientras que los personajes interpretados por Ricardo Darín, Soledad Villamil (ambos muy comunicativos) y Guillermo Francella, aunque sean medio egoístas, cobardes o negligentes, sobre el final se redimen decididamente. Y, si bien no resulta desdeñable la mirada cáustica sobre la Argentina sombría de 1975, las culpas -como en Luna de Avellaneda- apuntan básicamente hacia la clase política, siendo muy vagas, casi inexistentes, las referencias a la dictadura militar. Hay, incluso, una cuestionable resolución relacionada con una forma de venganza ante la ineptitud de la Justicia.
Tal vez en eso también El secreto de sus ojos conduzca a la satisfacción de nuestro público de clase media, que celebra cómo se le cuenta una entretenida historia policial con fútbol, calles de barrio, piropos a las chicas y amigos en el café, así como también con una mirada desconfiada hacia jueces, policías, dirigentes políticos y una presidenta de la Nación.

por Fernando Varea

www.elsecretodesusojos.com/

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No todo lo que reluce es cine

Agosto 1, 2009

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ENEMIGOS PÚBLICOS
(Public enemies, 2009; dir: Michael Mann)

Hacia 1970 el cine estadounidense atravesaba un período de cierta nobleza. Vigorosos films de acción, westerns y policiales, muchas veces con bandidos como protagonistas (Contacto en Francia, Barrio chino y otros dirigidos por Sam Peckinpah, George Roy Hill o Arthur Penn) lograban una eficaz comunicación con un público predominantemente masculino, aplicando con honestidad tópicos de géneros impuestos por el cine de ese país. De ese grupo formó parte Dillinger (1973, dir: John Milius), sobre el célebre ladrón de bancos John Dillinger (1903/1934, llevado al cine y la televisión en otras versiones, antes y después).
Como ha ocurrido en los últimos años con algunas de aquellas historias y anti-héroes, también Dillinger volvió a ser convocado por el cine. Pero otro es el panorama que presenta Hollywood en la actualidad.
En Enemigos públicos los cálidos colores terrosos del cine de los ’70 son sustituidos por fulgores plateados y azules, la imagen madura y áspera del actor Warren Oates por el look casi adolescente de Johnny Depp, la aventura lacónica por la estilización y el artificio.
No se trata de minimizar las inquietudes formales de Michael Mann (1943, Chicago, EEUU), que acopia encuadres suspicaces, planos generales alternados con primeros planos, atractivas inserciones musicales, cortes bruscos, desplazamientos y brillos favorecidos por el rodaje en HD. Tampoco puede ignorarse su habilidad para crear un sostenido suspenso, disfrutable en varios momentos de la película.
El problema es que su preocupación por la seducción visual diluye, por ejemplo, la importancia que tuvo Dillinger como figura que canalizó la irritación de los ciudadanos (molestos con los banqueros por los efectos recesivos de la Gran Depresión), así como el comportamiento de organismos e instituciones en torno al delito. Las carencias podrían disculparse si no se tratara de una producción tan ambiciosa, de casi dos horas y media de duración, que demandó millones de dólares.
Jean-Luc Godard decía que “el cine es tanto un pensamiento que adquiere forma como una forma que permite pensar”. Cuesta suponer que Enemigos públicos sea producto de reflexiones previas, o que estimula al espectador a pensar. En realidad, lo distrae sin involucrarlo, como una suma de formas vanas, como los devaneos preciosistas propios del mundo de la publicidad.

Por Fernando Varea

www.publicenemies.net/

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Ecos de los años setenta

Agosto 1, 2009

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DÍAS DE FURIA
(2004, The assassination of Richard Nixon; dir: Niels Mueller)

Evitado por su ex mujer y su hermano, manipulado por su patrón, apenas contando con la paciencia de algún amigo, frustrado un curioso proyecto de trabajo en el que deposita demasiadas ilusiones, acicateado por la imagen del presidente que le sonríe una y otra vez desde la pantalla del televisor, Sam Bicke termina perturbado, al punto de pensar que asesinar a Richard Nixon puede ser una manera de redención. El personaje y los hechos existieron, allá por 1974, y, al rescatarlos, la película ayuda a reflexionar sobre algunos tópicos de la sociedad estadounidense: las contradicciones del llamado “sueño americano”, la enajenación a la que pueden llevar las frustraciones en un contexto competitivo y exitista, la recurrencia a las armas como paso previo a arrebatados ataques y magnicidios.
En esta recreación de aquel caso hay un dejo de tristeza y desaliento, no sólo por la forma en que el protagonista va cayendo paulatinamente en la soledad y el desvarío (proceso que Sean Penn logra transmitir con su conocida capacidad), sino también por las actitudes conformistas de su ex mujer (Naomi Watts) y su amigo (Don Cheadle), e incluso por la exitosa mediocridad de su jefe (notable Jack Thompson). Se trata, por otra parte, de ese tipo de películas centradas en un personaje, un sometido devenido rebelde, cuya crisis personal representa una más general, y cuya irritación confunde la disconformidad con la necesidad de notoriedad.
Seguramente por eso, encarnando al protagonista, Sean Penn trae a la memoria a Robert De Niro en Taxi Driver, a Dustin Hoffman en Los perros de paja o a Al Pacino en Tarde de perros. Niels Mueller (1961, Milwaukee, Estados Unidos) no es, claro, ni Martin Scorsese ni Sam Peckinpah, ni siquiera Sidney Lumet, pero su film trae ecos de la convulsionada vida política de los años ‘70, así como también del cine que se hacía en esos años.
F.G.V.
(Publicado en 2004 en el sitio web Citynema)

Días de furia será exhibida el próximo sábado 8/8 a las 22 hs. por Canal 7.

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Melodrama romántico con variaciones

Julio 30, 2009

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SECRETO EN LA MONTAÑA
(2005, Brockeback Mountain; dir: Ang Lee)

Después que un jurado presidido por el diseñador Dante Ferretti la premiara con el León de Oro en el Festival de Venecia, en septiembre de 2005, Secreto en la montaña continuó cosechando premios y despertando expectativa y comentarios, sobre todo en Estados Unidos, hasta arañar el Oscar a Mejor Película que los conservadores miembros de la Academia de Hollywood se resistieron a darle. No es difícil explicar ese éxito, ya que se trata de un melodrama romántico clásico en su estructura argumental y formal, con el plus polémico de una pareja protagónica inesperada, conformada por dos cowboys.
Ambos vaqueros (interpretados por Jake Gyllenhaal y Heath Ledger, este último logrando dar mayor vida interior a su personaje) son reunidos, por azar, para arrear ovejas en un lejano paraje, en medio de bosques y montañas. De cierta desconfianza pasan a la amistad, de allí al sexo imprevisto, y así a un enamoramiento que viven con alegría y con culpa, en una época y en un ambiente donde hacer pública esa relación resultaba arriesgado. La historia (proveniente de un relato de la escritora estadounidense Annie Proulx), simple, accesible, va agregando a su paso elementos derivados de las convenciones del género: nuevas relaciones sentimentales y nuevos personajes, celos, distanciamientos, reproches, dudas, los cambios que acompañan el paso del tiempo. Dos componentes fundamentales en los melodramas, el romanticismo y la emoción, han sido especialmente considerados, resultando una suerte de Sensatez y sentimiento subvertida por situaciones de El banquete de bodas, ambas películas también dirigidas por Ang Lee (1954, Pingtung, Taiwán). Naturalmente, en este caso, las resistencias al amor de la pareja central tienen el valor adicional de poner en evidencia una forma de discriminación que va más allá de los años en los que transcurre la acción.
La delicada manera con que se han encuadrado y fotografiado los bucólicos paisajes, y los melancólicos acordes de guitarra concebidos por el argentino Gustavo Santaolalla, contribuyen a la eficacia de lo que es, en definitiva, más una historia sentimental que un western. La idea de enmarcar una escena de violencia con el estallido de fuegos artificiales, por ejemplo, no es novedosa, pero el director taiwanés compone ésos y otros momentos con irreprochable solidez.
Ese cuidado, esa contención formal, puestos al servicio de una historia de amor incomprendido, no parecen suficientes para provocar tantos halagos, pero la sobrevaloración no es responsabilidad de Ang Lee, sino, en todo caso, de críticos y espectadores estadounidenses, quienes no por nada se han visto tan impresionados por la película: Secreto en la montaña tiene lo necesario para complacerlos y sorprenderlos a la vez.

Por Fernando Varea
(Publicado en 2005 en el sitio web Citynema)

Secreto en la montaña será exhibida el miércoles 5/8 a las 23.55 hs por el canal I-SAT.

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Micro-mundo simpático pero condescendiente

Julio 30, 2009

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LUNA DE AVELLANEDA
(2004, Dir: Juan José Campanella)

El argentino Juan José Campanella (1959, Buenos Aires) se declara admirador de cierto cine italiano y de películas como La tregua (1974, Sergio Renán), porque logran conjugar sentimiento y humor, ofreciéndole a los espectadores la posibilidad de identificarse con personajes falibles y queribles. Ese criterio vuelve a notarse en Luna de Avellaneda, retrato de un club de barrio en crisis, con las historias cruzadas de algunos de sus socios, envueltos en sus propios problemas económicos y familiares.
La película tiene sus aciertos (los momentos en que confía en la eficacia del cine para comunicar emociones sin palabras, como cuando el protagonista descubre la infidelidad de su mujer por una mirada sorprendida de ella en un bar, o engaña con un efecto de luz a un enfermo que pide ver la luna) y sus desaciertos (varias situaciones forzadas relacionadas con el personaje de Eduardo Blanco, la prolongada asamblea final), y, entre sus actores, hay algunos muy eficaces (Ricardo Darín, Mercedes Morán, el español José Luis López Vázquez) y otros no tanto (Silvia Kutica), pero es evidente la capacidad de Campanella para divertir y conmover con recursos simples. Incluso sus cámaras evidencian aquí mayor soltura que en sus anteriores El mismo amor, la misma lluvia (1999) y El hijo de la novia (2001), con algunas escenas de fiesta y de bailes con sentido de espectacularidad, ingredientes poco usuales en nuestro cine.
Lo más cuestionable es su mirada condescendiente hacia la clase media argentina, la manera con la que justifica o pasa por alto ciertas conductas de sus personajes (el castigo de una profesora a un alumno, robos de distinta naturaleza), concentrando toda la “deshonestidad” en la figura del político interpretado por Daniel Fanego. Por otra parte, la reivindicación que hace de los valores inmateriales, su elogio del riesgo por encima de la seguridad, no se condicen demasiado con las características de su realización, como sosteniendo en la práctica lo contrario de lo que predica.

Por Fernando Varea
(Publicado en el sitio web Citynema en 2004)

Luna de Avellaneda será exhibida el miércoles 5/8 a las 22 hs por el canal Volver.

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El discreto encanto de las biografías

Julio 20, 2009

“El capitalismo transforma todo en dinero, inclusive la vida de un guerrillero dedicado a derribar al capitalismo, al imperialismo y a cuanta sociedad ese dinero corrompe.”
Con esta apreciación comenzaba una nota publicada en el primer número de la revista Cine & medios, a mediados de 1969. Aludía a la producción estadounidense Che! (1969, dir: Richard Fleisher), producida por la 20th Century Fox, rodada en Puerto Rico y protagonizada por el actor egipcio Omar Shariff (quien en la tapa de la revista aparecía acompañado por la irónica expresión “El Che Shariff”). La visión del Che (2007) de Steven Soderbergh (1963, Atlanta, EEUU), que los argentinos pudimos ver en dos partes bien separadas por caprichos de la distribución (la primera, Che: El argentino, el año pasado, y la segunda, Che: Guerrilla, en estos días), renueva la discusión acerca de la dificultad de representar fielmente la vida de figuras importantes de la Historia, más aún si se trata de líderes rebeldes.
SÓLO HECHOS
Sobre aquel lejano Che!, Shariff decía algo que bien podría aplicarse a la obra de Soderbergh: “No hay mensaje en el film, sólo hechos. He aquí lo que le ha pasado a este hombre: vivió, hizo esto y aquello, y murió.” Es notable que, cuarenta años después, se sigan realizando biopics de Ernesto el Che Guevara que no perturban demasiado.
Es cierto que, a diferencia de la película de Fleisher, la de Soderbergh es una reconstrucción cuidada, cauta, seria. Ahora bien: ¿acaso el respeto, la discreción, la moderación, sirven para recrear la vida agitada y furiosa de alguien como Guevara?
Está claro que una película será mejor cuanto más concilie su forma con su contenido. Por ejemplo: la Frida Kahlo del mexicano Paul Leduc (Frida, naturaleza viva, 1986, con Ofelia Medina), apropiadamente, circulaba más por el sendero del arte y de la incomodidad, mientras que la Frida dirigida por la estadounidense Julie Taymor (2002, con Salma Hayek) lo que hacía era adoptar algunos puntos salientes de la vida de la pintora para, con ellos, construir una biopic salpicada de incidentes variados. Soderbergh parece haber emprendido una tarea similar, teniendo en cuenta, incluso, declaraciones suyas sobre el Che Guevara: “Su vida es un material estupendo para una película, y seguramente bastante comercial.”
El cine masivo tiene una larga tradición en convertir biografías ásperas en amenos melodramas. Aprovecha una y otra vez esa capacidad que tiene para succionar la verdad, privándola de matices y devolviéndola transformada en remedos accesibles, poniendo el rigor en la reconstrucción material antes que en los factores –generalmente complejos– que llevaron a esos hombres y mujeres a ser admirados y a destacarse del resto. En una de las últimas entregas de los premios Oscar, por ejemplo, pudo verse una revisión de las figuras históricas que el cine supo mostrarnos, y entre ellas aparecía Evita en la piel de Madonna.
El cine convierte sus historias en la Historia. De esta manera, es posible que oír hablar de Gandhi nos traiga instantáneamente la imagen de Ben Kingsley, y que muchos asocien de inmediato a la pareja de ladrones Bonny y Clyde con Warren Beaty y Faye Dunaway, o a la cantante Edith Piaff con Marion Cotillard.
La operación, sin embargo, se torna complicada cuando quien se retrata es alguien problemático o agitador. ¿Cómo hacer de esa vida un producto cinematográfico sencillo y grato? Volviendo al caso del Che: ¿es coherente llevar a la pantalla la vida de un revolucionario de un modo conservador?
QUÉ CONTAR, CÓMO CONTARLO
Hay ejemplos de abordajes respetables de los hechos históricos que Soderbergh recrea en Che. Algunas películas generadas por núcleos militantes de la ardiente América Latina de los años ’60 y ’70, puede decirse (por su estilo urgente y desafiante, por la forma con la que fueron producidas, rodadas y difundidas) que fueron la expresión cabal de los ideales de Guevara. Varios momentos de El Padrino II (1974, dir: Francis Ford Coppola) mostraban de manera ejemplar el impulso de la revolución penetrando en el seno del universo egoísta y corrupto de la Cuba de Batista. El documental Ernesto Che Guevara, el diario de Bolivia (1994, dirigido por el suizo Richard Dindo), con una serena lectura del diario que el Che escribió en sus últimos días recorriendo los mismos inhóspitos lugares que iba atravesando, lograba hacer vívidas sus preocupaciones y sensaciones.
El caso del Che de Soderbergh es más impreciso. Se agradece que no haya una voz en off o textos que expliquen los acontecimientos, pero no deja de ser didáctica, como si fuera una mera representación de cosas sabidas. La interpretación de Benicio del Toro (también co-productor) es más que digna, pero en pocos momentos puede adivinarse algo de su mundo interior. Es un alivio escuchar a los personajes hablando en castellano, pero están por allí Gastón Pauls con su tono de chico bien y Franka Potente notoriamente doblada. El retrato de personajes y situaciones resulta mayormente creíble, pero una mirada atenta permite descubrir que no hay resoluciones formales interesantes, y que fueron descuidadamente encuadrados, iluminados y editados los diálogos en la selva boliviana (en medio de una conversación en plano general se inserta imprevistamente un primer plano, o hay planos lejanos y ensombrecidos que no permiten saber quién le habla a quién). Conmueve ver al Che curando a un chico y recibiendo el agradecimiento de una humilde campesina, pero las motivaciones de su intransigencia quedan reducidas a unas pocas frases. Es acertada la toma subjetiva para la escena en que lo matan, pero las últimas palabras fuertes que se escuchan en la película son de reproche hacia Guevara y Fidel Castro.
Se ha dicho que la película fue considerada “fría” tanto por amigos como por enemigos de la revolución cubana, y esa molestia parece razonable. Que Soderbergh no adopte una posición ideológica determinada ¿no implica, de por sí, una toma de posición? Lo que podría resultar plausible en un documental televisivo o en un film con fines estrictamente pedagógicos (el desapasionamiento, el respeto por las distintas opiniones, la posibilidad de que el espectador complete lo que se le da buscando posteriormente más información) resulta discutible para una película de ficción de cuatro horas, que formó parte de la selección oficial de Cannes y que involucró importantes esfuerzos de producción.
Tal vez lo mejor de este nuevo Che cinematográfico sea que alienta la discusión, no tanto sobre las ideas de Guevara sobre colonialismo y revolución, sino sobre las formas adecuadas para plasmarlas.

Por Fernando Varea

Crítica de Fernando Herrera de Che: El argentino en este blog aquí

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El agridulce ingreso a la madurez

Junio 26, 2009

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ADVENTURELAND – UN VERANO MEMORABLE
(Adventureland, 2008; dir: Greg Mottola)

Paralelamente a tantos jóvenes torpes que nos muestran películas torpes realizadas en el país del Norte, aparecen –en films menos convocantes– personajes de la misma edad más reflexivos, menos precipitados, ansiosos por el sexo opuesto pero sensibles, desmañados pero preocupados, inmaduros pero perspicaces. Un buen ejemplo ha sido La joven vida de Juno, y lo es, también, este tercer largometraje de Greg Mottola (1964, el realizador de Deseos y sospechas y Supercool), una comedia romántica de un sereno medio tono, donde lo dramático más que angustia produce melancolía, y el humor busca provocar más sonrisas que carcajadas.
El protagonista es James, quien, recién graduado, para hacerse de unos dólares durante el verano de 1987, debe olvidar su currículum y aceptar un trabajo temporal en un parque de diversiones, donde –como si se tratara de una muestra en pequeño de la sociedad capitalista– se trabaja a desgano, se gana poco, se pergeñan modestos engaños para obtener dinero sin esfuerzo, y, ocasionalmente, asoman algunas manifestaciones de solidaridad.
No hay estereotipos en la composición del protagonista, ingenuamente sincero, débil pero no sometido, capaz de deslizar distraídamente que prefiere festejar el día de la toma de la Bastilla antes que el de la independencia de EEUU. La presencia misma del actor (Jesse Eisenberg, el adolescente de Historias de familia), algo desgarbado y rubicundo, querible más que simpático, no se ajusta al prototipo previsible. Lo mismo puede decirse de otros personajes: sus padres, que cumplen su rol con displicencia; una compañera de trabajo sensual pero conflictuada (Kristen Stewart, la chica de Hacia rutas salvajes y Crepúsculo), un joven algo mayor que James muy dispuesto a seducir mujeres pero con temor a faltarles a su madre y a su esposa (Ryan Reynolds). Más reducidos aparecen otros, como la pareja dueña del parque de diversiones, caracterizada con una candidez y simpatía que llevan a no reparar en algunos comportamientos cuestionables que tienen como responsables del lugar.
Así viven James y sus amigos el fin de la adolescencia, entre discusiones con los padres, Reagan por TV, casetes y libros compartidos, marihuana a escondidas, incómodas erecciones, modestas fiestas, charlas y besos mientras el parque de diversiones disipa sus luces. Adventureland logra que el espectador forme parte de ese limbo con gusto agridulce, y que (entre canciones de David Bowie, Velvet Underground o The Cure, y sueños por delante que la realidad va restringiendo) acompañe al bueno de James en su ingreso al mundo de los adultos.

Por Fernando G. Varea

http://www.adventurelandthefilm.com/

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Aventuras para volar y volar

Junio 15, 2009

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UP – UNA AVENTURA DE ALTURA
(Up, 2009; dir: Pete Docter/Bob Peterson)

¡Otra vez! ¡Por fin, qué bien, qué bueno! Otra película Pixar para ver (y rever) y reseñar hasta el cansancio (el cual, convengamos, nunca ocurre). Porque no será redundante recordar, resaltar, subrayar, la excelencia que dentro del ámbito de la animación -y para el cine todo y, sobre todo, norteamericano- significan los estudios Pixar. Entre tantos títulos magníficos prefiero Monsters Inc. (2001) y Wall E (2008). Ahora también, claro, Up.
Tampoco vendrá mal recalcar la independencia creativa que dentro del imperio Disney (alicaído, triste y reiterativo) los estudios Pixar han posibilitado, más el vínculo de relieve que profesan y practican con los viejos animadores del estudio del ratón, fuente de inspiración laboral y creativa. Porque en los films Pixar se respira amor por el cine, sea tanto desde la misma genealogía cinéfila como también por sus guiones esmerados e inteligentes. Nada hay en ellos que signifiquen golpes bajos, chistes fáciles (para algunos, “adultos”), o referencias tontas por televisivas.
Será por esa atención a lo hecho -a lo bien hecho- que estos films parecen estar destinados a ser clásicos inmediatos. Y Up no es la excepción. Menos aún cuando uno no puede desentender los rasgos de su protagonista principal -un viejito soñador y vendedor de globos con los rasgos del actor Spencer Tracy: rostro cuadrado, pelo ondulado y cano, anteojos de marcos gruesos. O lo que el film refiere como cita cinéfila y aventurera: perseguir aquel sueño de infancia como válvula de escape, como faro para encontrar la Aventura (así, con mayúscula) en ámbitos verdes y tropicales, de la misma manera en que Tarzán o King Kong nos lo supieran, desde el cine, enseñar.
Y todo ello desde un perfil de personajes creíbles por saber alejarse, precisamente, del moralismo habitual y sus finales felices. El viejito Carl es, antes que cualquier otra cosa, viejo. La atención del film está depositada allí, en un personaje tipo donde el mismo cine (como espejo social que es) elige no reparar. Es viudo y nunca pudo ser padre. Y vive con dolor la ausencia de su amada, mientras su casita otrora colorida se vuelve gris, y edificios todos iguales y gigantes amenazan con aplastarlo, junto con la compañía de dentaduras que sonríen desde folletos de casas de descanso.
Lo acompañan muchos recuerdos, pero también un niño boy scout empecinado en ayudarle, la necesidad de mantener su casa más liviana para sostener el vuelo de los globos, y el inevitable reencuentro con el héroe de su niñez, perdido en océanos de tiempo, tan vulnerable y humano y falible como cualquiera.
Hacia allí se dirige Carl, mientras de a poco quita lo huraño de su rostro y se vuelve más feliz. Tanto como -corrobora uno- el mismo espectador. Aquí sí, el final no puede ser mejor: el buen ánimo contagia, y con él las ganas de iniciar, otra vez, el vuelo del film.

Por Leandro Arteaga
(publicado en Rosario/12 el 15/6/09)

http://www.pixar.com/featurefilms/up/
Trailer de la película aquí