La mujer sin certezas

lamujersincabeza

LA MUJER SIN CABEZA
(2007; dir: Lucrecia Martel)

¿Qué le pasa a Verónica, la protagonista de La mujer sin cabeza? ¿Mató a una persona o a un animal, y eso la lleva a sufrir la angustia de la culpa? ¿Atraviesa algun tipo de desorden mental? ¿Se siente imprevistamente sola? ¿Siente que la acosan, que la engañan, que no la escuchan? ¿Percibe que su entorno es una suma de hipocresías? ¿Tiene un profundo miedo? En ese caso ¿de qué?…
Como espectadores, sin embargo, por encima de estas preguntas podemos hacernos otra: ¿por qué deberíamos saber con precisión lo que le pasa? La directora Lucrecia Martel, evidentemente, no espera que se acerquen a su obra potenciales detectives ni facultativos atentos a resolver los conflictos psicológicos de sus personajes: lo suyo es hurgar en sentimientos y sentidos que los seres humanos expresan o reprimen, sin opinar explícitamente sobre los mismos, y, a la vez, jugar con los estímulos que provocan breves destellos dramáticos e ironías sutiles. Lo analítico y lo lúdico, el examen de conductas humanas (lo que abarca desde hábitos de la burguesía provinciana hasta aspectos de la sexualidad y las supersticiones y creencias religiosas) y la gracia con la que las mismas pueden exponerse: ambos intereses nutren el cine de Martel.
En La mujer sin cabeza la narración va abriéndose en capas diversas, deteniéndose en detalles laterales, como si, en vez de marchar con decisión hacia delante, le importara más deambular por los costados. En esa búsqueda, hay momentos regocijantes sólo por su construcción: el imprevisto fogonazo de un soldador fuera de campo, la repentina aparición de un chico en la habitación donde la tía alerta sobre la presencia de “espantos”, la precisa utilización de colores, sombras y resplandores que remarcan figuras, siembran dudas y alean admirablemente belleza con extrañamiento.
El clima inquietante es ligeramente quebrantado  por la inmadurez de algunas actuaciones; no, claro, la de María Onetto, seduciendo con cada gesto, expresando con inteligencia su complejo mundo interior, conmoviendo, incluso, en una inesperada escena de llanto. Claudia Cantero, Inés Efron y María Vaner (en su último trabajo para el cine, echada en la cama casi de la misma manera que Graciela Borges -otra actriz de su generación- lo estaba en La ciénaga), encuentran, asimismo, los tonos justos para desarrollar roles más efímeros.  Un análisis aparte merecería el tratamiento del sonido: desde la utilización de antiguas canciones en momentos dramáticos hasta los diálogos que parecen no tener sentido (porque los personajes hablan sin escucharse), abonan el resbaladizo terreno de un humor peculiar, fino, perspicaz.
Se ha hablado varias veces de la vinculación de los films de Martel con los de Leopoldo Torre Nilsson. Coinciden, tal vez, en la visión turbia sobre la institución familiar, en la maliciosa candidez de sus jovencitas y en la búsqueda de astutas resoluciones formales. Pero -en comparación con el recordado realizador de La casa del ángel (1956)- en el cine de la directora salteña se manifiesta cierta disgregación argumental, algún grado de abstracción que mantiene a distancia hechos concretos de la historia argentina, y, por otra parte, una falta de prejuicios y solemnidad que no muchos parecen dispuestos a apreciar.

Por Fernando G. Varea

Trailer de la película aquí

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s