El fantasma de la libertad

Si se habla de autoritarismo en el mundo del cine, se piensa inmediatamente en instituciones sobreprotectoras y funcionarios moralistas. Todavía hoy, ya sin organismos oficiales de censura en nuestro país –y más de veinte años después de haberse abolido el Ente de Calificación Cinematográfica–, asoman indignadas notas editoriales, solicitadas y marchas cuando se ejerce algún tipo de presión para impedir o dificultar la difusión de alguna expresión artística. No es un mal síntoma, visto como la saludable reacción de una sociedad celosa por defender sus libertades, durante tantos años coartadas. Pero no existe la misma preocupación por otras formas de censura más sutiles o engañosas, no provenientes de personas u organismos ajenos al quehacer cinematográfico, sino de sus mismas entrañas.
Algunas se manifiestan con descaro, como cuando los productores de la transmisión televisiva de la entrega de los Oscar le impidieron a Jorge Drexler interpretar su canción nominada a los premios. “He visto la cara más furiosa del fundamentalismo mediático”, declaró el cantautor uruguayo en esa ocasión, en que la censura no se ejerció por exposición de sexo o de violencia ni por razones políticas o religiosas, sino por carencia de fama o glamour. Sin irse tan lejos, y con argumentos parecidos, desde hace años los canales privados de la TV abierta argentina programan únicamente películas de Hollywood –o bendecidas por Hollywood, como La vida es bella o El hijo de la novia–, restringiéndole a los televidentes la posibilidad de acceder a obras cinematográficas de diversos orígenes y estilos. Como en antiguas épocas, otros deciden qué debemos y qué no debemos ver, aunque ya no se ocupan de ello cerrados censores sino empresarios sedientos de rating.
Otro tanto hacen distribuidores y exhibidores cuando marginan películas con la argucia de que no son del interés del público, algo difícil de comprobar teniendo en cuenta que la gente prácticamente no tiene oportunidad de verlas (por lo general no se estrenan o se exhiben en horarios decididamente incómodos). Por otra parte, creerles implicaría la ingenuidad de ignorar las impresionantes campañas publicitarias que estimulan la “necesidad” de ver determinados films, especialmente los destinados al público infantil y adolescente, que se estrenan acompañados de una verdadera artillería de figuritas, revistas, juguetes, CD, videogames, reposiciones en TV, etc. (no por nada se los suele definir como tanques). Puede discutirse si la gente elige o si eligen por ella, si va a ver lo que quiere o lo que puede, pero entre tanto basta echar un vistazo a la cartelera semanal de los cines o a las estanterías de la mayoría de los video-clubes, para reconocer que no suele encontrarse allí una pluralidad de opciones.
Lo sorprendente es que, en muchos casos, funcionarios y programadores de salas independientes eligen, también, esas películas para proyectar en ámbitos públicos, por lo que –en un verdadero círculo vicioso– los mismos films con Mel Gibson o Arnold Schwarzenegger se repiten en las salas comerciales, en las alternativas, en los video-clubes y en la TV. Esa uniformidad altera la capacidad de apreciar obras que se salgan del lenguaje convencional y de pautas previsibles, y entonces terminan siendo censuradas –con más o menos disimulo– películas con excesivos silencios o con planos cuya duración exceda lo que acostumbran los video-clips, con personajes o finales ambiguos, con historias que lleven al desconcierto lúdico o a reflexiones abiertas, sin conclusiones predigeridas.
Cabe recordar que en los años ’60, el Instituto Nacional de Cinematografía calificaba a las películas en “A” y “B”, y las que entraban en esta última categoría –por ponerse en duda su calidad y sus atractivos comerciales– se consideraban “de exhibición no obligatoria”; entre las que corrieron esa suerte figuran Los inundados (Fernando Birri) y El dependiente (Leonardo Favio). Hoy, de hecho, existe una discriminación similar, no establecida por reglas del Estado sino del mercado.
Suele suceder, asimismo, que los propios realizadores, ante el miedo a no contar con la “aprobación” de quienes deciden la exhibición de una película, terminan acotando riesgos y autocensurando sus inquietudes.
También entre los defensores del cine de calidad suele haber actitudes limitativas. Un lustro atrás, en el estatal Canal 7 existió un ciclo en el que se programaban films de Fellini, Tarkovski, Kitano, Loach, Taviani, Sokurov, Guédiguian, Ming-liang y otros directores igualmente valiosos, en horario central, en su idioma original y subtitulados al castellano. Pero el milagroso espacio televisivo se llamaba, de manera elitista, El otro cine, como si aquello que tiene valor artístico debiera forzosamente estar separado, discriminado en un rincón aparte.
Y así como son habituales manifestaciones intolerantes de algunos directores ante los comentarios adversos de los críticos, éstos, a su vez, acostumbran ejercer un autoritarismo casi policial cuando se dirigen al potencial espectador empleando expresiones como “No vaya”, “Ni se le ocurra”, “¿Qué espera para ir a verla?”, “Prohibido perdérsela”, “Usted debe verla”, etc. La sensación es que sólo la opinión de uno es la que importa, y si alguien disiente es por ignorancia o resentimiento.
Tal vez ocurra como en ciertas películas, en las que cuesta reconocer que los “malos” están camuflados dentro del mismo bando; tal vez, a ciertos sectores les convenga que desviemos nuestras broncas para no perjudicar directamente sus intereses. Lo cierto es que, muchas veces, quienes nos adulan hablando de la magia y la libertad del cine, casi sin que nos demos cuenta, son quienes deciden por nosotros.

Fernando G. Varea
(Publicado en revista de cultura Lote Nº 94, mayo de 2005)

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Un pensamiento en “El fantasma de la libertad

  1. Excelente post Fernando, a la dictadura le sucedió la dictadura del mercado, “a las botas los trajes y corbatas” como alguna vez escuché, los diferentes medios de comunicación, las publicidades… hay un discurso que en sus bases es incuestionable más allá de que se presente con variadas caras y algunas diferencias. Me dedico a la venta de libros, es increíble cómo se imponen ciertos títulos desde las editoriales y grandes distribuidoras, afortunadamente hay quien decide buscar y leer otra cosa y también puedo vender libros usados donde la variedad es infinita, y sólo decide el azar qué libro estará a la venta. La censura sigue vigente, sin duda, la crítica -y esa es la buena noticia- también.

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