La paternidad abordada con gracia

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DERECHO DE FAMILIA
(2005, Dir: Daniel Burman)

Las películas más representativas del joven realizador argentino Daniel Burman (1973, Buenos Aires) presentan rasgos que las caracterizan, y que no tienen que ver precisamente con búsquedas ambiciosas: planos cortos, cierto colorido y luminosidad, elementos humorísticos y dramáticos moderados, personajes típicamente porteños simpáticamente retratados, una mezcla de soltura, frescura y liviandad en la conducción de la cámara y de las historias. Mucho influye en ese perfil el hecho de que el personaje central recaiga en Daniel Hendler, un actor cinematográfico y gracioso, capaz de comunicar con recursos propios picardía y vulnerabilidad. Su propio tono de voz (aparentemente inexpresivo) es hábilmente aprovechado por Burman, haciendo que su personaje confiese casi permanentemente lo que siente o lo que opina sobre sí mismo y sobre los demás, logrando una especial complicidad con el espectador.
Esos elementos se repiten en Derecho de familia. Pero si en Esperando al Mesías (2000) y El abrazo partido (2004) las figuras de la madre y del padre del protagonista eran intensas, aquí la primera ni siquiera es nombrada, mientras que el padre, en cambio (un abogado perspicaz, que el actor Arturo Goetz hace muy creíble), influye notablemente en su hijo único, quien también ha estudiado Derecho. Convertido el joven también en padre, el film se abre en reflexiones –tácitas, casi nunca dichas– sobre la paternidad, y los posibles legados y conflictos derivados de esas relaciones. La escena en la que Perelman-padre y Perelman-hijo (así se llaman todo el tiempo) coinciden en el ensayo de un acto escolar, y saludan simultáneamente al pequeño Gastón que se encuentra en el escenario, deja en evidencia esa concurrencia de roles.
Es cierto que el argumento de Derecho de familia debe tener bastante de autobiográfico, como si se tratara de un personal cuaderno de apuntes (el propio Gastón es el hijo del director, quien, dicho sea de paso, aparece encarnando a un pedagogo), pero esos sentimientos, esos miedos, esas anécdotas particulares son lo suficientemente representativas como para que los espectadores puedan, de una u otra manera, verse identificados.
El film tiene también otros méritos: hay –con la excepción del confuso personaje de Damián Dreizik– una muy convincente composición de tipos humanos (los abogados, las maestras, las estudiantes universitarias, etc.), agudeza al exponer cómo la mentira forma parte de la vida cotidiana, y, a diferencia de tantos productos cinematográficos y televisivos que emprenden el costumbrismo, no hay trazos gruesos y recurre a elipsis y sobreentendidos que confían en la inteligencia del espectador.

Por F. G. Varea
(Publicado en 2005 en el sitio web Citynema)

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