9º BAFICI: Cantidad, variedad, calidad

Más de trescientas películas. En distintos formatos, de diversas épocas, duración y procedencias, ocupando durante dos semanas las pantallas de algunas de las salas más confortables de la capital argentina, distribuidas en 46 ciclos y secciones.
Si esto ya bastaría para entusiasmar a los amantes del cine, hay que agregar que la 9ª edición del Buenos Aires Festival de Cine Independiente sumó a la cantidad el valor de la variedad. La amplitud dada a la expresión “cine independiente”, hizo que se hayan encontrado en la nutrida programación desde Jacques Tati hasta Frank Zappa, o, en el ámbito del cine nacional, desde Jorge Polaco hasta David Blaustein y Pino Solanas. Además, a quienes suponen que todo ha sido excentricidades y productos novísimos, habrá que recordarles que la programación incluyó, este año, films de René Clement, Carl Dreyer, John Huston, Krzysztof Kieslowski, Marco Bellocchio y Joe Dante (los primeros cuatro ya fallecidos), y que, entre thrillers sobrenaturales y contemplativas road movies, se proyectó también un documental sobre la cultura mapuche con la presencia de “autoridades indígenas nacionales”.
Y, finalmente, la calidad: el festival brindó la posibilidad de apreciar versiones restauradas del clásico 200 motels de Zappa, de cortos del brasileño Joaquim Pedro de Andrade (además de su mítico largometraje Macunaíma) y de los films que el argentino Hugo Fregonese filmó en el exterior, exhibidos en impecables copias en 16 mm y 35 mm. Y más: la fortuna de ver en una cómoda sala céntrica Retribution, de Kiyoshi Kurosawa (director japonés cuyas películas sólo han podido conocerse en forma marginal en Rosario); de rever Belle de jour, de Luis Buñuel, seguida de Belle tojours, en la que el casi centenario cineasta portugués Manoel de Oliveira retoma los personajes de aquella; de conocer las últimas películas de directores como Hirokazu Kore-eda y Kim Ki Duk.
Organizar y coordinar tanto material parece posible sólo para alguien como Fernando Martín Peña, que ha dado sobradas muestras de seriedad y paciencia, tanto para rescatar y restaurar viejos filmes como para reunir información confiable para sus libros de investigación. Peña, recibiendo en todo momento –con resignada calma– consultas y comentarios de periodistas y asistentes, se alegró frente a este cronista por la cantidad de espectadores (que superó a la de años anteriores), destacó como una de las peculiaridades de esta edición la “mayor conexión entre el pasado y el presente”, no escatimó palabras de elogio y agradecimiento para sus programadores (especialmente para Diego Trerotola), y, al mismo tiempo, lamentó la falta de apoyo del INCAA, que si el año pasado se había sumado a último momento, esta vez directamente brilló por su ausencia, lo que llevó a recurrir a un plan de financiación de urgencia, debiendo suspenderse algunas visitas y actividades. Lo cual, afortunadamente, no impidió que el premio de la sección competitiva argentina incluyera un subsidio de 150.000 pesos (con el objetivo de aliviar gastos de ampliación, lanzamiento y difusión), más un 2 º premio de 10.000 pesos.
Así fue que el primer piso del shopping Abasto terminó siendo, durante varios días, una suerte de hormiguero de cinéfilos, donde resonaban en el aire nombres como Tsai Ming-liang o Jem Cohen, con distribuidores y programadores nacionales y extranjeros intercambiando teléfonos y mails en una sala especialmente destinada para eso, y jóvenes colaboradores dispuestos a aclarar dudas en la mesa de informes y en la sala de Prensa, logrando, por momentos, hacer olvidar la esquiva hospitalidad de los porteños.
En tanto, empleados del centro comercial, al abrir sus puertas cada mañana, eran testigos de la carrera de grupos de fanáticos hacia los puestos de venta de entradas, casi como las mujeres que se agolpan frente a las grandes tiendas cuando anuncian liquidación (con la sustancial diferencia que el objetivo aquí era conseguir boletos para no perderse una película de Rumania o de Corea del Sur). Sensaciones similares experimentaban los boleteros y acomodadores de grandes salas de las avenidas Santa Fe o General Paz, ante los arremolinamientos para ver, por ejemplo, algún inasible film de un director tailandés, además apreciado con atención y con el corolario de aplausos al terminar la función.
ALGUNOS EVENTOS
El sobrio acto de apertura se llevó a cabo en el teatro Opera, donde periodistas, actores, directores y productores de distintas partes del mundo tuvieron ocasión de saludarse o reencontrarse. En el transcurso de esta ceremonia no hubo aplausos para el jefe de gobierno Jorge Telerman y otras autoridades presentes, pero sí para un corto promocional del festival en el que unos amigos se conmueven frente al absurdo cuadro de un gato con una pipa, mientras uno de ellos queda desconcertado, seguido de una frase no muy abierta a la transigencia: “Lo que no es para vos no es para vos”. Una afirmación que podía aludir a varios de los presentes, que fueron dejando la sala a medida que avanzaba la película elegida para la inauguración.
Hubo otros acontecimientos, menos protocolares pero más sustanciales, a lo largo del festival. La presentación en el teatro Coliseo de Brand upon the brain, última realización del canadiense Guy Maddin (cuya película La canción más triste del mundo había despertado dispares reacciones entre quienes asistieron a verla al Cine Del Siglo de nuestra ciudad el año pasado), acompañada en vivo por músicos de la orquesta del teatro Colón. La charla abierta sobre música y cine que ofreció Tom Waitts en el teatro Alvear –a decir verdad, sólo para quienes no se intimidaron por la infinita cola para obtener las entradas para poder ingresar–, donde el músico-actor recordó su paso por films como Bajo el peso de la ley y El amor es un eterno vagabundo. Y, si de música hablamos, todas las noches diversas bandas (algunas participantes en películas exhibidas en el BAFICI) y DJs se encargaron de animar a quienes concurrían a la planta baja de Harrods, estimulándolos a dejar los cómodos sillones y bailar bajo la penumbrosa luz de las arañas.
Waitts no fue el único que expuso sus saberes ante el público interesado: estuvo también Donn Alan Pennebaker, el influyente documentalista norteamericano que registró conciertos de, por ejemplo, Bob Dylan y David Bowie. Pennebaker dijo creer “en un cine instintivo” y opinó que en los músicos veteranos “hay algo que tiene que ver con la fatalidad del arte que no suele verse en MTV”. También hubo talleres a cargo de Luc Moullet (uno de los sobrevivientes de la novelle vague) y de la documentalista y cineasta experimental Lynne Sachs. La encantadora Sachs habló de su trabajo como profesora en la Universidad de New York (“Los mejores estudiantes son los que están disconformes con la universidad”, contó), y ella misma hizo preguntas al público; entre las personas a las que eligió interrogar estaba el autor de esta nota, que aprovechó para preguntarle qué cineastas le interesaban: nombró entonces a Chantal Akerman y al Wong Kar-wai de Felices juntos. Al mostrar fragmentos de sus films, explicó que la escena de unos sahumerios humeando en Saigón expresaban lo que le había dicho una mujer del lugar: caído el régimen comunista, reaparecieron las religiones y la memoria. “Cuando nos liberamos de los distintos regímenes de control a los que estamos sometidos, como la familia o el Estado –ejemplificó Sachs–, la memoria y la creatividad fluyen”.
No faltaron presentaciones de libros, mesas redondas y seminarios.
ALGUNAS PELÍCULAS
Dos de los films que integraron la selección oficial internacional partieron de la relación entre dos amigos para desplazarse por estados de ánimo y turbaciones generacionales. La estadounidense Old joy (Kelly Reichardt) sigue a dos jóvenes que comparten una jornada en un bosque. Los travellings sobre la ciudad durante su viaje en auto (con el fondo de áridos debates radiales contra el gobierno), las dificultades para encontrar el sitio (como representando lo difícil de llegar a lo esencial de sí mismos), las breves confesiones frente a una fogata mientras se oye el discurrir del agua o el rumor de los árboles, contribuyen a una atmósfera agridulce. “Una era está terminando”, dice uno de ellos, y en otra escena “La pena es alegría gastada”, expresiones que definen el tono de este film melancólico, al que aportan verdad los actores y la música de un trío de New Jersey curiosamente llamado Yo La Tengo. El par de amigos de Reprise (Joachim Trier), en tanto, atraviesan dificultosamente su ingreso a la vida adulta y sus intentos de dedicarse a la literatura. Más inestable y fragmentada, con la trama dispuesta a sumar personajes, recuerdos y deseos, esta película noruega resulta igualmente vital y comunicativa.
Más distante es Bamako (Abderrahmane Sissako), co-producción entre Malí, Estados Unidos y Francia que escenifica un juicio a los responsables de los males que aquejan a los países dependientes, llevado a cabo en el humilde patio de una casa africana, mientras en los alrededores la gente cumple con sus tareas cotidianas. Deuda externa, imperialismo, terrorismo, son algunos de los temas que se debaten en el film, sostenido en una escrupulosa puesta en escena y ocasionalmente interferido por un humor sutil, inesperado, un poco a la manera de Intervención divina, de Elia Suleiman (quien aparece fugazmente). “Ningún combate involucra a un solo país”, expresó el director francés al presentar su película.
La australiana Noise (Matthew Saville), en torno a un agente con problemas auditivos y una adolescente testigo de una serie de asesinatos, echa una mirada ligeramente cáustica sobre la institución policial, y tiene algunos momentos de violencia tensos y eficaces, pero arroja un resultado híbrido e irregular. Asimismo, la turca Riza (Tayfun Pirselimoglu), a través del calvario de un camionero vencido por los problemas y la desesperanza, que en vano se acerca a su ex mujer, y recurre al robo y al asesinato para hacerse de un poco de dinero, refleja una Estambul triste, recorrida por inmigrantes ilegales y desocupados, con estilo poco imaginativo y algunos diálogos afectados.
De Apichatpong Weerasethakul (el director tailandés de Tropical Malady) pudo verse Syndromes and a century, ambientada en un aséptico hospital rodeado de apacibles jardines e imponentes estatuas, donde jóvenes médicos se relacionan entre sí y con algunos pacientes. La salud, la incomunicación, el miedo, el amor, son cuestiones sobre los que lleva a reflexionar este film lírico, fantasmal, que en algún momento parece verse afectado por un extraño síndrome, por el cual las escenas comienzan a repetirse con variantes y tocadas por la ironía.
En materia de cine argentino, El otro (Ariel Rotter), premiada en el último Festival de Berlín, filmada en buena parte en nuestra vecina Victoria, acompaña a un abogado (Julio Chávez en un rol similar a los de Extraño y El custodio) durante un viaje que se convierte en una fuga imprevisible, como dejándose llevar por el placer de ser “otro”, moviéndose impulsivamente y resistiéndose a sus responsabilidades. Cuidadosamente dirigida y actuada, con un expresivo uso del sonido, su final no está a la altura de la tensión y el misterio de sus mejores momentos, como cuando el protagonista se lanza a caminar por la ruta durante una noche tormentosa y posteriormente despierta en un bosque casi paradisíaco. El desierto negro (Gaspar Scheuer) parece una versión menos visceral y en blanco y negro del Juan Moreira de Favio, nada desdeñable intento de combinar búsquedas plásticas con tópicos del cine criollista. Por su parte, La marea, ópera prima de Diego Martínez Vignatti, responsable de la fotografía de Japón, parece una versión menor de aquella película del mexicano Carlos Reygadas, con una mujer deambulando como en trance por playas, bosques y desiertos, tras perder a su hijo en un accidente.
Pudieron verse también Argentina latente y Copacabana, documentales realizados –con métodos muy distintos– por Fernando Pino Solanas y Martín Rejtman respectivamente. Solanas continúa la línea de Memoria del saqueo y La dignidad de los nadies, reportando esta vez los valores (científicos, profesionales, solidarios) que anidan en la sociedad argentina y que, por indiferencia o costumbre, ignoramos. Coherente con el resto de su obra, didáctico, persuasivo, el film fue presentado por el propio director, junto a parte de la gente que da su testimonio en la pantalla. En el de Rejtman, en cambio –que retrata a la comunidad boliviana de Buenos Aires y los festejos de Nuestra Señora de Copacabana–, los recursos son mínimos, y la elocuencia se alcanza por los movimientos dentro del plano y la precisa utilización del color y de la música.
Otro documental constituyó, sin dudas, uno de los mejores films en competencia: El telón de azúcar, donde su joven directora, Camila Guzmán Urzúa (hija del chileno Patricio Guzmán), reflexiona sobre la Cuba en la que pasó su infancia, reencontrándose con compañeros de escuela y preguntándose sobre la factibilidad de las utopías. Una obra sensible, en la que la dialéctica se encuentra con la emoción de los sueños perdidos o idealizados.
Divertida utilización de imágenes de personajes reales (sobre todo del ministro Anders Fogh Rasmussen) para montar una trama de intrigas que abarca asesinatos, amores prohibidos y conspiraciones, el falso documental danés AFR (Morten Hartz Kaplers), demuestra el poder manipulador de los medios audiovisuales y los riesgos del estado de inocencia en que se encuentra el espectador desinformado, aunque incomoda que se exprese sobre problemáticas graves partiendo de clisés progresistas según los parámetros primermundistas. Y para quienes suponen que el cine independiente excluye la comedia, hubo una sección con once películas de este género, incluida For your consideration (Christopher Guest), sátira algo desmañada pero muy graciosa, sobre un equipo de filmación que se obsesiona por rumores de posibles nominaciones al Oscar para algunos de sus actores.
Seguramente, dentro de la muestra del BAFICI que se realiza en nuestra ciudad todos los años, en salas alternativas, tal vez en un canal de cable, o, con suerte, en alguna sala de cine comercial, los rosarinos tendrán oportunidad de ver éstas u otras películas presentadas en el festival, entre las cuales pueden hallarse perlas de esas que los cinéfilos -eternos buscadores- siempre ansiamos descubrir.
ROSARINOS INDEPENDIENTES
“Hay victorias incluso en el peor de los mundos”. El rosarino Gustavo Galuppo bien podría hacer suya esta frase, con la que cierra su película Sweetheart, seleccionada y exhibida en el Festival, dentro de la sección Panorama Experimental, aunque, a decir verdad, las victorias a las que hace referencia el film no tienen que ver precisamente con el reconocimiento en un festival de cine.
Realizado con el apoyo del MACRO y la Fundación Banco Santa Fe, y con el asesoramiento de Jorge La Ferla, Sweetheart discurre sobre el amor y sus “accidentes”, como lo aclara su subtítulo. Lo hace registrando imágenes de un día cualquiera, en la casa del realizador, acompañado de su mujer y su pequeña hija (y ocasionalmente unos amigos) atravesadas –literalmente– por fragmentos de films de Meliès, Vigó, Riefenstahl, Hughes, Resnais, Dovchenko, Vertov, y referencias a las historias de amor de Kafka y Felice, Jean Vigo y Lydou, y Henry N. Lee y Helena (de una expresión de Lee deriva, precisamente, el título del film). Relaciones ciertamente accidentadas, lo que se manifiesta con alusiones sucesivas a trenes, barcos y aviones. Apelando a múltiples recursos y formatos (VHS, cámara web, super 8), Galuppo confirma su interés por abordar el lenguaje audiovisual como materia maleable, con puntos de contacto con La curvatura de la tierra y El otro lado de la hoguera, dos recientes trabajos suyos, más breves, premiados en la última edición del Festival Latinoamericano de Video de Rosario. En Sweetheart, los sonidos (agua que fluye, una radio encendida, la voz de la nena cantando) y las imágenes (en blanco y negro y en color, superponiéndose, recortándose, acelerándose y deteniéndose) crean un clima de ensoñación o de vigilia, capturando espontáneas asociaciones de ideas, induciendo sensaciones.
La bella música del film es de Vera Baxter, banda local que el domingo 8 precedió a Yann Tiersen (el inquieto músico francés autor de la banda sonora de films como Good bye Lenin y Amelie) en Harrods, lugar donde también se presentaron, en el transcurso del festival, Nacho Vegas, Rosario Bléfari y Babasónicos, entre otros.
Hubo otros rosarinos presentes en el BAFICI. En la sección Panorama Democracias fue exhibido Cocalero, documental dirigido por Alejandro Landes que sigue el recorrido final de la campaña de Evo Morales, debut como productora de Julia Solomonoff, la directora rosarina de Hermanas. Por su parte, Pablo Romano, Arturo Marinho y Florencia Castagnani participaron de los Encuentros de Coproducción del Buenos Aires Lab, después que su proyecto La infinita distancia (con el que Castagnani procura cerrar una trilogía iniciada con La mínima distancia y La íntima distancia), fuera seleccionado junto a otros 28 de distintos países.

Por Fernando G. Varea
(Publicado en el suplemento Señales de la Cultura y la Sociedad del diario La Capital, de Rosario, el 15/4/2007)

http://www.bafici.gov.ar/
http://www.verabaxter.com.ar/

Imágenes: logo del 9º BAFICI; fotograma de Syndromes and a century.

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