Andrés Di Tella: “En cierto sentido, sigue ocurriendo lo mismo que cien años atrás”

La importante trayectoria de Andrés Di Tella (1958, Buenos Aires) como videasta y documentalista incluye trabajos para la televisión argentina, inglesa y estadounidense, y películas como Montoneros, una historia (1995), Prohibido (1997), La televisión y yo (2003) y Fotografías (2007). Ha ganado becas y premios, y dirigió el BAFICI en sus dos primeras ediciones. El país del Diablo (2008) es el título de su último documental (co-producido por la Secretaría de Cultura de la Nación, el canal Encuentro y el INCAA), que aborda un tema árido de nuestra Historia: la mal llamada “conquista del desierto”, y la misteriosa, contradictoria figura de Estanislao Zeballos. Indagando en ese material, descubrió, también (siendo su madre oriunda de la India), algo en común con aspectos de su propia vida.
– Es notable que tu interés por el tema haya comenzado con una película santafesina, El último malón, y que hayas reparado en un personaje histórico rosarino, Estanislao Zeballos.
– Todo comenzó hace unos veinte años. Fui de oyente a un seminario que estaba dando David Viñas, y un día nos llevó al Museo del Cine a mostrarnos esta película de Alcides Grecca. Una película increíble, porque fue hecha en 1914 y refleja un malón en San Javier que fue uno de los últimos en Argentina, sucedido unos años antes, con algunos de los mismos protagonistas. Esas imágenes me quedaron en la memoria porque era un testimonio increíble. Era una reconstrucción de algo de lo cual nadie habla: la “conquista del desierto”, la guerra contra el indio. Desde entonces me quedó la idea de hacer algo, pero no le encontraba la vuelta. Meterse con un tema histórico, en términos cinematográficos, es como suicida.
– Posiblemente lo que te llevó a interesarte por Zeballos es porque, como decís en la película, lo ves como el “primer documentalista”.
– Claro, porque era escritor, periodista, medio geógrafo, medio científico, amigo e interlocutor de Roca y, de alguna manera, uno de los ideólogos de la “campaña del desierto”. Como era habitual en esa época, viajaba a los lugares, se informaba no sólo con la documentación o la bibliografía sino con el viaje sobre el terreno. Como dice en un momento Nazareno Serraíno, cacique ranquel de la actualidad, Zeballos era un argentino innovador. Él lo ve con una óptica negativa, porque instaló la idea de que a los indios había que verlos como bichitos raros, como “el otro”. Sin embargo, a mi me interesó que fue cómplice del exterminio de los indígenas argentinos y, a la vez, el primero que empezó a rescatar su cultura. Escribió libros sobre el tema, al punto de que hoy los ranqueles o mapuches que quieren reconstruir su historia, sus costumbres y sus tradiciones, tienen que recurrir a lo que dejó él. Me interesa esa paradoja: que nuestro primer antropólogo, nuestro primer documentalista si querés, tenga las manos tintas en sangre. Creo que todos los que no somos aborígenes, seguimos teniendo algún tipo de responsabilidad de que el indio haya sido eliminado y avergonzado.
– Sobre el final de la película se menciona cierto arrepentimiento o reflexión de Zeballos.
– El escribía sobre la necesidad de exterminar a los indios antes de viajar. Después los fue conociendo y creo que eso lo hizo cambiar. Igualmente, seguía con una visión que hoy consideraríamos racista. Un año antes de morir, publica un extrañísimo panfleto con un título muy evocativo, “Soñando con los indios del Chaco”, porque fue al Chaco y se encontró con una comunidad indígena viviendo en la miseria, lo mismo cuando fue a La Pampa. En esa época no se podían publicar fotos en los libros, entonces hizo grabados basados en las fotos.
El país del Diablo no se limita a hablar de la matanza de los indígenas, sino que además muestra sus cadáveres, sus cráneos.
– Es que una de las expresiones del interés de Zeballos por los indígenas era profanar tumbas y coleccionar los cráneos de los indígenas. Creo que eso simboliza sus contradicciones, porque su interés era genuino, y a la vez macabro, e implica una falta de respeto total a la otra cultura. Al mismo tiempo, estaba en contra de las supersticiones, tanto de la Iglesia Católica como de los indígenas.
– Cuando en tu película, mientras se muestran esos cráneos, se escucha una expresión de Roca acerca de sembrar el terror entre quienes quedaban, es inevitable relacionarlo con la dictadura militar, durante la cual hubo algunas formas de reivindicación de la “conquista del desierto”.
– Sí. Yo no hago ningún tipo de referencia a la dictadura militar de los ‘70 porque no es necesario. En el diario del BAFICI titularon una nota que me hicieron con una frase que me gustó: “La historia ocurre ahora”. Y es así, lo que ocurrió hace más de cien años sigue sucediendo, en algún sentido. Los indios siguen sin poder ser indios, recién ahora están tímidamente empezando. En Argentina se hizo un estudio, hace unos años, y de 15.000 personas testeadas el 51 % tenía en su mapa genético elementos indígenas. Y nos consideramos un país europeo.
– La idea de hacer una zanja para dividir un tipo de gente de otra tiene equivalentes en la actualidad.
– Pero claro. Sobre todo, sigue vigente la idea del europeo y del autóctono, llamémoslo boliviano, paraguayo, negro de mierda. En ese sentido es donde también hay una continuidad con mi película anterior, Fotografías. En algún sentido yo me identifico con los indios, aunque sean otros indios, no los míos. Pero yo tuve esa experiencia de sentirme avergonzado, de odiarse a uno mismo, de querer ser otra cosa.
– Es muy conmovedora la escena en la que Daniel Cabral recuerda cuando de chico lo obligaban a negar sus orígenes.
– Yo creo que el hecho que, desde el gobierno de Néstor Kirchner en adelante, exista una política de derechos humanos, mal que mal hace que esto se incluya allí. Aunque te da también pena, porque de hecho le tiran a un tipo como él apenas unos manguitos para que pueda ir a una escuela a enseñar. Es como dicen en África: se muere un jefe de una tribu y se muere una cultura.
– Lo decís en un momento en la película: en pocos meses se acabó un mundo.
– Es muy impresionante. Hasta 1879, a doscientos, trescientos kilómetros de la ciudad de Buenos Aires, todo el resto del país hacia el sur, estaba en manos de los indios. Y los tipos la verdad es que vivían en el paraíso. Había guerras internas, o contra el Paraguay, pero le tenían miedo a los indios. Existió el intento de Rosas en los años treinta, aunque Rosas mató más gente que Roca, algo que hoy suena políticamente incorrecto.
– Con respecto a esa expresión de que acabó un mundo, en la última secuencia ¿no hay una intención tuya de que ese mundo perdido reaparezca, como si se tratara de un sueño o un fantasma?
– Sí, está bien esa lectura. Yo creo que es un poco un sueño mío y a la vez una reconstrucción. Nazareno, el cacique, tiene una parte indígena, pero elige ser ranquel, yo estoy diciendo que nosotros podemos pensar una Argentina donde podemos imaginarnos un poco indios.
– ¿Por qué la decisión de mostrar el off, de exponer momentos del trabajo de búsqueda?
– Porque me pareció importante mostrar que esto es hoy, una reconstrucción, un viaje intentando reconstruir lo que sucedió hace mucho. Por eso aparecen el celular y la toma de sonido. Lo mismo que la zanja de Alsina y los fortines: son reconstrucciones.
– También se oyen voces que plantean dudas sobre la actitud bondadosa o comprensiva de los indios ¿Te sorprendió?
– Me sorprendió mucho, pero a la vez me parece que es la ejemplificación máxima de lo que decía. El mayor crimen de la “conquista del desierto” no fue la conquista militar sino el proceso posterior de humillación, de hacer que los indios no quieran ser indios. Está encarnado en el padre de Nazareno, que habla de los indios como si él no lo fuera. También ocurrió que estábamos en un bar con los libros, y apareció un tipo, se puso a mirar las fotos que llevábamos y empezó a hablar como si estuviéramos en el siglo XIX y en cualquier momento viniera el malón. Es una presencia de la Historia en la zona. Están los monumentos, por ejemplo. Y no olvidemos que en nuestro billete máximo aparece Roca, el exterminador de los indios y el que construyó la Argentina tal como es.

Por Fernando G. Varea

(Reportaje realizado en abril de 2008, publicado parcialmente el 10/8/2008 en el suplemento Señales de la Cultura y la Sociedad del diario La Capital, de Rosario, y recomendado cuando Di Tella exhibió El país del diablo en Casa de América, de Madrid, España, en mayo de 2009)

http://fotografiasdeandresditella.blogspot.com/

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Un pensamiento en “Andrés Di Tella: “En cierto sentido, sigue ocurriendo lo mismo que cien años atrás”

  1. HISTORIA SINGULAR: RECONOCIMIENTO AL MÉRITO: EL CAPITÁN RUFINO SOLANO, SINGULAR PERSONAJE HISTÓRICO DE LA PROVINCIA DE BUENOS AIRES Y DE ARGENTINA.-

    Hace casi un siglo, a la edad de 76 años, dejaba de existir el capitán azuleño don Rufino Solano. Este muy particular militar, recordado como “El diplomático de las pampas”, desplegó inigualables acciones en favor de la paz, la libertad y la vida en la denominada “frontera del desierto”. Como resultado de estas acciones Rufino Solano, mediante su trato proverbial con el aborigen, consiguió redimir PERSONALMENTE a centenares de mujeres, niños y otros prisioneros, de ambos bandos, impulsado siempre por un notable y especial sentimiento hacia el género, encarnado en la lacerada figura de la cautiva.
    Asimismo, se destacan entre sus acciones, el haber evitado sangrientos enfrentamientos mediante sus prodigiosos oficios de mediador y pacificador, pactando con los máximos caciques indígenas (Calfucurá, Namuncurá, Pinsén, Catriel, Coliqueo, Sayhueque, entre muchos más), numerosos acuerdos de paz y de canjes de prisioneros. Realizando esta arriesgada tarea en beneficio de la población de Azul y de numerosas localidades de la Provincia de Buenos Aires e incluso de otras provincias aledañas. Entre otras significativas intervenciones del capitán Rufino Solano, se encuentra la de haber formado parte de los cimientes que dieron origen a las actuales ciudades de Olavarría y San Carlos de Bolívar, entre otras más.-
    En el plano religioso, cumplió destacado protagonismo sirviendo de enlace en la acción evangelizadora hacia el aborigen llevada a cabo por la Iglesia de aquella época. En cumplimiento de esta última actividad, se lo vio prestando estrecha y activa colaboración al Padre Jorge María Salvaire, fundador de la Gran Basílica de Luján denominado “El misionero del desierto y de la Virgen del Luján” (participó en la célebre expedición a los toldos del cacique Namuncurá) y actuando de ineludible interlocutor entre los jerarcas aborígenes y el Arzobispado de la ciudad de Buenos Aires, en la persona del Arzobispo Dr. León Federico Aneiros, llamado “El Padre de los Indios”.
    Esta encomiable labor del capitán Rufino Solano fue desarrollada durante sus más de veinte años de carrera militar y continuó ejerciéndola después de su retiro hasta su muerte, ocurrida en 1913. Actualmente obra en la Legislatura de la Pcia. de Buenos Aires, un proyecto de ley para declararlo Ciudadano Ilustre de dicha provincia.-
    Para ver la página en internet, escribir en el buscador: elcapitanrufinosolano (blogspot)

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