Argentina viceversa

De las 13 instituciones públicas que enseñan cine en nuestro país y son miembros de la Federación Iberoamericana de escuelas de Imagen y Sonido, 7 funcionan fuera del ámbito de la ciudad de Buenos Aires: la Escuela Provincial de Cine y TV de Rosario, la Escuela Regional Cuyo de Cine y Video, el Instituto de Arte Cinematográfico de Avellaneda, la Escuela de Medios Audiovisuales de Almirante Brown, y las Universidades de Córdoba, de Entre Ríos y de La Plata. El dato parece optimista, pero si bien muchos egresados de estos establecimientos logran ejercitar lo aprendido realizando videos institucionales o trabajando en TV y publicidad, les cuesta abrirse paso en la profesión como lo consiguen quienes estudian en Capital Federal.
Por ejemplo, Lucho Bender y Rodrigo Grande nacieron en Rosario, Enrique Bellande en San Nicolás, Celina Murga en Victoria, Lucrecia Martel en Salta, y Pablo Reyero pasó su infancia en Villa Gesell, pero todos ellos llegaron a su primer largometraje después de haber estudiado cine en Buenos Aires. En este sentido, es reveladora la respuesta de Bender cuando le preguntaron qué significaba estrenar Felicidades en su ciudad natal: “Cumplir una promesa; es por lo que me fui de aquí”. La necesidad de irse tanto como la de no ignorar el lugar de origen: síntesis de los dilemas a los que llevan las migraciones internas en un país en el que una barrera de desigualdades separa a porteños y provincianos.
La situación es distinta cuando, a fines de los años ’50, las escuelas de cine dependientes de la Universidad Nacional de Santa Fe y de la Universidad Nacional de La Plata emergían como innovadores proyectos: ambas terminaron cerrando sus puertas –no casualmente– en 1976, y hubo que esperar hasta 1984 para que abriera una institución similar en territorio santafesino (concretamente en Rosario) y hasta 1993 para que se recuperara la carrera en La Plata. Hoy corren con ventaja las instituciones públicas y privadas porteñas, por contar con mayores recursos y por brindar mayores posibilidades de trabajo y de contactos con profesionales consagrados.
Quienes optan por filmar en el mal llamado “interior” deben, por otra parte, recurrir al auxilio de concursos, subsidios y auspicios oficiales: los santafesinos Patricio Coll y Diego Soffici, por ejemplo, pudieron hacer Cicatrices y Gerente en dos ciudades gracias a concursos convocados por el INCAA; Casi ángeles, primer largometraje de la Universidad de La Plata, surgió de un taller extracurricular y fue dirigido por egresados; Rosarigasinos (Rodrigo Grande), Bonifacio (Rodrigo Magallanes) y Ana y los otros (Celina Murga) tuvieron auspicios o subsidios de organismos municipales o provinciales. A estos respaldos ocasionales se suman algunas medidas proteccionistas, promocionadas como patrióticas y novedosas aunque en la práctica resultan equívocas e insuficientes, como el llamado “Espacio INCAA” (que debería asegurar la proyección de películas argentinas en todos los rincones del país) o la ley de fomento con la que el gobierno de San Luis estimula rodajes en territorio puntano, exigiendo, entre otras cosas, que alrededor de la mitad del personal contratado sea gente de la provincia (en esas condiciones se filmaron Próxima salida, Dolores de casada, Chiche bombón, El juego de Arcibel y otras).
Como consecuencia de esa desproporción de oportunidades, resultan esquivas las ocasiones en que nuestro cine amplía su mirada más allá de la General Paz, permitiendo que afloren vivencias, matices y contradicciones de las diversas regiones de nuestro territorio. Lo satisfactorio no sería, claro, efectuar una mera recorrida por paisajes y ritmos folklóricos como lo hacían, años atrás, productos como Argentinísima, sino servirse de la riqueza cultural que cada zona provee, eludiendo las convenciones del universo porteño.
Un ejemplo puede ser Lucrecia Martel, que en La ciénaga recrea tensiones y agobios pueblerinos con conocimiento del tema: “Nací en Salta, tengo siete hermanos, conozco los movimientos de las familias grandes”, declaró mientras la filmaba. Posteriormente, ambientó La niña santa en un hotel termal salteño cercano a la frontera con Tucumán. ¿Acaso ese misterio y esa influencia de la naturaleza en sus historias no provienen, en parte, del ámbito geográfico y humano que caracteriza a esa provincia? ¿No hay algo de esa magia, de esa tristeza, también, en la música del salteño Dino Saluzzi, de quien se ocupó Daniel Rosenfeld en el documental Saluzzi, ensayo para bandoneón y tres hermanos?
Algunas películas realizadas por rosarinos (Gustavo Postiglione, Héctor Molina, la misma Felicidades de Bender), parecen ecos de la obra de Fontanarrosa, así como las franjas menos urbanas o más líricas del ámbito santafesino encuentran cauce en otras producciones, en las que el encanto del Litoral se expresa mediante la música de Chango Spasiuk, de la literatura de Juan José Saer o Juan L. Ortiz, de las playas mansas sobre el Paraná y las rutinas provincianas, lo que abarcaría desde Cicatrices, El astillero, Sudeste, e incluso Ana y los otros, hasta parte de la obra de Pablo Romano (Apuntes del natural, Una mancha en el agua) o de Raúl Beceyro (Nadie nada nunca).
En Otra vuelta, Santiago Palavecino transmite con sinceridad la atmósfera de un semidormido pueblo bonaerense porque para hacerlo eligió el suyo, Chacabuco. Reyero optó por ambientar su drama La cruz del sur en localidades que conoce desde chico (Villa Gesell y Mar del Plata), y para realizar su policial Cacería, Ezio Massa se trasladó a su provincia natal, Formosa, así como Fernando Zago, radicado desde muy joven en Rosario, para su mediometraje de tesis eligió filmar en Jujuy, donde nació.
Igualmente saludable es el aprovechamiento de locaciones y tipos humanos provincianos para relatar peripecias tiernas o ligeramente cáusticas, como han hecho Carlos Sorín (Historias mínimas, El perro) o directores de una generación más joven (El descanso, Familia rodante, El cielito), o la despojada manera con la que Lisandro Alonso registra la rutina de seres solitarios de “tierra adentro” (La libertad, Los muertos).
Y en el terreno de los documentales, es más oportuno que ciertos fenómenos sociales sean abordados por quienes los han vivido de cerca, como es el caso de Bellande (que en Ciudad de María documenta cómo su San Nicolás pasó de “ciudad del acero” a lugar de devoción por la presunta aparición de la Virgen), o de algunos trabajos de Mario Piazza sobre personajes rosarinos. O casos como los de algunos egresados del Instituto de Avellaneda, que se agruparon para registrar problemas de sus compatriotas de Neuquén o Santiago del Estero. Asimismo, resulta auspicioso que se indague en la problemática de los desaparecidos durante la dictadura militar saliendo del ámbito porteño (Sol de noche), o que se rescaten hechos que escapan a la habitual mirada quejumbrosa (La quimera de los héroes, sobre el entrenador de un equipo de rugby en la selva formoseña, integrado en su mayoría por tobas).
Pero, indudablemente, son más las historias y secretos que aguardan ser rescatados en cada una de nuestras provincias, que los medios materiales para expresarlos en imagen y sonido: facilitar las condiciones para que esto se revierta sería importante, no porque fomentaría el turismo o se acercaría al federalismo, sino porque ensancharía el camino a la comprensión y la pluralidad.

Por Fernando G. Varea
(Publicado en revista Faro de Sombras y Luces Nº 1, publicación de Facultad Libre de Rosario y Homo Sapiens, agosto de 2006)

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