Cualquier semejanza con la realidad no es coincidencia

fuckland

La idea de las islas Malvinas como un territorio inalcanzable, eje de un rencor antiguo hacia los ingleses, y la corrupción cotidiana consentida bajo el eufemismo viveza criolla, son elementos que forman parte indiscutible de la cultura de los argentinos. Este año, dos películas nacionales reflejaron ambas debilidades demostrando, además, la crisis de valores propia del momento actual.
Fuckland (2000), dirigida por José Luis Marqués, extiende a la duración de un largometraje el registro con una cámara oculta del paso de un argentino por las Malvinas. Pero tanto los pensamientos “en voz alta” del protagonista, como la ficción propuesta (en la que el mismo busca conquistar mujeres suponiendo que hijos suyos terminarían adueñándose de las islas en el futuro), coinciden en un humor liviano y canchero, en una aproximación inmadura, improvisada, a un tema importante.
En los años ’60, capturar imágenes de las Malvinas fue una proeza que le deparó sacrificios al camarógrafo Raymundo Gleyzer (desaparecido durante la última dictadura militar). El nacionalismo que interesó a la politizada sociedad argentina de la década siguiente, llevó a que Carlos Di Fulvio apareciera cantando en las islas en Argentinísima II (1973). En Mire que es lindo mi país (1981) Atahualpa Yupanki recitaba un poema añorándolas y anticipando la guerra, error repensado luego en Los chicos de la guerra (1984) y en angustiantes documentales como La República perdida II (1986) o Hundan al Belgrano (1996). En el año 2000, las Malvinas reaparecen en un film jocoso, que no tiene intenciones artísticas, documentales ni testimoniales: el resultado está más cerca de las bromas con cámaras ocultas que en los últimos años impusieron algunos conductores de nuestra televisión. Sin criterios estéticos e ideológicos precisos, su mayor mérito parece ser la estrategia de su lanzamiento publicitario.
La corrupción, en tanto, aparece en Nueve reinas (2000), de Fabián Bielinsky. La película tiene indudables valores, especialmente un astuto guión que logra sorprender al espectador a cada momento. Logra ser, también, un retrato reconocible de abusadores y ladrones urbanos de distinta laya, sexo y edad. Pero cabe preguntarse sobre la falta de una toma de posición frente al tema que aborda: como en varias películas nacionales recientes, la corrupción parece algo inevitable, simpáticamente cotidiano. La habilidad de los engaños y los logros de los timadores pasan a ser lo más importante de la trama y lo más festejado por el público.
La alternativa no sería haber hecho un film moralista sino plantear interrogantes sobre las causas, las consecuencias y los principales responsables de este grave problema. No sólo han hecho esto películas argentinas en otra época (como El negoción o La herencia), sino que hasta los últimos programas televisivos de Tato Bores, por ejemplo, asumían una mirada crítica, o al menos preocupada y sorprendida, ante la ilegalidad campante en la sociedad argentina. Hoy, ante el mismo tema, parece no quedar otra opción que el cinismo o la complicidad.
Banalización de ideales históricos, deshonestidad sin dramas: se nos aparecen hasta cuando nos acomodamos en la butaca de un cine en busca de distracción.

Por F. G. Varea

(Nota escrita en el año 2000 para una revista que, finalmente, no la publicó)

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