Detrás está la gente

El 9º Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires incluyó una buena cantidad de documentales, entre ellos, dos exponentes del género gestados por argentinos, coincidentes en la mirada sensible, personal, y al mismo tiempo imparcial, sobre sucesos políticos y figuras públicas.
Un pogrom en Buenos Aires (2007) despunta como un documental tradicional, interesado en rescatar del olvido la persecución de inmigrantes judíos (pogrom) en el barrio porteño de Once, hacia 1919, por parte de jóvenes acomodados de violentas, proféticas reacciones. Pero, así como Andrés Di Tella, en Fotografías (2007) -otro notable documental presentado en esta edición del BAFICI- indagaba en el recuerdo de su madre para desplazarse hacia otros temas como el racismo, el amor y los recodos de la historia argentina, en esta “ópera prima” Herman Szwarcbart (1965, Buenos Aires) parte de evocaciones de su abuelo para internarse en una trama integrada por acontecimientos diversos, inseparables de los sentimientos de quienes los vivieron y sufrieron.
En algún momento, sorpresivamente, la película comienza a revelar que la discriminación aparece dentro mismo de la comunidad judía, hecho ilustrado con la representación de una olvidada, lúcidamente autocrítica obra de Samuel Eichelbaum. La paciente búsqueda de referencias y recuerdos, hurgando en bibliotecas, caminando viejas calles empedradas, encontrando en manifestaciones culturales no oficiales (la letra de un tango, viejas canciones en idish, las imágenes del film mudo Juan sin ropa) retazos de una verdad encubierta por los diarios de la época, Un pogrom en Buenos Aires genera un clima taciturno, ocasionalmente estremecido por los mezquinos pensamientos de los agresores (recreados por actores, suerte de intermediarios entre textos de la época y los espectadores), o reflexiones como la de quien repara en la dureza de la jota en la palabra “judío”. Al escucharse, incluso, una queja egoísta sobre obreros que obstruyen la calle en manifestaciones de protesta, vuelve a comprobarse que la Historia siempre reverbera en el presente.
El film de Szwarcbart evidencia un estilo similar al de Bulevares del crepúsculo (1992, Edgardo Cozasrinsky) y Yo no sé que me han hecho tus ojos (2003, Lorena Muñoz/Sergio Wolf). “Me interesaba esa forma de relato, que para algunos tiene cierto viso de moda –declaró el director en Rosario–, pero a mí me gusta porque me parece que hay algo auténtico y verdadero en eso que se está contando; además, en mi caso, el uso de la primera persona se fue dando en forma natural, porque a todos lados donde iba a investigar llevaba la cámara”.
Dirigida por Alejandro Landes (1980, brasileño criado en Ecuador y actualmente residente en Buenos Aires), Cocalero (2006) se centra en figuras y hechos más recientes y conocidos (siguiendo los últimos tramos de la campaña de Evo Morales para presidente de Bolivia), pero, con similar desprejuicio, se distancia del documental previsible. No sólo porque revela algunos matices dudosamente plausibles de Evo y su gente (desde las dificultades de una candidata a senadora para usar una simple calculadora o las medidas adoptadas por el MAS en el Chapare con los opositores, hasta la despreocupada manera con la que Diego Maradona se inmiscuye en el encuentro entre el líder boliviano y Hugo Chávez), sino también por la frescura con la que detecta conversaciones casuales y situaciones rutinarias. En medio de la selva, la cámara se detiene en unas mariposas, en un chapuzón de Morales en el río, o rescata el lamento de la candidata Leonilda Zurita por haber tenido que utilizar un solo huevo para la comida ante la huida de su pollo. A lo cual se suma la presentación de puntos fuertes, estimuladores de discusiones, como la defensa de la coca que hacen campesinos y el propio Morales, la dureza de algunos discursos políticos, o los insultos que ocasionalmente recibe el candidato por parte de bolivianos mismos, indignados ante la posibilidad de tener un presidente indígena.
Según ha contado la realizadora rosarina Julia Solomonoff tras la exhibición del film (del que es co-productora), la abrumadora cantidad de material periodístico recogido por Landes llegó a distraerlo de los objetivos planteados, hasta que alguien le sugirió que hiciera la película que verdaderamente quería. El consejo pareció sensato: Cocalero no tiene más información que la que se desprende de los nombres de las diferentes personas y su función o profesión, más algunos escuetos datos al comienzo y al final, y, sin embargo, “dice” mucho.
El valor de Cocalero pasa, en definitiva, por su carácter libre y su mirada cálida, como lo demuestra el cruce de imágenes con los títulos finales, elaborado con precisión y gracia, precedido por la conmovedora expresión esperanzada de una anciana.

Por Fernando G. Varea

(Publicado en Leedor.com el 24-07-2007)

www.pogromenbuenosaires.com.ar/
http://www.cocalerofilm.com/

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