Los chicos nos miran

chicos

Con pocos meses de distancia, se estrenaron dos películas argentinas que abordan el período de la última dictadura militar desde la óptica inocente y temerosa de chicos con padres perseguidos o desaparecidos. Una es Kamchatka (2002), última realización de Marcelo Piñeyro; la otra, Ilusión de movimiento (2001), primer largometraje dirigido por Héctor el nene Molina, rodado en Rosario. Pero, más allá de la coincidencia argumental, no son pocos los elementos que las diferencian.
De los dos guiones, el de Kamchatka, escrito por Marcelo Figueras, luce más aceitado, al tiempo que evidencia cierta artificiosidad; de hecho, trae a la memoria otras películas (el padre oculta la realidad a sus hijos para evitarles sufrimiento como en La vida es bella, los chicos asisten secretamente a un colegio católico como en Adiós a los niños). Mirado con desconfianza, parece el resultado de calculados procedimientos para emocionar o gustar. La historia de Molina, en cambio, aún con sus imperfecciones (personajes prescindibles, algunas situaciones humorísticas que no logran acomodarse al clima general) transmite una espontaneidad, una sinceridad, que la alejan de toda especulación o concesión comercial.
Un rasgo discutible del guión de Ilusión de movimiento es la ausencia de referencias políticas: cuesta creer que, en 1986 (cuando los responsables de haber violado los derechos humanos durante la dictadura acababan de ser juzgados y encarcelados, mientras sigilosamente se gestaba la llamada “ley de Punto Final”), familiares y amigos de una desparecida dialoguen sin hacer referencia alguna al contexto político. En Kamchatka, en tanto, la militancia política de los padres se manifiesta con sutileza. Sin embargo, aquí la violencia es eludida, algo que no hace Molina en su film, recreando el secuestro (con efectos sonoros y distorsiones fotográficas, procurando representar la irrupción de recuerdos dolorosos). No deja de ser oportuno mostrar las acciones del terrorismo de Estado antes que darlas por supuestas; no por morbosidad, sino para no diluir en la memoria de los espectadores la gravedad de lo que aconteció en esos años.
Figueras y Piñeyro se permiten también algunas metáforas (el audio de Los invasores, el juego del T.E.G.), pero Molina propone una idea más luminosa: las fotos en movimiento de la madre desaparecida, que permiten reflexionar sobre la posibilidad de supervivencia que ofrece el cine.
De todos modos, hay algo más que los aciertos o desaciertos de guión. Fiel a su estilo, Piñeyro acumula gente linda, encuadres decorativos y resoluciones estéticas efectistas. En su película los personajes son arquetipos, en la de Molina son personas. La primera tiene lustrosa prolijidad y glamour, la otra tiene vida. La acción de Kamchatka transcurre en una vistosa casaquinta (un cómodo atajo para la elaboración de imágenes bellas), en tanto la cámara de Molina recorre calles y ámbitos melancólicamente verdaderos. En ambas hay chicos simpáticos, pero los de Ilusión de movimiento juegan, hablan y miran con una naturalidad y una gracia que probablemente no tenga antecedentes en el cine argentino.
Es cierto que la credibilidad de la historia de Molina tambalea con algunas actuaciones o escenas riesgosas (como la del coraje abrupto del personaje interpretado por Darío Grandinetti), pero es cierto también que, por sobre sus limitaciones, levanta humilde y esforzadamente las banderas del cariño intergeneracional, de la lealtad entre amigos, del valor de los afectos, del encanto cotidiano que tienen el silencio entre seres queridos, las distendidas sobremesas, los bares húmedos, las calles empedradas, los juegos a la pelota y las vueltas a la manzana.
La obra de Piñeyro “habla” de sus competencias profesionales y sus habilidades comerciales, pero no de él como persona; la película rosarina, en cambio, transparenta al nene Molina, puede decirse que con ella realmente se expresa, se muestra, comparte con los espectadores su visión íntima de la ciudad y de las relaciones humanas.
Premisas comerciales gestaron el proyecto de Kamchatka, que gustó sin fervores, obtuvo previsibles recaudaciones y fue elegida para representar a nuestro cine en la siempre interesada competencia por los premios Oscar. Producto de la vocación y la perseverancia, Ilusión de movimiento, en cambio, le habrá deparado a su director una recompensa seguramente más valiosa: la emoción de ver hecho realidad un viejo sueño.

F. G. Varea

(Publicado en mensuario de cultura Lote Nº 68, marzo de 2003)

Imágenes: Fotogramas de Kamchatka (izq) y de Ilusión de movimiento (der).

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