Los inundados de siempre

Cuarenta y dos años atrás, una sorpresiva inundación agregó dificultades al rodaje de una película en el norte santafesino. Fernando Birri, su director, debió enfrentar la pérdida de tiempo y de dinero, ya que 18 ranchos que su equipo había levantado a orillas del río Salado, para ser utilizados durante la filmación, fueron de repente cubiertos por las aguas. La película se llamó Los inundados.
Basada en un cuento de Mateo Booz –santafesino como Birri–, con la producción ejecutiva de David Cwilich y Edgardo Pallero (más tarde partícipe en la producción de La hora de los hornos y Los hijos de Fierro), y producto del apasionamiento con el que encaraba sus proyectos el flamante Instituto de Cine de la Universidad del Litoral, Los inundados recreaba un problema social que, como se ve, no es nuevo. Y lo hacía a través de la historia de Dolores Gaitán y su familia, quienes, después que las aguas del río invaden su modesta casilla, van a parar con todas sus cosas al interior de un vagón que, por accidente, se pone en marcha. Luego del inesperado paseo son recibidos cálidamente en un pueblo, para más tarde volver a sus pagos.
Los títulos iniciales aparecen sobre un fondo de elocuentes imágenes de muebles, ollas y platos flotando sobre el agua. Entonces comienzan las desventuras de la familia Gaitán, entre ironías diversas y alusiones pícaras: la llegada de los bomberos en bote con cascos y gestos similares a los de conquistadores españoles, grupos de boy scouts solidarios bajo un enorme cartel con la leyenda Día del inundado, chicas solicitando ayuda con sus alcancías mientras se detienen a mirar mocasines italianos en las vidrieras, políticos que ignoran o defienden a los inundados según las circunstancias… El drama no interrumpe las campañas proselitistas, y los cánticos y las leyendas en las paredes permiten hallar un detalle indicativo de la época: alusiones a Colón por Perón, entonces innombrable. Lo que permanece igual es el siempre alborotado y desprolijo reparto de ropa y de comida.
Sensible, inspirado, Birri muestra a los Gaitán echando una mirada melancólica a las estrellas o suspirando ante la amenaza de un cielo nublado. O también apreciando, desde las ventanillas del tren en marcha (y con los chamamés interpretados por el acordeón de Raúl Barboza de fondo), el campo santafesino con sus árboles, caballos, bandadas de pájaros y tractores en actividad. “Los gobiernos son todos iguales: puras promesas nomás”, se queja en un momento la mujer. Su marido, a su vez, con la fuerza de las palabras simples, razona: “Somos todos argentinos, pero a algunos nos han agarrado de zonzos”.
Varias cosas han cambiado desde entonces: hay menos trenes, la Escuela de Cine de Santa Fe ya no existe, Birri se fue hace rato a concretar sus sueños lejos de la Argentina, Pallero murió viendo cómo durante el menemismo podía hacerse con Perón algo peor que no nombrarlo. Sin embargo, muebles, ollas y platos vuelven a aparecer flotando, sobre el agua fría del río Salado.

Por Fernando G. Varea

(Publicado en Rosario/12 el 28/5/2003, con el título Los inundados de Birri)

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