Sabor de barrio, tesoro antiguo

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Desde que el escenógrafo Juan Manuel Concado recorrió las calles de La Boca para reproducirlas con fidelidad en los estudios donde Luis Sandrini filmaba Riachuelo (en 1934), hasta que la cámara de José Santiso proveyó de estampas reconocibles a la conformista De mi barrio con amor (1995), en muchas oportunidades el cine argentino centró su interés en el barrio, representándolo, idealizándolo, ridiculizándolo, comprendiéndolo.
Algunos directores se revelaron sinceros en el retrato barrial. José Agustín Ferreyra mostró con frecuencia personajes y situaciones del arrabal, próximos a letras de tangos y a la poesía de Evaristo Carriego. Mario Soffici, procurando autenticidad, no se olvidó del ámbito barrial en películas como Pasó en mi barrio (1951). Leopoldo Torres Ríos demostró una sensibilidad especial desde Pelota de trapo (1948), con sus inmigrantes comerciantes y pibes apasionándose por su Saca Chispas Fobal Club, hasta Edad difícil (1956) y Demasiado jóvenes (1958), y la adolescencia compartida entre caminatas por calles empedradas, baños en el arroyo incontaminado, incipientes romances junto al buzón, el vigilante en la esquina y los sonidos familiares del silbido del tren, la calesita y la máquina de coser que mantenía ocupada a la madre paciente. René Mugica no desechó el tono melodramático en El centroforward murió al amanecer (1961) o La murga (1963), donde no faltaban juegos de agua en carnaval, algún padre preocupado por la pobreza que ofrece a sus hijos, una tía italiana, un cura admonitorio, un bandoneonista bohemio, chicos disfrutando de sus barriletes y de sus juegos en el potrero. José Martínez Suárez paseó por plazas, cafés, zaguanes y pensiones a sus personajes entrañables, no siempre inocentes, de Dar la cara (1962) o Los chantas (1975). Leonardo Favio también acostumbró mostrar –de manera impar– los márgenes de la ciudad, con un niño solo y errante esquivando miserias, o el Gatica campeón devenido atracción de cantina, condenado a repetir “buenas noches, buen provecho” y a ofrecer muñequitos en las tribunas de las canchas de fútbol.
También aparecen inconfundiblemente ligados al barrio algunos intérpretes de nuestro cine, desde Alberto Castillo, Tita Merello y Niní Marshall, hasta Norberto Aroldi, Juan Carlos Altavista y Luis Brandoni.
No faltaron barras “de la esquina”, amigas asistiendo a comentados casamientos, amistades y noviazgos iniciados en aulas escolares, jubilados entusiasmados en el truco en una mesa de bar, vecinas prejuiciosas, bailes en el club, melancólicas kermeses. Y aunque en la pantalla grande los barrios son casi siempre porteños, los hace representativos cierta universalidad de caracteres y cierta atemporalidad, que sin embargo termina excluyendo referencias concretas y actuales de decadencia (imágenes del naufragio en los suburbios que Eliseo Subiela sugirió).
Hoy, todavía nuestro cine vuelve ocasionalmente con sus cámaras al barrio, quizás en busca de un público sentimental, quizás al rescate de rasgos culturales que forman nuestra identidad, o quizás porque –como el linyera decía al chico que acababa de hacerse la “rabona” en Edad difícil– es “el sitio donde todos los sueños se realizan”.

Fernando G. Varea

(Publicado en la revista Vivir El Barrio el 11/8/1996)

Imagen: Fotograma de Pelota de trapo.

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