El odio como profesión de fe

PETRÓLEO SANGRIENTO
(There will be blood, 2007, dir: Paul Thomas Anderson)

-Por JUAN AGUZZI
Transcurrida la mitad de Petróleo sangriento, surge el indicio de que a la crítica le fascina tejer equivalencias y que desde esa urgencia que tiñe su visión va surtiendo de equívocos o desmesuras su mirada especializada acerca de tal o cual film. Para decirlo sencillamente, luego de la primera hora y media, Petróleo sangriento no resulta la gran obra que la prensa en el reciente Festival de Berlín tildó de portentosa y sobre la que insistía que entre sus aciertos principales contaba el de ser una estilizada exhumación del espíritu de ambición que caracteriza a buena parte de los estadounidenses -con el gobierno a la cabeza y a la caza del petróleo en Medio Oriente-, o una suerte de remedo actualizado de El ciudadano de Welles y a la que no se premió más –se llevó el Oso de Plata- porque ya contaba con 8 nominaciones al Oscar, y entonces hubiera resultado exagerado.
Petróleo sangriento no es entonces el fresco de la condición humana de los norteamericanos; es sí una película con cierta intensidad que se propone como un retrato del empuje capitalista de principios del siglo XX en Estados Unidos, donde ya el ferrocarril y las matanzas de indígenas habían despejado el camino hacia el suelo lleno de riquezas inexploradas del interior profundo. Cuando la fiebre del oro languidecía, la búsqueda de petróleo resultaba la promisoria llamada del destino que premiaría más por azar que por esfuerzo. Sobre eso discurre “Oil”, la novela de Upton Sinclair que escribió hacia 1927 y de la que Anderson declaró haberse servido en parte. Petróleo sangriento no es una gran película; es, en todo caso, una película con un gran personaje. Una película que, claro, va bien con el criterio abierto de la Academia acerca de revisar las flaquezas del modo de vida americano.
Luego de la monumental Magnolia y la inquietante Embriagado de amor, Paul Thomas Anderson la emprendió con esta historia sobre uno de aquellos personajes que hacían de la extracción del oro negro el ritual que consumía su existencia y la de quienes le ayudaban en la empresa, vidas genuinamente consumidas por excesos: de desprecio, de insensibilidad, de jactancia, de inmunidad. Petróleo sangriento es un relato sobre la ascensión y perdición de uno de esos aventureros para los que conseguir petróleo era la llama que avivaba y consumía sus días.
Que realmente Petróleo sangriento es un film de personaje se hace explícito en los diez primeros minutos de metraje, cuando Daniel Plainview busca desesperadamente un yacimiento de oro y no le importa romperse una pierna o subestimar el impacto de un cartucho de dinamita para conseguirlo. En él está puesto todo el dinamismo y coraje del conquistador, para quien la naturaleza es sólo un medio del que servirse para escalar entre los hombres. La cuidada fotografía con encuadres abiertos y panorámicos, de ominosas montañas que entran y salen de campo, y sobre todo la sobrecogedora banda sonora desde la que interpela el compositor Arvö Part, sustancia el marco épico de esta salvaje incursión al desierto. Daniel Plainview y sus empleados no matan indios pero sí esquilman a pobres lugareños comprando sus tierras incultas por monedas y horadando sus suelos sin que importe si se pierde alguna vida, incluidas las del propio equipo.
La impresionante gama de matices que Daniel Day Lewis pone en movimiento en la piel de Plainview dota al personaje de una estatura excéntrica que lo vuelve inhumano, a tono con su tarea; nada puede interponerse entre la búsqueda -porque para él lo que importa es la búsqueda en sí misma- y el dolor que le ocasiona su alma fracturada. Plainview odia a la gente y puede comportarse tan groseramente con un granjero miserable como con un representante de la Standard Oil. Utiliza al que llama su hijo como gancho para sus embauques y sostiene un duelo a muerte con un predicador evangelista porque ve en él un espejo de su vida de farsante. La falsa vida que lleva un magnate, como le gusta llamarse a Plainview, y la falsa fe del predicador, son dos formas de glorificar la vanidad, lo vacuo de la vida, porque en definitiva engañar es la única profesión redituable. El origen de Plainview es un misterio, en su dolor añora una familia, pero él parece pertenecer a sí mismo, a su odio concentrado; no se le conocen mujeres y tampoco podrá amar verdaderamente a ese niño que él cría desde bebé. En su interior se retuercen contradicciones pero el odio es más fuerte.
El crimen entonces como sucedáneo cuando alguien pretende engañar mejor que él; sin compasión, sin demoras, como un trámite más de los que Plainview se siente orgulloso. Plainview sólo tiene deseos de posesión y cuando esos deseos no son correspondidos reacciona como un perro al que le han quitado el hueso y echa mano al crimen porque, al fin y al cabo, es la única garantía para seguir siendo el mejor embaucador.

(publicado en El Ciudadano & La Región el 24/2/2008)

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