Obra

“Si no he actuado en proyectos más comerciales, es porque me gustan las películas que tratan sobre la fe, la duda en uno mismo y la ambigüedad moral. Nunca pienso que estoy haciendo una película aislada, cada una es parte de mi obra total (…) No he podido acumular dinero, porque no gano mucho con las películas en las que trabajo y tampoco hago dinero como director. Y la vida es muy cara, especialmente cuando uno empieza a dirigir. Por eso, me puedo permitir dirigir una película cada cinco años. Entretanto, me alquilo como actor”.

(SEAN PENN, actor de Milk y director de Hacia rutas salvajes)

Hacia rutas salvajes/Into the wild ha sido editada en dvd y será exhibida el próximo martes 3/3 a las 20 hs. en Cine Club Rosario.

Un Agresti menor

VALENTÍN
(2002; dir: Alejandro Agresti)

Una historia sentimental con un chico de protagonista siempre sirve para ganarse fácilmente la adhesión de los espectadores, como lo demuestran numerosos ejemplos en la historia del cine. Lo curioso es que quien agregue un título más a esa lista sea Alejandro Agresti (1961, Buenos Aires), director que tanto en sus películas más estimulantes (El amor es una mujer gorda, El acto en cuestión) como en otras más recientes y más híbridas (Buenos Aires viceversa, La cruz, Una noche con Sabrina Love), se ha caracterizado por retratar personajes más proclives al desdén y a la prepotencia que a la ternura, reflejando ciertos rasgos típicos del porteño.
Se podrá discutir si es especulación comercial o sincera necesidad de representar momentos de su infancia, pero lo cierto es que no lo hace nada mal: su crónica de un niño solo es una graciosa sucesión de viñetas de la vida cotidiana. Incluso la galería de situaciones y personajes que propone se aparta, en buena medida, de los lugares comunes: el cura, la novia del padre, e incluso la abuela, no responden a los estereotipos acostumbrados. Los elementos elegidos para recrear la vida en los años ‘60, en cambio, no siempre parecen suficientes o adecuados, sobre todo si se tiene en cuenta que las referencias al clima político se limitan a una única -aunque conmovedora- mención al Che Guevara.
Más cuestionable resulta el insistente relato en off, en el que la película se sostiene demasiado, casi como si fuera una mera ilustración del mismo. El chico protagonista, Rodrigo Noya (aunque a veces se nota que repite sus parlamentos de memoria), es indudablemente entrador, y es bueno el desempeño del resto del elenco, en el que aparece el propio Agresti encarnando al padre, un chanta de esos habituales en su cine. Lo mejor, sin embargo, está en los ambientes elegidos y en la iluminación de José Cajaraville, que logran que esos bares, calles y casas de barrio se sientan cercanos, reconocibles, verdaderos, incontaminados por ese frío embellecimiento que tantas veces el cine toma prestado de la publicidad.

Por F. Varea
(Publicado en 2003 en el sitio web Citynema)

Valentín se emitirá el próximo sábado 28/2 a las 22 hs. por el canal Volver.

Sensaciones

“Un film, aunque sea muy complejo de realizar y requiera mucho tiempo, puede existir en una sensación, en una sospecha, en una anticipación que puede ser una luz, un sonido. Una obra de arte puede ser anunciada a su autor aún por un perfume. La vida entera puede ser sugerida por el temblor de una hoja.”

(FEDERICO FELLINI, 1920/1993, realizador)

Los lugares comunes de Aristarain

LUGARES COMUNES
(2002; dir: Adolfo Aristarain)

El tono espontáneo y la manera implícita de reflejar la crisis argentina, que algunos jóvenes directores aportaron como novedad para el cine argentino en los últimos años, parecen no haber influido demasiado, todavía, en la obra de los realizadores más experimentados o veteranos. Lugares comunes, el último film de Adolfo Aristarain (1943, Buenos Aires), es un ejemplo.
La película tiene indudables méritos, inusuales incluso en el llamado “nuevo cine argentino”: fluidez en la narración, buenos actores, la originalidad de contar una historia con personajes que no son jóvenes ni marginales. Pero hay también mucho relato en off prescindible, sentencias declamadas por aquí y por allá, y, especialmente, no pocas contradicciones e ingenuidades en torno a Fernando, su protagonista, un profesor de literatura interpretado por Federico Luppi.
El comienzo lo muestra discutiendo con el rector encargado de darle la noticia de su jubilación forzada e inesperada, pero algunos de los reproches que Fernando le hace a su superior no se condicen con su posterior actitud en el aula, donde pontifica, imparte consejos sin dar a los jóvenes posibilidades para la discusión, y si les permite fumar en clase (suponiendo que eso pueda interpretarse como una transgresión) es, más que nada, porque él necesita hacerlo.
A su hijo lo trata despectivamente de “burgués”, pero nada más burgués que el departamento donde vive con su mujer. En algún momento él mismo se encarga de aclarar que es heredado, pero desorienta oírlo criticar furiosamente el materialismo de su hijo y las trampas del sistema, y al mismo tiempo verlo vivir confortablemente, bebiendo whisky y haciendo llamadas telefónicas a España sin reparar en gastos.
Su único contacto con la realidad más dura del país –que tanto parece preocuparlo– es a través de las imágenes de su televisor, o cuando va a buscar a su esposa (en auto) a una zona marginal de la ciudad, donde ella realiza tareas de asistencia social (aparentemente desvinculada de toda asociación política o religiosa, lo que generaría la desaprobación de Fernando).
El desconcierto aumenta cuando la pareja vende el departamento para achicar gastos, y las circunstancias la llevan a habitar un envidiable caserón cordobés. Allí, Fernando actúa con el casero y su familia con generosidad, pero también con paternalismo. La escena en la que el hombre sencillo demuestra desconocer el significado del número de un cartel (la fecha de la Revolución Francesa), está planteada de manera tal que provoca risas en la platea (más adelante, Fernando se ocupa de “ilustrarlo”). Ya en Un lugar en el mundo (1991, también dirigida por Aristarain) un grupo de idealistas instruidos (entre ellos, un español) era portador de verdades que procuraban transmitir a pasivos y silenciosos provincianos. En Lugares comunes, Fernando le regala un enorme ejemplar de “Alicia en el país de las maravillas” a la hija del casero, loable gesto si no mediara cierta sensación de desubicación -e incluso de superioridad- ante la “ignorancia” de los más humildes. Treinta años antes, en Shunko (1960, película dirigida por Lautaro Murúa) el acercamiento a provincianos con carencias intelectuales y económicas estaba planteado como un intercambio respetuoso, no con criterio civilizador. Y a propósito del mal llamado “interior”, puede decirse que en Lugares comunes el ambiente cordobés es como un vacío decorado donde Fernando “hace la suya”, o que los provincianos no tienen nada que decir, al menos según la limitada visión de Aristarain.
Finalmente, siendo tan cuestionador el protagonista, llama la atención que dispare sus dardos sin dar precisiones o nombres propios, y que no mencione ni de paso, por ejemplo, la intervención de empresas españolas en las turbias privatizaciones de nuestros servicios públicos, en buena medida responsables de la decadencia argentina que tanto lo aflige.
Tal vez estas contradicciones sean consecuencia de la necesidad de Aristarain de volcar impulsivamente sus ideas o sus broncas, o tal vez sea que –como observó Angel Faretta a propósito de Martín (Hache) (1997)- el notable director argentino ha ido convertiéndose en algo parecido a un “charlista de café”. Sin embargo, su antepenúltima película, La ley de la frontera (1995), demostró que sigue teniendo capacidad de sobra para contar una historia cáustica en términos transparentemente cinematográficos, desplegando reflexiones e ironías sobre corrupción, dignidad, libertad y resistencia, sin recurrir a personajes de actitudes paradójicas y a inconvincentes lugares comunes.

Por Fernando G. Varea
(Publicado en el mensuario de cultura Lote Nº 66, enero de 2003)

Lugares comunes será emitida el próximo lunes 23/2 a las 22 hs por el canal Volver.

Néstor Frenkel: “Hice una película sobre gente que vive en casas iguales”

nestor_frenkel2Néstor Frenkel (Buenos Aires, 1967) es sonidista, productor y director. En 2007 escribió y dirigió Construcción de una ciudad, documental sobre la vida de los habitantes de Federación, un pueblo entrerriano que a fines de los ‘70 fue deliberadamente demolido e inundado, debido a la construcción de la represa de Salto Grande. Recientemente, la filial local de la Federación Internacional de la Crítica Cinematográfica consideró que fue una de las mejores películas argentinas estrenadas durante 2008. Frenkel la había presentado en Rosario durante la muestra del BAFICI realizada en agosto.
– Vos contaste que cuando la gente de Federación vio la película esperaba algo más melancólico y tradicional, y el tema predispone a eso ¿Cómo surgió la idea de plantear la historia de otra manera, apelando sobre todo a la ironía?
– Si yo la hubiera filmado al mes de conocer la historia hubiera hecho eso, pero avanzando y profundizando en el trabajo, empecé a entender que pasaron 30 años. La mayoría de la gente, en su día a día, está más pendiente de otras cosas. Me interesaba ver cómo esos recuerdos afloraban entre ciertos intersticios, en medio de una vida en realidad bastante agradable.
– ¿Y cómo trabajaste con las personas del lugar? Algunos parecen haber sido mirados con más afecto.
– Eso es inevitable, desde el momento en que elegís poner la cámara de un lado o de otro ya no existe la justicia ni la verdad. En algún momento corté cierta lógica de la verdad y me puse a pensar qué me servía de cada persona, para construir un personaje y contar una película.
– ¿No hay una mirada un poco sarcástica sobre esta gente?
– Traté de cuidarme, sabía que estaba trabajando en un terreno resbaloso. Cuando decía que no hay verdad, quiero decir verdad absoluta: tampoco es que yo esté falseando la realidad. Sí la acomodo, la recorto, y la llevo para un lado o para el otro. Quiero mantenerme dentro del respeto, y que el humor sea algo que emane naturalmente de las personas, a lo sumo lo acentúo o lo guío con el montaje o con la música. Pero no creo que haya una burla despiadada, trato de no ponerme por encima de esas personas que me abrieron sus casas, su corazón, me dieron su tiempo y me contaron su vida y sus penas. Eso lo tengo muy presente.
– La película parece pendular entre el pasado y el futuro, todos están atentos al pasado y a la vez proyectando cosas que no se sabe si cumplirán alguna vez.
– Eso es lo que da título a la película: cómo cada uno en su cabeza puede reconstruir la vieja ciudad, cómo se construye una identidad en esas circunstancias, y cómo escapan hacia delante con grandes planes.
– Un aspecto que me pareció interesante es que la película aprovecha imágenes de filmaciones caseras y recurre a distintos tipos de formatos ¿eso fue producto de la casualidad?
– Fue un poco casualidad, pero lo busqué. Y es cierto: hay material institucional de la represa, hay material semiperiodístico donde habla un cura, está el material puramente casero en super 8 con gente que ha registrado sus vidas, el videasta que hace un cortometraje o videos más turísticos y conmemoraciones…
– El cine es eso ¿no?
– Cada vez me convenzo más que eso es el cine, que hay allí algo primitivo, poco conciente, poco mental, un impulso de tener un aparato que pueda registrar cosas. Como una ciudad que desapareció, por ejemplo. Me interesaba mostrar esas distintas miradas, de otras épocas y otras mentes.
– No procuraste una visión política o testimonial de la historia, tampoco te centraste en lo que aconteció desde un punto de vista arquitectónico.
– Creo que esos temas están planteados, pero profundicé otros. Es una película más de retratos de personas. Se privilegió la cuestión psicológica, aunque igualmente pienso que es una película política, claramente. Lo que no quería hacer era una película sobre el Proceso, porque se iba a parecer a otras. Y lo arquitectónico también está ahí, de hecho se trata de eso ¿no? De gente que vive en casas iguales.

Por F. G. Varea

Agitado vía crucis

¿QUIÉN QUIERE SER MILLONARIO?
(Slumdog millionaire, dir. Danny Boyle)

¿Es válido utilizar hechos dolorosos de la vida real para urdir una película divertida? ¿Puede tomarse una acumulación de desgracias como simples peripecias o aventuras para desarrollar un relato dinámico? Preguntas como éstas surgen de la visión del último film dirigido por Danny Boyle (1956, Manchester, Inglaterra), realizado con la ayuda de la realizadora india Loveleen Tandan, ya que la acción transcurre en Bombay.
La primera parte es una cruza entre Trainspotting (1996, dirigida por Boyle) y Ciudad de Dios (Cidade de Deus, 2002, Fernando Meirelles), con escenas dramáticas en un contexto de miseria filmadas con estética publicitaria: imágenes ralentadas o aceleradas, colores pastosos, planos cortos y canciones pop. Esos momentos de padecimiento se suceden uno tras otro, dejando rápidamente paso a la anécdota siguiente, cuestión de no apartar al espectador del vértigo al que ha sido introducido. Si esa batería de infortunios se hace tolerable, es porque los personajes son chicos vitales y simpáticos protegiéndose mutuamente. En ese comienzo hay un indicio del fervor por los ídolos populares (con una escena en un retrete de la que todo el mundo hablará), que tendrá su resonancia al final, y una situación que se pretende graciosa pero resulta ridícula, en la que un pequeño se convierte en guía de turismo por un rato, con un corolario bastante irritante, en el que se relacionan India=Miseria, Estados Unidos=Dinero.
Avanzada la película, centrada ya en uno de esos pibes, Jamal, ahora adolescente y participante de un programa televisivo de preguntas y respuestas (desde el comienzo se incluyen escenas que lo anticipan), el film de Boyle atenúa sus golpes de efecto y se dispone a crear suspenso en torno a un par de líneas argumentales, ligadas a la joven de la que está enamorado y al concurso que puede permitirle ganar fácilmente 20 millones de rupias. A esas alturas, la televisión ha convertido a Jamal en alguien admirado por la gente de su pueblo.
Hay algún atisbo documental en la recorrida de la cámara por los recovecos de esas calles, estaciones y casillas, y resoluciones que no se caracterizan por su originalidad, como un montaje paralelo o la repetición de breves escenas ya vistas, sobre el final. Seguramente su ocasional vivacidad (sobre todo gracias a la expresividad de sus desconocidos actores, como el notable Dev Patel como Jamal), la suma de momentos “fuertes”, sus personajes estereotipados, y, por qué no, cierto exotismo propio de una cultura ajena, han hecho que ¿Quién quiere ser millonario? sorprenda y guste tanto, a públicos y jurados americanos y europeos. Entusiasmos indudablemente desproporcionados para esta mirada bastante frívola sobre una compleja realidad social, cuyo final parece demostrar que la adversidad puede superarse sólo a través del azar o de la violencia.

Por Fernando G. Varea

Cuando la madurez es sólo una apariencia

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EL CURIOSO CASO DE BENJAMIN BUTTON
(The curious case of Benjamin Button, 2008; dir: David Fincher)

Curioso caso el de David Fincher (1962, Denver, EEUU): si bien sus películas no suelen ser otra cosa que entretenimientos cool, de superficie lustrosa y apariencia transgresora, evidentemente afectadas por sus hábitos como realizador de video clips (alguna vez se manifestó orgulloso de que consideraran a Se7en/Pecados capitales impregnada de la estética de MTV), nada hacía imaginar -sobre todo después de la notable Zodíaco (Zodiac, 2007)- que haría un producto tan complaciente como éste.
El Benjamin Button del título es alguien que nace viejo y muere niño: a partir de esa conjetura, se recorren los distintos momentos históricos por los que transcurre su vida (ilustrados con oportunas canciones e imágenes en televisores encendidos), por la cual van desfilando, además, varios personajes simpáticos. De esa manera, el bebé freak con aspecto de anciano irá creciendo, hasta llegar al momento en que -para satisfacción de las expectantes espectadoras- Brad Pitt se convierte en Brad Pitt, para luego continuar su carrera de rejuvenecimiento físico y senilidad al mismo tiempo.
El guión (que recuerda a Forrest Gump, también escrito por Eric Roth, y basado en un hermoso cuento de Scott Fitzgerald) predisponìa al relato mágico o a la comedia sobre el paso del tiempo y las apariencias equívocas (al estilo Quisiera ser grande), pero el film de Fincher no sólo oscila entre ambas posibilidades sin decidirse abiertamente por una, sino que, además, esparce tantas imágenes de atardeceres y calles nevadas de tarjeta postal, tantas escenas tristes subrayadas con música sentimental, tantas reflexiones ingenuas sobre el destino y el valor de la vida, que termina siendo más pueril que fantástico, más manipulador que sincero.
Al gusto de Hollywood, y un poco siguiendo los tópicos del melodrama, en sus 166 minutos hay melancolía y humor, amores y guerras, nacimientos y muertes, despedidas y encuentros, cartas que guardan confesiones y animados bailes. El resultado (como en Conduciendo a Miss Daisy, Una mente brillante, y tantas películas ganadoras del Oscar) es tan inofensivo como intrascendente, y basa casi todo su atractivo en una verdadera artillería de recursos técnicos, de los cuales no es menor el maquillaje, que debe ir haciendo creíble el paso del tiempo en los personajes.
Al margen de la intensidad de algunas secuencias (el violento ataque a un barco, la seducción a oscuras de la bailarina al protagonista) y de la presencia siempre bienvenida de Cate Blanchett y Tilda Swinton, El curioso caso de Benjamin Button no es más que una larga sucesión de livianos efectismos. Y, como Benjamin durante el primer tramo del film, aparenta madurez pero, en el fondo, es balbuceante y aniñado.

Por Fernando G. Varea