La vida turbia de las palabras

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LA DUDA
(Doubt, 2008, dir: John Patrick Shanley)

Dos son los tipos de películas que tienen más posibilidades de acumular nominaciones a los premios Oscar de la Academia de Hollywood: las que ostentan cierta sofisticación técnica y espectacularidad (reúnen candidaturas a los rubros técnicos y efectos especiales) y las que incluyen a varios actores con escenas en las que lloran, se indignan o dicen cosas significativas (suman candidaturas a mejor actor, actor de reparto, etc.). Es un criterio por el cual obras como, por ejemplo, las de Robert Bresson o Abbas Kiarostami jamás reunirían muchas nominaciones al Oscar, mientras que productos triviales pueden alzarse cómodamente con muchas, y no hay mucho trecho de allí a la confusión de suponer que una película es buena, entonces, por concentrar esfuerzos de producción y posproducción o desempeños actorales exteriores.
La duda es del segundo tipo de películas. Meryl Streep, Philip Seymour Hoffman, Amy Adams y Viola Davis interpretan personajes recordables (una superiora severa, un sacerdote accesible, una joven monja temerosa, y la sufrida madre de un alumno del colegio católico donde transcurre la historia, en 1964), y ninguno de ellos está en el film en función de las búsquedas expresivas del director y de la puesta en escena, sino que éstas están en función de ellos.
Dirigida por John Patrick Shanley (1950, New York, EEUU) sobre una obra teatral propia, la película desliza atendibles consideraciones sobre la fragilidad de las certezas y las consecuencias que prejuicios y sospechas pueden provocar en la vida de los seres humanos, así como conduce a reflexionar sobre conflictos vinculados a la religión, la educación, la sexualidad, e incluso la política. Pero todo esto no es mérito del film en sí mismo, sino que deriva claramente de la pieza teatral en la que está basado, y se materializa en los sermones y discusiones que ocupan casi todo su tiempo. Y, si bien la fecundidad del texto está saludablemente atravesada por algunas ráfagas de humor, también hay obviedades y simbolismos gruesos (la superiora colgando un cuadro del fallecido Papa Pío XII, la tormenta que se desata cuando ésta se enfrenta a solas con el sacerdote).
La duda es, en definitiva, de esos productos cinematográficos sostenidos por la seducción que provocan sus estrellas, en este caso Seymour Hoffman y, sobre todo, Streep, en un rol menos unidimensional de lo que parece. Ambos, más la rispidez o la gracia de algunos diálogos, hacen olvidar, por momentos, que se trata de una película anticuada, limitada en sus logros y ambiciones.

Por Fernando G. Varea

http://doubt-themovie.com/

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2 pensamientos en “La vida turbia de las palabras

  1. Sip, en efecto, los Oscar premian películas que, aunque “buenas” en términos de calidad, no son muy retadoras ni interesantes para el desarrollo del arte del cine. Y eso que Doubt es buena, y todo. Son miles los ejemplos, pues.

  2. Creo que películas como “La duda” (Doubt) o “Sólo un sueño” (Revolutionary Road) tienen el mérito de dirigirse a los espectadores como adultos, al menos en comparación con otras como “Benjamin Button” o “Slumdog millonaire”, que parecen hechas para ingenuos e inmaduros.
    Gracias Fernando por participar en el blog.

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