Agitado vía crucis

¿QUIÉN QUIERE SER MILLONARIO?
(Slumdog millionaire, dir. Danny Boyle)

¿Es válido utilizar hechos dolorosos de la vida real para urdir una película divertida? ¿Puede tomarse una acumulación de desgracias como simples peripecias o aventuras para desarrollar un relato dinámico? Preguntas como éstas surgen de la visión del último film dirigido por Danny Boyle (1956, Manchester, Inglaterra), realizado con la ayuda de la realizadora india Loveleen Tandan, ya que la acción transcurre en Bombay.
La primera parte es una cruza entre Trainspotting (1996, dirigida por Boyle) y Ciudad de Dios (Cidade de Deus, 2002, Fernando Meirelles), con escenas dramáticas en un contexto de miseria filmadas con estética publicitaria: imágenes ralentadas o aceleradas, colores pastosos, planos cortos y canciones pop. Esos momentos de padecimiento se suceden uno tras otro, dejando rápidamente paso a la anécdota siguiente, cuestión de no apartar al espectador del vértigo al que ha sido introducido. Si esa batería de infortunios se hace tolerable, es porque los personajes son chicos vitales y simpáticos protegiéndose mutuamente. En ese comienzo hay un indicio del fervor por los ídolos populares (con una escena en un retrete de la que todo el mundo hablará), que tendrá su resonancia al final, y una situación que se pretende graciosa pero resulta ridícula, en la que un pequeño se convierte en guía de turismo por un rato, con un corolario bastante irritante, en el que se relacionan India=Miseria, Estados Unidos=Dinero.
Avanzada la película, centrada ya en uno de esos pibes, Jamal, ahora adolescente y participante de un programa televisivo de preguntas y respuestas (desde el comienzo se incluyen escenas que lo anticipan), el film de Boyle atenúa sus golpes de efecto y se dispone a crear suspenso en torno a un par de líneas argumentales, ligadas a la joven de la que está enamorado y al concurso que puede permitirle ganar fácilmente 20 millones de rupias. A esas alturas, la televisión ha convertido a Jamal en alguien admirado por la gente de su pueblo.
Hay algún atisbo documental en la recorrida de la cámara por los recovecos de esas calles, estaciones y casillas, y resoluciones que no se caracterizan por su originalidad, como un montaje paralelo o la repetición de breves escenas ya vistas, sobre el final. Seguramente su ocasional vivacidad (sobre todo gracias a la expresividad de sus desconocidos actores, como el notable Dev Patel como Jamal), la suma de momentos “fuertes”, sus personajes estereotipados, y, por qué no, cierto exotismo propio de una cultura ajena, han hecho que ¿Quién quiere ser millonario? sorprenda y guste tanto, a públicos y jurados americanos y europeos. Entusiasmos indudablemente desproporcionados para esta mirada bastante frívola sobre una compleja realidad social, cuyo final parece demostrar que la adversidad puede superarse sólo a través del azar o de la violencia.

Por Fernando G. Varea

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