Los lugares comunes de Aristarain

LUGARES COMUNES
(2002; dir: Adolfo Aristarain)

El tono espontáneo y la manera implícita de reflejar la crisis argentina, que algunos jóvenes directores aportaron como novedad para el cine argentino en los últimos años, parecen no haber influido demasiado, todavía, en la obra de los realizadores más experimentados o veteranos. Lugares comunes, el último film de Adolfo Aristarain (1943, Buenos Aires), es un ejemplo.
La película tiene indudables méritos, inusuales incluso en el llamado “nuevo cine argentino”: fluidez en la narración, buenos actores, la originalidad de contar una historia con personajes que no son jóvenes ni marginales. Pero hay también mucho relato en off prescindible, sentencias declamadas por aquí y por allá, y, especialmente, no pocas contradicciones e ingenuidades en torno a Fernando, su protagonista, un profesor de literatura interpretado por Federico Luppi.
El comienzo lo muestra discutiendo con el rector encargado de darle la noticia de su jubilación forzada e inesperada, pero algunos de los reproches que Fernando le hace a su superior no se condicen con su posterior actitud en el aula, donde pontifica, imparte consejos sin dar a los jóvenes posibilidades para la discusión, y si les permite fumar en clase (suponiendo que eso pueda interpretarse como una transgresión) es, más que nada, porque él necesita hacerlo.
A su hijo lo trata despectivamente de “burgués”, pero nada más burgués que el departamento donde vive con su mujer. En algún momento él mismo se encarga de aclarar que es heredado, pero desorienta oírlo criticar furiosamente el materialismo de su hijo y las trampas del sistema, y al mismo tiempo verlo vivir confortablemente, bebiendo whisky y haciendo llamadas telefónicas a España sin reparar en gastos.
Su único contacto con la realidad más dura del país –que tanto parece preocuparlo– es a través de las imágenes de su televisor, o cuando va a buscar a su esposa (en auto) a una zona marginal de la ciudad, donde ella realiza tareas de asistencia social (aparentemente desvinculada de toda asociación política o religiosa, lo que generaría la desaprobación de Fernando).
El desconcierto aumenta cuando la pareja vende el departamento para achicar gastos, y las circunstancias la llevan a habitar un envidiable caserón cordobés. Allí, Fernando actúa con el casero y su familia con generosidad, pero también con paternalismo. La escena en la que el hombre sencillo demuestra desconocer el significado del número de un cartel (la fecha de la Revolución Francesa), está planteada de manera tal que provoca risas en la platea (más adelante, Fernando se ocupa de “ilustrarlo”). Ya en Un lugar en el mundo (1991, también dirigida por Aristarain) un grupo de idealistas instruidos (entre ellos, un español) era portador de verdades que procuraban transmitir a pasivos y silenciosos provincianos. En Lugares comunes, Fernando le regala un enorme ejemplar de “Alicia en el país de las maravillas” a la hija del casero, loable gesto si no mediara cierta sensación de desubicación -e incluso de superioridad- ante la “ignorancia” de los más humildes. Treinta años antes, en Shunko (1960, película dirigida por Lautaro Murúa) el acercamiento a provincianos con carencias intelectuales y económicas estaba planteado como un intercambio respetuoso, no con criterio civilizador. Y a propósito del mal llamado “interior”, puede decirse que en Lugares comunes el ambiente cordobés es como un vacío decorado donde Fernando “hace la suya”, o que los provincianos no tienen nada que decir, al menos según la limitada visión de Aristarain.
Finalmente, siendo tan cuestionador el protagonista, llama la atención que dispare sus dardos sin dar precisiones o nombres propios, y que no mencione ni de paso, por ejemplo, la intervención de empresas españolas en las turbias privatizaciones de nuestros servicios públicos, en buena medida responsables de la decadencia argentina que tanto lo aflige.
Tal vez estas contradicciones sean consecuencia de la necesidad de Aristarain de volcar impulsivamente sus ideas o sus broncas, o tal vez sea que –como observó Angel Faretta a propósito de Martín (Hache) (1997)- el notable director argentino ha ido convertiéndose en algo parecido a un “charlista de café”. Sin embargo, su antepenúltima película, La ley de la frontera (1995), demostró que sigue teniendo capacidad de sobra para contar una historia cáustica en términos transparentemente cinematográficos, desplegando reflexiones e ironías sobre corrupción, dignidad, libertad y resistencia, sin recurrir a personajes de actitudes paradójicas y a inconvincentes lugares comunes.

Por Fernando G. Varea
(Publicado en el mensuario de cultura Lote Nº 66, enero de 2003)

Lugares comunes será emitida el próximo lunes 23/2 a las 22 hs por el canal Volver.

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