Retrato fiel de un activista

MILK
(2008; dir: Gus Van Sant)

-Por JUAN AGUZZI
Luego de su contundente trilogía (Elephant, Last days, Paranoid Park) sobre el riesgo de ser jóvenes en un país que los escupe a la guerra (que tiene a mano en cualquier lugar del mundo) o los fagocita con la pesada carga del “self made man”, Gus Van Sant (1952, Louisville, EEUU) acomete otra empresa fílmica que, puede verse, se sitúa entre la media de sus aspiraciones artísticas y lo que marca la industria de Hollywood para el consumo masivo. Es como si esa misma industria hubiese quedado encapsulada en la letanía del progresismo a su medida, con el latiguillo del a esta altura desusado “políticamente correcto” siempre a mano, e insistiera con esa línea de productos para hacerle saber al mundo que no todo lo que de allí sale es espectáculo vacío y que se es permeable a otros intereses.
A Milk, la reciente ganadora del Oscar a mejor guión y mejor actor, Van Sant la dirige con maestría, valiéndose de recursos caros a su estilo y con un particular modo de entender la biopic (esas biografías fílmicas de las que la televisión ha dado tantos malos ejemplos). Pero, hay que decirlo, no hay durante todo el metraje ninguna reflexión extendida (o profunda) acerca del tema que toca. Tema que, tratándose de la homosexualidad o, siendo más preciso, del espacio de legalidad que ese segmento social disputa públicamente desde los tempranos sesenta, debería ameritar más que ramalazos sobre la profunda problemática que plantea, que no es sólo una cuestión de moral o patologías como todavía se insiste en hacer creer.
De todos modos, según lo que narra el film, el verdadero Harvey Milk tuvo, en la medianía de su ascendente carrera política, actitudes más arraigadas en el cuestionamiento de algunas injusticias sociales (aunque por momentos se lo muestre también negociador como cualquier político del sistema) y en la defensa de los derechos civiles que iban más allá del sector del que levantaba sus banderas. Eso, claro, como pasó con algunos de sus coetáneos que se animaban a otros planteos, le costaría la vida. Una muerte violenta, como suelen saldar los norteamericanos los asuntos en los que se les mete, para decirlo con la pertinencia que el film dispensa, un dedo en el culo.
Para Milk, Van Sant toma los últimos ocho años de vida de quien sería el primer funcionario en hacer pública su homosexualidad y obtener su cargo mediante esa línea política de lucha. El punto de partida es el mismo Milk grabando su testamento político a solas en una habitación, ya jaqueado por amenazas sobre su vida, al que Van Sant recurre como ensamble de secuencias. El escenario del relato será aquél primaveral San Francisco en el que los gays metieron su cuña entre la ebullición social que encendían la Guerra de Vietnam, las drogas y la consecución de derechos civiles que habían pregonado Martin Luther King o, a su modo, los hermanos Kennedy. Adecuadamente recreado, el clima de época está tratado con algunas imágenes documentales y con cierto grano grueso en la película, con planos más generales como corresponde a las instancias de protesta y activismo político. El tono intimista de algunas escenas románticas, en las que Harvey Milk se besa o acaricia con sus parejas, guarda un decoro estético que lo iguala a otros segmentos donde el activista, por caso, discute o arenga a la multitud. No hay allí erotismo, sino cotidianidad, lo que permite que el film se corra de sus límites y su tema bien podría ser la lucha contra el aborto ilegal o la discriminación racial, y no la homosexualidad. Y esto, que aparta a Van Sant de ese impulso de echar luz sobre los pliegues oscuros de la existencia (como lo hizo en la trilogía arriba mencionada), demuestra su habilidad para conciliar sus imperativos ideológicos con los de un film con finalidad comercial.
Justo es decirlo, Milk en nada se parece a las insustanciales Descubriendo a Forrester, En busca del destino o la copia fiel de Psicosis, con las que Van Sant salió de su marginalidad fílmica. Aquí la sustancia es otra, y el film funciona como un juego donde su director sortea con eficacia las trampas que tiende la linealidad narrativa de una biopic. Y para eso no sólo contribuyen el medido uso de escenas documentales y la equilibrada distribución de los fragmentos de la vida narrada, sino el “encanto” del personaje mismo –que al parecer es de cosecha del verdadero Milk–, al que Sean Penn extrae su quintaesencia con destacable aplomo. Su denodada defensa del “coming out”, es decir, su llamado a que los gays salgan del ropero y hagan pública su homosexualidad y sus debates con los representantes de la más rancia reacción republicana, son automáticos, no necesita justificación y lo sitúan en un lugar donde Milk no existiría sin ellos. En este sentido, la trama fluye desnudando el campo de batalla con sus postas principales: las represiones de las primeras marchas gays, la oposición a que dejen sin empleo a los maestros y trabajadores por su condición sexual, la gran movilización final luego de que Milk fuera asesinado por otro político, un advenedizo y recalcitrante ex policía. Pero, al mismo tiempo, Van Sant acentúa el contraste entre la vida pública y privada de su personaje, tal vez para dejar explícito que el compromiso con una causa puede redundar en graves desequilibrios en la esfera doméstica –la mayoría de las parejas de Milk terminan suicidándose y su mundo privado estará marcado por una constante inestabilidad emocional– y que Milk, como todos, era humano, demasiado humano.
En un momento donde el debate acerca de la unión civil entre personas del mismo sexo ha tomado un estado público mundial (por lo menos en Occidente), un film como Milk podría ser tomado de oportunista; pero si se lo mira bien, quedará claro que no hay evidencia ninguna de que su realizador haya querido describir solamente las virtudes de su biografiado. Por el contrario, de Milk, el personaje, también se muestran sus renuncias en aras de una porción más de poder.

(Publicado en El Ciudadano & La Región el 2/3/2009)

http://www.filminfocus.com/focusfeatures/film/milk/

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