Marzo de 1976: comenzaban las imágenes grises y el miedo “en off”

Cuando se recuerda lo sufrido por los argentinos durante la dictadura 1976/1983 -por ejemplo en las conmemoraciones por el aniversario del golpe militar del 24 de marzo- se recurre habitualmente a lugares comunes, como si las imágenes de las Madres de Plaza de Mayo y de los hijos de desaparecidos ya formaran parte de las figuritas de un nuevo Billiken. Se olvida, o se ignora, que el dolor de aquéllas madres y jóvenes es tan sólo una de las aristas de lo que provocó y dejó el Proceso militar; seguramente la más triste y reveladora, pero no la única. Los daños institucionales, económicos y culturales acontecidos durante esos siete años oscuros son abrumadores y explican mucho de los males que aún nos aquejan.
Un análisis del cine realizado durante la última dictadura militar (1976/1983) sirve para conocer esa etapa de nuestra historia con su gama de matices, como un abanico pleno de detalles sombríos y sorprendentes, fuertemente relacionados entre sí. Partiendo del cine se llega, directa o indirectamente, a las consecuencias de las acciones de quienes gobernaban, desde la indiferencia de los represores por los derechos humanos hasta las medidas económicas del ministro Martínez de Hoz y sus sucesores.
El cierre de estudios de filmación y de escuelas de cine, con las consabidas frustraciones y pérdidas de fuentes de trabajo. La imposibilidad de muchos artistas (desde Julio Cortázar hasta Lautaro Murúa, Fernando Pino Solanas o Leonardo Favio) de expresarse y de comunicar sus inquietudes a las nuevas generaciones, obligadas a ignorarlos por varios años. La deliberada ‘enseñanza’ de una visión anacrónica y parcial de la Historia (ensalzando, por ejemplo, la campaña militar conocida como ‘conquista del desierto’ a través de películas como De cara al cielo). La permanente adulación a policías y militares, y la mirada despectiva a intelectuales, políticos y estudiantes (evidentes, sobre todo, en las películas producidas, dirigidas y protagonizadas por Palito Ortega, como Dos locos en el aire y Brigada en acción). La hipocresía de quienes, con sus películas o sus declaraciones públicas, tomaron partido a favor de los dictadores (y más tarde lo hicieron en contra de ellos, llegando algunos, incluso, a ser funcionarios de gobiernos democráticos posteriores). La difusión, a través del cine, de la literatura más insípida, de la música popular más vacía, del humor más machista, discriminatorio y ramplón. La imposición de una visión reaccionaria del fútbol y del folklore, ligando ambas expresiones populares a la ideología de la dictadura. La insistencia en proponer la obediencia y la sumisión como valores positivos, menoscabando toda expresión de participación, de reclamo, de disconformidad. La censura que llevaba a la autocensura, al desconocimiento de la obra de grandes directores, a la imposibilidad de discusión y de debate; la manera improvisada y arbitraria con que se manejaban el Ente de Calificación Cinematográfica y los medios de comunicación dependientes del Estado como demostración del menosprecio por las manifestaciones artísticas, prohibiendo, alterando y modificando películas de Federico Fellini, Ettore Scola, Margarette Von Trotta o Stanley Kubrick. El acostumbramiento a un cine argentino mediocre, solemne, sin riesgo estético ni conceptual, para el cual el espectador era como un chico que merecía explicaciones y moralejas.
Ese cúmulo de tensiones resulta aún más notable si se establece una comparación con lo que ocurría con el cine argentino años anteriores. Basta recordar que diez de las quince películas más taquilleras de 1974 habían sido argentinas, y que desde 1976 la brecha entre nuestro cine y el público comenzó a profundizarse, o que antes del golpe militar algunos festivales de cine recibían con interés (y premiaban) a nuestras películas, en tanto que después éstas eran rechazadas, por su falta de méritos artísticos o, lisa y llanamente, porque eran vistas como representantes de una dictadura que en el exterior repudiaban.
Un informe aparecido en la revista Variety en 1979 daba cuenta de manera muy gráfica del estado de la situación: “De las 45 películas que lograron más de cien mil espectadores en la sala de estreno durante 1978 –de acuerdo a cifras suministradas por el INC– 25 fueron distribuidas por compañías norteamericanas, 19 por ‘independientes’ y la restante fue una película argentina. En dólares, el vigor económico del mercado argentino de películas se explica por el constante incremento del precio de las localidades, desde menos de un dólar a comienzos de 1976, hasta alcanzar actualmente 2,25 dólares. En términos generales, la comercialización cinematográfica se ha concentrado en el sector pudiente de la población, dado que el poder adquisitivo de los trabajadores no calificados comenzó un proceso de deterioro hace unos tres años. El resultado ha sido mejores ingresos con menos espectadores. Un factor contribuyente a este desenvolvimiento fue la virtual desaparición de las películas argentinas como principal competidor a partir de 1975”.
La comparación entre el cine anterior y posterior al golpe militar pone de manifiesto la cualidad de este medio para evidenciar la falta de libertad, no sólo a través de las características de los personajes o del punto de vista elegido para contar las historias, sino incluso de la utilización de sus propios recursos expresivos. En 1974 y 1975, aún en medio de la violencia, las contradicciones del gobierno de Isabel Perón y las amenazas de la Triple A, directores como Leonardo Favio o Rodolfo Kuhn escribían y filmaban con desprejuicio y saludable imprudencia películas como Nazareno Cruz y el lobo o La hora de María y el pájaro de oro, así como Leopoldo Torre Nilsson y José Martínez Suárez eran sarcásticos en Piedra libre y Los muchachos de antes no usaban arsénico, en las que había, además (según puede percibirse ahora), alusiones inquietantes a la realidad macabra de esos días. Algunas películas infantiles y musicales también mostraban ese cambio, como Adiós, Sui Géneris, cuyas canciones fueron cuidadosamente analizadas por el Ente de Calificación Cinematográfica para que pudiera estrenarse, finalmente, prohibida para menores de 18 años.
El ensayo que escribí describe este cuadro de situación, apelando a datos recogidos en fuentes diversas: libros, diarios y revistas de distintas épocas, autores y procedencias; entrevistas, videos, guiones cinematográficos, artículos periodísticos inéditos. La consulta de publicaciones del período analizado me permitió descubrir, además, las miradas que críticos y periodistas de la época echaban sobre el cine y la dictadura, descubriendo también, en definitiva, algo del rol de la prensa en esos años.
No tuve demasiados antecedentes en los cuales detenerme para completar o con los cuales comparar mi trabajo, salvo un capítulo escrito por Sergio Wolf para el libro Cine argentino, la otra historia, una nota de Daniel López en 1985 para el diario La Razón (inexistente en hemerotecas rosarinas), y algunos otros artículos periodísticos aislados. En la revista Leer cine y en algunos libros recientes ha habido menciones más o menos extensas al cine argentino durante la dictadura militar. Pero el tema no ha sido, hasta ahora, atractivo para la mayoría de los investigadores y estudiosos de nuestro cine. Tal vez por eso, todavía, la imagen pública de Palito Ortega despierta simpatías, y algún canal de cable insiste en mostrarnos el Mundial de Fútbol de 1978 como si hubiera sido realmente La fiesta de todos.

Por Fernando G. Varea

(Publicado con el título La pantalla controlada -y sin el primer párrafo- en la sección Cultura del diario El Ciudadano el 22/5/2006, días antes de la presentación en el Centro Cultural Parque de España de Rosario del libro El cine argentino durante la dictadura militar 1976/1983)

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