La audacia de imaginar otros mundos

CORALINE Y LA PUERTA SECRETA
(Coraline, 2009; dir: Henry Selick)

Puede decirse que las películas de animación de Henry Selick (New Jersey, 1952) –El extraño mundo de Jack (1996), Jim y el durazno gigante (1993)– son lo más parecido a aquellos juguetes y libros de cuentos de antaño, exquisitos y originales, provistos de una magia y un encanto casi inexistentes en las jugueterías y las estanterías de libros infantiles en la actualidad. Coraline y la puerta secreta es un nuevo eslabón de esa obra rica, que inevitablemente seduce a grandes y chicos cuando se topan con ella.
Basada en una novela gráfica de Neil Gaiman, realizada con técnica stop-motion (registrando el movimiento de muñecos en gigantescas maquetas, cuadro por cuadro) con el sostén de algunas resoluciones generadas por computadora, es una de esas –escasas- posibilidades que el cine ofrece al espectador de internarse en otros mundos, no precisamente localizables fuera del planeta Tierra, sino en su propio interior, en su inconsciente, en la inagotable dimensión de sus sueños, sus fantasías, sus deseos y sus miedos.
La protagonista es una avispada niña, aburrida e incomprendida por sus padres, que encuentra en una pared una pequeña puerta que le permite ingresar a un universo pletórico de sorpresas, al que quiere volver una y otra vez. Es inevitable relacionarla con la Alicia de Lewis Carroll, aunque Caroline tiene poco de ingenua y mucho de rebelde y hasta de malhumorada. Traspasar esa frontera significará para ella encontrar una suerte de padres sustitutos, engañosamente tentadores, con botones en los ojos y manos hábiles para preparar ricas comidas o tocar el piano. Junto a ellos habrá amigos acróbatas, vecinas artistas, un gato hablador y otros personajes con los que se cruza mientras experimenta aventuras de diverso tenor, desde una visita a un circo maravilloso hasta sucesos oscuros, cuando se le aparecen fantasmas de niños con voces suplicantes, o cuando algunos de aquellos seres comienzan a sufrir transformaciones impensadas, el dulce de azúcar cobra vida, las fuentes de ladrillos se abren como bocas y lo divertido se torna decididamente inquietante (lo cual tal vez explica que haya sido calificada apta para mayores de 13 años).
Los personajes, de delgadas extremidades, ojos expresivos y gestos pícaros, son los característicos del extraño mundo de Selick. La belleza de la composición de cada cuadro, con tomas subjetivas y movimientos sin aturdimiento, la plástica dark y cierto humor sarcástico, también son su marca de fábrica. En este caso, el final cede al típico enfrentamiento buenos vs. malos, y adopta algunos efectismos típicos del cine de terror. Pero incluso esas convenciones son disfrutables por formar parte de un proyecto tan pulido, que devuelve la estimulante sensación de apreciar el cine como arte.

Por Fernando Varea

http://coraline.com/

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