Matías Piñeiro: “Usé elementos de la cultura como parte de un juego”

Un grupo de jóvenes –varones y mujeres– reunidos en una casa quinta. Discuten, leen, se besan, duermen, fuman, pintan, hacen bromas, se esconden, van y vienen, moviéndose con espontaneidad mientras brotan resonancias de la Historia. De eso se trata Todos mienten, la película escrita y dirigida por Matías Piñeiro (1982, Buenos Aires), cruce lúdico de ideas e intuiciones plásticas, entre la abstracción y la punción divertida sobre mezquindades y desuniones argentinas. Por sus características, Todos mienten puede desconcertar a muchos, pero Piñeiro (que estudió en la Fundación Universidad del Cine y dos años atrás dirigió El hombre robado), con apenas 26 años, demuestra tener muy claro lo que quiso hacer: “Mi intención –explica– era confrontar diversas cosas, desde textos que pertenecen al siglo XIX con jóvenes de hoy en día, mezclados con una intriga un poco policial y un poco sentimental, y jugar mucho con el ritmo, pensando el cine en sentido rítmico. Y, al mismo tiempo, juguetear con la narración tradicional, para poder gestar una narrativa, compleja pero atrayente. Me interesaba producir un pequeño delirio, sobre qué son, hoy en día, las grandes figuras históricas argentinas del siglo XIX, Sarmiento y Rosas. La idea es cruzar aquello que pareciera estar lejos: las relaciones sentimentales con las históricas. Y, en el medio, jugar con la trama, haciéndola divertida y veloz.”
– Yo pensaba en una especie de combinación de lo intelectual con lo plástico. Por un lado, esas referencias históricas, no tan fáciles de comprender, que asoman como datos sueltos, y, por otro, una cosa más lúdica, por los movimientos y bromas entre los personajes.
– No hay una pretensión intelectual, para nada, pero sí de utilizar elementos de la cultura, que éstos sean parte de un juego. La gracia es perder el vidrio del museo. Si no, nos volvemos trogloditas, o una especie de Olimpo de la erudición. Los textos están acá para tenerlos, vivirlos, ensuciarlos, darles forma, desvirtuarlos. Creo que Sarmiento mismo forzaba, estiraba, utilizaba formas de la literatura o de la ficción para poder argumentar. Yo busqué algo parecido, en el sentido de poder forzar documentos y de ellos extraer ficción. Eso me parece interesante.
– La película puede prestarse a buscar metáforas y símbolos.
– Nunca quise recurrir a eso. Estoy en contra de la metáfora porque tiende a reducir sentidos. Eso, en algún punto, está del lado del espectador. Uno lo que hace es producir encuentros, vectores múltiples. Las posibilidades de combinación son muchas.
– ¿Por qué la trama da vueltas, como en un círculo vicioso, sobre permanentes conspiraciones y secretos?
– Porque quería hacer una película paranoica, que hablara de un país paranoico. Como, de alguna manera, Arlt se propone paranoico, o como en algunas argumentaciones de Sarmiento o en los complots del siglo XIX. Nuestro país está fundado en la paranoia. De todas formas, ésta es una de las líneas de la película, no sé si la más fuerte. Aunque sea de manera efectista, quería poner eso: cuando Emilia está escuchando lo que pasa con los cuadros, sirve para gestar una atmósfera paranoica. En la película hay mucha información: son ocho personajes y hay una línea para cada uno, algunas más fuertes y otras menos. Y esas líneas se van trenzando.
– ¿Cómo trabajaste el movimiento de los cuerpos?
– Hay una formación, un interés mío por el tema del espacio, por cómo registrarlo y recorrerlo, por cómo unir a los personajes e integrar los cuerpos. Por otro lado, los actores que elegí son todos buenísimos. Ellos invaden el cuadro, la lucha entre ellos y el espacio es lo que hace que tenga que mover la cámara. Esa relación entre ellos y el espacio va armando la puesta, la posición de la cámara, el lugar, la continuación. Tengo una tendencia a prolongar el plano con paneos y travellings porque así se puede gestar un gesto plástico, justamente. Se puede narrar de esa manera sin la torpeza del corte.
– Como cuando la cámara se demora en los personajes que están durmiendo.
– Esa escena es necesaria, porque venimos tan rápido, que en un momento es necesario bajar las aguas. Y, al mismo tiempo, la actriz que aparece desvistiéndose es muy pudorosa, y me pareció bueno filmarla haciendo ese ejercicio ridículo de sacarse la ropa poniéndose otra ropa encima. Sin dejar de mostrar que están todos durmiendo en la misma habitación. O el hecho de que una de las chicas quede como postrada y los demás la muevan, la toquen.
– ¿De dónde viene tu interés por la Historia argentina?
– Surge de una cuestión personal, de estudios, de interactuar con esos textos que me resultaron muy placenteros y enigmáticos.
– ¿Tenés referentes de cineastas que aborden la Historia así, libremente?
– No, pero cuando ves las películas de John Ford, por ejemplo, está buenísimo, porque de alguna manera ves la Historia americana. No es un libro de Historia, pero uno puede rastrear datos, puede ver la idea del progreso a partir de las líneas del ferrocarril, si están asentadas o por asentar. Partiendo de datos muy concretos se hace la ficción. Pienso en El hombre que mató a Liberty Valance, claramente.
– Aunque el cine de Ford no tiene mucho que ver con el que vos hacés.
– No, claro, aunque me gustaría (risas)… Sí creo que en mi película tal vez haya algo de Jean Renoir.

Por Fernando G. Varea

(Publicado el 12/4/09 en el suplemento Señales de la Cultura y la Sociedad del diario La Capital de Rosario)

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2 pensamientos en “Matías Piñeiro: “Usé elementos de la cultura como parte de un juego”

  1. Una de las mejores obras del cine argentino de los ultimos años. Muy jugada pero tan bien llevada a cabo.

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