Mirando desde las sombras

EL CUSTODIO
(2006, dir: Rodrigo Moreno)

Nueva demostración de la tendencia de los directores jóvenes del cine argentino a presentar la realidad argentina desde los márgenes, adoptando la mirada de quienes viven a la sombra de los representantes de las instituciones, El custodio no es, desde ya, una historia policial (al menos, no en el sentido tradicional), sino un sutil medio para suscitar sentimientos y reflexiones.
Como los protagonistas de El bonaerense (2002, Pablo Trapero) o de Un oso rojo (2002, Adrián Caetano), el de este film también ve cómo los demás toman decisiones en las que no interviene –aunque lo involucran–, y cómo todo un universo de corrupción e impunidad desfila rasamente frente a sus ojos. Este custodio imperturbable (encarnado por Julio Chávez) lleva, además, una vida que oscila entre la pasividad y el estoico padecimiento de constantes humillaciones. Deteniéndose en esas experiencias frustrantes, exponiendo el estado de sumisión y de inacción en el que vive inmerso el personaje, el film expresa sus carencias afectivas o psicológicas advirtiendo también, indirectamente, sobre abusos de poder y distintos grados de violencia que habitan en la sociedad argentina. En cierta manera, puede ser visto como un perspicaz estudio sobre la represión.
Hay dos logros particularmente notables en El custodio. Uno es la autenticidad de la galería humana que describe, no sólo como consecuencia del eficaz y homogéneo trabajo de los actores, sino también por una particular agudeza en el perfil de los personajes, aún cuando casi todos ellos están apenas unos pocos segundos en cuadro. Ya había en los anteriores largometrajes co-dirigidos por Rodrigo Moreno (1972, Buenos Aires), una especial intuición para retratar tipos humanos y para mostrar –sin cargar las tintas ni caer en obviedades– a nuestra clase dirigente, seductora e hipócrita, con su jerga presuntuosa y mezquindades varias.
El otro valor de la película es la lucidez de su realización, lo que abarca tanto la elección y la duración de los planos como la utilización del sonido (un rumor constante de charlas ocasionales de fondo, de puertas que se abren o se cierran, de aviones o de autos que trasladan al ministro y a su séquito). Moreno, con el invalorable aporte del sonidista Catriel Vildosola y la fotógrafa Bárbara Alvarez obtiene, por momentos, atmósferas hipnóticas, tensando la ansiedad del espectador y fascinándolo al ponerlo en la piel de este custodio oscuro, parco, víctima y victimario a la vez.

Por Fernando Varea
(Publicado en 2006 en el sitio web Citynema)
Reportaje a Rodrigo Moreno aquí

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