El hombre, ese animal

BATALLA EN EL CIELO
(2005; dir: Carlos Reygadas)

La obra del mexicano Carlos Reygadas (1971, México), suele relacionarse con nombres diversos y prestigiosos: Bresson, Tarkovski, Ozu, Buñuel, Pasolini, Lisandro Alonso. Referencias que suenan parciales e incluso desatinadas, y que ponen en evidencia, en todo caso, la incomodidad de los críticos y espectadores para analizar sus películas.
Batalla en el cielo se centra básicamente en Marcos, un chofer abatido, y su esposa, involucrados en un secuestro. Que ambos sean obesos e inexpresivos y que aparezcan desnudos en algunas escenas no es un detalle menor: parte de las ideas y sensaciones que el film expresa depende de esas exhibiciones, como si la cámara fuera el microscopio de un biólogo que se solaza viendo especímenes extraños que, de todas formas, no le provocan piedad ni sorpresa. A la pareja en cuestión se suma una joven prostituta, con quien Marcos tiene escenas de sexo inclementes, directas, tan caprichosas y poco sensuales como otras piezas de la película.
Con el sonido no siempre paralelo a las imágenes, destellos fantasmagóricos (como la sobrecogedora música que se escucha en una estación de servicio) y algunos auténticos alardes de virtuosismo formal (sobre todo una panorámica que comienza y termina con una pareja desnuda en una ventana), el director de Japón (2002, obra igualmente antojadiza pero de mayor belleza y ampulosidad) desarrolla sus búsquedas sin apocamiento, individualista y áspero. La seriedad de su propuesta trastabilla, sin embargo, con algunos toques vulgares, como la arenga de un predicador en la calle mientras dos mujeres policías lamen sus helados, o una irónica transmisión deportiva por televisión.
Lo mejor de Batalla en el cielo (cuyo estreno en fílmico en Rosario es un acontecimiento que pocos parecen haber valorado) está en asomarse a la condición humana con fiereza y sin demagogia, haciendo del México cotidiano -con sus calles y estaciones de subte, sus procesiones religiosas, sus banderas y rituales- algo sórdido, ominoso, pesadillesco.

Por Fernando G. Varea

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