Jugando a mirar las cosas de otra manera

RUMBA
(2008; dir: Dominique Abel/Fiona Gordon/Bruno Romy)

En medio de las propuestas que ofrece actualmente el cine que se estrena en salas comerciales, esta película franco-belga asoma como una suerte de oasis, un bienintencionado rescate de recursos que parecen olvidados.
Escrita, dirigida y actuada por Dominique Abel (Bélgica, 1957) y Fiona Gordon (Australia, 1957), Rumba plasma las desventuras de una pareja apasionada por la danza con una sucesión de gags visuales, donde los movimientos de los personajes, la gracia de los encuadres, el uso de los colores y la expresividad de los gestos conforman un simpático conjunto. Habría que remontarse a algunos exponentes del cine mudo (Chaplin, Keaton) o a la obra de Jacques Tati para encontrar este tipo de humor, cáustico e ingenuo, nutrido de personajes buenazos que se meten en problemas –de insólitas maneras y sin inmutarse demasiado–, con el espectador como testigo privilegiado de esas conexiones y coincidencias (tal vez en Aki Kaurismaki y Wes Anderson haya algunos rastros de esta forma de comicidad eminentemente visual).
A tono con ese estilo, en Rumba no faltan chicos ni perros, y son imprecisos los datos de tiempo y lugar, resultando una suerte de fábula de tintes abstractos. Otro valor (también infrecuente en el cine actual) es lo imprevisible de su recorrido: cuando parece que los protagonistas ya no podrán bailar lo hacen, aunque sea de forma imaginaria; cuando parece que ya no volverán a encontrarse, el azar los reúne absurdamente, brindando una pequeña sorpresa tras otra.
La película no sólo explota el humor que puede haber en situaciones cotidianas (como en una clase de inglés o de gimnasia), sino, inclusive, en las consecuencias de un accidente o en un intento de suicidio, lo cual evita que se convierta en un pueril despliegue de viñetas coloridas y pueda ser apreciada como una mirada tragicómica sobre las adversidades de la vida.
Si bien algunos gags son más tímidos que otros (incluso hay un baile sobre un mar artificial resuelto como un espectáculo teatral filmado), es de celebrar la manera con la que Rumba juega e invita a mirar las cosas de otro modo.

Por Fernando Varea

http://www.rumba-movie.mk2.com/

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Cierto clima de época

DÍAS DE MAYO
(2009; dir: Gustavo Postiglione)

Dentro de la nutrida lista de producciones que abarca el cine rosarino -desde los tiempos del cine mudo hasta la actualidad-, pocas han sido las que abordaron episodios de la historia de la ciudad, y, más escasas aún, las que lograron hacerlo con rigor y profundidad.
Días de mayo se aproxima al llamado rosariazo, cuando cuarenta años atrás (durante el régimen militar de Onganía), la represión policial a una manifestación estudiantil en pleno centro de Rosario dejó como saldo un joven muerto y una indignación que llevó a nuevas expresiones de irritación, en distintos puntos del país. Su guionista y director, Gustavo Postiglione (1963, Rosario), desecha la crónica periodístico-testimonial, el estudio dialéctico o la reivindicación apasionada de esa generación, y prefiere trazar un ligero fresco de la época, en el que prevalecen los vaivenes de la relación de una pareja. Los problemas laborales, las discusiones políticas y la incómoda convivencia con los padres, parecen conflictos laterales o simplemente complementarios, en torno al vínculo entre Laura, joven actriz y militante universitaria, y Pablo, taciturno camarógrafo (con una compañera de él como vértice de un posible triángulo).
El tono es evidentemente mesurado, sobrevolando cierto acartonamiento, parsimonia en los diálogos y apocamiento en los actores, contrapuestos al fervor generalizado de la época. Por otra parte, devela superficialidad la manera con la que Días de mayo busca reflexionar sobre matices de la historia y la política, algo que era más notorio en La peli (2006), anterior largometraje del director. La forma con que la cámara muestra estratégicamente icónicas imágenes del período o se agregan en voz alta datos innecesarios, o la trillada idea de que el joven documentalista revele en alguna oportunidad imágenes inéditas, afectan al film, lo tornan ingenuo.
Los resultados son otros cuando Postiglione articula cuidadosamente planos, movimientos, música y tensión narrativa, en dos secuencias que son, indudablemente, las mejores de la película: el enfrentamiento de los estudiantes con la policía, al comienzo, y la aproximación sexual de la pareja, momentos que toman beneficiosamente distancia de la profusión de charlas características de su cine (en Días de mayo, también, en tres oportunidades, irrumpen fantasías o deseos de los personajes, pero resultan triviales).
En procura de verosimilitud, el guión podría haber agregado alguna mención a sitios arquetípicos de esos años (como la Biblioteca Vigil), y agregar elementos (una clase en la facultad, por ejemplo) que ensancharan el ambiente y permitieran percibir una sociedad convulsionada detrás.
La fotografía en blanco y negro de Héctor Molina –magnificada por el cinemascope– y la música de Iván Tarabelli contribuyen a crear estados de ánimo, clima de época y belleza. Asimismo, es irreprochable la calidad del sonido de Carlos Rossano, y (por encima de la frialdad de las escenas en las que interviene Darío Grandinetti, y de un Antonio Birabent cuyo mejor aporte es la canción “El amante del futuro”) vale destacar la expresividad de las jóvenes actrices Agustina Guirado y Caren Hulten.

Por Fernando Varea

http://www.vision-interior.com.ar/diasdemayo/

Política

“Creo que Fahrenheit 9/11 [ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes en 2004] no es un film sino un panfleto. Que yo comulgue con la causa a favor de la cual se hace la propaganda no cambia nada. Jamás debió estar en la competencia, y que además ganara el premio principal es una negación del trabajo político del que el cine es capaz. Por el contrario, cada vez que se premia una película que desarrolla una mirada nueva, problematizadora, que le da libertad al espectador, para mí es una victoria política.”

(JEAN-MICHEL FRODON, director de Cahiers du Cinema, durante el Festival de Cannes 2009)

“Metrópolis”: Recuerdos del futuro

Días atrás, el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires firmó un convenio con la Fundación Friedrich-Wilhelm-Murnau de Alemania para la restauración de la histórica película Metrópolis, de Fritz Lang, con los fragmentos hallados el año pasado en un archivo del Museo de Cine Pablo Ducrós Hicken de la capital argentina.
El dato es una buena excusa para repasar la historia de este clásico del cine.

Metrópolis, la película

El austríaco Fritz Lang (1890-1976) había sido dibujante, escritor y teniente del ejército de su país en la Guerra Mundial, antes de comenzar a dirigir sus primeros films en Alemania: Las arañas, Harakiri (sobre “Madame Bovary”), La imagen errante, Dr. Mabuse, Los nibelungos.
El cine era alcanzado por el expresionismo, una corriente artística surgida a comienzos de siglo como reacción contra el realismo y el objetivismo impresionista, que al optimismo burgués derivado de los avances de la Revolución Industrial oponía lo espiritual y lo interior, las posibles formas que se esconden tras la realidad aparente. Esta tendencia dio lugar a movimientos vanguardistas (dadaísmo, surrealismo, futurismo) y, en la cinematografía, a historias de horror y misterio, con planos sinuosos y oníricos decorados.
Algunos rasgos expresionistas (una persecución con la luz de una linterna como foco de angustia, ciertos exteriores) asoman en Metrópolis, escrita por el propio Lang y su mujer, Thea Von Harbou, alucinante recreación de una ciudad futurista, habitada por esclavos que trabajan en fábricas subterráneas y por ricos que disfrutan su ocio a la luz del día, hasta que una joven prisionera (María, interpretada por Brigitte Helm), predicando la reconciliación, altera al amo todopoderoso y provoca desórdenes.
El criticado final imagina un pacto social entre el capitalista y los trabajadores, mensaje que, según algunos, fue puesto para animar a los espectadores alemanes de la época –que venían de sufrir una grave crisis económica– y, según otros, no era más que un indicio de la ideología de Von Harbou, que más tarde la llevó a aproximarse al nacionalsocialismo (y a tomar distancia de Lang).
A las connotaciones políticas, la obra suma referencias religiosas (María sostiene: “Entre la mente que planea y las manos que construyen debe haber un mediador, y éste debe ser el corazón”).
Pero lo más sustancial sigue siendo la fuerza con la que expone el poder manipulador de la ciencia, su carácter profético (en pocos años llegaría el nazismo), y, sobre todo, su calidad formal, que abarca un diseño minucioso, despliegues coreográficos, originales efectos especiales y riqueza de composición, alternando situaciones simultáneas, con armónicos movimientos y cruces de personajes.
Una de las admirables experiencias puestas en juego fue el procedimiento creado por el fotógrafo alemán Eugen Schüfflan, combinando en pantalla –mediante un vidrio con zonas espejadas, instalado a 45º en la línea de la toma de la cámara– porciones tomadas a escala real con otras en miniatura. La costosa filmación (que duró 16 meses e incluyó cerca de 40.000 extras) casi condujo a la bancarrota a los estudios alemanes UFA.
Mientras Lang –después de filmar M, el vampiro y El testamento del Dr. Mabuse, y de ser invitado por el ministro de propaganda de Hitler para supervisar las producciones cinematográficas del régimen– abandonaba el país y comenzaba a trabajar en Hollywood, la película era cambiada y retocada una y otra vez.

Distintas versiones

Seguramente Metrópolis pudo verse tal y como fue concebida únicamente en Alemania entre enero y mayo de 1927. En Estados Unidos se estrenó en abril de ese año con cincuenta minutos menos de los 170 originales, y en los años siguientes su duración se redujo aún más, siendo modificados los nombres de algunos personajes y las relaciones entre ellos. La versión más cercana a la original parece haber sido la reconstruida por el historiador Enno Patalas, con 147 minutos de duración.
En 1984 el músico y productor Giorgio Moroder remozó y relanzó el film, virado a distintos colores y con una banda sonora con temas compuestos por Pete Bellote e interpretados por Pat Benatar, Bonnie Tyler, Jon Anderson, Cycle V, Loverboy, Billy Squier, Adam Ant y el propio Moroder, con el agregado de “Love kills”, escrito y cantado por Freddie Mercury. Incluyó, también, ruidos de máquinas, cantos de pájaros y otros efectos sonoros.
Moroder fue criticado por esta versión, pero pocos saben que el trabajo de restauración abarcó técnicas como la encontrada en una copia de 8 mm, con los rótulos de diálogo impresos sobre las imágenes durante el desarrollo de las escenas (y no sobre el típico fondo negro para el que se necesita una pausa), y que fue coloreada intentando reproducir los tonos originales (azul oscuro para la noche, rosa suave para el amanecer y el crepúsculo, amarillo para indicar luz eléctrica, rojo en las escenas vehementes). Esta renovada Metrópolis fue presentada en Cannes en 1984, y se estrenó en Argentina el 4 de abril de 1985, apta para mayores de 13 años.
Posteriormente, homenajearon al clásico de Lang un tema de Queen (cuyo videoclip utilizó escenas de la película) y un disco de música electrónica de Jeff Mills. La película también fue, probablemente, fuente de inspiración de otras como Blade runner (1982, Ridley Scott), Brazil (1985, Terry William) o El quinto elemento (1997, Luc Besson).
El hecho de que Metrópolis haya vuelto a ser mencionada en los suplementos culturales de los diarios tal vez lleve a muchos a rastrear copias de la película o a valorarla al descubrirla en televisión. De esa manera, las imágenes de María envuelta en vivificantes círculos luminosos, o de aviones cruzando sombríos rascacielos, suscitarán nuevos estremecimientos, la misma fascinación.

Por Fernando Varea

(Nota publicada -con otro texto introductorio- en el suplemento Señales de la Cultura y la Sociedad del diario La Capital de Rosario, el 28/1/2007)

Sensible aproximación a un asunto difícil

EL HOMBRE DEL BOSQUE
(The woodsman, 2004; dir: Nicole Kassel)

No es cierto que el cine actual no tenga reparos para tratar asuntos espinosos; en realidad, lo hace siempre y cuando respondan a lo que el público está dispuesto a aceptar y debatir. El hombre del bosque se anima a abordar una problemática que en los medios de comunicación sólo asoma asociada al escándalo o a la obvia condenación moral, y en el cine suele ser apenas un motivo para hacer despreciable a un personaje: el abuso de menores.
Esta ópera prima de Nicole Kassell (1972, Filadelfia, EEUU) se centra en un hombre joven, quien, después de cumplir varios años de cárcel por pedofilia, intenta dificultosamente reintegrarse en la sociedad. En este caso, no se trata de alguien que se regocija perversamente en su insana inclinación, sino de un enfermo que sufre por su debilidad y por las reacciones razonablemente adversas de los demás –padres con niñas en algunos casos-, preguntándole angustiado a su psicólogo “¿Cuándo seré una persona normal?”.
Registrando sutilmente miradas, graduando la tensión dramática, haciendo un expresivo empleo del sonido (incluyendo una excelente banda sonora), el film va sumiendo al espectador en un estado de amenaza y de congoja, llevándolo asimismo a reflexionar sobre la delgada línea que separa la cordura de la perturbación.
A pesar de algunas situaciones forzadas del guión (la confesión de la nena en la plaza, la previsible alusión al cuento de Caperucita Roja), resulta un relato inquietante, misterioso, ayudado por la intensa actuación de Kevin Bacon (también co-productor) y la seriedad con la que Kyra Sedgwick compone a su personaje (una compañera de trabajo con la que el protagonista se involucra sentimentalmente, y que asegura ver “algo bueno” en él). Películas como ésta demuestran que existen áreas más singulares y sombrías en el cine del país del Norte, tanto como en el alma de los seres humanos.

Por Fernando Varea
(Publicado en 2005 en el sitio web Citynema)

El hombre del bosque será exhibida el próximo domingo 17/5 a las 22 hs. por el canal de cable I-SAT.

El sinuoso peso de la culpa

CACHÉ/ESCONDIDO
(2005; dir: Michael Haneke)

Él (Daniel Autil) es conductor de un programa cultural de TV, ella (Juliette Binoche) trabaja en una editorial; ambos, cultos y calmos, conviven con su hijo en un hogar confortable. El film comienza exponiendo la rutina de esa familia burguesa con la misma seca elegancia y displicencia que ostenta la vivienda que habitan, percibiéndose allí cierta frialdad característica del cine de Michael Haneke (1942, Münich, Alemania). Pero, muy sutilmente, el clima comienza a enrarecerse, y comienza a descubrirse que la falta de honestidad y de decisión del protagonista –lo cual desestabiliza la relación con su mujer y con su hijo– viene de lejos, mientras la sensación de culpa se le manifiesta, de diversas y angustiantes maneras.
El director expresa ese conflicto de manera sinuosa, extraña, sin declamaciones y casi sin estallidos dramáticos, sembrando el relato de incertidumbre, de desazón, de un miedo vinculado a crisis muy íntimas. La amarga sensación de sentirse espiado o amenazado es sólo uno de los componentes de la inquietud que desmorona al personaje. Es un recurso acertado el hecho de integrar a la trama –sin previo aviso– imágenes de videos que la familia recibe misteriosamente (repitiendo planos de un mismo sitio, indagando una y otra vez en lo poco o mucho que revelan esas grabaciones) y de perturbadores dibujos que también les llegan, fundiendo esos componentes con lo que viven y sienten los personajes.
En Escondido no se trata de descubrir a un culpable ni de desanudar disyuntivas hasta llegar claramente a una explicación, sino de involucrarse en la ansiedad que provoca el enfrentarse al peso del remordimiento. Aflicciones que tienen que ver con el ocultamiento de episodios del pasado: la masacre de argelinos en 1961 a orillas del Sena, tanto como los más oscuros fantasmas de la niñez.

F.G.V.
(Publicado en 2006 en el sitio web Citynema)

Cache/Escondido será exhibida el próximo sabado 16/5 a las 22 hs. por canal 7.

Lúcida reflexión sobre un tema complejo

ENTRE LOS MUROS
(Entre les murs, 2008; dir: Laurent Cantet)

Sería interesante ver esta película después de Ser y tener (2002; dir: Nicolas Philibert), ya que ambas aspiran a apresar esos resquicios de esperanza que asoman entre las dificultades que conlleva la labor de los educadores. Pero si aquella tenía la delicadeza característica de la obra de Philibert y transcurría en una escuela primaria, ésta es visceral, rebosa de palabras y casi no sale de entre los muros de una escuela secundaria pública. Es curiosa la aproximación porque ésta no es un documental, aunque registra nerviosamente diálogos, gestos, miradas y reacciones consiguiendo una fuerte sensación de espontaneidad.
El director Laurent Cantet (1961, Melle, Francia) tiende a un realismo reproductivo o indicial, como lo demuestra su celebrada Recursos humanos (1999). Esa vocación por la observación franca y seca lo lleva a poner la cámara al servicio de situaciones rutinarias, como las conversaciones que van surgiendo en el transcurso de una clase o durante una charla entre profesores. Pero seguramente su valor no está tanto en esa fidelidad a la realidad, sino en las entrelíneas que ofrece a quien esté dispuesto a descubrirlas. La trama sencilla y superhablada de Entre los muros, por ejemplo, está todo el tiempo interferida por apuntes sustanciosos, lúcidamente expuestos, en torno a temáticas diversas, desde el racismo hasta los intereses culturales de los adolescentes en la actualidad o los problemas económicos de los docentes (el aumento del precio del café que consumen en el colegio es el dato que basta para plantearlo). Asimismo, los roles de los estudiantes y sus padres, de los profesores, de los directivos y del personal de limpieza, están sutilmente delineados con pocos elementos.
De la sensibilidad de los espectadores dependerá, por otra parte, hallar emoción en ciertos momentos esporádicos, por ejemplo al ver a los alumnos interesados en la lectura de un libro o al profesor sonriendo al comprobar que, después de todo, han aprendido algo (y no todos dentro de la institución).
Entre los muros es una película exigente, que alienta la reflexión y la discusión. No es poco mérito que lo haga sin distraerse en conflictos laterales (poco y nada se sabe de la vida de los personajes fuera del ámbito escolar) ni procurando el sentimentalismo y la complacencia (no hay música, no hay buenos y malos, no hay certezas), poniendo claramente su foco en un tema complejo, esencial y relegado: la educación.

Por Fernando Varea

Trailer de Entre los muros aquí