El agridulce ingreso a la madurez

ADVENTURELAND – UN VERANO MEMORABLE
(Adventureland, 2008; dir: Greg Mottola)

Paralelamente a tantos jóvenes torpes que nos muestran películas torpes realizadas en el país del Norte, aparecen –en films menos convocantes– personajes de la misma edad más reflexivos, menos precipitados, ansiosos por el sexo opuesto pero sensibles, desmañados pero preocupados, inmaduros pero perspicaces. Un buen ejemplo ha sido La joven vida de Juno, y lo es, también, este tercer largometraje de Greg Mottola (1964, el realizador de Deseos y sospechas y Supercool), una comedia romántica de un sereno medio tono, donde lo dramático más que angustia produce melancolía, y el humor busca provocar más sonrisas que carcajadas.
El protagonista es James, quien, recién graduado, para hacerse de unos dólares durante el verano de 1987, debe olvidar su currículum y aceptar un trabajo temporal en un parque de diversiones, donde –como si se tratara de una muestra en pequeño de la sociedad capitalista– se trabaja a desgano, se gana poco, se pergeñan modestos engaños para obtener dinero sin esfuerzo, y, ocasionalmente, asoman algunas manifestaciones de solidaridad.
No hay estereotipos en la composición del protagonista, ingenuamente sincero, débil pero no sometido, capaz de deslizar distraídamente que prefiere festejar el día de la toma de la Bastilla antes que el de la independencia de EEUU. La presencia misma del actor (Jesse Eisenberg, el adolescente de Historias de familia), algo desgarbado y rubicundo, querible más que simpático, no se ajusta al prototipo previsible. Lo mismo puede decirse de otros personajes: sus padres, que cumplen su rol con displicencia; una compañera de trabajo sensual pero conflictuada (Kristen Stewart, la chica de Hacia rutas salvajes y Crepúsculo), un joven algo mayor que James muy dispuesto a seducir mujeres pero con temor a faltarles a su madre y a su esposa (Ryan Reynolds). Más reducidos aparecen otros, como la pareja dueña del parque de diversiones, caracterizada con una candidez y simpatía que llevan a no reparar en algunos comportamientos cuestionables que tienen como responsables del lugar.
Así viven James y sus amigos el fin de la adolescencia, entre discusiones con los padres, Reagan por TV, casetes y libros compartidos, marihuana a escondidas, incómodas erecciones, modestas fiestas, charlas y besos mientras el parque de diversiones disipa sus luces. Adventureland logra que el espectador forme parte de ese limbo con gusto agridulce, y que (entre canciones de David Bowie, Velvet Underground o The Cure, y sueños por delante que la realidad va restringiendo) acompañe al bueno de James en su ingreso al mundo de los adultos.

Por Fernando G. Varea

http://www.adventurelandthefilm.com/

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Alejandro Doria (1936/2009)

Son para sorprenderse la haraganería y los errores con los que han sido escritas las notas que publicaron los principales diarios sobre Alejandro Doria, tras su fallecimiento el pasado miércoles. Se ha vuelto lamentablemente habitual que las reseñas en los medios periodísticos, ante un fallecimiento u otro acontecimiento imprevisto relacionado con personalidades del ambiente artístico -desdeñando la abundante bibliografía que existe sobre nuestro cine y nuestra televisión-, se limiten a transcribir casi textualmente datos imprecisos e incompletos obtenidos en sitios de Internet poco confiables. La cuestión es más preocupante cuando, como en el caso de quien nos ocupa, se trata de alguien que a lo largo de más de cuarenta años no sólo cosechó premios y elogios para sí mismo, sino también para sus guionistas, sus productores, sus técnicos, y, especialmente, para sus actrices y actores.
LA TELEVISIÓN
Alejandro Doria (Buenos Aires, 1936/2009) ha sido, más que nada, un hombre de la televisión. Se había iniciado en ese medio a comienzos de los ’60, después de haber estudiado en Estados Unidos. Fue director, productor y libretista de numerosos ciclos, sobre todo telenovelas. Durante 1970/74 dirigió Alta comedia, que adaptaba para la TV textos de autores diversos (algunos de la importancia de Chejov, Moliére, Racine, Pirandello o Dostoievski). Años después gestó su aporte más significativo para este medio: el ciclo Situación límite (1983/1984). Con libros a veces algo didácticos de Nelly Fernández Tiscornia, el programa, que se emitía por ATC (canal 7), estaba dividido en dos partes, en cada una de las cuales sendos personajes discutían o dialogaban en torno a temas generalmente conflictivos (el asunto era el mismo para cada programa), lo que permitía que el televidente disfrutara cada semana de dos auténticos duelos actorales. Los libretos solían contener situaciones inimaginables en la televisión actual, como la discusión de una mujer con su marido sobre justicia social tras participar de una manifestación en la calle, o el ajuste de cuentas de una mucama con su patrona. La puesta en escena era despojada, sin cortes, música ni artificios, con las cámaras registrando atentamente miradas y gestos.
También son recordados los ciclos televisivos que realizó en los años ’90 (Atreverse, Amores, Mi mamá me ama y algunos especiales), menos interesantes en cuanto a puesta, pero donde también sacaba provecho de sus intérpretes, abordando, generalmente, asuntos difíciles, sin arribar a conclusiones cómodas.
EL CINE
Sus incursiones en el cine dejaron siempre en evidencia esa importante experiencia en televisión: el uso y abuso del zoom y los primeros planos, el énfasis depositado en las performances actorales, se sumaban a cierta tendencia al desborde.
Su primera película –pocos medios lo han recordado en estos días– fue íntegramente prohibida en junio de 1975, bajo la gestión de Miguel Paulino Tato al frente del Ente de Calificación Cinematográfica y durante la presidencia de Isabel Perón. Los años infames (1974) era un producto sensacionalista (así lo reconoció el propio Doria, que lo realizó por encargo del productor Gilberto Forti Glori) centrado en el enfrentamiento entre dos caudillos (Rodolfo Bebán y Villanueva Cosse) durante nuestra década infame. El film terminó estrenándose en 1978, con varias escenas cortadas y el título Proceso a la infamia. El realizador declaró cada vez que pudo que lo mejor de la película estaba precisamente en lo que se había quitado, básicamente ciertos momentos alusivos a la trata de mujeres y al personaje de una muchacha inmigrante obligada a prostituirse (interpretada por Marilina Ross, actriz prohibida cuando el film llegó a las salas).
En 1979 estrenó dos películas: Contragolpe (1978) y La isla (1979), esta última con buena repercusión de crítica y público. El guión de Aída Bortnik para La isla proponía a un conjunto de hombres y mujeres de diferentes edades confinados en un manicomio que podía entenderse, también –y más en esos años–, como un recorte de la sociedad misma, con algunos gestos de amor y de solidaridad asomando en medio del miedo, la soledad y la locura. Cuando se estrenó, Jorge Miguel Couselo elogió la película en Clarín, refiriéndose a su “atmósfera de valores trocados, donde la distorsión mental también reserva extraños accesos a la abstracción, la belleza, la poesía”. En plena dictadura militar, La isla se promocionaba desde su afiche con una frase inquietante: “Usted está atrapado dentro o fuera de la isla”. La película ganó varios premios (incluyendo el de mejor actriz para Graciela Dufau en el Festival de Montreal) y fue elegida por el Instituto de Cine para representar a nuestro país en la competencia por el Oscar a mejor film en idioma extranjero.
Con Los miedos (1980) Doria pretendió expresarse nuevamente a través de la metáfora, en este caso partiendo de un libro compartido con Cernadas Lamadrid, con una misteriosa peste asolando a los habitantes de una ciudad. Los resultados no estuvieron a la altura de sus ambiciones, y, como ironizó Hugo Paredero en su momento, en la revista Humor: “la gente de La isla, a decir verdad, todavía no estaba preparada para que le dieran el alta”.
El drama romántico Los pasajeros del jardín (1982, basada en una novela de Silvina Bullrich), a pesar de algunos aciertos parciales (la fotografía de Juan Carlos Desanzo, los buenos trabajos de Graciela Borges y otros actores), estrenado en plena guerra de Malvinas, aparecía reñido con el convulsionado contexto. Todo lo contrario ocurrió con Darse cuenta (1984, guión escrito por Doria con Jacobo Lansgner), cuya historia de un médico (Luis Brandoni) aferrado a la salvación de su paciente (Darío Grandinetti) proponía un mensaje esperanzador coincidente con el regreso de nuestro país a la democracia.
Cuando al año siguiente se estrenó Esperando la carroza (1985, sobre una pieza teatral de Langsner, con Antonio Gasalla encarnando a una anciana molesta e incomprendida), las críticas no fueron tan laudatorias como muchos suponen (o recuerdan mal) ahora. Rómulo Berruti en Clarín, por ejemplo, decía que su contenido “incluye la tensión llevada a su punto máximo hasta convertirse casi en una mascarada”, en tanto Claudio España escribía en La Nación que “el espectáculo es fuerte y altisonante, nadie baja su discurso de una altura tímbrica que exaspera y llega al grito”. Todos coincidían en afirmar, sin embargo, que se trataba de una muestra de humor mucho más digna de las que habitualmente ofrecía nuestro cine. Esperando la carroza fue muy festejada por el público y terminó convirtiéndose en un clásico.
Las películas que Doria dirigió después (Sofía, Cien veces no debo, Las manos) pusieron más de manifiesto sus defectos que sus virtudes, e incluso el corto que realizó para 18-J (2004, en torno al atentado a la AMIA en 1994) –un monólogo indignado escrito por Aída Bortnik e interpretado por Susú Pecoraro– tenía valor, más que nada, como increpación.
Otro dato que los medios ignoraron en estos días es que el joven director Diego Ávalos (1982, Morón) viene preparando desde hace tiempo un documental sobre Alejandro Doria, con entrevistas a algunas de las personas que han trabajado con él. Ojalá le haga justicia a una trayectoria que merece ser conocida y recordada, aunque sea para discutirla después.

Por Fernando Varea

Aventuras para volar y volar

UP – UNA AVENTURA DE ALTURA
(Up, 2009; dir: Pete Docter/Bob Peterson)

-Por LEANDRO ARTEAGA
¡Otra vez! ¡Por fin, qué bien, qué bueno! Otra película Pixar para ver (y rever) y reseñar hasta el cansancio (el cual, convengamos, nunca ocurre). Porque no será redundante recordar, resaltar, subrayar, la excelencia que dentro del ámbito de la animación -y para el cine todo y, sobre todo, norteamericano- significan los estudios Pixar. Entre tantos títulos magníficos prefiero Monsters Inc. (2001) y Wall E (2008). Ahora también, claro, Up.
Tampoco vendrá mal recalcar la independencia creativa que dentro del imperio Disney (alicaído, triste y reiterativo) los estudios Pixar han posibilitado, más el vínculo de relieve que profesan y practican con los viejos animadores del estudio del ratón, fuente de inspiración laboral y creativa. Porque en los films Pixar se respira amor por el cine, sea tanto desde la misma genealogía cinéfila como también por sus guiones esmerados e inteligentes. Nada hay en ellos que signifiquen golpes bajos, chistes fáciles (para algunos, “adultos”), o referencias tontas por televisivas.
Será por esa atención a lo hecho -a lo bien hecho- que estos films parecen estar destinados a ser clásicos inmediatos. Y Up no es la excepción. Menos aún cuando uno no puede desentender los rasgos de su protagonista principal -un viejito soñador y vendedor de globos con los rasgos del actor Spencer Tracy: rostro cuadrado, pelo ondulado y cano, anteojos de marcos gruesos. O lo que el film refiere como cita cinéfila y aventurera: perseguir aquel sueño de infancia como válvula de escape, como faro para encontrar la Aventura (así, con mayúscula) en ámbitos verdes y tropicales, de la misma manera en que Tarzán o King Kong nos lo supieran, desde el cine, enseñar.
Y todo ello desde un perfil de personajes creíbles por saber alejarse, precisamente, del moralismo habitual y sus finales felices. El viejito Carl es, antes que cualquier otra cosa, viejo. La atención del film está depositada allí, en un personaje tipo donde el mismo cine (como espejo social que es) elige no reparar. Es viudo y nunca pudo ser padre. Y vive con dolor la ausencia de su amada, mientras su casita otrora colorida se vuelve gris, y edificios todos iguales y gigantes amenazan con aplastarlo, junto con la compañía de dentaduras que sonríen desde folletos de casas de descanso.
Lo acompañan muchos recuerdos, pero también un niño boy scout empecinado en ayudarle, la necesidad de mantener su casa más liviana para sostener el vuelo de los globos, y el inevitable reencuentro con el héroe de su niñez, perdido en océanos de tiempo, tan vulnerable y humano y falible como cualquiera.
Hacia allí se dirige Carl, mientras de a poco quita lo huraño de su rostro y se vuelve más feliz. Tanto como -corrobora uno- el mismo espectador. Aquí sí, el final no puede ser mejor: el buen ánimo contagia, y con él las ganas de iniciar, otra vez, el vuelo del film.

(publicado en Rosario/12 el 15/6/09)

http://www.pixar.com/featurefilms/up/
Trailer de la película aquí

Tensiones sin rumbo

LA SANGRE BROTA
(2008; dir: Pablo Fendrik)

En este errático relato enmarcado en una exaltada Buenos Aires hay un taxista maduro, una esposa frívola, dos hijos rebeldes aparentemente con causa (uno de ellos ausente), un jugador inescrupuloso y varias chicas avispadas. El guión los lleva a cruzarse produciendo chispazos, revelándose como fondo una ciudad habituada a la sordidez, la corrupción y la violencia.
El problema de La sangre brota es que esa atmósfera de tensión casi permanente no lleva a ninguna parte. Muchas situaciones, como el hecho de que un personaje sometido descargue imprevistamente su ira en su hijo, o que un beso apasionado termine en un hecho sangriento, no parecen responder a otra cosa que a ocurrencias del guionista-director. Pareciera que Pablo Fendrik (1973, Buenos Aires) -también director de El asaltante, aún no estrenada en Rosario- se hubiera divertido improvisando esas pequeñas provocaciones, importándole poco si las mismas pueden aportar algún significado.
Similar falta de rigor se percibe en la puesta en escena: con la cámara acompañando siempre de cerca a los actores (en algunos momentos podría decirse casi atropellándolos), mostrando apenas de soslayo opacos escenarios urbanos, el conjunto termina siendo una sucesión de irritados pantallazos, fragmentados en primerísimos primeros planos no siempre justificados. Tampoco La sangre brota manifiesta un trabajo escrupuloso de elección y exposición de los espacios: la casa, por ejemplo (mostrada no mucho más allá de la puerta de entrada) no llega a tener una dimensión propia.
La (escasa) música original de Juan Ignacio Bouscayrol y algunas actuaciones son buenas -aunque insuficientes- contribuciones para generar una temperatura dramática adecuada. En tanto, ocasionalmente, ese universo de agresiones, cemento y tránsito es impregnado por un soplo irreal -como cuando se escuchan reposados consejos de relajación en el interior del taxi- o por una que otra ironía.
Desde ya, no es que se le reclame a La sangre brota un tratamiento dramático naturalista (al estilo del cine de Pablo Trapero), sino un planteo menos inmaduro.

Por Fernando Varea

http://www.magmacine.com.ar/lasangrebrota/