Alejandro Doria (1936/2009)

Son para sorprenderse la haraganería y los errores con los que han sido escritas las notas que publicaron los principales diarios sobre Alejandro Doria, tras su fallecimiento el pasado miércoles. Se ha vuelto lamentablemente habitual que las reseñas en los medios periodísticos, ante un fallecimiento u otro acontecimiento imprevisto relacionado con personalidades del ambiente artístico -desdeñando la abundante bibliografía que existe sobre nuestro cine y nuestra televisión-, se limiten a transcribir casi textualmente datos imprecisos e incompletos obtenidos en sitios de Internet poco confiables. La cuestión es más preocupante cuando, como en el caso de quien nos ocupa, se trata de alguien que a lo largo de más de cuarenta años no sólo cosechó premios y elogios para sí mismo, sino también para sus guionistas, sus productores, sus técnicos, y, especialmente, para sus actrices y actores.
LA TELEVISIÓN
Alejandro Doria (Buenos Aires, 1936/2009) ha sido, más que nada, un hombre de la televisión. Se había iniciado en ese medio a comienzos de los ’60, después de haber estudiado en Estados Unidos. Fue director, productor y libretista de numerosos ciclos, sobre todo telenovelas. Durante 1970/74 dirigió Alta comedia, que adaptaba para la TV textos de autores diversos (algunos de la importancia de Chejov, Moliére, Racine, Pirandello o Dostoievski). Años después gestó su aporte más significativo para este medio: el ciclo Situación límite (1983/1984). Con libros a veces algo didácticos de Nelly Fernández Tiscornia, el programa, que se emitía por ATC (canal 7), estaba dividido en dos partes, en cada una de las cuales sendos personajes discutían o dialogaban en torno a temas generalmente conflictivos (el asunto era el mismo para cada programa), lo que permitía que el televidente disfrutara cada semana de dos auténticos duelos actorales. Los libretos solían contener situaciones inimaginables en la televisión actual, como la discusión de una mujer con su marido sobre justicia social tras participar de una manifestación en la calle, o el ajuste de cuentas de una mucama con su patrona. La puesta en escena era despojada, sin cortes, música ni artificios, con las cámaras registrando atentamente miradas y gestos.
También son recordados los ciclos televisivos que realizó en los años ’90 (Atreverse, Amores, Mi mamá me ama y algunos especiales), menos interesantes en cuanto a puesta, pero donde también sacaba provecho de sus intérpretes, abordando, generalmente, asuntos difíciles, sin arribar a conclusiones cómodas.
EL CINE
Sus incursiones en el cine dejaron siempre en evidencia esa importante experiencia en televisión: el uso y abuso del zoom y los primeros planos, el énfasis depositado en las performances actorales, se sumaban a cierta tendencia al desborde.
Su primera película –pocos medios lo han recordado en estos días– fue íntegramente prohibida en junio de 1975, bajo la gestión de Miguel Paulino Tato al frente del Ente de Calificación Cinematográfica y durante la presidencia de Isabel Perón. Los años infames (1974) era un producto sensacionalista (así lo reconoció el propio Doria, que lo realizó por encargo del productor Gilberto Forti Glori) centrado en el enfrentamiento entre dos caudillos (Rodolfo Bebán y Villanueva Cosse) durante nuestra década infame. El film terminó estrenándose en 1978, con varias escenas cortadas y el título Proceso a la infamia. El realizador declaró cada vez que pudo que lo mejor de la película estaba precisamente en lo que se había quitado, básicamente ciertos momentos alusivos a la trata de mujeres y al personaje de una muchacha inmigrante obligada a prostituirse (interpretada por Marilina Ross, actriz prohibida cuando el film llegó a las salas).
En 1979 estrenó dos películas: Contragolpe (1978) y La isla (1979), esta última con buena repercusión de crítica y público. El guión de Aída Bortnik para La isla proponía a un conjunto de hombres y mujeres de diferentes edades confinados en un manicomio que podía entenderse, también –y más en esos años–, como un recorte de la sociedad misma, con algunos gestos de amor y de solidaridad asomando en medio del miedo, la soledad y la locura. Cuando se estrenó, Jorge Miguel Couselo elogió la película en Clarín, refiriéndose a su “atmósfera de valores trocados, donde la distorsión mental también reserva extraños accesos a la abstracción, la belleza, la poesía”. En plena dictadura militar, La isla se promocionaba desde su afiche con una frase inquietante: “Usted está atrapado dentro o fuera de la isla”. La película ganó varios premios (incluyendo el de mejor actriz para Graciela Dufau en el Festival de Montreal) y fue elegida por el Instituto de Cine para representar a nuestro país en la competencia por el Oscar a mejor film en idioma extranjero.
Con Los miedos (1980) Doria pretendió expresarse nuevamente a través de la metáfora, en este caso partiendo de un libro compartido con Cernadas Lamadrid, con una misteriosa peste asolando a los habitantes de una ciudad. Los resultados no estuvieron a la altura de sus ambiciones, y, como ironizó Hugo Paredero en su momento, en la revista Humor: “la gente de La isla, a decir verdad, todavía no estaba preparada para que le dieran el alta”.
El drama romántico Los pasajeros del jardín (1982, basada en una novela de Silvina Bullrich), a pesar de algunos aciertos parciales (la fotografía de Juan Carlos Desanzo, los buenos trabajos de Graciela Borges y otros actores), estrenado en plena guerra de Malvinas, aparecía reñido con el convulsionado contexto. Todo lo contrario ocurrió con Darse cuenta (1984, guión escrito por Doria con Jacobo Lansgner), cuya historia de un médico (Luis Brandoni) aferrado a la salvación de su paciente (Darío Grandinetti) proponía un mensaje esperanzador coincidente con el regreso de nuestro país a la democracia.
Cuando al año siguiente se estrenó Esperando la carroza (1985, sobre una pieza teatral de Langsner, con Antonio Gasalla encarnando a una anciana molesta e incomprendida), las críticas no fueron tan laudatorias como muchos suponen (o recuerdan mal) ahora. Rómulo Berruti en Clarín, por ejemplo, decía que su contenido “incluye la tensión llevada a su punto máximo hasta convertirse casi en una mascarada”, en tanto Claudio España escribía en La Nación que “el espectáculo es fuerte y altisonante, nadie baja su discurso de una altura tímbrica que exaspera y llega al grito”. Todos coincidían en afirmar, sin embargo, que se trataba de una muestra de humor mucho más digna de las que habitualmente ofrecía nuestro cine. Esperando la carroza fue muy festejada por el público y terminó convirtiéndose en un clásico.
Las películas que Doria dirigió después (Sofía, Cien veces no debo, Las manos) pusieron más de manifiesto sus defectos que sus virtudes, e incluso el corto que realizó para 18-J (2004, en torno al atentado a la AMIA en 1994) –un monólogo indignado escrito por Aída Bortnik e interpretado por Susú Pecoraro– tenía valor, más que nada, como increpación.
Otro dato que los medios ignoraron en estos días es que el joven director Diego Ávalos (1982, Morón) viene preparando desde hace tiempo un documental sobre Alejandro Doria, con entrevistas a algunas de las personas que han trabajado con él. Ojalá le haga justicia a una trayectoria que merece ser conocida y recordada, aunque sea para discutirla después.

Por Fernando Varea

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3 pensamientos en “Alejandro Doria (1936/2009)

  1. Estimado Fernando, gracias por recordar así a Alejandro Doria, uno de nuestros más grandes artistas. Diego Avalos, director del documental “Doria”.

  2. Me parece que lo interesante de Doria es su trayectoria, que abarca -como resumí en mi nota- distintas épocas, proyectos diversos y algunos logros importantes en TV: lo suficiente como para que mereciera recordatorios más cuidadosos en los medios periodísticos.

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