Melodrama romántico con variaciones

SECRETO EN LA MONTAÑA
(2005, Brockeback Mountain; dir: Ang Lee)

Después que un jurado presidido por el diseñador Dante Ferretti la premiara con el León de Oro en el Festival de Venecia, en septiembre de 2005, Secreto en la montaña continuó cosechando premios y despertando expectativa y comentarios, sobre todo en Estados Unidos, hasta arañar el Oscar a Mejor Película que los conservadores miembros de la Academia de Hollywood se resistieron a darle. No es difícil explicar ese éxito, ya que se trata de un melodrama romántico clásico en su estructura argumental y formal, con el plus polémico de una pareja protagónica inesperada, conformada por dos cowboys.
Ambos vaqueros (interpretados por Jake Gyllenhaal y Heath Ledger, este último logrando dar mayor vida interior a su personaje) son reunidos, por azar, para arrear ovejas en un lejano paraje, en medio de bosques y montañas. De cierta desconfianza pasan a la amistad, de allí al sexo imprevisto, y así a un enamoramiento que viven con alegría y con culpa, en una época y en un ambiente donde hacer pública esa relación resultaba arriesgado. La historia (proveniente de un relato de la escritora estadounidense Annie Proulx), simple, accesible, va agregando a su paso elementos derivados de las convenciones del género: nuevas relaciones sentimentales y nuevos personajes, celos, distanciamientos, reproches, dudas, los cambios que acompañan el paso del tiempo. Dos componentes fundamentales en los melodramas, el romanticismo y la emoción, han sido especialmente considerados, resultando una suerte de Sensatez y sentimiento subvertida por situaciones de El banquete de bodas, ambas películas también dirigidas por Ang Lee (1954, Pingtung, Taiwán). Naturalmente, en este caso, las resistencias al amor de la pareja central tienen el valor adicional de poner en evidencia una forma de discriminación que va más allá de los años en los que transcurre la acción.
La delicada manera con que se han encuadrado y fotografiado los bucólicos paisajes, y los melancólicos acordes de guitarra concebidos por el argentino Gustavo Santaolalla, contribuyen a la eficacia de lo que es, en definitiva, más una historia sentimental que un western. La idea de enmarcar una escena de violencia con el estallido de fuegos artificiales, por ejemplo, no es novedosa, pero el director taiwanés compone ésos y otros momentos con irreprochable solidez.
Ese cuidado, esa contención formal, puestos al servicio de una historia de amor incomprendido, no parecen suficientes para provocar tantos halagos, pero la sobrevaloración no es responsabilidad de Ang Lee, sino, en todo caso, de críticos y espectadores estadounidenses, quienes no por nada se han visto tan impresionados por la película: Secreto en la montaña tiene lo necesario para complacerlos y sorprenderlos a la vez.

Por Fernando Varea
(Publicado en 2005 en el sitio web Citynema)

Secreto en la montaña será exhibida el miércoles 5/8 a las 23.55 hs por el canal I-SAT.

Micro-mundo simpático pero condescendiente

LUNA DE AVELLANEDA
(2004, Dir: Juan José Campanella)

El argentino Juan José Campanella (1959, Buenos Aires) se declara admirador de cierto cine italiano y de películas como La tregua (1974, Sergio Renán), porque logran conjugar sentimiento y humor, ofreciéndole a los espectadores la posibilidad de identificarse con personajes falibles y queribles. Ese criterio vuelve a notarse en Luna de Avellaneda, retrato de un club de barrio en crisis, con las historias cruzadas de algunos de sus socios, envueltos en sus propios problemas económicos y familiares.
La película tiene sus aciertos (los momentos en que confía en la eficacia del cine para comunicar emociones sin palabras, como cuando el protagonista descubre la infidelidad de su mujer por una mirada sorprendida de ella en un bar, o engaña con un efecto de luz a un enfermo que pide ver la luna) y sus desaciertos (varias situaciones forzadas relacionadas con el personaje de Eduardo Blanco, la prolongada asamblea final), y, entre sus actores, hay algunos muy eficaces (Ricardo Darín, Mercedes Morán, el español José Luis López Vázquez) y otros no tanto (Silvia Kutica), pero es evidente la capacidad de Campanella para divertir y conmover con recursos simples. Incluso sus cámaras evidencian aquí mayor soltura que en sus anteriores El mismo amor, la misma lluvia (1999) y El hijo de la novia (2001), con algunas escenas de fiesta y de bailes con sentido de espectacularidad, ingredientes poco usuales en nuestro cine.
Lo más cuestionable es su mirada condescendiente hacia la clase media argentina, la manera con la que justifica o pasa por alto ciertas conductas de sus personajes (el castigo de una profesora a un alumno, robos de distinta naturaleza), concentrando toda la “deshonestidad” en la figura del político interpretado por Daniel Fanego. Por otra parte, la reivindicación que hace de los valores inmateriales, su elogio del riesgo por encima de la seguridad, no se condicen demasiado con las características de su realización, como sosteniendo en la práctica lo contrario de lo que predica.

Por Fernando Varea
(Publicado en el sitio web Citynema en 2004)

Luna de Avellaneda será exhibida el miércoles 5/8 a las 22 hs por el canal Volver.

El discreto encanto de las biografías

“El capitalismo transforma todo en dinero, inclusive la vida de un guerrillero dedicado a derribar al capitalismo, al imperialismo y a cuanta sociedad ese dinero corrompe.”
Con esta apreciación comenzaba una nota publicada en el primer número de la revista Cine & medios, a mediados de 1969. Aludía a la producción estadounidense Che! (1969, dir: Richard Fleisher), producida por la 20th Century Fox, rodada en Puerto Rico y protagonizada por el actor egipcio Omar Shariff (quien en la tapa de la revista aparecía acompañado por la irónica expresión “El Che Shariff”). La visión del Che (2007) de Steven Soderbergh (1963, Atlanta, EEUU), que los argentinos pudimos ver en dos partes bien separadas por caprichos de la distribución (la primera, Che: El argentino, el año pasado, y la segunda, Che: Guerrilla, en estos días), renueva la discusión acerca de la dificultad de representar fielmente la vida de figuras importantes de la Historia, más aún si se trata de líderes rebeldes.

Sólo hechos

Sobre aquel lejano Che!, Shariff decía algo que bien podría aplicarse a la obra de Soderbergh: “No hay mensaje en el film, sólo hechos. He aquí lo que le ha pasado a este hombre: vivió, hizo esto y aquello, y murió.” Es notable que, cuarenta años después, se sigan realizando biopics de Ernesto el Che Guevara que no perturban demasiado.
Es cierto que, a diferencia de la película de Fleisher, la de Soderbergh es una reconstrucción cuidada, cauta, seria. Ahora bien: ¿acaso el respeto, la discreción, la moderación, sirven para recrear la vida agitada y furiosa de alguien como Guevara?
Está claro que una película será mejor cuanto más concilie su forma con su contenido. Por ejemplo: la Frida Kahlo del mexicano Paul Leduc (Frida, naturaleza viva, 1986, con Ofelia Medina), apropiadamente, circulaba más por el sendero del arte y de la incomodidad, mientras que la Frida dirigida por la estadounidense Julie Taymor (2002, con Salma Hayek) lo que hacía era adoptar algunos puntos salientes de la vida de la pintora para, con ellos, construir una biopic salpicada de incidentes variados. Soderbergh parece haber emprendido una tarea similar, teniendo en cuenta, incluso, declaraciones suyas sobre el Che Guevara: “Su vida es un material estupendo para una película, y seguramente bastante comercial.”
El cine masivo tiene una larga tradición en convertir biografías ásperas en amenos melodramas. Aprovecha una y otra vez esa capacidad que tiene para succionar la verdad, privándola de matices y devolviéndola transformada en remedos accesibles, poniendo el rigor en la reconstrucción material antes que en los factores –generalmente complejos– que llevaron a esos hombres y mujeres a ser admirados y a destacarse del resto. En una de las últimas entregas de los premios Oscar, por ejemplo, pudo verse una revisión de las figuras históricas que el cine supo mostrarnos, y entre ellas aparecía Evita en la piel de Madonna.
El cine convierte sus historias en la Historia. De esta manera, es posible que oír hablar de Gandhi nos traiga instantáneamente la imagen de Ben Kingsley, y que muchos asocien de inmediato a la pareja de ladrones Bonny y Clyde con Warren Beaty y Faye Dunaway, o a la cantante Edith Piaff con Marion Cotillard.
La operación, sin embargo, se torna complicada cuando quien se retrata es alguien problemático o agitador. ¿Cómo hacer de esa vida un producto cinematográfico sencillo y grato? Volviendo al caso del Che: ¿es coherente llevar a la pantalla la vida de un revolucionario de un modo conservador?

Qué contar, cómo contarlo

Hay ejemplos de abordajes respetables de los hechos históricos que Soderbergh recrea en Che. Algunas películas generadas por núcleos militantes de la ardiente América Latina de los años ’60 y ’70, puede decirse (por su estilo urgente y desafiante, por la forma con la que fueron producidas, rodadas y difundidas) que fueron la expresión cabal de los ideales de Guevara. Varios momentos de El Padrino II (1974, dir: Francis Ford Coppola) mostraban de manera ejemplar el impulso de la revolución penetrando en el seno del universo egoísta y corrupto de la Cuba de Batista. El documental Ernesto Che Guevara, el diario de Bolivia (1994, dirigido por el suizo Richard Dindo), con una serena lectura del diario que el Che escribió en sus últimos días recorriendo los mismos inhóspitos lugares que iba atravesando, lograba hacer vívidas sus preocupaciones y sensaciones.
El caso del Che de Soderbergh es más impreciso. Se agradece que no haya una voz en off o textos que expliquen los acontecimientos, pero no deja de ser didáctica, como si fuera una mera representación de cosas sabidas. La interpretación de Benicio del Toro (también co-productor) es más que digna, pero en pocos momentos puede adivinarse algo de su mundo interior. Es un alivio escuchar a los personajes hablando en castellano, pero están por allí Gastón Pauls con su tono de chico bien y Franka Potente notoriamente doblada. El retrato de personajes y situaciones resulta mayormente creíble, pero una mirada atenta permite descubrir que no hay resoluciones formales interesantes, y que fueron descuidadamente encuadrados, iluminados y editados los diálogos en la selva boliviana (en medio de una conversación en plano general se inserta imprevistamente un primer plano, o hay planos lejanos y ensombrecidos que no permiten saber quién le habla a quién). Conmueve ver al Che curando a un chico y recibiendo el agradecimiento de una humilde campesina, pero las motivaciones de su intransigencia quedan reducidas a unas pocas frases. Es acertada la toma subjetiva para la escena en que lo matan, pero las últimas palabras fuertes que se escuchan en la película son de reproche hacia Guevara y Fidel Castro.
Se ha dicho que la película fue considerada “fría” tanto por amigos como por enemigos de la revolución cubana, y esa molestia parece razonable. Que Soderbergh no adopte una posición ideológica determinada ¿no implica, de por sí, una toma de posición? Lo que podría resultar plausible en un documental televisivo o en un film con fines estrictamente pedagógicos (el desapasionamiento, el respeto por las distintas opiniones, la posibilidad de que el espectador complete lo que se le da buscando posteriormente más información) resulta discutible para una película de ficción de cuatro horas, que formó parte de la selección oficial de Cannes y que involucró importantes esfuerzos de producción.
Tal vez lo mejor de este nuevo Che cinematográfico sea que alienta la discusión, no tanto sobre las ideas de Guevara sobre colonialismo y revolución, sino sobre las formas adecuadas para plasmarlas.

Por Fernando Varea

Crítica de Fernando Herrera de Che: El argentino en este blog aquí

Fontanarrosa y el cine

El 19 de julio se cumple un nuevo aniversario de la muerte del humorista gráfico y escritor Roberto Fontanarrosa (Rosario, 1944/2007), creador de populares personajes como Inodoro Pereyra y Boogie, el aceitoso. Buena oportunidad para reparar en una de sus aficiones menos conocidas: el cine. Lo demuestra este puñado de chistes publicados en el diario Clarín, que el autor de este blog fue reuniendo a lo largo de los años, material que no sólo sirve para revisar hechos relacionados con el cine de las últimas décadas, sino también para recordarnos la gracia y lucidez que caracterizaron la obra del querido humorista.


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Las películas a las que se hace referencia son las argentinas Camila (1983/84, M.L.Bemberg), La película del rey (1985, C.Sorín), El amor es una mujer gorda (1988, A.Agresti), Kindergarten (1989, J.Polaco), Gatica “el mono” (1992, L.Favio), Manuelita (1999, M.García Ferré), El diablo andaba en los choclos (1946, M.Romero), El asadito (1999, G.Postiglione), Mil intentos y un invento (1972; M.García Ferré) –repuesta en 2001–, Pizza, birra, faso (1997, B.Stagnaro-A.Caetano) y Patoruzito, la gran aventura (2006; J.L.Massa), las estadounidenses Gaby, una historia verdadera (1987, L.Mandocki) –por la que Norma Aleandro estuvo nominada al Oscar como mejor actriz secundaria–, Evita (1996, O.Stone), Rescatando al soldado Ryan (1998, Saving private Ryan, S.Spielberg), El día final (1999, P.Hyams) y Estigma (1999, R.Wainwright), y la italiana La cena (1998, E.Scola).

Por Fernando Varea