No todo lo que reluce es cine

ENEMIGOS PÚBLICOS
(Public enemies, 2009; dir: Michael Mann)

Hacia 1970 el cine estadounidense atravesaba un período de cierta nobleza. Vigorosos films de acción, westerns y policiales, muchas veces con bandidos como protagonistas (Contacto en Francia, Barrio chino y otros dirigidos por Sam Peckinpah, George Roy Hill o Arthur Penn) lograban una eficaz comunicación con un público predominantemente masculino, aplicando con honestidad tópicos de géneros impuestos por el cine de ese país. De ese grupo formó parte Dillinger (1973, dir: John Milius), sobre el célebre ladrón de bancos John Dillinger (1903/1934, llevado al cine y la televisión en otras versiones, antes y después).
Como ha ocurrido en los últimos años con algunas de aquellas historias y anti-héroes, también Dillinger volvió a ser convocado por el cine. Pero otro es el panorama que presenta Hollywood en la actualidad.
En Enemigos públicos los cálidos colores terrosos del cine de los ’70 son sustituidos por fulgores plateados y azules, la imagen madura y áspera del actor Warren Oates por el look casi adolescente de Johnny Depp, la aventura lacónica por la estilización y el artificio.
No se trata de minimizar las inquietudes formales de Michael Mann (1943, Chicago, EEUU), que acopia encuadres suspicaces, planos generales alternados con primeros planos, atractivas inserciones musicales, cortes bruscos, desplazamientos y brillos favorecidos por el rodaje en HD. Tampoco puede ignorarse su habilidad para crear un sostenido suspenso, disfrutable en varios momentos de la película.
El problema es que su preocupación por la seducción visual diluye, por ejemplo, la importancia que tuvo Dillinger como figura que canalizó la irritación de los ciudadanos (molestos con los banqueros por los efectos recesivos de la Gran Depresión), así como el comportamiento de organismos e instituciones en torno al delito. Las carencias podrían disculparse si no se tratara de una producción tan ambiciosa, de casi dos horas y media de duración, que demandó millones de dólares.
Jean-Luc Godard decía que “el cine es tanto un pensamiento que adquiere forma como una forma que permite pensar”. Cuesta suponer que Enemigos públicos sea producto de reflexiones previas, o que estimula al espectador a pensar. En realidad, lo distrae sin involucrarlo, como una suma de formas vanas, como los devaneos preciosistas propios del mundo de la publicidad.

Por Fernando Varea

www.publicenemies.net/

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