Kiarostami en La Nave

kiarostami

“El cine comienza con Griffith y termina con Kiarostami”
(Jean-Luc Godard)

Abbas Kiarostami nació en 1940 en Teherán (Irán). Incursionó en el diseño gráfico y realizó cortometrajes para el Centro para el Desarrollo Intelectual de Niños y Adolescentes de su país. En 1978 dio a conocer su primer largometraje, El informe. Posteriormente, Primer plano, la llamada “trilogía de Koker” (integrada por ¿Dónde queda la casa de mi amigo?, La vida continúa y Detrás de los olivos), El sabor de la cereza (1997, con la que ganó la Palma de Oro en el Festival de Cannes) y El viento nos llevará (1999), lo convirtieron en uno de los más importantes creadores del cine contemporáneo.
Cuatro de estas películas podrán verse los días miércoles del mes de octubre en el centro cultural La Nave (San Lorenzo 1383) de la ciudad de Rosario. El ciclo -coordinado y presentado por el autor de este blog junto a Fernando Herrera- será con entrada libre.
7/10 – 19 hs:
Primer plano (1990, 90′)
Recreación de la historia auténtica de un cinéfilo que engaña a una familia haciéndose pasar por un director de cine, por lo cual luego es juzgado. Documental y ficción magistralmente cruzados en un film que propone diversos puntos de vista en torno a la magia y el poder del cine.
14/10 – 19 hs:
¿Dónde queda la casa de mi amigo? (1987, 87′)
La aventura de un niño que se esfuerza por devolverle a un compañero de escuela el cuaderno que se llevó por error a su casa. Un relato lírico y sencillo pero profundo y de una gran riqueza formal y conceptual.
21/10 – 19 hs:
La vida continúa (1992, 90′)
Después de un terremoto en la zona donde fue filmada ¿Dónde queda la casa de mi amigo?, el director vuelve con su hijo en busca de los chicos que actuaron en la película. Una recorrida plena de diversos contratiempos y sensibles reflexiones sobre el cine y la vida.
28/10 – 19 hs:
Detrás de los olivos (1994, 103′)
La historia personal de quienes representan a una pareja de recién casados en La vida continúa y las alternativas reales de su amor esquivo. Una bella reflexión sobre cómo se hace un film y sobre los sentimientos de las personas que participan en él.

Imágenes del ciclo en La Nave aquí

Trailer de Detrás de los olivos aquí
Comentario de la publicación especializada El Eclipse aquí

Cuando en la ciencia ficción no todo es ficción

SECTOR 9
(District 9; dir: Neill Blomkamp)

Racismo. Pobreza. Discriminación. Terrorismo. Manipulación de la información. Contaminación. SIDA. Violaciones a los derechos humanos. Venta ilegal de armas. Aunque parezca raro, éstos y otros temas aparecen abordados con agudeza en este film de ciencia ficción con apariencia de producto clase B, donde muchas sutilezas se insinúan, además, con irónico humor.
El astuto guión imagina a una comunidad de alienígenas (que parecen una cruza de langostinos con cucarachas) confinados en las afueras de Johannesburgo, hasta sufrir un intento de “desalojo” de los terrenos que ocupan –junto a grupos de nigerianos– que culmina en una serie de acontecimientos violentos. El principal afectado es un funcionario medio temeroso, que pasa de ser observador y entusiasta enemigo de estos bichos a involucrarse cada vez más con ellos, hasta llegar a una desesperante situación demostrativa de que, a veces, podemos terminar siendo nosotros mismos esos “otros” a los que mal miramos y distanciamos.
El director Neill Blomkamp (1979, Sudáfrica) recurre a variados registros: imágenes que remedan noticiarios televisivos, confesiones de testigos y especialistas que parecen provenir de un documental, tomas desde helicópteros militares o con cámara en mano. Los decorados, nutridos de basurales y materiales de descarte de distinta naturaleza, traen a la memoria la estética de películas como Mad Max, que presagiaron un futuro deshumanizado y corrompido.
Sector 9 es un film menor, que se desborda bastante hacia el final (dejando en evidencia la experiencia de Blomkamp como realizador de videojuegos y comerciales), pero divierte y se distingue de otros productos similares por su perspicacia.

Por Fernando G. Varea

Trailer de Sector 9 aquí

La ciudad, como el cine, fuente de misterios

Ya se ha expresado muchas veces y de distintas maneras: el cine es un arte hecho de luces y sombras creadoras de vida y buceadoras de lo profundo. “El cine no es arte ni técnica, es misterio”, reflexionó el francés Jean-Luc Godard. “La pantalla es el lugar donde aparece algo que, de forma imperceptible, vuelve a desaparecer –escribió, a su vez, la austríaca Elfriede Jelinek–: ver cine es, sobre todo, ver fantasmas.” Tal vez por eso el cine alcanza una dimensión particular cuando -como respondiendo a su esencia- desde la pantalla nos revela misterios o permite encontrarnos con los huidizos espectros que nos rodean. Por eso fue estimulante encontrar, dentro de la programación del XVI Festival Latinoamericano de Video Rosario, dos películas interesadas en explorar los misterios de nuestra ciudad, de sus calles y sus habitantes.
Dante en la casa grande (2009) se centra en un rosarino reconocido evitando los lugares comunes habituales en los documentales institucionales. El realizador Rubén Plataneo (1958, Santa Fe) nos lleva a ingresar en la cotidianeidad del artista plástico Dante Taparelli esparciendo imágenes y voces que asoman con el mismo creativo desorden y melancólica sencillez que forman parte de esa vida. No se trata ni de una suma de confesiones en primer plano ni de una intromisión incómoda en los pliegues del pasado de Taparelli: la cámara simplemente lo acompaña, lo escucha, desviándose ocasionalmente hacia los objetos que lo rodean o la penumbra que cubre su enorme casa. Algunos hechos más precisos, como los preparativos de una exposición o la hermosa iniciativa de reproducir cuadros en paredes de edificios, son expuestos sin énfasis, integrándose naturalmente trabajo, arte y vida cotidiana.
No sólo sobre el artista se echa una mirada afectuosa, contenida y discretamente curiosa, sino también sobre la ciudad, de la cual se percibe su aliento, su respiración, gracias al sonido ambiente –apenas interferido por la funcional música de Ángela Tullida– y al registro de rincones y pasajes muy vistos pero poco mirados. Así, en Dante en la casa grande asoman los misterios de una vida y de una ciudad, pudorosamente, con la exuberancia de las telas de colores y las viejas muñecas combinándose con las nostálgicas conversaciones de entrecasa y el rumor de la calle. Por sus características, trae a la memoria a otro notable documental rosarino, Trescientoscincuenta (2006, Diego Fidalgo), sobre el artista Fernando Traverso, también de Calanda Producciones (lo cual habla de la continuidad de criterios de esta productora autogestionaria local).
Por su parte, Guía de Rosario misteriosa (2009) se adentra en secretos y enigmas de nuestra ciudad de una manera deliberadamente más graciosa, procurando, sobre todo, la comunicación efectiva con los espectadores más chicos. Primer trabajo de la Cooperativa de Animadores de Rosario, impulsado por Pablo Rodríguez Jáuregui (1966, Santa Fe), propone a un inspector de lentes y bigotes (cuya voz recuerda a Mr. Magoo) recorriendo -junto a un simpático perro y un libro-guía que suena como un teléfono celular- algunas de las leyendas urbanas e historias ocultas de Rosario, pasando por museos, cementerios, teatros, parques, túneles, islas y casonas. El resultado es divertido y disfrutable, y si desde un punto de vista estrictamente informativo permite enterarse de datos sorprendentes, depara, además, el placer de –entre otras cosas– ver fulgurar a la “montañita” del parque Independencia o moverse a las estatuas del palacio Fuentes.
Guía de Rosario misteriosa va y viene con vivacidad por las distintas épocas, recurre a estilos ligeramente diversos (ya que distintos animadores se hicieron cargo de los episodios) y a viejos titulares de diarios o fotografías, e integra con habilidad lo didáctico con lo humorístico. El hecho de que contenga una evocación de los cines de antaño no se contradice con la acertada decisión del equipo de que la obra –junto al merecido estreno en salas cinematográficas– circule sin demoras en copias en dvd y pueda verse y bajarse por Internet.
Si bien a ambos trabajos pueden hacérsele objeciones (en el film de Plataneo hubiera resultado oportuno un recuerdo de las recorridas nocturnas por los cementerios organizadas tiempo atrás por Taparelli; el de Rodríguez Jáuregui da por cerrado el misterio de la torre del correo sobre el que viene investigando desde hace tiempo Sonia Helman), ambos se destacan como necesarios, solitarios intentos –dentro de la producción audiovisual local– de rescatar a la Rosario más escondida y rica en secretos.
Lamentablemente, y compartiendo el pensamiento de los realizadores de Guía de Rosario misteriosa –que ponen en boca de su protagonista– “en el siglo XXI hay cada vez menos lugar para lo mágico y lo misterioso”.

Por Fernando G. Varea

http://calandaproduce.blogspot.com/
http://rosariomisteriosa.blogspot.com/

Patricio Henríquez: “Es necesario tener un punto de vista abierto a la contradicción”

patricio_henriquezLa decisión de Patricio Henríquez (1948, Santiago de Chile) de rescatar del olvido la conducta de determinadas personas públicas y anónimas es el resultado de las experiencias de su propia vida. Secretario de prensa de Hortensia Bussi (esposa de Salvador Allende) y director del canal 9 de la Universidad de Chile en los años ’70, apenas Augusto Pinochet se apoderó del gobierno fue detenido y en 1974 debió dejar su país para instalarse en Canadá. Tiempo después filmó 11 de septiembre, 1973: El último combate de Salvador Allende (1999), una rigurosa reconstrucción de los hechos que terminaron con el gobierno socialista y la vida de su presidente. Un año atrás, una invitación del Festival Latinoamericano de Video de Rosario le permitió reencontrarse con esos recuerdos y esas imágenes, frente a numerosos espectadores en el teatro La Comedia. Además pudo desplegar su valiosa obra y sus conocimientos en una retrospectiva y un seminario que dictó en la sala del Museo Diario La Capital. Vale la pena volver a leer las lúcidas declaraciones que nos brindó cuando lo entrevistamos en esa oportunidad.
– En una bandera que le hicieron firmar en el teatro, usted escribió: “Lo que la memoria no registra no existe”. ¿Allí estaría la esencia del documental?
—No, una parte, porque hay todo tipo de documentales y está bien que sea así. Lo que ocurre es que la memoria humana es una capacidad que uno tiene que no es eficaz ciento por ciento. Se puede almacenar mucha información pero, inevitablemente, hay cosas que van quedando en el olvido. Y a veces los olvidos se programan, también. Es terrible, porque lo que la memoria no registra es como si jamás hubiera existido.
– Los registros sonoros y fílmicos que van guardándose ¿serían como la materialización de la memoria?
—Sí. Los manuales de historia también ayudan a eso, pero creo que, como desgraciadamente la gente no lee, al documental se le carga la responsabilidad de ser como un manual de historia. Y no es el medio adecuado, el libro de historia tiene un rigor que el documental no puede alcanzar porque es cine, y por lo tanto tiene una función de entretenimiento, una estructura dramática. Los dos se complementan, pero si uno va por la calle y alguien habla de las pirámides de Egipto, seguramente es porque lo vio en un documental y no porque lo leyó en una enciclopedia. De ahí la falsa idea de lo que debe ser el documental.
– En el caso de El último combate de Salvador Allende, se va contando lo que pasó ese día con flashbacks que agregan datos de cómo llegó al poder y comenzó a ser resistido por algunos sectores.
—Yo no estaba muy convencido de poner esos flashbacks porque a mí me interesaba contar la historia de ese día. Pero había una estructura dramática, un guión. Aunque yo creo que, en cierto sentido, el que lo escribió fue Allende. En la calma que tienen sus discursos se nota que ha sido un hombre que ha previsto que ese día iba a llegar y lo ha preparado, él sabía lo que iba a decir. Era el único que estaba tranquilo, los demás temían por sus vidas y estaban en un estado de angustia. Allende no, hasta hace un discurso poético. Mi convicción es que tenía una cita con la muerte. Todos los políticos necesitan recompensas, como todo ser humano, y la suya fue el paso a la Historia. Hay otros políticos en América Latina que, lamentablemente, tienen recompensas más materiales, o maletas llenas de dólares.
– ¿Qué debería hacerse para que una película documental se aparte del mero testimonio periodístico?
—Todos los documentalistas que hemos sido periodistas sentimos, en algún momento, que las reglas del periodismo se transforman en un camino muy estrecho, sobre todo porque hay obligaciones de rigurosidad que son necesarias en el periodismo. El periodista —como el historiador— no puede conservar una información importante mucho tiempo, su obligación es entregarla. El documentalista, en cambio, puede darse tiempo para analizar, para reflexionar. Y lo fundamental: al documentalista se le pide que tenga un punto de vista fuerte. Mi punto de vista fue de respeto hacia la figura de Allende porque creo que representa, todavía hoy, un ejemplo moral en América Latina. Aunque en mi documental no hay sólo gente que estuvo de acuerdo con él, también están un general que participó en el golpe y el embajador de EEUU. Pero no están por una búsqueda de objetividad, los utilizo para que mi posición salga reforzada, y por una razón de credibilidad. Porque si yo digo, siendo un exiliado chileno de izquierda, que el imperialismo americano derrocó a Allende, va a parecer un eslogan que no tiene mucho sentido, pero si el embajador de EEUU dice lo mismo, eso tiene otra credibilidad, es él quien lo dice.
– ¿No es difícil esa zona de equilibrio entre procurar cierta objetividad y respetar el punto de vista personal?
—Sí, sobre todo porque es una zona que en cada proyecto puede ser diferente. En El último combate de Salvador Allende no soy propagandista. Hay algunos mensajes muy sutiles, algunos hay que ser chileno para entenderlos. Por ejemplo, Allende era un hombre que amaba mucho a las mujeres, y para los chilenos, cuando ven a su secretaria, queda claro que era su amante. Yo no lo quise poner en evidencia ni ocultarlo. No me interesaba canonizar a Allende. Uno tiene derecho a plantear un punto de vista, y, además, es necesario tenerlo, pero ese punto de vista debe abrirse a la contradicción. Hay una dialéctica, y es importante que se la entreguemos al espectador, teniendo confianza que en él prevalecerá nuestro punto de vista.
– En el marco del Festival, usted reflexionó sobre el debate ético que genera el empleo de archivos en el cine.
– Los archivos son los materiales de otros, que antes estaban hechos por profesionales y hoy pueden estar hechos por cualquier persona. Uno como cineasta le da una intencionalidad a sus imágenes, le dice a su camarógrafo lo que quiere lograr, y, asimismo, puede tomar los archivos que alguien hizo para otra cosa. Hay cineastas del Holocausto judío que rehúsan utilizar archivos hechos por los nazis, porque para ellos nunca será posible borrar esa visión del perpetrador. Esa es una posición ética, aunque también hay gente que puede darse la libertad de hacer un documental que sea anti-dictadura o anti-nazi utilizando el material que aquellos filmaron.

Por Fernando Varea

(Reportaje publicado -con otro texto introductorio- el 28/9/08 en suplemento Señales de la Cultura y la Sociedad del diario La Capital de Rosario)

http://flvr.com.ar

El cine por encima de la historia

BASTARDOS SIN GLORIA
(Inglorious basterds; dir: Quentin Tarantino)

Tal vez el hecho de que Quentin Tarantino (1963, Knoxville, EEUU) se haya formado trabajando mucho tiempo en un video club pueda explicar tanto su admirable aprovechamiento de los rasgos salientes del cine de géneros y de los productos clase B, como también su falta de rigor conceptual, su gusto por la mera acción física y el entretenimiento ligero, su visión siempre un poco inmadura, como dejándose llevar por cierta excitación adolescente. Esa tendencia a hacer de cada película un modesto conjunto de guiños cinéfilos y bromas para los amigos, se hace más evidente cuando, como en este caso, el tema tiene raíces reales y trágicas, ignoradas con un desdén que puede tener su costado saludable (por desprejuiciado) pero también sus riesgos.
Los Bastardos sin gloria a los que alude el título son unos soldados de origen judío que persiguen nazis para castigarlos y matarlos, y a quienes se unen, de alguna manera, la joven dueña de una sala de cine en París y una ambigua actriz, con la pretensión final de un atentado durante la première de un film de propaganda al que piensan asistir los jerarcas del Tercer Reich. Dividido en capítulos, el film ofrece referencias a otras películas, una heterogénea banda sonora, pasajes notablemente intensos interrumpidos por toques de comicidad, trazos gruesos e ingredientes que parecen salidos de un comic (como los textos sobreimpresos indicando el nombre de los personajes), y –por encima de las muecas de Brad Pitt– un notable desempeño actoral, sobresaliendo la divertida sobreactuación de Christoph Waltz (como el astuto y temible coronel Hans) y la belleza inteligente de la francesa Mélanie Laurent y la alemana Diane Kruger.
Lo más controvertible de Tarantino sigue siendo ese despreocupado regodeo con la tortura física y la violencia. A eso se suma, en esta ocasión, la manera displicente con la que aborda –y tergiversa– hechos históricos, al punto de preguntarse por qué Bastardos sin gloria no provocó en críticos y cinéfilos la indignación que había despertado La vida es bella (1998, Roberto Benigni) algunos años atrás. Los motivos tal vez estén en que Tarantino, más allá de todo, es un buen director: basta apreciar aquí la magistral tensión del primer capítulo o algunos momentos de su alucinante final, para comprobarlo.

Por Fernando G. Varea

http://www.inglouriousbasterds-movie.com/