El cine por encima de la historia

BASTARDOS SIN GLORIA
(Inglorious basterds; dir: Quentin Tarantino)

Tal vez el hecho de que Quentin Tarantino (1963, Knoxville, EEUU) se haya formado trabajando mucho tiempo en un video club pueda explicar tanto su admirable aprovechamiento de los rasgos salientes del cine de géneros y de los productos clase B, como también su falta de rigor conceptual, su gusto por la mera acción física y el entretenimiento ligero, su visión siempre un poco inmadura, como dejándose llevar por cierta excitación adolescente. Esa tendencia a hacer de cada película un modesto conjunto de guiños cinéfilos y bromas para los amigos, se hace más evidente cuando, como en este caso, el tema tiene raíces reales y trágicas, ignoradas con un desdén que puede tener su costado saludable (por desprejuiciado) pero también sus riesgos.
Los Bastardos sin gloria a los que alude el título son unos soldados de origen judío que persiguen nazis para castigarlos y matarlos, y a quienes se unen, de alguna manera, la joven dueña de una sala de cine en París y una ambigua actriz, con la pretensión final de un atentado durante la première de un film de propaganda al que piensan asistir los jerarcas del Tercer Reich. Dividido en capítulos, el film ofrece referencias a otras películas, una heterogénea banda sonora, pasajes notablemente intensos interrumpidos por toques de comicidad, trazos gruesos e ingredientes que parecen salidos de un comic (como los textos sobreimpresos indicando el nombre de los personajes), y –por encima de las muecas de Brad Pitt– un notable desempeño actoral, sobresaliendo la divertida sobreactuación de Christoph Waltz (como el astuto y temible coronel Hans) y la belleza inteligente de la francesa Mélanie Laurent y la alemana Diane Kruger.
Lo más controvertible de Tarantino sigue siendo ese despreocupado regodeo con la tortura física y la violencia. A eso se suma, en esta ocasión, la manera displicente con la que aborda –y tergiversa– hechos históricos, al punto de preguntarse por qué Bastardos sin gloria no provocó en críticos y cinéfilos la indignación que había despertado La vida es bella (1998, Roberto Benigni) algunos años atrás. Los motivos tal vez estén en que Tarantino, más allá de todo, es un buen director: basta apreciar aquí la magistral tensión del primer capítulo o algunos momentos de su alucinante final, para comprobarlo.

Por Fernando G. Varea

http://www.inglouriousbasterds-movie.com/

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