Kitano en La Nave

kitano

Dueño de una coherencia notable, más allá de los aparentes saltos temáticos de sus films, Takeshi Kitano (1947, Tokio, Japón) nos sumerge en un mundo donde lo tierno y lo despiadado conviven con naturalidad, donde un personaje puede haber cruzado todos los límites y sin embargo conservar una asombrosa integridad, donde un yakuza psicópata y un niño abandonado pueden tener más de un punto de contacto.
Kitano sabe aprovechar lo que da cada género: los propios de Japón como el mazzai (humor) o chambara (acción sangrienta) pero también el western y el drama clásico, y en la mayoría de los casos una combinación de todos ellos, disfrazando con mucha astucia su argumento dentro de límites estilísticos de los que se sirve para contar casi siempre la misma historia, la de un grupo de personajes sin alternativas buscando escapar de una vida vacía o injusta. Cada película no es más que la celebración de una tregua previa a un desenlace inevitable.
Durante los días miércoles del mes de noviembre, se exhibirán cuatro películas de Kitano en el centro cultural La Nave (San Lorenzo 1383) de Rosario. El ciclo será coordinado y presentado por Fernando Herrera (autor de esta nota) y Fernando Varea, con entrada libre. Podrán verse los siguientes films:
4/11 – 19 hs:
Flores de fuego (1997, 103’)
Un policía golpeado por la enfermedad de su esposa y la muerte de un compañero se juega sus últimas cartas. Ganadora del León de Oro en el Festival de Venecia.
11/11 – 19 hs:
El verano de Kikujiro (1999, 121’)
Un niño criado por su abuela decide emprender un viaje para conocer a su madre, que aparentemente lo ha abandonado, para lo cual se vale de la ayuda de un vecino torpe y jugador, probablemente con idéntico pasado. Premio de la FIPRESCI y premio a mejor actor en el Festival de Valladolid.
18/11 – 19 hs:
Escenas frente al mar (1991, 101’)
Una pareja de adolescentes sordomudos es el curioso punto de partida y de llegada de este film minimalista y poético. La primera de Kitano sin Kitano como actor, y sin violencia, aunque manteniendo a personajes sin muchos propósitos y con muchos despropósitos a quienes el destino les da una efímera tregua.
25/11 – 19 hs:
Dolls (2002, 114’)
Tres historias de amores imposibles enlazadas por una analogía con el teatro de marionetas japonés Bunraku. Película inédita en Argentina, representa un salto estético y un giro hacia un estilo narrativo más concreto, con una trama que sigue un camino tan definido como el que transitan sus apesadumbrados, maniatados y enrojecidos protagonistas.

www.kitanotakeshi.com/

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Tan lejos, tan cerca

LEJANO
(Uzak; 2002, dir: Nuri Bilge Ceylan)

Seis años después de haber ganado en Cannes el Premio Especial del Jurado y el Premio a Mejor Actor (compartido por sus protagonistas, Muzaffer Özdemir y Mehmet Emin Toprak, este último fallecido poco después del estreno de la película), llega a las salas argentinas esta profunda reflexión sobre la incomunicación.
Uzak se centra en un fotógrafo solitario, quien, al alojar en su casa a su primo, comienza a sentirse incómodo, invadido, compartiendo su vida con alguien conocido pero al mismo tiempo extraño. No hay muchos otros personajes (básicamente algunas mujeres que sirven de soporte para definir psicológicamente a esos hombres) ni demasiadas palabras: el silencio, las miradas, los demorados movimientos, son los elementos con los que va cobrando forma esta visión desencantada sobre los seres humanos con su individualismo, sus obsesiones, sus rutinas, sus inseguridades, sus búsquedas.
El juego -sordo, tenso- de roles cambiantes es una de los matices que propone Nuri Bilge Ceylan (Estambul, 1959), oscilando la identificación con uno y con otro. En los amplios espacios (registrados en expresivos planos generales) y los melancólicos exteriores (el mar agitado, la nieve, la ciudad en penumbras) resuenan ecos de las voces interiores de los personajes, de sus turbios estados de ánimo.
Además de poner en evidencia influencias de directores admirados por Ceylan (como Tarkovski, a quien se cita con una escena de Stalker), Lejano parece, también, una versión de Persona (1966, Ingmar Bergman) con protagonistas masculinos, o una de Viva el amor (1994, Tsai Ming Liang) con dos personajes en vez de tres. Seria, morosa, inteligentemente dirigida e iluminada, no es, sin embargo, solemne; algo de ironía y cierta vivacidad sacuden ligeramente su atmósfera melancólica.

Por Fernando Varea

Trailer de la película aquí

Los colores del melodrama

LOS ABRAZOS ROTOS
(2009; dir: Pedro Almodóvar)

Madres sufridas, amantes castigadas, pasiones ocultas, dramáticos accidentes, mujeres con dilemas morales: las piezas características del melodrama entrecruzadas por uno de los más entusiastas seguidores del género dentro del panorama del cine contemporáneo: de eso se trata Los abrazos rotos, con la que Pedro Almodóvar no depara sorpresas pero ofrece un producto persuasivo y aceitado.
Alternando distintos puntos de vista (llevando al espectador a identificarse, en distintos momentos, con una joven actriz de pocos escrúpulos, un realizador ciego, un empresario millonario, una productora contenedora o con los jóvenes hijos de algunos de ellos), el relato enreda con precisión instancias siempre atractivas, trayendo a la memoria aquella expresión de Hitchcock acerca de que el cine es como la vida pero sin los momentos aburridos. Almodóvar atenúa -o desvía- el tono inevitablemente trágico de su(s) historia(s) con sensuales colores y elegantes formas. En ese plan el rojo prevalece, cálido, tempestuoso.
Con enlaces astutos, la música de Alberto Iglesias generando climas tensos, menos momentos graciosos (apenas un diálogo sobre un imaginario film con vampiros y las escenas de la comedia que filma el director en cuestión) y menos canciones que en otras oportunidades, Los abrazos rotos confirma la elegancia y cierta ligereza almodovarianas.
Es cierto que, conectando imágenes y sonidos de su ficción y de la ficción que representan los personajes, Almodóvar parece repetir recursos ya utilizados en Átame (1990) o La mala educación (2004), y que se regodea con lugares glamorosos y con la imagen seductora de Penélope Cruz (quien ocasionalmente recuerda a Audrey Hepburn). Es cierto, también, que no logra aquí la singularidad expresiva de Hable con ella (2002) o la eficaz reunión de actrices y personajes de Volver (2006), pero es innegable que sigue siendo uno de los pocos realizadores que concibe productos sólidos y divertidos sin dejar de hacer cine.

Por Fernando G. Varea

http://www.losabrazosrotos.com/