Amor y problemas sin escalas en la política

AMOR SIN ESCALAS
(Up in the air, 2009; dir: Jason Reitman)

La tercera película de Jason Reitman (Montreal, Canadá, 1977) se anticipa como una reflexión sobre el aislamiento al que llevan ciertos hábitos de la vida moderna y sobre la indiferencia de la sociedad ante el drama de la desocupación, pero, en realidad, no es más que el cruce de una serie de personajes atractivos dentro de una trama vivaz, algo antojadiza y no tan cáustica como parece.
El protagonista es Ryan, profesional especializado en despidos laborales (un exacto George Clooney), displicente, egoísta y con respuestas para todo. Ocasionalmente lo acompaña su amiga, confidente y amante Alex (Vera Farmiga en un personaje de irresistible madurez y sensualidad), en tanto será maestro –y aprendiz– de una muy joven compañera de trabajo (Anna Kendrick saliendo del prototipo de chica segura de sí misma, habitual en el cine independiente norteamericano).
Los primeros tramos se desarrollan con gracia, con planos breves registrando controles en aeropuertos y despliegue de tarjetas, y como fondo sonoro la inquieta música de Rolfe Kent fundiéndose con diálogos filosos y generalmente cínicos. Como director, Reitman aceita las piezas logrando que el engranaje funcione, asomando excepcionalmente algún rasgo de frescura, como cuando Ryan y los demás vuelven descalzos al hotel tras un apagón en el barco, o la charla que se ve obligado a entablar con el afable novio de su hermana menor. Todo esto se alterna con los dolorosos momentos en que distintos empleados son fríamente notificados de que quedan sin trabajo (oportunamente expuestos como una sucesión de dramas desatados en la vida de esa gente).
El mayor problema de Amor sin escalas no es la forzada manera con la que se busca que todo encaje en esa estructura de ficción (sobre todo en un final bastante moralista e inverosímil), sino su perspectiva sobre las mezquinas decisiones empresariales que llevan al desempleo. Cuando Ryan y su joven discípula empiezan a tomar conciencia de su ingrato trabajo, asumen imprevistamente actitudes compasivas, encontrando en ellas alguna forma de redención, mientras que, por otra parte, al ponerse todas las fichas en el terreno de los afectos, como espectadores terminamos afligiéndonos más por la soledad del protagonista (Clooney) que por la situación de los empleados cesanteados.
En La joven vida de Juno (anterior película de este director) resultaba comprensible, por su tema, que se pusiera énfasis en la contención familiar y la necesidad de confianza en los demás, pero en Amor sin escalas, en cambio, el alegato final a favor de la familia suena hipócritamente consolador. Es notable que aquí -más allá de algunas referencias a los artilugios del capitalismo- brille por su ausencia la política: nadie menciona la responsabilidad de los gobiernos (o la complicidad de éstos con las corporaciones en cuestión), ni plantea como posible algún tipo de lucha o reacción de la ciudadanía ante la injusticia de los despidos. Sin dudas, por detrás de los melancólicos enredos de Amor sin escalas hay otra trama, más compleja y siniestra, que permanece fuera de campo.

Por Fernando G. Varea

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Buenos efectos, pero ninguna revolución

AVATAR
(2009; dir: James Cameron)

A fines de los años ’50, el alejamiento de la gente de las salas cinematográficas por el rotundo éxito de la televisión como medio masivo de comunicación, llevó a probar tácticas que hicieran del cine un espectáculo más atractivo y poderoso, agigantando la pantalla y agregando sonido estereofónico con el Cinerama, o agrandando las dimensiones de la imagen con el CinemaScope. Fue en esos años que despertó el 3D, pero, si bien hubo experiencias interesantes (como algún corto experimental de Norman McLaren), el cine tridimensional fracasó rápidamente. Uno de los motivos fue la incomodidad de fabricar y usar lentes especiales; otro, la necesidad –como registra Homero Alsina Thevenet en uno de sus libros– de “arrojar al público toda clase de objetos excepto un relato interesante”. En efecto, aquellas películas en 3D de medio siglo atrás eran una acumulación de viajes, vuelos, corridas de toros y recorridas frenéticas por pistas de carreras y parques de diversiones. Intentando competir no tanto ya con la televisión sino con el dvd y con Internet (y agregando nuevas invenciones de orden informático y digital), hoy la historia se repite.
Si la sujeción del cine a la espectacularidad y los despliegues estereoscópicos es preocupante, lo es más cuando, como en el caso de esta película de James Cameron (1954, Ontario, Canadá), se asevera que se está gestando una revolución. La sensación de grandeza y de importancia viene de los ampulosos comentarios periodísticos referidos a los gastos que requirió la realización, de las declaraciones del propio Cameron, y hasta de ese título de una sola palabra (enigmático pero inteligible en todos los idiomas y fácil de recordar, como Titanic).
Por supuesto que, como entretenimiento, Avatar cumple con las expectativas generadas: hay algo ciertamente maravilloso en la creación de ese mundo distinto (el planeta Pandora), al que accede el protagonista (un soldado enviado allí para aprovecharse de los nativos). Debe reconocerse, asimismo, que Cameron sabe cómo conducir los elementos con los que cuenta hacia el terreno de la diversión y la aventura. Sin embargo, como en algunas de sus películas anteriores (El abismo, Titanic), convierte todo en un ovillo en el que se enmarañan escenas de acción + una historia de amor + heroísmo políticamente correcto + lucha de intereses. La música es omnipresente y redundante, en tanto el diseño de lugares y personajes apela a unos tonos azules y rojizos saturados.
Además, hay que decir que bajo su apariencia bienintencionada oculta un mensaje tramposo: es cierto que los militares con vocación conquistadora y materialista son los malos de Avatar, pero no son los Na’vi (equivalentes a indígenas y comunidades colonizadas en distintas épocas y circunstancias) quienes adoptan una postura revolucionaria uniéndose contra aquéllos, sino que es uno de los militares (arrepentido) quien los lidera. “Soy un guerrero que viene a traerles la paz”, dice en un momento, como si estuviera en Vietnam o Irak. Es a ese joven marine estadounidense, bastante irresponsable en un comienzo (“No pensé que tuviera algo en el cerebro”, dice la científica interpretada por Sigourney Weaver, como sólo ella sabe decirlo), a quien la película acompaña y con quien se busca la identificación de los espectadores. Suena contradictorio, por otra parte, alzar tan ambicioso panfleto ecológico con un producto fuertemente artificioso desde su concepción y su estilo.
El tiempo dirá si el cine en 3-D seguirá siendo algo cercano a un espectáculo de feria. Por ahora, y tal cual lo demuestra Avatar, parece certera la reflexión del legendario crítico Fernando Chao cuando tres años atrás –en una entrevista que puede leerse aquí–, con la experiencia de sus 94 años, nos decía “El cine comenzó siendo lo que es ahora: un espectáculo para niños”.

Por Fernando Varea

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Ezequiel Acuña: “Me interesan la expresión corporal y el movimiento”

Menos visible que otros realizadores de su generación, con apenas tres cortos y un par de largometrajes –Nadar solo (2003), Como un avión estrellado (2005)- en su haber, Ezequiel Acuña (1976, Buenos Aires) ha logrado, sin embargo, esbozar un estilo propio, sensible a detalles y vivencias juveniles, sereno y melancólico como la música que lo sustenta. En la última edición del BAFICI presentó Excursiones (2009), centrado en dos amigos cuyo reencuentro implica la reaparición del afecto tanto como de viejas desavenencias e inseguridades. Este mes Excursiones llega a las salas de cine, por lo cual rescatamos el diálogo que tuvimos con Acuña en el festival porteño.
– Con tus películas parecieras tener la intención de imaginar un mundo habitado únicamente por adolescentes, al punto de excluir a los adultos.
– Lo que pasa es que, por ejemplo, en Nadar solo, al trabajar con algunos actores mayores, fue medio complicado. Tenían que adaptarse a algunas ideas, a cierto lenguaje. Hay otra cosa también: una especie de vacío, por el cual no hay padres. Aunque se habla de ellos.
– Me refería, más que nada, si no hay una idealización del mundo adolescente.
– Sí, obvio. Aunque ahora los personajes son más grandes. Yo tengo 32 años y ellos tienen esa edad también.
– En Excursiones, por primera vez, percibo cierto cuestionamiento a la inmadurez o irresponsabilidad de esos personajes.
– Sí, son inmaduros. Pero me parece que también guardan algo que los adultos por ahí se lo pierden, como una vuelta atrás a algunas cosas.
– En el tipo de actuación de Alberto Rojas Apel noté un parecido con Daniel Hendler.
– Ah, mirá vos. ¿Te pareció? ¿sí? Qué bueno… Hicimos varios cortos juntos con Alberto, que es el co-guionista de mis dos películas anteriores. Y tiene un registro que… claro, puede ser, pensándolo…
– En tus películas los personajes abren sus brazos o juegan que se arrojan al piso, bailan, patinan, nadan. Es un tratamiento del espacio, que, junto con la música, provoca un clima muy particular, medio etéreo.
– Está buenísimo lo que decís. Hay cosas de movimiento que ayudan a muchas cosas estáticas que hay en la película, a planos fijos. Pero es cierto, me interesa la expresión corporal, me gusta el atletismo, salgo a correr. En Como un avión estrellado, por ejemplo, cuando Nacho se tiraba en el primer plano de la película, había una cosa de acción física suya, ya que se entrenaba para una obra de teatro. Me parece interesante que algo le de movimiento a las cosas. El avión que va y viene todo el tiempo, como si fuera una pelotita de tenis. O los giros de Martina (Juncadella), esa idea de carrusel cuando van a patinar.
– Como el personaje de Ignacio Rogers, que habla del mar, el fuego y el aire, también tu cine, me parece, da valor a esos elementos.
– Sí. Por ahí me gustaría hacer cosas más puntuales, de observación de la naturaleza, por ejemplo. No es casual que Como un avión estrellado terminaba en un bosque, Nadar solo en una playa, y ésta también en una playa y después, de alguna manera, en un botánico. Hay lugares visuales que son importantes.
– ¿Hasta qué punto pensás que vas a poder seguir retratando personajes similares, casi siempre encarnados por los mismos actores?
– Uno, pensando en los elementos que se necesitan, sabe si los actores pueden aportarlos o no. Por ejemplo la música, en este caso hecha por Santi (Pedrero) y su hermano. El día de mañana cuando tenga que hacer una película no significa que los pondré a Ignacio (Rogers) sí o sí, o a Santiago. Para éstas servían. Como Antonella Costa, que en Como un avión estrellado aparecía en un papel muy chiquito, pero que servía para eso. Repetir con gente que sirve, si los resultados son positivos, me parece que está bueno. De hecho ahora estoy haciendo algo distinto, un guión con Antonio Birabent, con quien somos bastante amigos. Es otra idea, y laburar con él es algo muy opuesto a todo esto.
– ¿Te molesta que se diga que tu cine tiene influencias de Gus Van Sant o Richard Linklater?
– No, me encanta. También me gusta mucho la comedia americana más actual. Incluso hubo alguna idea de hacer Excursiones más arriba, en cuanto a comedia. Me gusta mucho David Gordon Green, las películas producidas por Judd Apatow. Es un recambio mucho más fresco dentro del cine americano, con un diálogo bastante fuerte con las relaciones y la amistad, y un humor descontrolado y libre. Diferente a la comedia americana de antes, que era romántica y generalmente acartonada, si bien hubo ejemplos muy valiosos.
– Como observador atento de los adolescentes ¿cómo los ves actualmente?
– Me interesa más meterme en la edad que tengo ahora. Creo que cambió mucho el registro de Nadar solo, esos adolescentes que fantaseaban con Sacoa de Mar del Plata, con cosas muy de la época de cuando yo era chico. Los de ahora son otra cosa, hay muchas más tribus, otras informaciones, van al colegio con celular, tienen la tecnología a su lado, y no sé si tienen o podrían tener un romanticismo o ciertas cosas cercanas a aquello. Me parece que no les interesaría ser observados por alguien. Son centros ellos todo el tiempo, con fotologs y todo eso. Ya no existe esa generación más “por debajo”.

Por Fernando Varea

http://www.ezequielacuna.com.ar/