La afición por los sobresaltos

VIVIR AL LÍMITE
(The hurt locker, 2008; dir: Kathryn Bigelow)

Es evidente la afición de la realizadora Kathryn Bigelow (1951, California, EEUU) por el cine de acción, no tanto porque le guste acumular persecuciones y corridas –demasiados directores lo hacen con desgano–, sino por su persistente interés en transmitir vívidamente vértigo y tensión. Quien haya visto Testigo fatal (1990), Punto límite (1991) o Días extraños (1995) seguramente recordará escenas de esas películas cebadas de furia, de sensaciones fuertes, de algo muy físico y excitante. Su capacidad para sacudir al espectador es innegable, el problema es qué hace con ella.
En Vivir al límite se centra en un grupo de soldados estadounidenses que arriesgan su vida desarmando explosivos en Irak, tarea que los mantiene enajenados, como si el peligro terminara siendo una adicción. Una frase del periodista Chris Hedges, en una leyenda inicial, lo explicita: “La guerra es una droga”.
Hay momentos de mucho suspenso que exponen, en cierta manera, el clima de alarma permanente en las calles de Irak, con la cámara en movimiento transmitiendo inestabilidad y una luz espesa expresando incomodidad y calor. Al mismo tiempo, la directora se detiene en la rutina de esos jóvenes, sin explicaciones ni adornos, como asomándose a un mundo de seres exaltados y de valores ambiguos, acostumbrados a convivir con la sangre, la suciedad y la cercanía a la muerte (ese gusto de Bigelow por uniformados armados se encontraba ya en su obra previa, como lo demuestran la mujer policía interpretada por Jamie Lee Curtis en Testigo fatal o el agente del FBI de Keanu Reeves en Punto límite).
El público estadounidense debe haberse sentido especialmente atraído por esta mirada sobre los conflictos íntimos de sus soldados combatientes en Irak, ya que (si bien los diversos ángulos de cámara en escenas clave permiten la identificación con los distintos sujetos de la historia) está claro el propósito de comprenderlos, mientras los iraquíes son mostrados invariablemente como sombras amenazantes. Detalles que probablemente expliquen el entusiasmo, los premios y las nominaciones al Oscar para una película sin glamour, afín (estilística y narrativamente) al registro urgente y desprolijo de un noticiario, casi sin mujeres y con pocos actores conocidos (Ralph Fiennes, Guy Pierce) en fugaces apariciones.
Por otra parte, la idea de abordar la guerra como motor de una enfermiza agitación es, sin dudas, novedosa, pero también banal, reduciéndola a una suerte de deporte extremo (“gracias por jugar”, le dice uno de los soldados a un iraquí, después de matarlo), sin referencia alguna a los intereses en pugna. Lo notable, en todo caso, es cómo Bigelow se contagia del regocijo morboso por la violencia imprevista y los sobresaltos que experimentan esos jóvenes militares, transmitiéndolo de igual manera a los espectadores.

Por Fernando G. Varea

http://thehurtlocker-movie.com/

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