Aires de libertad en tierra de zombies

TIERRA DE ZOMBIES
(Zombieland, 2009; dir: Rubén Fleischer)

El comienzo es un despliegue de imaginación y adrenalina, con los títulos de crédito entreviéndose en medio de una invasión de zombies. Un pibe gordo corriendo para evitar ser atacado permite ironizar sobre el estado físico de los ciudadanos estadounidenses, y unas nenas convertidas en pequeños monstruos hacen que lo cándido mute graciosamente en aborrecible.
Zombieland no es, en efecto, un simple enfrentamiento de zombies contra humanos nutrido de sacudimientos gore y efectos especiales, sino una comedia con un cuarteto de simpáticos personajes a quienes la cercanía del peligro los pone en una carrera de divertidos obstáculos. Quien timonea el relato es un adolescente poco decidido (Jesse Eisenberg, el de Adventureland), compañero de un tipo mayor pero casi tan inmaduro como él (el bueno de Woody Harrelson), sumándose un dúo de hermanas nada dóciles (Emma Stone, de Supercool, y Abigail Breslin, la nena de Pequeña Miss Sunshine). Si al comienzo (y no sólo al comienzo) hay chispazos entre ellos, el saberse únicos sobrevivientes humanos tras la invasión zombie los lleva a cierto grado de mutuo entendimiento (resulta tierna la escena en el auto en la que los mayores se desdicen de sus comentarios ácidos para proteger emocionalmente a los chicos).
En el transcurso de una gozosa hora y media, las instancias cómicas se suceden excediendo lo sanguinolento, poniendo el foco, más que nada, en la personalidad de los cuatro (anti) héroes/heroínas. Hay, también, abundantes chistes cinéfilos (cuyo punto culminante es un improbable homenaje a Los cazafantasmas y a un actor cuyo nombre no conviene revelar aquí), una lista de reglas de supervivencia que parecen practiquísimas (aunque razonablemente se aclara, en un momento, que a veces es mejor no cumplirlas) y hasta algún atolondrado flirteo amoroso.
Cuando los personajes dan rienda suelta a sus pulsiones en un supermercado, en una lujosa mansión aparentemente abandonada o en un parque de diversiones –arrojando con felicidad estanterías con caramelos o regocijándose con el vértigo de una montaña rusa– Zombieland contagia una excitación ciertamente liberadora, donde el desbande de colores y de luces más el fondo atronador de Metallica contribuyen al disfrute casi infantil.
Es cierto que en algún momento el film parece olvidarse de los zombies o que algunos flashbacks resultan algo torpes o innecesarios, pero proporciona un rato de legítimo entretenimiento. Aún siendo una película sin pretensiones, vale como aplicación de uno de los consejos recomendados por el protagonista: “Disfrutar de las pequeñas cosas”.

Por Fernando Varea

http://www.zombieland.com/

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