Las culpas de una madre

POR TU CULPA
(2009; dir: Anahí Berneri)

Las primeras imágenes se encuentran imaginariamente con las de otra película argentina estrenada este año: como en Rompecabezas (2010, Natalia Smirnoff), vemos a una mujer cumpliendo dificultosamente con su función de madre y esposa, inmersa en el estrés de las rutinas hogareñas. En este caso, la protagonista es Julieta (Erica Rivas), una joven que parece desbordada, quizás incómoda, con el rol que las circunstancias le han impuesto. Mientras procura inútilmente estar atenta a lo que escucha con sus auriculares y observa en su computadora, para finalizar un trabajo, a su alrededor sus dos pequeños hijos (nada dóciles, por cierto) juegan, gritan, se exaltan. El mayor de ellos parece decidido a no apartar su vista de la playstation o de los dibujos animados sin humor ni ternura que lo seducen desde la televisión. De pronto, un golpe del más chico la inquieta y terminan todos en la guardia de un sanatorio, donde los médicos descubren que los magullones son varios y sospechan, además, que pueden ser responsabilidad de la madre.
Los pormenores crean un clima de creciente tensión, desarrollado con sutileza y sin excesos: no hay un grito ni una escena explícita de violencia, y no por ello el espectador deja de sentirse comprometido con la protagonista.
La narración es lineal, casi en tiempo real: poco se sabrá de los personajes fuera de lo que se ve y se habla en el transcurso de las pocas horas en que transcurre la acción. Y si bien el tratamiento es realista, bien puede entenderse esa noche como una pesadilla o la materialización de los temores –y las culpas– de una madre.
Mediante detalles casi imperceptibles cobra valor la película: los gestos ambiguamente confiables de los médicos, cierta indiferencia de la madre de Julieta (y al mismo tiempo la necesidad de protegerla, como cuando le cede el tapado), o momentos en los que elecciones de encuadre contribuyen a encontrarle sentido connotativo a elementos muy simples (los barrotes de una cuna, la figura de Julieta rodeada de juegos infantiles en el sanatorio, su rápido gesto de arreglarse el cabello después de ver al joven médico).
La directora Anahí Berneri (1975, Martínez, Buenos Aires), un poco como en sus anteriores películas –Un año sin amor (2005) y Encarnación (2007)–, logra expresar de manera vívida sensaciones físicas: el cansancio, el sueño, el nerviosismo, se transmiten fuertemente, consecuencia de la cámara muchas veces en movimiento, los primeros planos y el hábil empleo del sonido ambiente. Más por la temática que por el estilo, Por tu culpa recuerda a Go get some Rosemary, la película de Joshua y Benny Safdie que compitió este año en el BAFICI. Hay, también (con la excepción de un Rubén Viani algo dubitativo como el marido), un parejo desempeño actoral, y, como hiciera con Silvia Pérez en Encarnación, la directora le exige a la protagonista una entrega intensa, combinando esfuerzo físico con contención dramática.
Es una lástima que, a pesar de sus méritos y de un planteo que induce saludablemente a la polémica, desmitificando mitos muy arraigados (la sensatez de las madres, la inocencia de los niños), el film no encuentre demasiados espectadores que puedan apreciarlo, o aunque sea discutirlo: por razones que quien esto escribe desconoce, en Rosario fue estrenado en sólo dos salas y dos horarios. A esto se suma la resistencia de cierto público a películas que, como ésta, proponen interrogantes antes que soluciones: lo demuestran algunas risas nerviosas al finalizar una de las funciones, mientras una señora mayor le resumía a su marido su opinión sobre la película, que acababan de ver juntos: “Es la vida. La vida de las mujeres.”

Por Fernando G. Varea

Trailer de Por tu culpa aquí

La trampa semántica de la ley

POLICÍA, ADJETIVO
(Politist, adjectiv, 2009; dir: Corneliu Porumboiu)

-Por JUAN AGUZZI
Representante de una nueva corriente de cine rumano que cuenta entre sus nombres los de Cristian Mungiu y Cristo Puiu, de quienes se han visto 4 meses, 3 semanas, 2 días y La muerte del sr. Lazarescu respectivamente, Corneliu Porumboiu (1975, Vaslui, Rumania) suma ahora su segundo largometraje, Policía, adjetivo, luego de su curiosa ópera prima Bucarest 12:08, en la que mostraba el impacto producido por la caída de Caeucescu desde el interior de un estudio televisivo.
En Policía, adjetivo, a considerable distancia del tema de su ópera prima, Porumboiu intenta explorar el férreo y perverso mecanismo de los estamentos represivos de los que se vale la (in)justicia de su país para castigar el consumo y suministro de una de las llamadas drogas livianas, el haschisch. Para ello, Porumboiu se vale de un relato en el que un detective policial sigue a un par de adolescentes que no hacen otra cosa que fumar algunos porros protegidos por las altas paredes de los edificios de la escuela secundaria a la que asisten (los típicos edificios que identificaban a la arquitectura en serie de los países de los países de Europa del este) y brinda informes escritos a sus superiores, quienes lo presionan para que desbarate cuanto antes lo que consideran un tráfico de drogas (a juzgar por lo que queda expuesto en el film, a diferencia de otros países europeos donde se flexibilizaron las leyes de tenencia, consumo y suministro, en Rumania la ley parece seguir penando estas prácticas).
Podría decirse, y en esto los realizadores rumanos conocidos aquí parecen adscribir a una misma línea discursiva, que Policía, adjetivo muestra los ramalazos de la kafkiana burocracia que tantos males produjo en los países que supieron estar bajo la órbita soviética, sus estructuras inamovibles donde lo que cuenta a la hora de juzgar a un individuo es la fría letra de la ley, en este caso la fría letra de los informes, obviando cualquier dato que aluda a los contextos, a las singularidades, a todo aquello que considere la humanidad del individuo. Ramalazos porque en el caso de este relato, el detective afectado a la investigación dice una y otra vez que las leyes que penan el consumo pronto cambiarán, tal como viene sucediendo en los países vecinos (lo ejemplifica con Praga, donde, apunta, los jóvenes fuman públicamente sin problemas). Así, Porumboiu pone a jugar cierta conciencia en el detective, pese a que él mismo se siente una pieza más de ese engranaje vetusto e inamovible, y finalmente nada pueda contra ese sistema de cosas.
Cabe preguntarse: ¿es una visión, la de este realizador, que aporte particularidades de los estamentos de gobierno de estos países que, muchas veces desangrándose, pasaron de un sistema malo a otro peor? No hay nada nuevo bajo el sol en Policía, adjetivo, cualquiera de las situaciones planteadas en el relato se reproduce infinitamente en las policías de cualquier lugar del mundo, incluída la Argentina, que todavía sigue penando consumidores y mira para otro lado cuando tiene delante a los traficantes. El protagonista de Policía, adjetivo carga con su dilema ético, percibe que esos jóvenes no hacen mal a nadie, ni siquiera a sí mismos, y que castigarlos implicaría arruinarles la existencia. Una y otra vez, el detective busca antecedentes en las oficinas policiales para dar con vestigios del pasado de los investigados que los pinten como delincuentes, pero nada importante encuentra. Y en extensión, podrá verse que aun en su vida civil, el detective tampoco encuentra motivación para que alguna cosa se concrete, su vida de pareja es insustancial y su conciencia pasa aquí por leyes gramaticales que dicen cómo deben ser las cosas, tal como paralelamente él se siente eslabón de un engranaje circular como agente de la ley.
Tal vez lo más destacable de Policía, adjetivo se encuentre en las finas líneas irónicas por momentos recostadas sobre un humor absurdo contenido, que atraviesan el relato: la secuencia en el departamento del detective cuando pregunta a su mujer por el significado de la letra de una canción romántica, las tribulaciones por las oficinas del destacamento policial donde debe casi rogar que le recaben los informes necesarios para su investigación, la imposibilidad de sacarle más datos al soplón en la mesa de un bar, el ilustrativo encuentro entre los dos detectives con su capitán donde queda expuesto, en toda su crudeza, lo inviable de cualquier planteo ético y la inexistencia de cualquier subjetividad, formulado a través de un diccionario que enlaza los derechos individuales con las obligaciones hacia el Estado, todo un resabio de antiguas y malas prácticas.
En el aspecto estético, Porumboiu utiliza demorados travellings o planos quietos para mostrar al detective mientras ve fumar a los jóvenes y luego correr presuroso a recoger las colillas que arrojaron. El director se vale de un tipo de recursos narrativos que podría verse deudor del cine contemplativo, observador, consustanciado con un tiempo más real y preciso en su economía (que aunque en algún momento pudo haber inaugurado el cine iraní, al menos en un sentido más amplio, tampoco es privativo de ese origen, y hoy se encuentra esparcido y no se identifica con ninguna geografía en particular, pese a que la crítica quiera atribuirles, en general, rasgos oreintales).
En Policía, adjetivo la morosidad de la acción puede verse como el espejo de las tribulaciones de su protagonista; de la conciencia que va tomando acerca de la inutilidad del caso al que lo han afectado, de su falta de humor, de su gesto hosco que va hundiéndole la cabeza entre sus hombros y, por último, en su aceptación como apenas un servidor del Estado y sus leyes. Aspectos que por traslación dan título al film, el sustantivo policía también puede ser un adjetivo, es decir ¿se es un policía o el policía debe ser como…?, casi como una especie de lúdica semántica.
Lejos formal y temáticamente de antecesores como Radu Mihailenau y Lucian Pintilie, dos grandes nombres del cine rumano, Porumboiu fue “descubierto” en la Quincena de Realizadores de Cannes 2006, en el que Bucarest 12:08 fue considerada mejor ópera prima. Luego sería premiado en Un Certain Regard de Cannes 2009, con Policía, adejtivo, y en el BAFICI 2010 se llevó los galardones de mejor director y mejor actor. Como se sabe, las premiaciones no siempre son sinónimo de un cine indiscutiblemente logrado, y Policía, adejtivo cuenta con algunos hallazgos que lo hacen atractivo, pero, por el momento, es dable pensar que es parte de un camino que Porumboiu está recorriendo.

(Publicado el 25/7/10 en diario El Ciudadano)

Trailer de Policía, adjetivo aquí

Cursilería sin atenuantes

MISS TACUAREMBÓ
(2010; dir: Martín Sastre)

Nadie en su sano juicio podría encontrarle méritos artísticos a las telenovelas que Andrea del Boca protagonizaba de niña (rodeada de compañeritas hostiles y monjas compinches), a las películas en las que bailaba y cantaba el grupo español Los Parchís (hubo cuatro durante los años en los que los argentinos no podíamos escuchar a Mercedes Sosa, a Zitarrosa o a Serrat), a los programas televisivos pergeñados por Cris Morena (con sus bellos adolescentes y aforismos musicalizados), a la telenovela venezolana Cristal, o a aquella suerte de Cenicienta pasada por los manierismos publicitarios de Adrian Lyne que se llamó Flashdance (1983). Se les podrá encontrar valor sociológico o afectivo, ya que indudablemente forman parte de la infancia de muchos argentinos, pero sería insólito que se los celebre sin mediar reflexión de ningún tipo, ni siquiera una intención satírica. Eso ocurre con Miss Tacuarembó, primer largometraje escrito y dirigido por Martín Sastre (1976, Montevideo, Uruguay), basado en la novela homónima de Dani Umpi.
El guión no sólo es estúpido, también es reaccionario. Basta decir que lo que la protagonista más desea en la vida es ser reina de belleza primero y triunfar en Hollywood después, y que los personajes deslizan comentarios nada inocentes como “¿Qué puede tener de malo una telenovela?”. La lealtad del amigo homosexual, el desengaño amoroso, las resistencias de la gente conservadora a los “artistas”, la manipulación de la televisión, y hasta los reproches a Jesucristo, no sólo se han visto cientos de veces en el cine sino que, además, están resueltos con un infantilismo irritante. Es importante señalar que en la novela de Umpi el retrato juvenil de los ’80 incluye marihuana, besos entre chicas, amigos con el aspecto de Marilyn Manson y otros elementos que no llegaron a la versión cinematográfica, cubierta de una falsa candidez.
A tono con este espíritu, la estética de Miss Tacuarembó es todo el tiempo amanerada y cursi, con una iluminación recargada, vulgares efectos especiales, fulgores y estrellas de cotillón. Los pasos coreográficos son breves y recuerdan el clima festivo impostado de las películas argentinas de antaño.
Que nadie piense que estas opiniones implican menoscabar los fenómenos de la cultura popular, ya que con materiales similares se han hecho obras maestras. Muchos directores, empezando por Federico Fellini, han sabido darle sentido al caos y al reciclaje de referentes populares. Pedro Almodóvar demuestra una y otra vez su capacidad para construir obras imaginativas a partir de retazos, guiños cinéfilos, boleros y convenciones del melodrama. De la misma manera, ha habido homenajes dignos, inteligentes, a canciones livianas, de esas que se tararean fácilmente: Conozco la canción (1997, Alain Resnais) y Aquel querido mes de agosto (2009, Miguel Gomes), por ejemplo. Tampoco Miss Tacuarembó puede compararse con productos que han resultado divertidos o bizarros sin proponérselo: si en una película de Armando Bo asomaba un diálogo desatinado era producto de la ingenuidad y la improvisación, mientras que aquí puerilidades y clisés se enfatizan con autoconciencia, como si sus responsables tuvieran la convicción de estar haciendo algo original cruzando Sweet Charity (1969, Bob Fosse) con Jesucristo Superstar (1973, Norman Jewison).
¿Qué más decir? Natalia Oreiro insiste en mostrarse aniñada a los 33 años. Mónica Villa y Mirella Pascual parecen escapadas de Esperando la carroza y El último verano de la boyita, respectivamente. Mike Amigorena canta bien. Melina y Julieta Petriella son muy lindas. Rossy de Palma no. Las canciones de Ale Sergi (de Miranda!) son pegadizas. Y las ideas escenográficas del parque temático religioso podrían haber sido aprovechadas en otro contexto.

Por Fernando Varea

http://www.misstacuarembo.com/site/

Sensibilidad


“La sensibilidad que le saqué a la acuarela no se la pude sacar a la computadora. Soy como un viejo que hace dibujos con sus manos.”

(LINIERS, dibujante e historietista argentino cuya obra se exhibe hasta el 5/8 en el Centro Cultural Parque de España y es tema del documental Liniers, el trazo simple de las cosas, de Franca González, estrenado el pasado jueves en el cine El Cairo de nuestra ciudad)

http://www.ccpe.org.ar/

http://elcairocinepublico.blogspot.com/
http://www.porliniers.com/