Con sello inconfundible

MACHETE
(2010; dir: Robert Rodríguez)

-Por MARTÍN FRAIRE
Tras el falso trailer de este largometraje, aparecido por primera vez en los avances del proyecto Grindhouse -que realizó junto a su amigo Quentin Tarantino- Robert Rodríguez (1968, Texas, EEUU) demuestra una vez más que sabe renovarse constantemente, a pesar de insistir con los estereotipos.
Se trata de un caso raro. Porque el director de Sin City y Érase una vez en México, entre otras, no se caracteriza por usar ideas precisamente originales; sin embargo, su mayor fortaleza consiste en amalgamar historias que ya han sido tratadas (que incluyen desde asesinos solitarios, vampiros y zombies hasta espías infantiles) con su toque inconfundible, que le ha ganado renombre a base de entretenimiento puro y duro.
Machete no es la excepción a la regla, porque después de ver al mítico Danny Trejo camuflado en cuero, con sus cuchillos, tatuajes y arrugas durante los primeros minutos de la película, uno ya sabe con qué va a encontrarse. En este sentido, Rodríguez da un paso adelante cuando otros ya hubiesen retrocedido, y jerarquiza al actor por sobre el personaje.
Imposible entonces no disfrutar de gemas como el desquiciado político que encarna Robert De Niro, el siniestro mafioso que compone Steven Seagal, el cura pistolero de Cheech Marin o la autoparodia en la que se convierte Lindsay Lohan. Caso contrario sucede con los roles femeninos principales, que sucumben ante los encantos de Machete (a cargo de Jessica Alba y Michelle Rodríguez), siempre exagerados.
El film cuenta la historia del personaje del título: un policía federal de México que ha sido expulsado del cuerpo tras ser traicionado, tras lo cual intenta sobrevivir en la frontera que une al país con Estados Unidos. Allí, un prolífico senador en busca de una reelección intenta demostrar los peligros que implican la aceptación de inmigrantes en territorio norteamericano. Mientras tanto, un grupo narco planea hacerse del lugar para poder controlar los ingresos y egresos de productos en ambos países. En este contexto, Machete es contratado para cometer un asesinato, pero luego de sufrir un nuevo engaño decide vengarse no sólo de aquellos que quisieron arruinarlo sino, también, de quienes provocaron terribles males en su pasado.
Si bien las denuncias pueden resultar obvias, la bajada de línea sobre la política de inmigración que sostiene la película no deja de ser contundente, y a pesar de contar con el apoyo de grandes productoras norteamericanas (no sin algunos problemas a la hora de su estreno) el tema es eje central del conflicto.
Claro que, a la larga, todo el metraje es una excusa para que el director tejano dé muestras de su inagotable capacidad para crear escenas de violencia clase B, sin perder su estilo.
Machete es una película violenta y bizarra que resulta un homenaje al viejo cine de bajo presupuesto, mixturada con importantes dosis de humor negro, elementos del western y del cine gore. Tal vez no resulte apta para almas sensibles (como casi toda la filmografía de su director), pero su innegable calidad y capacidad de entretener la hacen irresistible.

Trailer de Machete aquí

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La violencia está en nosotros

ABALLAY – EL HOMBRE SIN MIEDO
(2010; dir: Fernando Spiner)

Fernando Spiner (1958, Buenos Aires) es uno de los directores más creativos que ha tenido nuestra televisión, como lo demuestra su trabajo para las miniseries Zona de riesgo V (1993) y Bajamar (1995), empleando recursos que colegas suyos ignoran por desinterés o pereza (fundidos, travellings, cambios de luz, edición en el mismo plano). Aunque las historias de misterio parecen las más adecuadas para poner en evidencia su capacidad, a la hora de hacer cine ha encarado otros géneros, con dispares resultados (la ciencia ficción en La sonámbula, el humor en Adiós, querida luna).
Con Aballay – El hombre sin miedo propone una suerte de western con gauchos, partiendo de un cuento de Antonio Di Benedetto. Si en el relato original es el penitente Aballay (Pablo Cedrón) el protagonista, en el film se pone más atención en el punto de vista del “niño hecho hombre” (Nazareno Casero) que sale a buscarlo, para vengar la muerte de su padre.
Tal vez lo mejor de Aballay no sea el profesionalismo con que ha sido planeada y realizada, con calidad en todos sus rubros, o el hallazgo de haber consumado un dinámico film de aventuras con íconos de la cultura argentina, sino sus entrelíneas sobre la violencia que entraña nuestra Historia, ya que, en medio de las chacareras, las boleadoras, la riña de gallos y la imagen de la Virgen, aflora la crueldad en las relaciones humanas en medio de la Pampa.
La ambigüedad de Aballay (así como un plano parece buscar una analogía del personaje con el propio Jesucristo, su imagen de héroe o santo sufre un cambio hacia el final) y las enrarecidas versiones de La marcha de San Lorenzo apuntan a esa dirección: mirar con desconfianza o con algo de ironía cierto nacionalismo inocuo y superficial.
Objeto de comparaciones con exponentes diversos del western y del cine gauchesco, no parece pertinente asociarla al Juan Moreira de Favio (pleno de digresiones poéticas y con una visión mitificadora del gaucho), sino, en todo caso, con la obra de Sam Peckinpah, Walter Hill o Sergio Leone: aquí hay aspereza, sangre, ferocidad.
A pesar de la discutible incorporación de algunos actores (Goity, Fontova) y cierto preciosismo formal (innecesarios ralentis y aceleramiento de nubes en el cielo), Aballay luce impecable como film de género: los tramos de acción y enfrentamientos que se suceden en la última media hora tienen una logradísima intensidad. Una curiosa y perspicaz apelación a temas y personajes muy nuestros, en busca de un público deseoso de emociones fuertes.

Por Fernando Varea

Aballay formó parte de la competencia del 25º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata.

http://www.aballaypelicula.com.ar/

Mar del Plata 2010: las películas

Las siguientes son algunas de las películas más significativas exhibidas durante el 25º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata.

-Por FERNANDO VAREA e IGNACIO FOSCO

AÑO BISIESTO (Dir: Michael Rowe). La soledad se apodera de una joven y se transforma en mentiras hacia sus amigos y familia, voyeurismo para con sus vecinos y relaciones espóradicas, amorales y desprovistas de conexión emocional, hasta que conoce a un hombre que la lleva a experimentar una relación sadomasoquista, de intensidad creciente. La violencia va escalando, desdibujando los roles establecidos, dejando difusa la concepción de quién es el oprimido y quién el opresor. (I.F.)

CHANTRAPAS (Dir: Otar Iosseliani). Los problemas de un joven cineasta en distintos países y circunstancias, en una obra con el estilo del director de Jardines en Otoño: tímidos gags, personajes medio inexpresivos, episodios curiosos, cierta gracia visual, aplomo y frialdad. Pocos sabían que uno de los personajes estaba encarnado por Pierre Etaix, director que mereció una retrospectiva en el festival. (F.V.)

CHASSIS (Dir: Adolfo Borinaga Alix Jr.). La supervivencia de un grupo de hombres y mujeres en un puerto de Manila, en medio de grandes camiones allí estacionados, expuesta con naturalidad y expresivas imágenes en blanco y negro. El registro semi-documental se desvía abruptamente en los últimos minutos hacia el melodrama, desembocando en un final tan impactante como banal, sin indagar en las causas del estado de marginalidad de esa gente. (F.V.)

EL ILUSIONISTA (Dir: Sylvain Chomet). Melancólica película animada, de ambientes muy vívidos gracias a un refinadísimo trabajo con el color. De atmósfera algo anticuada en comparación con la arrebatada creatividad del cine de animación actual, y con un personaje (el de la chica) algo indefinido, en medio de sus estampas que parecen extraídas de algun viejo libro ilustrado para niños, asoma una perla: Tati animado encontrándose con el Tati verdadero en una sala de cine. (F.V.)

ESSENTIAL KILLING (Dir: Jerzy Skolimowsky). Thriller, poesía audiovisual, denuncia de la intervención estadounidense en Medio Oriente. Un protagonista fugitivo (Vincent Gallo) lucha solo contra un mundo que involuciona a medida que se hace más desesperante su huída. En paisajes bellamente retratados, el mudo personaje corre desesperadamente de sus captores y las circunstancias lo llevan hasta un estado salvaje, primitivo, propio de la barbarie de la guerra. (I.F.)

FASE 7 (Dir: Nicolás Goldbart). El miedo al contagio por la Gripe A que vivimos los argentinos el año pasado ya tiene su película, con una trama bastante híbrida que aúna el terror y la sátira de costumbres (con algo de Felicidades, del rosarino Lucho Bender), pericia técnica y la presencia siempre disfrutable de Daniel Hendler. Como algunos de sus jóvenes colegas, Goldbart parece ver en el cine no mucho más que un medio para montar bromas entre amigos. (F.V.)

KABOOM (Dir: Greg Arakki). En el mundo lisérgico en el que nos sumerge el director, se entremezclan misteriosos asesinos, conspiraciones globales y –como es habitual en sus films- una visión diversa de la sexualidad humana que no suele abundar en el mainstream. Aunque se la defina como película de horror, nunca pretende asustar, sino brindar un poco de diversión sin pretensiones de amoldarse a las estructuras tradicionales. (I.F.)

I WISH I KNEW (Dir: Jia Zhang Ke). El director de The world cuenta la historia de Shangai recurriendo a testimonios, diversos documentos fílmicos e imágenes de la ciudad. Estas últimas (con esa belleza hipnótica e inquietante que el realizador sabe extraer de las grandes ciudades) son lo mejor de un film en el que sobreabundan cabezas parlantes. (F.V.)

OKIE’S MOVIE (Dir: Hong Sang-soo). Las relaciones sentimentales abordadas con ligereza, sucediéndose cuatro puntos de vista diferentes en torno a la misma situación. Charlas amables y perspicaces entre personajes queribles, con el estilo habitual de este director coreano, que muchos consideran heredero de Eric Rohmer. (F.V.)

OUTRAGE (Dir: Takeshi Kitano). Sin el estilo poético que caracterizó a sus anteriores películas sobre el mismo tema, Kitano vuelve al ruedo con una historia de crimen organizado, llena de giros argumentales, traiciones y muertes ingeniosas. El submundo yakuza retratado una vez más, esta vez de manera más violenta y visceral. (I.F.)

POETRY (Dir: Lee Changdong). Un nieto displicente, la muerte de una niña y los síntomas de una enfermedad, son algunos de los hechos de la vida que una mujer debe afrontar, intentando encontrar poesía en todo lo que la rodea. Sutilezas narrativas y las paradojas del mundo traslucidas en el rostro elocuente y cambiante de la gran actriz coreana Jeong–hee Yoon. (F.V.)

RUBBER (Dir: Quentin Dupieux). Desde el primer segundo, un personaje se encarga de dejarle en claro a la audiencia que hay muchas cosas que pueden hacerse en una película sin que haya una razón que las respalde. Aunque, haciendo una rápida lectura de la sinopsis, uno puede intuir que se presenta como “la historia de una goma con poderes mentales”, va a romper lo establecido y jugar con lo absurdo, transformando delirio en carcajadas, aunque no mucho más que eso. (I.F.)

SILENT SOULS (Dir: Alexei Fedorchenko). El viaje de dos amigos por el interior de Rusia, para celebrar un extraño rito funerario, es plasmado con un lenguaje hecho de planos meticulosos y serenos movimientos de cámara, generando un clima triste, meditabundo. Lamentablemente, la insistente narración en off del protagonista en primera persona y el tono edulcorado de ciertas resoluciones formales desdibujan el potencial dramático de la historia. (F.V.)

SOMEWHERE – EN UN RINCÓN DEL CORAZÓN (Dir: Sofía Coppola). Algo de desilusión ante los parámetros de éxito que se le adjudican al mundo del cine hay en esta película sencilla y sensible, sobrevalorada en el último Festival de Venecia. Siguiendo la vida cotidiana de un joven galán (Stephen Dorff) y su hija (Elle Fanning, lo mejor del film), la directora de Perdidos en Tokio confirma su interés por acercarse a personajes necesitados de afecto. (F.V.)

SYMBOL (Dir: Hitoshi Matsumoto). El punto de partida (un hombre encerrado en una habitación, sin saberse la razón) no es original. Tampoco lo es la narración paralela, en este caso de un héroe de la lucha libre mexicana que tiene a su hijo como fan incondicional. Lo novedoso pasa por su ejecución -demencial, hilarante y por momentos sin sentido- y por el talento humorístico de Matsumoto detrás y delante de la cámara. (I.F.)

THE HUNTER (Dir: Rafi Pitts). Un solitario y silencioso guardia nocturno sufre la muerte de su esposa e hija en circunstancias que nunca quedan claras, por lo que decide tomar la justicia en sus propias manos y disparar contra las fuerzas de seguridad en un evento que rompe en dos el relato. Lo que comienza como un retrato de la soledad del protagonista y la injusticia a la que queda expuesto por su situación de ex presidiario, muta hacia una desesperada persecución, en donde la línea entre asesinos y policías queda desdibujada, brindando más interrogantes que respuestas. (I.F.)

TODOS VOS SODES CAPITANS (Dir: Oliver Laxe). Chicos marginales descubriendo el valor del cine, empuñando cámaras en calles de Marruecos, reflexionando sobre su realidad de todos los días. Las discusiones, las imágenes resueltas apresuradamente y la frescura de los pibes le dan al film su principal valor: la comunicatividad. (F.V.)

TOURNEÉ (Dir: Mathieu Amalric). La agitada vida cotidiana de un atropellado productor y su séquito de opulentas strippers, recorriendo hoteles y teatros, en un film atractivo, en el que los fulgores del cabaret y los sentimientos contradictorios de los personajes se combinan con vitalidad. Así como es posible descubrir figuraciones impresionistas, emerge, también, una mirada celebratoria del mundo del espectáculo. (F.V.)

THE BELGRADE PHANTOM (Dir: Jovan Todovoric). Con elementos documentales y un relato ficcional que se suma al testimonio de los entrevistados (protagonistas y testigos de los sucesos), se va dibujando el perfil del misterioso deportista que deleitó durante diez días a la población yugoslava en 1979, desafiando a la autoridad policial –estandarte del régimen totalitario del mariscal Tito- con sus proezas automovilísticas. La obra devuelve el recuerdo de lo que hoy se reconoce como un pequeño aporte a la libertad silenciada durante aquellos años. (I.F.)

Lista de premiados aquí

Mar del Plata 2010: lo que se dijo, lo que se vio

Lejos del esplendor de sus primeros años tanto como de su glamoroso renacimiento revestido de intenciones políticas –y de irregularidades– durante el menemismo, el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata ocupa ahora un sitio más modesto y algo indefinido, que no es, de ninguna manera, impedimento para poder atravesar una suma de experiencias mayormente gratas: en primer lugar, por supuesto, tener a mano una nutrida y seductora oferta de películas, pero también disfrutar de encuentros con realizadores provenientes de distintas latitudes y acceder a charlas sobre la especialidad, muestras, presentaciones de libros y homenajes. A continuación, partiendo de vivencias personales, rescatamos algunos hechos relevantes de esta edición del festival.

El comienzo. Si hubo calidez en la ceremonia de apertura fue por el entusiasmo de los asistentes y por el sentido del humor del presidente del festival, José Martínez Suárez. La manera en que se vivaban imágenes de algunas películas argentinas proyectadas en esa ocasión creaba un clima animado. Pero las Bodas de Plata merecían mayor reunión de figuras, no para que cumplan una función decorativa sino para estimular la sensación de fiesta, o al menos de concurrencia de gente del ambiente. Por otra parte, en esa ocasión, una revisión de la historia del festival hubiera sido oportuna.

Santafesinos. Hubo varios realizadores santafesinos que participaron en esta 25ª edición del festival. Federico Actis mostró Los teleféricos, corto realizado con fotografía de Lucas Pérez, montaje de Lucio García y actuaciones de Claudia Cantero, Juan Nemirovsky y Mirko Buchín, que integra Historias breves 6. En la sección Work in progress, Darío Nardi presentó Las mariposas de Sadourni, corto que con el tiempo se convirtió en largometraje, con Fernando Gondard como productor ejecutivo y Antonella Costa como protagonista. También fue invitado al festival Alejandro Torriggino, director de San Antonio, uno de los trabajos seleccionados para Cortogenia (festival argentino de cortos en Internet). Finalmente, cabe destacar que se exhibió un par de veces en el cine Ambassador Los inundados (1961), el clásico santafesino del maestro Fernando Birri.

El presidente. Atento a todo, a José Martínez Suárez –con sus 85 años recién cumplidos– se lo podía ver explicándole personalmente a gente que esperaba en la cola de un cine los motivos del retraso de esa función o acercándose a alguna señora desorientada para preguntarle si necesitaba algo. Entrevistado por quien esto escribe, sostuvo: “Un festival de cine es exitoso cuando el público está satisfecho. No se hace por motivos políticos para nadie: un festival es bueno cuando el público dice ‘Qué bien la pasé’, porque en el hotel fue bien atendido, porque el chofer no le robó, porque el acomodador de la sala fue cortés y, sobre todo, porque la película fue interesante o porque la charla que escuchó le permitió entender algo más del cine. Acá, en otros tiempos, fue necesario traer a figuras rutilantes porque era un festival que salía de una muerte, entonces había que reanimarlo. Pero ya no es como antes, cuando, sentado en la platea, veía que alguien decía (simulando un mal castellano) ‘Estoy muy contento de estar en Argentina’, y yo pensaba ‘Ahí se fueron 50 mil dólares’.” Confesó también el disgusto que le trajo Luis Ortega al retirar a último momento su película del festival (por lo cual el productor Fernando Sokolowicz le dijo sentirse “anonadado y avergonzado”), y fue franco al comentar: “Yo quiero que todo espectador que sale de ver una película en el Festival de Mar del Plata sepa de qué se trató lo que estuvo viendo. Muchos cinematografistas son mentirosos y cuando no tienen nada que decir lo encubren, para que la gente no se de cuenta que no están diciendo nada. Parece un poco determinante y casi grosero lo mío ¿no? Pero lo puedo repetir, de convencido que estoy.”

Charlas. Varios invitados especiales tuvieron oportunidad de charlar con el público. Bruno Ganz confesó que, al ser introvertido, el papel de Hitler (en La caída) le permitió “explotar con todo”. John Sayles dijo algo que ya suponíamos, conociendo su cine: “Me gustan los grises, ni ganadores ni perdedores”. Hal Hartley, por su parte, declaró: “En este momento ser un artista es una decisión política, porque implica no participar de la cultura masiva generalizada”. Vale destacar, también, la amena charla brindada por el crítico y ensayista español Román Gubern. “Con la imagen digital podemos mentir, ocultando que la imagen miente”, comenzó diciendo. Según Gubern, Internet “es más para planear que para aterrizar”, paradójicamente (aún siendo “ultrademocrática y desacralizada”) las fuentes terminan reduciéndose, y, al referirse a sus efectos, habló de “hambre de piel”. En materia de cine, criticó las películas “cuya única virtud es que las cosas que allí ocurren son imposibles”, valoró a Jurassic Park como obra autorreflexiva y a David Lynch como un director capaz de alejarse del canon, habló de sinergismo para definir la trayectoria de muchos films actuales (hechos para producir videojuegos o viceversa), y dijo que la televisión se ha vuelto exclusiva para los niños (que ven dibujos animados) y los mayores (que no usan Internet). También recordó su primera visita a nuestro país, en 1977, cuando la entrevista televisiva que le estaban haciendo se interrumpió bruscamente al comentar que Marlene Dietrich podría no haber sido una mujer sino un hombre travestido.

Libros. Aunque para muchos lo más provechoso que podía comprarse era una remera o un bolso con el logo del festival, merecían más atención dos libros editados este año. Junto a un nuevo tomo de las Obras Incompletas (paciente emprendimiento de Fernando Martín Peña, Elvio Gandolfo y Alvaro Buela de rescatar artículos escritos por el excelente crítico uruguayo Homero Alsina Thevenet), se presentó también Cine del mañana, que reúne conferencias ofrecidas por un grupo de críticos extranjeros ocho años atrás. Allí, Peter Van Bueren da relevancia al rol divulgador de los críticos, Mark Peranson defiende los festivales porque “vivimos en una cultura impulsada por eventos”, Emmanuel Burdeau se sirve de una expresión de Daney para inferir que lo antiguo y lo posmoderno tienen “un aire de familia”, Jonathan Rosenbaum propone un texto ameno sin aportar demasiadas novedades, y Álvaro Arroba opina, categórico, que “El capital crea modelos, carcasas del pensamiento, dentro de los cuales nos movemos, aceptándolos sin la más mínima sospecha y creyendo que estamos en libertad”, agregando, además, respecto a Internet: “Los programas que permiten descargar archivos aportan una de las mayores liberaciones culturales de toda la humanidad, que me gusta tomar como un desagravio por la quema de la Biblioteca de Alejandría” (conllevando, sin embargo, pérdida de congregación y misticismo). Quintín, finalmente, entrevistado por Roger Koza, concluye que el cine del mañana abarca “la televisión, el videoarte, el clip y el diseño animado, las series americanas y las películas amateurs”.

Para mejorar. No es grave que haya distracciones o inconvenientes en alguna proyección, pero cuando las dificultades se repiten se comienza a dudar de la idoneidad de algunos de los responsables. Tener que buscar personalmente a realizadores u organizadores para entrevistarlos o simplemente para hablar con ellos, sin que la gente de Prensa se interese en mediar, fue otra de las falencias más notorias. Asimismo, la presencia de algunas personalidades era desaprovechada, y muchos se enteraban tarde (o no se enteraban) que estaban presentes en el festival.

Para destacar. Resulta plausible la medida de becar a estudiantes y promover la asistencia de jóvenes realizadores y periodistas de todo el país, evitando que el festival se convierta en un cenáculo selecto. Al mismo tiempo, la incorporación a la programación de clásicos o viejas películas que merecen ser rescatadas del olvido, resulta una buena oportunidad para que el público ávido de cine las descubra o redescubra. También fueron merecidos los homenajes a Salvador Sammaritano, Nicolás Sarquís y Antonio Ripoll. El balance final permite reconocer que, indudablemente, con sus virtudes y defectos, el festival volvió a hacer del cine un medio para fructíferos encuentros y discusiones, con el mar celeste de fondo.

Por Fernando Varea

La entrevista a José Martínez Suárez fue publicada completa el 20/11/10 en el diario El Ciudadano y puede leerse aquí.

Sebastián Sarquís: “Me interesó el estado difuso entre lo real y lo que se percibe como real”

Con experiencia en la producción (incluyendo trabajos de su padre Nicolás Sarquís, el recordado director de Palo y hueso y Facundo, la sombra del tigre) y la realización de algunos documentales, Sebastián Sarquís (1967, Buenos Aires) presentó en el 25º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata su primer largometraje de ficción, El mal del sauce. En el mismo, Jean Pierre Noher encarna a un hombre que despierta en una casilla aparentemente abandonada en una isla del Tigre, víctima de un secuestro, a partir de lo cual intenta dilucidar cuánto de verdad y cuánto de alucinación hay en ese paraje lejano y en ciertos encuentros con su pequeño hijo. Más allá de cierto esteticismo y de algún grado de solemnidad, El mal del sauce muestra a un director preocupado por la elaboración de los encuadres, la duración de los planos, la importancia del sonido, la construcción de un inquietante universo fuera de campo. Hablamos con él después de ver la película, en el marco del festival.
– Es notable tu interés por sostener el relato con el sonido en off y los planos detalle.
– Fue bastante ex profeso plantear una película en esos términos, porque yo entiendo que el contracampo del personaje y los detalles cuentan mucho de su universo. Por eso buscamos que las pequeñas situaciones -cómo se mueve, cómo se expresa- cuenten lo que está pasando por su cabeza. La puesta de cámara, el plano sonoro, la fotografía: todo apunta a esa dirección. Sin llegar a lo onírico, porque yo no quería que fuera onírico, sino hablar del mundo extraño y sensible en el que está este hombre. Él percibe todo a partir de los sonidos.
– También es escasa y oportuna la utilización de la música.
– Sí, no quería una sobreabundancia de música porque podía interferir en la narración. La misma saturación en la fotografía, que va creciendo hacia el final, también apunta a eso, a que la belleza no interfiera en el mundo del personaje.
– ¿Cómo trabajaste para crear esa sensación de que lo que pasa puede no ser real sin ser tampoco, como vos señalaste, marcadamente onírico?
– Fue el desafío más importante al escribir el guión, al filmarlo y después montarlo. Cualquier elemento de más podía deschavar lo que está pasando o sacar al espectador del clima. Había que mantenerse en un estado muy difuso entre lo que es real y lo que uno puede percibir como real: en el tratamiento del chico, en los diálogos, en las apariciones y desapariciones. Para mí El mal del sauce es, de algún modo, un drama psicológico, no es un thriller. Entonces había que mantenerse en esa franja ambigua y, al mismo tiempo, que te mantenga en vilo.
– Una abundante literatura ha empleado a este lugar como marco de distintas historias. También recordaba El sueño del perro, la película de Paulo Pécora. ¿Tuviste en cuenta esos antecedentes?
– Pasó una cosa rara con la película de Paulo. Yo ya tenía mi guión escrito, estaba en pre-producción, y alguien que vio El sueño del perro me mencionó las similitudes que podía haber con mi película. Al principio me preocupé, porque además el título era muy sugerente también, con un personaje en el Delta como acá. Entonces la fui a ver. Me gustó mucho, pero salí relajado porque noté que ambas apuntan a cosas diferentes.
– ¿No temés que alguien vea en tu película una referencia al tema de los robos y secuestros a gente adinerada?
– La verdad es que no me lo planteé, quizás porque utilizo el secuestro como mera excusa para contar lo que está pasando: poner al personaje en una situación extrema, donde afloran todos estos replanteos. Por eso, el secuestro no está ni siquiera en un segundo plano, sino en un tercer plano. Es el marco para sostener la historia.
– El vínculo entre padre e hijo es lo más importante.
– Absolutamente. Yo quise contar esta ruptura, que es, además, un tema universal. Hay, inclusive, una sutileza: cuando el protagonista escribe las cartas, lo hace en el mismo texto de Kafka, en la parte final del libro. De alguna manera, es una pequeña señal de que eso empezó a hacerse en otro momento.
– ¿Por qué la película lleva ese título?
– Proviene de una creencia popular que tiene la mayoría de las personas que viven en el Delta: un mal que los aqueja con infinidad de consecuencias, malignas y benignas. Me parece que sumaba mucho a la historia esa cosa ambigua. Yo preguntaba ¿qué es el mal del sauce? Y cada uno me decía cosas diferentes. Eso me gustó mucho.

Por Fernando Varea

Idas y vueltas de “Kindergarten”

Se ha vuelto una costumbre que los festivales de cine incluyan entre sus películas alguna que haya estado prohibida o que genere controversia, seguramente como una manera de provocar atención sobre el evento. Este año, el Festival Cinematográfico Internacional de Mar del Plata proyectará Kindergarten, dirigida por Jorge Polaco en 1989, que sufrió denuncias, juicios, presiones y demoras que llevaron a postergar, una y otra vez, su estreno público en Argentina. Probablemente los entretelones de esa historia sean más interesantes que la película misma.
DIRECTOR POLÉMICO
Egresado de la Universidad de Buenos Aires como profesor en Letras, Polaco (1946, Buenos Aires) se inició en el cine independiente con cuatro cortos rodados en super 8 en 1983 y 1984. Su primer largometraje fue Diapasón (1985), rodado en 16 mm, con actores desconocidos –salvo Hilda Bernard y José María Gutiérrez, que aparecían en una escena–, una espléndida fotografía de Carlos Torlaschi y música de Lito Vitale. Se estrenó el 31 de julio de 1986 en el cine Lorca, de Buenos Aires (los rosarinos lo conocimos poco después en el cine Colonial). El 1º de octubre del año siguiente dio a conocer, también en el Lorca, En el nombre del hijo (1987), producida por Sabina Sigler, con Ariel Bonomi y su actriz preferida, la anciana Margot Moreira.
Ambas películas fueron celebradas por los críticos, ya que evidenciaban cierta búsqueda estética y una marcada distancia con el cine argentino –obcecadamente realista– de la época. Al mismo tiempo, eran valoradas en algunos festivales (Locarno, Rotterdam, Amiens, Berlín): En el nombre del hijo, por ejemplo, le permitió a su director recibir de manos de Robert Mitchum el premio a Mejor Película en el Festival de Cine de Troia (Portugal). La obra de Polaco iba adquiriendo un perfil peculiar, con escenas resueltas con espíritu lúdico y una cámara interesada en husmear casas sombrías habitadas por individuos patéticos, coexistiendo con descuidos en la puesta en escena, trivial acumulación de elementos escenográficos y una estéril devoción por divas maduras.
Con esos antecedentes se ganó la confianza de los productores Victor Bo, Carlos Mentasti y Salvador D’Antonio, de Argentina Sono Film, que en 1989 financiaron su nuevo largometraje, Kindergarten. El libro cinematográfico escrito por Polaco con Daniel González Valtueña, sobre idea de Asher Benatar, se centraba en la relación sentimental de Lía, una maestra jardinera (Graciela Borges), con Manuel, un arquitecto viudo (Arturo Puig), mientras el hijo de éste, de apenas siete años (Luciano Sanguinery), sufre el recuerdo de su madre muerta y la convivencia con su madrastra. Lía conserva el cuerpo embalsamado de su padre en el sótano de la mansión familiar y es acosada sexualmente por un hermano enfermo (Alejandro Urdapilleta).
El primer día de rodaje Polaco vendó los ojos de Borges y Puig y los empujó a bailar. Antes, la actriz declaraba haber visto El diablo en el cuerpo (drama del italiano Marco Bellocchio de estreno polémico en nuestro país por contener una escena de sexo explícito, levantado de las salas en febrero de 1987 después de una denuncia) “para ver qué continuidad le da la protagonista al personaje”. Victor Bo decía: “Es importante que Sono vuelva a arriesgar, como lo hizo con Las puertitas del sr. López”, en referencia a la película de Alberto Fischerman estrenada el año anterior.
Mientras el país atravesaba caóticamente el final de la presidencia de Raúl Alfonsín con hiperinflación y saqueos, y la llegada de Carlos Menem al poder desplazando promesas de carácter nacionalista y popular por medidas económicas liberales, se anunciaba el estreno de Kindergarten para el 31 de agosto. La película había sido calificada (como En el nombre del hijo), “sólo apta para mayores de 18 años, con reservas”, por una fugaz escena de sexo oral (de Puig con la actriz Cecilia Etchegaray), un par de situaciones equívocas de la protagonista (Borges) con el niño (en las que parece forzarlo para que la bese en la boca y se deje acariciar en el interior de una bañera) y escenas con adultos y niños desnudos.
RESISTENCIAS Y OPINIONES
En un sorpresivo operativo policial, el 10 de agosto se secuestraron copias de la película en las oficinas de Argentina Sono Film por orden del juez en lo Criminal de Instrucción, Carlos Manuel Caravatti, quien había recibido una denuncia de Adalberto Ricciardi, representante de la Iglesia Católica en la Comisión Calificadora del Instituto Nacional de Cinematografía, sumándose el pedido del abogado Jorge Patricio Vergara de procesar a los responsables de Kindergarten por presunta corrupción de menores, exhibiciones obscenas y ultraje al pudor. Las palabras de los acusadores eran temerarias: hacían referencia al “carácter no ya obsceno sino bestial y corruptor” del film y a la “mente enferma” de su director, declarando que éste y el sello productor se aprovechaban de “la notable disminución de las fuerzas morales en nuestra sociedad durante los últimos cinco años”, período que precisamente coincidía con los años de democracia. Al mismo tiempo, se publicaba en la sección Correo de Lectores del diario La Nación una carta firmada por Cristina O’Farrell de Gutiérrez Saldívar, denunciando haber presenciado la filmación en el Rosedal del Parque de Palermo una escena en la que niños desnudos representaban una escena de amor sobre un bote, mientras recibían instrucciones impartidas desde un megáfono.
Las cosas parecieron volver a su cauce normal cuando el juez Caravatti consideró que no era su función juzgar la exhibición de un film y devolvió las copias. Anunciado ahora el estreno el 12 de octubre, la revista Humor publicó antes de esa fecha un irónico intercambio de cartas entre el crítico Aníbal Vinelli y su jefe de Espectáculos, Carlos Llosa Braccamonte, en torno a Kindergarten, que habían podido ver en esos días. Vinelli comenzaba agradeciendo a quienes habían intentado “la misión imposible de explicarme Kindergarten” y hacía alusión a las “carcajadas iniciales” que provocaba el film, que, desde ya, no estaba planteado como una comedia. Reconocía que permitía una lectura política y, a continuación, describía: “Jorge Polaco hace que Graciela Borges se bañe semivestida, reparta torta enchastrándose con crema y frutilla, le bese el principio (o el final) de la cola a Arturo Puig, luzca un maquillaje antiestético, baile disfrazada, cargue al papito momificado, la envenenen, de a ratos no parezca tan bonita como es en la realidad, y hasta mueva muebles.”
Pero el estreno no se produjo: nuevas denuncias impidieron que el film llegue a los cines y sometieron a sus responsables a un prolongado juicio. Una medida confirmada en diciembre por la Cámara Nacional, Criminal y Correccional llevó a que se secuestraran de la distribuidora nueve copias de la película, sus negativos y material de publicidad.
Entonces comenzaron a asomar públicamente distintas formas de repudio. “Parece absolutamente imposible que el realizador, artista ciento por ciento, pueda haber hecho pornografía en su tercera obra”, lo defendía David Strieff, director del Festival Internacional de Locarno (Suiza). “La velocidad en formular la denuncia y la rapidez con que se la ha atendido pueden alentar en sectores retrógrados de nuestra sociedad la tentación de una recuperación paulatina de la censura, que tanto agravió a los argentinos antes del pleno ejercicio de la democracia”, alertaba la Asociación General de Productores Cinematográficos de la Argentina. “Es un ataque a la libertad de expresión cinematográfica y un retorno a los métodos del nefasto Ente de Calificación que, entre los años 1974 y 1983, prohibió y cercenó cientos de obras cinematográficas de todos los orígenes”, repudiaba la Asociación Argentina de Distribuidores de Películas.
En una solicitada aparecida en los diarios el 1º de noviembre, los técnicos que habían participado de Kindergarten manifestaban que en ningún momento habían visto ni presenciado “ningún acto de abuso deshonesto por parte de nadie y contra nadie. Por el contrario, se vivieron momentos de felicidad compartidos con el director, con todos los actores y en especial con los niños, que aún hoy conservan el deseo de volver a filmar”. La misma contaba con el apoyo de distintas asociaciones nacionales y extranjeras, y de gente del ámbito de la cultura como Ernesto Sábato, María Elena Walsh, Juan José Saer, Fernando Pino Solanas, María Luisa Bemberg, Oscar Barney Finn, José Luis Castiñeira de Dios, Eliseo Subiela, Carlos Sorín, Enrique Pinti, Salvador Sammaritano, Georgina Barbarossa, Lorenzo Quinteros, Antonio Gasalla, Cecilia Rossetto, Marta González, Diana Maggi, Rafael Filipelli y Beatriz Sarlo.
En febrero de 1990 la sala VII de la Cámara del Crimen confirmó la prohibición de exhibirla en el país para preservar la identidad de los menores involucrados, mientras Polaco, Graciela Borges y Cecilia Etchegaray eran citados para dar explicaciones a la Justicia. El INC –que en esos primeros tiempos menemistas presidía el ahora kirchnerista Octavio Getino– aclaraba que, aunque un miembro de la Comisión Calificadora había propuesto que Kindergarten fuera calificada “de exhibición condicionada”, no había existido ningún pedido de censura, ya que dicho organismo no podía pedir cortes ni prohibir películas.
En tanto, el film comenzaba a proyectarse en otros países. Si bien por sus problemas con la Justicia no pudo exhibirse en el Festival de Amiens, sí lo hizo en Berlín y otros festivales, aunque no era bien recibido por el público. Hubo reacciones de disconformidad cuando en enero de 1990 se estrenó en la sala Lido 1, de Punta del Este (Uruguay), y lo mismo ocurrió en el IV Festival de Cine Latinoamericano de Washington (EEUU), donde muchos espectadores abandonaron la sala del Kennedy Center antes de concluir la proyección, mientras los que quedaron expresaban su fastidio con sonoros pataleos. “Al fin entiendo los problemas de la Argentina –declaró en esa oportunidad el ex director del Museo de Arte Contemporáneo de la OEA, Angel Hurtado–, el film refleja un gran desajuste en su conciencia”.
FINAL ABIERTO
En junio de 1990 el fiscal Morillo Capurro solicitó el sobreseimiento definitivo de las personas implicadas y, en un dictamen inusitadamente extenso (18 fojas), concluyó que “si bien es cierto que hay escenas de fuerte erotismo, están integradas a la trama y de ninguna manera afectan a los menores” que intervinieron en el rodaje. El juez de instrucción Miguel del Castillo clausuró el sumario relacionado con la película y autorizó su exhibición en nuestro país. Tres años después, la jueza Ana Pérez resolvió que podía proyectarse una vez que los menores llegaran a su mayoría de edad. Finalmente, en junio de 1995, la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Civil liberó la exhibición pública de Kindergarten, considerando que “los padres tienen derecho de guiar y educar a sus hijos” y que puede haber distintos criterios para determinar cuándo se afecta la moral, sin seguir un criterio dogmático o religioso.
En todos estos años, Polaco se abocó a nuevos proyectos. En 1990 comenzó a preparar Carrusel, pero la productora del film (la adivina Blanca de Gómez) terminó retirando su apoyo, lo que provocó quejas de los actores Fabián Vena, Dora Baret y Sabina Olmos, de la coautora Graciela Speranza y del jefe de producción Gustavo Viau. Por ese tiempo, algunos medios se hicieron eco de los deseos del director de hacer una película con Delia Garcés y de rodar en la India una versión de Siddhartha, de Hermann Hesse. En 1992 filmó para Argentina Sono Film Siempre es difícil volver a casa, híbrido protagonizado por dos integrantes del trío Midachi (Dady Brieva y Miguel Torres del Sel), sobre novela de Antonio Dal Masetto, cuya publicidad, en el momento del estreno, recomendaba: “Véala antes que la prohíban”. Le siguieron, con escasa repercusión, La dama regresa (1996, con Isabel Sarli), Viaje por el cuerpo (2001) y Arroz con leche (2009, exhibida en el BAFICI 2010), más un episodio de Historias de Argentina en vivo (2001, con Julio Bocca) y un par de cortos.
Mientras Kindergarten atravesaba esta cadena de obstáculos, evolucionaba el respeto de la sociedad argentina por las libertades individuales y la diversidad. El cine, en tanto –aunque, como decíamos aquí, sigue sufriendo presiones y censuras de otro tipo–, fue encontrando inesperados aliados en ciertos hallazgos tecnológicos: ni en sus peores sueños, los moralistas de años atrás podían imaginar que algo como Internet permitiría el libre y desprejuiciado acceso a tantas películas, sin que nadie pudiera impedirlo.

Por Fernando G. Varea

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