El cine, de la A hasta la Z

UN DICCIONARIO DE FILMS ARGENTINOS III
(Raúl Manrupe-María Alejandra Portela, Ediciones Corregidor, 2010)

El primer tomo de Un diccionario de films argentinos (1995) fue un acontecimiento: por primera vez aparecía un preciso recuento de todas las películas argentinas realizadas hasta ese momento, tarea que anteriormente sólo habían emprendido —de otra manera y abarcando períodos más restringidos— Domingo Di Núbila y Jorge Abel Martín. El tomo II, que registraba lo filmado desde 1996 hasta 2002, ya incorporaba websites y reseñas extraídas de internet. Ahora, cuando podría pensarse que el hábito de consultar información sin apelar a los libros impediría una continuación, aparece el tomo III, prueba indudable de que no todo está en la web. Con sentido práctico, los autores le ahorran al lector el esfuerzo de buscar por distintos medios provechosos datos de diversa índole, brindándoselos de una sola vez, de manera cuidadosa y ordenada.
Aunque en el prólogo Manrupe y Portela reconocen lo difícil que se ha vuelto contabilizar los estrenos, en su libro enumeran más de 1.200 largometrajes argentinos. No se trata únicamente de los estrenados en salas comerciales porteñas: también los realizados en otras regiones del país (figuran unos treinta rosarinos), en muchos casos exhibidos en festivales, muestras y circuitos marginales, algunos todavía inéditos o inconclusos.
El inventario abarca desde El aura (Fabián Bielinsky), Iluminados por el fuego (Tristán Bauer), Memoria del saqueo (Fernando Pino Solanas), Patoruzito (José Luis Massa) y El secreto de sus ojos (Juan José Campanella), hasta Historias extraordinarias (Mariano Llinás) o La crisis causó dos nuevas muertes (Patricio Escobar/Damián Finvarb). De cada una se ofrece una ficha técnica, la síntesis del argumento y datos varios: información obtenida en gacetillas o catálogos, declaraciones de sus directores o iluminadores, el agregado ocasional de algún dato curioso.
El informe se completa con fragmentos de críticas seleccionadas con bastante amplitud (algunas atinadas, otras improvisadas, provenientes de medios gráficos, sitios web y blogs de distintos puntos del país y del exterior), en ciertos casos teniendo en cuenta la temática del filme: un comentario de Olé para un documental sobre un deportista, de la revista Rolling Stone para la biopic de un músico de rock, de publicaciones especializadas en cine de terror cuando las obras aludidas son de ese género. No es todo: hay, además, muchas fotografías, acotaciones de los autores (a veces discutibles), y, al final, para facilitar la búsqueda, listas de películas en torno a diferentes rótulos (Artes Plásticas, Malvinas, HIV, Web, Peronismo, Psicoanálisis) y un anexo con correcciones y agregados a los datos de los tomos anteriores.
Si bien una lectura atenta puede detectar redundancias o expresiones poco claras (por ejemplo, la definición de No sos vos, soy yo como comedia romántica “aspiracional”), y aunque puede discutirse la importancia que Manrupe y Portela le dan a ciertas películas (Regresados) y no a otras (Nietos), Un diccionario de films argentinos III es producto de una investigación rigurosa, una suerte de ABC del cine argentino reciente, elaborado con seriedad y pasión. Incluso supera las características de una recopilación de datos para cinéfilos: declaraciones como las de Fernando Spiner sobre el rodaje de Adiós, querida luna en diciembre de 2001, o las de Ana Cacopardo respecto del tratamiento que le da la televisión a los abusos policiales y el estado de nuestras cárceles, demuestran que el libro puede ser valorado, también, como una suma de miradas sobre aspectos de nuestra realidad cultural y social, una sucesión de apuntes que invitan a la sorpresa, la reflexión e incluso la risa.
Recorrer Un diccionario de films argentinos III lleva, finalmente, a descubrir ciertas evidencias insospechadas. Demostrando la capacidad del cine para reflejar lo que nos pasa, las temáticas repetidas traslucen marcas de la sociedad argentina de los últimos años: los barrios privados, las asambleas populares, el cierre y la recuperación de fábricas, la revisión encendida de la militancia política en los años 70. Por otra parte, no es un dato menor la formidable cantidad de películas realizadas por argentinos en este último tiempo.
En este sentido, puede sorprender el desconocimiento que los rosarinos tenemos de películas filmadas en provincias vecinas —demostrando que no sólo a los porteños debería achacárseles falta de federalismo— y el estimulante surtido de propuestas, sobre todo documentales, en torno a los más variados temas, material que indudablemente deberían tener en cuenta funcionarios, programadores, docentes y comunicadores para exhibir en cines, centros culturales, universidades o canales de TV. Si algo revela este libro es que, dentro de ese mar vasto y turbulento que es el cine nacional de los últimos años, hay muchas perlas esperando ser descubiertas.

Por Fernando Varea

(Publicado el 3/4/2011 en el suplemento Señales de la Cultura y la Sociedad del diario La Capital, de Rosario)

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