Hombres e ideas recuperados por la memoria

HOMBRES DE IDEAS AVANZADAS
(2011; dir: Diego Fidalgo)

Un libro, su autor, el crimen al que hace referencia ese libro, la víctima de ese asesinato: el nuevo film de Diego Fidalgo (Rosario, 1972) aprovecha el vínculo entre estas cuatro piezas para desplegar una búsqueda. El poeta es Aldo Oliva (1927/2000), el hombre asesinado Joaquín Penina (1901/1930). El libro es, precisamente, El fusilamiento de Penina, escrito por Oliva en 1975 para una colección de publicaciones de la Editorial de la Vigil, que no llegó a editarse ante la intervención de la biblioteca por los militares al año siguiente. Y Penina, aunque pocos rosarinos lo sepan, era un albañil catalán, militante anarquista, que, apenas instaurada la dictadura del general José Félix Uriburu, fue furtivamente fusilado en las barrancas del Saladillo.
Seguido por la cámara, Antonio, uno de los hijos de Oliva, sale detrás de recuerdos y testimonios que sirvan para conocer pormenores de aquéllos hechos olvidados, recuperando, de esa manera, los nombres de mucha gente de ideales nobles e iniciativas solidarias (excediendo el marco de la militancia anarco-sindicalista a la que, aprovechando términos de la época, hace referencia el título). Así va, como él mismo dice, “tras los pasos de un fantasma”, en busca de retazos que puedan unirse para explicar o completar lo que pasó.
Tal vez por esta confluencia de elementos diversos, el film es un poco impreciso al comienzo, cuando se cruzan el escritor leyendo, desentierro de libros, fotocopias, una fogata y alguna callejuela de un pueblo español. Recién al final reaparecerán y cobrarán verdadero sentido algunas de esas imágenes. Dentro de ese tramo introductorio, se relatan penurias de Aldo Oliva mostrando escenas en el hipódromo rosarino, pero el espectador probablemente no sepa que esas imágenes tienen que ver con su barrio y con el oficio de su padre.
Cuando Hombres de ideas avanzadas se dispone claramente a seguir el recorrido de Antonio Oliva por distintos lugares de Argentina y España en pos de huellas de aquéllos hombres, cobra energía. El inolvidable proyecto cultural de la Vigil es el primer paso en ese camino. La investigación continuará hurgando en bibliotecas particulares, hemerotecas públicas, viejas películas, prontuarios, libros y revistas que reflejan el paso del tiempo. Antonio, siempre con su mochila a cuestas, más curioso que conmovido, va y viene casi como un detective al que los rastros lo desviven. “La ciudad muta y, en ese movimiento, olvida”, razona, mientras la fiebre por construir edificios derriba la refinería en la que se cumplió la primera huelga obrera en nuestra ciudad.
Los testimonios se enlazan de manera lúcida, como una cadena de encuentros que conllevan nuevas revelaciones. El peregrinaje comprende el paso por sitios reconocibles de Rosario: calles, bares, bibliotecas, aulas universitarias. Es un acierto la ilustración de las menciones al fusilamiento de Penina en las Quebradas del Saladillo con fragmentos del film Juan Moreira, el último centauro (1923, Enrique Queirolo), filmado parcialmente en ese lugar. De la misma manera, resulta oportuno el empleo de fragmentos de un noticiario en el que se ve al general Uriburu junto al Jefe de Policía local, teniente coronel Lebrero, después que Osvaldo Bayer hace referencia a este turbio personaje (responsable del asesinato de Penina y de la desaparición de su cuerpo durante un tiempo), o la manera desprevenida con la que la cámara se detiene en graffitis que resultan rastros de la militancia anarquista en la actualidad.
A pesar de que el relato en off luce ocasionalmente afectado (incluyendo fugaces reconstrucciones, como la de la supuesta voz de Penina gritando antes de ser fusilado), los comentarios musicales son siempre adecuados y el documental transmite calidez en la voz de algunos testigos, el ingreso en sus casas, la cordialidad con la que colaboran en la investigación.
A Hombres de ideas avanzadas no le interesa discutir los cambios atravesados por la militancia anarquista en el último siglo o indagar en sus matices (el propio Aldo Oliva consideraba, por ejemplo, que la fuerza represiva en los ‘30 no distinguía entre “el terrorista expropiador” Di Giovanni y “el antiviolento” Penina); valoriza, en todo caso, esfuerzos personales y sociales que, más allá de las ideologías, procuraron cambios, pensando en las necesidades de la gente. Este propósito, sin embargo, se integra a lo que parece ser su mayor preocupación: la recuperación de la memoria. Como en Trescientoscincuenta (2006), Fidalgo busca apresar la sustancia ligera, inmaterial, de la que están hechos los recuerdos. Afortunadamente, como dice Antonio Oliva, “cuando todos olvidan alguien se acuerda”.

Por Fernando Varea

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Tomar distancia para encontrarse

LA INFINITA DISTANCIA
(2011; dir: Florencia Castagnani)

Producto de muchos años de trabajo, estrenada en la última edición del BAFICI, La infinita distancia se distingue, en principio, por ser un largometraje santafesino de ficción, algo excepcional en medio de la pródiga producción de documentales realizados en la región en los últimos años. A esto se suma otra particularidad: se trata de una historia de amor, o, en todo caso, de un relato sobre problemas íntimos, sobre la interioridad de un personaje, atípico dentro de un cine como el rosarino, propenso a la mitificación de íconos y costumbres locales.
Centrándose en Iván, un hombre meditabundo, que decide irse al campo abandonando su trabajo en una imprenta y dejando a su mujer –que comienza a seguirlo–, el film de Florencia Castagnani (1975, Rosario) reflexiona, en primera instancia, sobre lo que implica un compromiso amoroso: los límites de la libertad, la posible dependencia, las dificultades de una auténtica comunicación. Cómo ser fiel a sí mismo sin dañar al otro. Cómo expresar lo que se siente, con actitudes o con palabras.
El guión, escrito por Castagnani y Sebastián Bier, se beneficia con algunos detalles perspicaces, como los factibles motivos de la tristeza y sensación de extravío del protagonista (la búsqueda de un hermano, la muerte de los padres), o el baile que, en algún momento, despierta en la pareja un resabio de pasión. Al mismo tiempo, el progresivo vuelco a una rutina del desaliento (comer en silencio, lavar los platos resignadamente, dormir en cualquier parte) aleja a los personajes de cierto apego a lo material pero trayendo a la memoria, también, la abulia algo impostada de las parejas de cierto cine europeo de los ’60. En función de esta indiferencia de Iván ante lo que lo rodea, la mirada termina siendo demasiado benigna con el personaje en su relación con el mundo del dinero o del trabajo: encuentra fácilmente a su paso gente dispuesta a ayudarlo (incluso económicamente) y la tarea que asume de alambrar los campos entraña conceptos de propiedad y de libertad que, en definitiva, aluden a algo más que a su situación personal.
En tanto, el abatimiento y las vacilaciones de Iván son expresados con planos fijos de serena belleza –donde árboles, antiguas construcciones y el interior de bares y casas cobran apariencia de espacios cargados de melancolía– o mansos travellings laterales, ocasionalmente interferidos por fundidos a negro. Un apacible paseo en bote puede tener un efecto reparador, incluso para el espectador. De la misma manera, la disolución de voces en medio de un asado resulta un eficaz recurso para identificarse con el estado de desatención de Iván, ayudado por la mirada siempre expresiva del actor Edgardo Castro. No parece una buena elección, en cambio, Anne Deval para Marie, hablando un castellano afrancesado que le resta naturalidad al personaje, y cuyo punto de vista, por otra parte, recién cobra alguna importancia hacia el final.
Continuando inquietudes que ya puso de manifiesto en el corto La mínima distancia (2000) y el mediometraje La íntima distancia (2005), en su primer largometraje Castagnani, por encima de posibles influencias (Antonioni, Ceylan, el Favio de El romance del Aniceto y la Francisca), evidencia sensibilidad, conciliando forma y fondo, ayudada por un buen equipo: la elaboración de los encuadres, la delicada labor de iluminación y cámara de Mauricio Riccio, la dirección de arte de Lucas Comparetto y el trabajo con el sonido de Fernando Romero y Santiago Zecca, muestran una claridad de objetivos y un nivel de calidad inusuales en nuestro medio.

Por Fernando Varea

http://lainfinitadistancia.blogspot.com/

Militante de la violencia

CARLOS
(2010; dir: Olivier Assayas)

No era sencillo contar la historia de Ilich Ramírez Sánchez, alias Carlos, terrorista venezolano que, desde su participación en la causa del Frente Popular para la Liberación de Palestina a comienzos de los ’70 hasta convertirse en mercenario al servicio de países árabes dos décadas después, fue atravesando una trayectoria progresivamente oscura, conectado siempre con facciones de distintos gobiernos beligerantes. Olivier Assayas (1955, París, Francia) consigue hacer de esa historia algo vivo, cercano, movilizador.
Apenas comienza Carlos, ya se lo ve al protagonista polemizar con alguna de sus compañeras en torno a la legitimidad de la lucha armada. “No sirve desfilar”, dice, cuando le preguntan por qué no participó de una marcha contra Pinochet. Pronto, la rapidez y frialdad con las que lleva a cabo algunos atentados o mata policías para no ser arrestado, lo muestran más como un inconmovible defensor de sí mismo que como militante idealista. Sus maniobras, sumadas a su imagen de galán duro, llevaron al periodismo a alimentar la leyenda: “Match: Carlos 3, DTS 0”, titulaba Liberation su asesinato de tres agentes, como si se tratara de una competencia deportiva.
Assayas (director de las excelentes Irma Vep y Las horas del verano) convierte este trayecto por la vida de Carlos en un intenso retrato de época, con una ambientación nunca enfática, iluminación de tonos terrosos y buenos aportes musicales (que comprenden desde Pablo Milanés hasta New Order y The Feelies).
A diferencia de lo que seguramente hubiera ocurrido en manos de productores hollywoodenses, Carlos no se deslumbra con el lujo que anida en los centros del poder: no hay lustrosas imágenes de embajadas o de prolijos funcionarios en pose. Acá todo es sanguíneo y sucio, un hervidero, una discusión permanente. Ni siquiera la cuantiosa suma en dólares que el protagonista acepta, renunciando a sus objetivos y enfrentándose con compañeros y mandamases (un momento de quiebre en la película), implica despliegue de dinero o de ostentaciones en el film.
Otro acierto de Assayas ha sido la construcción física del personaje principal, ayudado indudablemente por la cinematográfica presencia del actor Edgar Ramírez. Tanto cuando ejecuta sus sangrientos planes como en la intimidad (solo o con cualquiera de sus mujeres), aparece egoísta, tan sagaz como arrogante, sensual pero displicente, fumando siempre, como una suerte de rock star ajeno a los sentimientos de los demás.
Aunque el formato original de Carlos es el de una miniserie televisiva, fue filmada en 35 mm y en cinemascope, y la versión estrenada en cines (cuya duración se redujo a la mitad del original) es obra del propio director. Esta reducción del material implica que hayan desaparecido escenas de la infancia del protagonista y que ciertos personajes tengan un desarrollo muy breve. En nuestro país, además, lamentablemente, se ha estrenado sólo en copias en DVD.
Pero aún así, Carlos (que se presentó con gran repercusión en Cannes y fue premiada por la Asociación de Críticos de Los Ángeles y de New York) es una experiencia excitante, con recordables secuencias como la del secuestro de ministros de países exportadores de petróleo durante la cumbre de la OPEP en Viena, en 1975, tramo no sólo apasionante por su tensión narrativa sino, también, por su concurrencia de ideas estimulantes y contradictorias.

Por Fernando Varea

http://carlos.canalplus.fr/

Cría cuervos

HANNA
(2011; dir: Joe Wright)

El bosque, los animales, la nieve, la cabaña humeante: las primeras escenas de Hanna evocan la atmósfera de viejos cuentos, esos que hojea en un momento la propia protagonista, una niña entrenada por su padre lejos de la civilización, para sobrevivir y matar. Después van surgiendo algunos convencionalismos que parecen salidos de una comedia menor (sobre todo durante el encuentro de la chica con una familia comprensiva algo estereotipada), pero el tono ligeramente fantástico vuelve a aflorar con una persecución en el interior de un parque de diversiones vacío.
En tanto, hay algo maravilloso también en el paso de un ámbito a otro que conllevan las idas y venidas de Hanna (encarnada por Saoirse Ronan, la adolescente nominada al Oscar tres años atrás por Expiación, deseo y pecado). Abriendo una claraboya se puede aparecer en un desierto marroquí, y tras un viaje inesperado encontrarse, no sin sorpresa, recorriendo calles españolas o alemanas. Y, sin embargo, lo increíble para ella es lo que integra naturalmente la vida cotidiana de todos pero no de la suya, como tener una amiga, dar un beso, escuchar música o sentirse parte de una familia.
Aunque estos elementos la adornan o enriquecen, Hanna no pretende mucho más que ser un terso film de acción, con la chica perseguida por Melissa (una fría agente de la CIA interpretada por Cate Blanchett) y unos secuaces medio ridículos, quienes también están detrás del padre de Hanna (un Eric Bana casi tan imbatible como ella). Se descubrirá, además, que la fuerza con la que la protagonista afronta todo tipo de peligros proviene de algo más que de sus años de reclutamiento.
Joe Wright (1972, Londres, Inglaterra) lleva a cabo su trabajo sin histeria videoclipera ni excesos de crueldad. Hay elegancia formal y una precisión encomiable en la construcción de cada secuencia: cámara en movimiento y planos muy breves cuando estalla la violencia, luz cálida y planos detalle cuando Hanna dialoga acostada con su amiga, fría belleza en los ambientes en los que se mueve Melissa. Algunas decisiones lucen particularmente atinadas: una aparición inesperada en el desierto interferida por destellos de sol como un posible espejismo, la irrupción en un extraño cabaret con imágenes enrarecidas, un inquietante plano secuencia como prólogo a un ataque en una estación, un magnífico plano de Melissa saliendo de la boca del lobo en el parque mientras apunta con su arma. Todo ello contribuye al sentido del espectáculo que supone Hanna, lo mismo que la música de The Chemical Brothers, nunca excesiva.
Divertimento de calidad, lo más reprochable del film de Wright no es la inverosimilitud de algunos episodios o cierto sadismo de los personajes (que conforman las reglas del juego), sino el gusto con el que manipula cierta idea de venganza. Si la ausencia de valores y la necesidad de afecto redimen, ambiguamente, los letales comportamientos de Hanna, el breve plano final la muestra como heroína vindicatoria. Cerrando el relato, de paso, sin sutileza alguna.

Por Fernando G. Varea

http://hannathemovie.com/

50.000 visitas

Procurando convertirse en un espacio para reflexionar y discutir sobre el mundo audiovisual, abriéndose dificultosamente camino entre los medios de difusión tradicionales, y con la colaboración y el apoyo de muchos, Espacio Cine llegó a las 50.000 visitas. Mientras transita su tercer año de existencia, sigue deseando, como siempre, comentarios y sugerencias que sirvan para mejorarlo.

Algunas miradas sobre la TV

Aunque la televisión haya perdido forzosamente el lugar de principal proveedor de imágenes en nuestra vida diaria –compitiendo con computadoras, teléfonos celulares o cámaras digitales–, sigue pesando en nuestro tiempo libre, apareciendo en conversaciones y nutriendo la agenda periodística. Hay frases dichas en TV que se repiten como consignas, personajes que rápidamente pasan a ser como de la familia y episodios que, aunque no hayan sido vistos en el momento de su emisión, rebotan en youtube y son comentados en radio, diarios y revistas. Prueba de que la televisión no ha perdido su influencia es la exaltación con la que se suele polemizar sobre algunas de sus producciones.
Sin embargo, la mayoría de las veces, el debate se limita a dos cuestiones que -aunque relevantes- no merecerían tanto análisis: su perfil pasatista (es característica específica del medio su afán seductor y la necesidad de nunca dejar de ser, en palabras de González Requena, “un espectáculo permanente”) y la parcialidad informativa de sus noticiarios y programas periodísticos (que siempre responderán a intereses o ideas de quienes los sustentan). La uniformidad de opiniones y otros problemas llevaron, incluso, a impulsar una nueva Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual.
Pero permanecen al margen las discusiones en torno al aprovechamiento del lenguaje televisivo y la exploración de sus posibilidades. Un producto se considera aventurado si sus periodistas o sus actores hablan de corrupción o de mentiras, pero no por su creatividad o su estilo. 678 desmonta con astucia discursos aceptados pasivamente, pero su formato es el que viene repitiéndose desde hace cincuenta años (periodistas sentados alrededor de una mesa) y su idea de comentar la actualidad editando material previo es la misma que ya aplicaba Miguel Rodríguez Arias en Las patas de la mentira (1990). En El otro lado Fabián Polosecki aleaba imagen, música, reflexiones en off y testimonios (estos dos últimos como si se tratara de serenas confesiones) sin bajadas de línea y consiguiendo un programa tan sencillo como profundo, pero de esto hace casi veinte años. Los unitarios y telecomedias de la TV local han progresado en calidad técnica y suelen recurrir a buenos actores, pero, sujetos a meras intrigas y enredos sentimentales, pocas veces (Los simuladores, Lalola) se apartan del realismo melodramático o costumbrista. Todavía lo imaginativo o lo diferente hay que rastrearlo en los márgenes de la programación (video-clips, separadores), en canales de cable (algunas series extranjeras), en horarios marginales (Filmoteca) o en ciclos infantiles (como el programa de animación local Cabeza de ratón). ¿Hay algo de bueno o de nuevo en la televisión de los últimos años? Espacio Cine pidió reflexiones sobre el tema a un puñado de periodistas y personas vinculadas al medio.
GUSTAVO NORIEGA
(Crítico de cine y TV, director de revista El Amante)
No veo mucha TV de aire, a menos que uno considere televisión la transmisión de partidos de fútbol, cosa que consumo de manera totalmente descontrolada. Las ficciones norteamericanas emitidas por el cable están marcando un panorama nuevo, sorprendente. Buena parte de la creatividad del mundo del cine se desplazó allí, convirtiendo a la TV en un territorio menos codificado y estandarizado de lo que venía siendo. La deriva argumental de Lost, la manía preciosista de Mad Men, la precisión política de The West Wing, cualquiera puede poner su ejemplo. En las series norteamericanas, los profesores de secundario con problemas económicos se hacen prostitutos (Hang) o dealers de droga (Breaking Bad): nada parece a priori demasiado escandaloso como para no poder ser emitido. La clave, creo yo, reside en que el consumo de cine ha sido acaparado por los niños y los adolescentes, y los adultos han buscado refugio en la TV. De esta manera, la TV presenta dos ventajas para la gente madura: en primer lugar, ofrece una programación más libre y no lastrada por el infantilismo; y, por otro lado, permite poner distancia de los adolescentes, que están en el cine.
HUGO PAREDERO
(Periodista especializado, guionista televisivo, autor)
¡La TV de los últimos tiempos! Insoportable y fascinante, reiterativa y con espaciadas gotas de inteligencia o creatividad, obscena y mentirosa, informativa y distorsionadora, útil y perjudicial, más o menos como siempre. La televisión es ese familiar irritante que nos sobrevivirá a todos, y con el cual nos vemos obligados a establecer vínculos dándonos por destinatarios de todo lo que sale de su pantalla. Para ello disponemos de un artefacto electrodoméstico, llamado televisor. Podemos apagarlo cada vez que el familiar nos enloquece, pero no por eso somos dueños de que se apague para otros. Eso nunca. Aun pensando en el peor de los apagones a nivel mundial, siempre habrá un familiar encendido para alegrar, perturbar, modificar, distraer, cagar la vida de quien corresponda… Los entendidos en analizar la televisión la llaman medio de comunicación audiovisual, los entendidos en explotarla industrialmente la llaman gran negocio, los entendidos en producirla en todos sus niveles la llaman medio de trabajo, llamaríamos bienaventurados a los desentendidos que encuentran la luz en su camino y descubren que hay vida más allá de la tele. En ese sentido puedo decir que estoy viviendo en situación de telebuenaventuranza. Porque hay días en que no la enciendo porque no tengo tiempo ni deseo, estoy con otra cosa. Igual puedo encender y engancharme con algún ilustrado tan entregado como ante un boludo, no soy sectario con la agenda del familiar. Pero extrañarlo, nunca. Hay tantas cosas mejores en su lugar: la radio, la música elegida (siempre infalible), la compu (siempre derrochona en novedades), el cine, los libros, las caminatas, el amor, los árboles, la calle con la gente tanto más fascinante y soportable cuando podemos observarla accionando en vivo (no en pantalla). Por todo esto siento que perdería tiempo si sigo hablando de la tele; ella me lo robaría, bah. Porque no sé si hace falta aclarar que se trata de un familiar corrupto y extorsionador, irremediablemente también.
JORGE NIELSEN
(Director de Ediciones del Jilguero, autor de ‘La magia de la TV argentina’ y otros libros)
En la tele de aire no hay demasiado novedoso importante para remarcar. Un Tinelli hegemónico, programas de archivo o comentando la realidad (678 es un buen ejemplo), la tarde copada por los ciclos de espectáculos-chimentos, llegando a las hasta hace poco inmaculadas pantallas de Telefe y El Trece. Creo que se está dando una democratización del fenómeno televisivo. La tele de aire sin demasiado nuevo por decir (lo mejor lejos es Capusotto, pero lleva varios años en pantalla, son pocos programas por año y su estética puede referenciarse en 1992 con De la cabeza) está perdiendo posiciones frente a la TV por cable y las diversas opciones que se puedan ver y escuchar en las pantallas de la propia TV o la computadora. Hay una nueva forma de autoprogramación, cada individuo puede armar su propia programación, con TV abierta, por cable, por cable con anabólicos, bajando películas o series, etc. Eso es bárbaro, aunque en contrapartida no hay ese programa que si no lo ves y no lo comentás al día siguiente con tus conocidos o compañeros de trabajo, quedás fuera de la conversación. En términos generales veo a la Argentina en una profunda crisis cultural (desde los niveles de la educación hasta la guita que se llevan afuera los empresarios y las casas intrusadas que cuando desalojan las queman o afanan ventanas) y la muy profesional TV argentina refleja y devuelve, distorsionada y ampliada, elementos de esa crisis. Para destacar nuevas figuras (salvo actores o actrices) hay que remontarse al período 1990-1995, cuando empiezan a jugar en las primeras ligas Tinelli, Pergolini, Suar, Rial y Polosecki.
PAULO PÉCORA
(Realizador, videasta, periodista)
Desde hace ya varios años, la imagen y las temáticas sensacionalistas ocupan cada vez más espacio en la programación de los canales de TV de todo el mundo. Las imágenes de miseria, guerra, accidentes, catástrofes o atentados se mezclan con las de millonarios mediáticos que ostentan sin vergüenza sus egos y sus lujos, así como con mediáticos, freaks, hombres diminutos, animales de dos cabezas y otras rarezas y curiosidades por el estilo. La TV pasó de ser un espacio de información, entretenimiento y esparcimiento productivo, un lugar donde prevalecían mensajes y expresiones culturales de todo tipo, o donde las personas podían encontrar un canal de formación enciclopédica a la medida de su tiempo libre, a parecerse cada vez más a una feria de atracciones. Si bien en la Argentina el sensacionalismo ya estaba presente en algunos pocos programas específicos, actualmente parece haberse instalado en toda la grilla, incluidos algunos noticieros y programas de discusión política que se consideran a sí mismos serios (no hace falta más que sintonizar La cornisa, de Luis Majul, para comprobarlo). La forma en la que los locutores sobreactúan al leer algunas noticias, los temas intrascendentes pero coloridos que se difunden en desmedro de hechos más importantes, o el modo en que se dirigen las preguntas hacia los puntos más superficiales de un problema, son ejemplos de esta tendencia que busca esconder o disimular los verdaderos ejes de la realidad política, económica y social detrás de infinitos velos de sucesos leves o espectaculares. El sensacionalismo es una estrategia de manipulación de la información periodística dirigida a atrapar la atención del público, valorizando emociones fuertes en detrimento de la información y del razonamiento reflexivo y crítico del espectador. Para eso se vale de recursos de distorsión narrativa de los hechos, como la exageración y la dramatización. Se trata de un mecanismo que presenta los aspectos más llamativos de una noticia o de un suceso para producir una emoción (angustia, dolor, compasión, miedo, estupor) y, de ese modo, atrapar al espectador, a través de una deformación o manipulación de los hechos. Más allá de la elección interesada de temas escabrosos, la efectividad del sensacionalismo está especialmente en la forma particular que tiene para comunicarlos. Grandes titulares, placas rojas, locuciones exageradas, repetición de sucesos, edición veloz y fragmentada de las imágenes, uso arbitrario de fotos e ilustraciones impactantes, todo está dirigido a conmover la sensibilidad del televidente y a anular su capacidad reflexiva.
DIEGO BATLLE
(Crítico de La Nación, director del sitio Otros Cines)
Las pocas series que veo son Mad men, The walking dead, Curb your enthusiasm y The big C, entre otras. Veo mucho fútbol (ver al Barca de Messi es un placer) y otros deportes, poco cine en TV (básicamente documentales) y algún que otro programa de noticias o política. Pero, a veces, paso días sin prender la tele.
CLAUDIO CALDINI
(Cineasta experimental, videasta, músico, docente)
No veo TV y si lo hago es para ver películas. El cine es lo mejor que hay para ver en televisión; los programas diarios o las series no me interesan, apenas conozco títulos o nombres de conductores, no hay nada allí que atraiga mi atención por mas de 10 segundos. Ni siquiera me interesó Twin peaks. Recuerdo a Jorge Luis Borges diciendo (creo que en 1984) “¿Vamos a cambiar el estudio de la maravillosa Alicia por el estudio del canal 9?”
RAÚL MANRUPE
(Periodista, coordinador del área Cine Y Video del Centro Cultural Rojas, de Bs As)
La forma de mirar imágenes en movimiento cambió y sigue cambiando. Para muchos jóvenes de edad y no tanto, el televisor puede servir de (reloj) despertador, sonido de fondo al uso de la PC o Mac (¿Cómo va el partido? No sé, no lo estoy mirando), imágenes cambiantes y mudas en lugares públicos. Desde los monitores, Cuevana y otros sitios de descarga o avistaje de películas le sacan público al televisor, que en los mejores casos, aspira a ser otro monitor (plasma) con pretensiones de cine, para ver películas. En la vereda y otros medios de transporte se venden películas. Los capítulos de las series norteamericanas de éxito, se traducen y suben a internet en el mismo día. En tanto, Fútbol para todos con su propuesta democratizante y programación escalonada de los partidos implica un nuevo furor por ver y una abstinencia cada vez mayor cuando no hay. En el debe, los relatos y comentarios, a cargo de un Marcelo Araujo envejecido a la cabeza de un grupo no siempre acertado, que a veces incurre en la propaganda. Marcelo Tinelli, máximo referente televisivo desde hace años es hoy un showman, el comediante en la propuesta que combina bellos cuerpos en danza, un jurado donde cada uno es un personaje y una buena dosis de grotesco, chistes privados y detalles de millonario, ahora que Ricardo Fort no tiene pantalla. El zapping nos permite oscilar entre el apoyo total al gobierno de 678 contrapesando la crítica total de TN o C5N. Es llamativo este contraste. No hay una opción que muestre lo bueno y lo malo, quedando eso a cargo del espectador. Las redes sociales juegan un rol cada vez más importante. Beatriz Sarlo entonces puede tener tanto impacto como Juanita Viale. El canal Encuentro es un hallazgo de creatividad, inteligencia y contenidos y fuente de trabajo para artistas y profesionales. Paka-Paka sigue ese camino, con el agregado de una cruzada política que si bien justa, deriva al combate político. La televisión pública (otro nombre diferente más para el viejo canal 7) alterna como siempre aciertos y errores. En toda la oferta sigue la explicitez en el sexo, la violencia y lo sangriento. Incluso en canales dedicados a los animales o a la ciencia podemos ver alguna operación de cerebro o una autopsia. Las tiras de Pol-ka repiten repartos. Faltan programas cómicos. Faltan programas de investigación. Se pasan documentales. Hay cierta cultura de lo esperpéntico. Pero siempre sigue el afán de investigar, descubrir, revisar, más allá de las banderas. Algo importante a destacar, y que a veces no notamos, inmersos en nuestra historia de confrontaciones: el 17 de octubre se cumplen 60 años de televisión argentina. Hemos visto tantas cosas desde entonces… La forma de mirar imágenes en movimiento cambió y sigue en eso, la forma de transmitirlas también. Nos falta tanto por aprender… por suerte.
PABLO MAKOVSKY
(Periodista, escritor)
No miro TV, ni siquiera registro cuando hay un televisor por ahí. Sin embargo, creo que tengo una buena cultura televisiva y miro series, pero siempre por internet. Veo con devoción Fringe, Boardwalk Empire, Breaking Bad, The killing, The walking dead y no sé cuántas más. Miré encantado Todos contra Juan. Le descargué a mi hijo todas las temporadas de 31 minutos, magistral programa chileno para chicos, y lo miro con él. También le bajé Hijitus, que es a veces tan freak que nos provoca la ternura que despiertan ciertos idiotas. Hice televisión en los 90, copiábamos el programa El monitor argentino, vi los documentales de Prelorán, frecuenté los de la BBC, etc. Creo que en la TV argentina actual sólo hay de bueno unas cosas que vi de refilón en Paka Paka o en Encuentro. Veo que hay gente que tiene el televisor prendido todo el tiempo, por lo general en programas que de sólo ver que existen me deprimen y enfurecen, aunque no creo que eso tenga importancia. A mí se me hace que la TV llegó recién ahora a ser lo que iba a ser, es decir: lo que funestamente profetizaban Orwell, Dick, etc. (siempre y cuando estemos refiriéndonos a programas como los que mencionan los idiotas de turno en la radio: Tinelli y no sé cuántos más). No sé si podría ser de otra manera, en ese sentido fue, es y será siempre un ruido. Que haya en estos momentos en EEUU y Europa producciones de series que ponen al cine casi en el lugar que la fotografía puso a la pintura a fines del siglo XIX, es un fenómeno aparte, pero es la TV también, sólo que con un relato, es decir, con la posibilidad de interpretar el mundo. No creo, por último, que haya una gran necesidad de renovar formas en la TV, porque las formas lo son todo cuando lo que se hace es algo más que un ruido. Celebro, además, que no haya mayor inventiva en lo formal, de lo contrario estaríamos ante algo realmente grave y demoníaco.
JUAN MASCARDI
(Periodista, director de las carreras de Periodismo y Realización Audiovisual de la UAI Rosario)
Hacia fines del 2010 escribí una reflexión sobre el proyecto Crónica Z (especie de híbrido entre el audiovisual y el digital) para la revista Replicante de México. Aquella vez arranqué la nota diciendo: “Cuando pensé que sabía lo suficiente sobre periodismo televisivo nació YouTube. Y lo cambió todo”. La plataforma de videos en línea más grande del planeta resquebrajó la narrativa periodística televisiva en una época de transición. Mientras el teleperiodismo aún seguía en pañales y llevaba poco más de una década abandonando su tono radial, la era digital terminó de fracturar a la hermana menor de la radio. Y para completar el desconcierto periodístico en medio de debates sobre polivalencia, nuevos espacios, el rol de los usuarios y la transformación de los receptores, se consolidó Twitter como gran actor del 2010 y su impacto en la labor de la prensa agigantó el cimbronazo. El temblor se hizo visible y obligó a repensar la comunicación vertical de los medios tradicionales. La TV está desconcertada, replicando un modelo analógico en plena era digital. No obstante, la reina TV sigue imponiendo a fuerza de aguja hipodérmica la agenda de medios. Y, en este pulso crepuscular, algunas acciones alientan a narrativas que se mezclan, se fusionan y le sacan el polvillo que alguna vez sacudió Alberto Olmedo y su humor rompe escenografías de No toca botón. La TV y sus biógrafos especializados Pablo Sirvén o Carlos Ulanovsky siguen analizando contenidos que se generan en la fábrica de las deformidades más horripilante del mundo: Buenos Aires. Mientras tanto, el audiovisual extranjero galopa timorato en otras latitudes. Las producciones no porteñas replicando en señales nacionales son un hito que marca el cambio de un rumbo. Va mucho más allá que el debate barato sobre Beatriz Sarlo y el team 678. Lo mejor que he visto en este último tiempo son dos realizaciones del rosarino Héctor Molina: Unidositres y Los Rosarinos. En ambas, Molina hace lo mejor que sabe hacer: aprovechar al máximo la espontaneidad mezclada con cierta dosis de ingenuidad. Esa frescura es la que le falta a la deforme TV porteña. Se llevan también mis aplausos Memoria del suelo y los micros Sopa de sapo de la Señal Santa Fe y la producción entrerriana Un viaje al País de los Panza Verde de Encuentro. Y a estar atentos al servicio informativo de Telefé Noticias, que, con el español Paco Mármol a la cabeza, está desestructurando el modelo CNN que ya es mucho más que pasado. No queda bien que lo diga, porque estoy trabajando en ese grupo; pero coincido ideológicamente con esa manera de pensar el periodismo televisivo: menos corbatas, más escenas, más sonido ambiente, más humanidad, más historias, más vida.
LEANDRO CERUTI
(Periodista, productor)
Bajo una suerte de preconcepto o falsa idea de entretenimiento, agentes protagonistas de la industria televisiva parecen dar justificación al criterio con que pueblan las grillas horarias de los canales, con un tipo de contenido que ya parece haberse perpetrado como una fórmula. Dejando de lado las ficciones, que merecen un comentario aparte y han dejado en evidencia (pese a todo tipo de cuestionamientos que puedan hacerse) una notable evolución de narrativa y realización (basta volver a mirar la ficción televisiva de los ’90 hacia atrás), el resto de la programación tomó un rumbo definido para estructurar la agenda de contenidos con la misma producción del medio. La realidad, como objeto referencial, reemplazada por la representación misma, como nuevo objeto referencial. El semiólogo argentino Mario Carlón comenzó a indagar sobre este tema cuando los primeros programas que decidieron editorializar sobre la misma TV proliferaron a un ritmo vertiginoso (recuérdese PNP, o los inicios de TVR). A grandes rasgos, Carlón categorizó este tipo discursivo, el de la TV que habla sobre la TV, para definirlo como metatelevisión, en obvia referencia al concepto de metamensaje. Es interesante, por ende, acercarnos a dicha idea que parece hoy motorizar el éxito de la mayoría de los programas que van por fuera de la ficción o los noticieros (dentro de los cuales quedaría comprometida la página de espectáculos). La nueva realidad que actúa como referente, una realidad gestada desde el mismo interior de su representación, parece ser la agenda setting preferida por la audiencia que acusan los registros de IBOPE. Mientras tanto, las alternativas dan batalla a través de las pantallas frías en rating, con la posibilidad de multiplicarse y promocionarse (Encuentro, INCAA TV, Paka Paka), lentamente quizás, pero asumiendo que sus lugares ya son un hecho, y no una eventual oportunidad en una señal perdida de cualquier monopolio. He trabajado en TV como productor y cronista en Rosario, y en Buenos Aires formé parte de una propuesta que vio su final recientemente porque sólo un canal como la TV Pública puede apostar a tenerlo en su grilla: la idea de Juan Alberto Badía que llegó al aire bajo el nombre de Estudio País, no habría podido continuar en ninguna de las señales privadas. Una alternativa que debería haber competido con una decena de productos metatelevisivos, con resultados cantados.
DIEGO ROLLE
(Realizador de dibujos animados, director con Pablo Rodríguez Jáuregui del programa televisivo “Cabeza de ratón”)
Primero me gustaría hacer una salvedad: hacer TV es ingrato y difícil. En general, los que nos dedicamos a cualquier rama de la realización audiovisual, lo sabemos: por el tiempo y esfuerzo que lleva hacerlo y por el escaso reconocimiento que puede tener por parte del público en general. Es cierto que se nos dificulta (o no sabemos) generar producciones que alcancen un amplio rango de espectadores, pero quizá tenga que ser así. Hoy, pienso, la televisión argentina (la masiva) fue dinamitada por los tinellis, los suares y los noticieros que ya no reflejan la realidad sino lo que les conviene (pero está bien, digo irónicamente, en la TV nada es real). Quizá tengamos que apuntar a un público no-masivo, quizá tengamos que desaprender tantos preconceptos que nos metieron en la cabeza de que tenemos que generar productos de consumo masivo si queremos triunfar. Quizá, con muchos de estos proyectos pequeños, honestos, propios, podamos inundar los diversos canales de televisión y como pequeñas hormigas ir desarticulando a los intocables de la TV nacional. La gente no quiere ver Tinelli, se lo imponen. La gente no es tonta. La gente disfruta de programas con buenos contenidos, que los haga pensar, que los haga debatir. Es mentira que la gente llega cansada del laburo y lo único que quiere ver a la noche es un puterío. En ese sentido, las mega producciones norteamericanas son mejores. En cierta forma te hacen pensar. Como en Lost (que si bien no fue algo muy novedoso, fue muy interesante): con sus nombres de personajes de filósofos y científicos y sus teorías estrafalarias de electromagnetismo nos mantuvieron bastante entretenidos y a la vez podíamos decir cosas como que Desmond lleva el mismo apellido que el filósofo escocés David Hume. En fin, no fue la gran cosa pero por lo menos nos mantenían las neuronas haciendo sinapsis por un rato. O como en Fringe, con sus personajes simples y su intrincado contenido de auténtica ciencia ficción, que muchos se equivocan al comparar con X Files, ya que no hablan ni de extraterrestres ni de hechos paranormales. En Fringe todo tiene su explicación en la ciencia (ficción). Y podría nombrar más series extranjeras pero no viene al caso, porque nuestra tarea no es imitar lo que viene de afuera, sino hacer algo que tenga que ver con nosotros en relación a nuestro contexto y nuestra cosmovisión. Hubo material interesante en estos últimos años en nuestro país como Todos contra Juan, Los simuladores o Hermanos y detectives. Y los ya clasicos Okupas o Tumberos. Pero son pocas estas producciones en donde se ve un trabajo interesante y, a la vez, de alcance masivo. Creo que ahora tenemos una gran oportunidad, estamos en un momento en donde, aparentemente, tendremos la posibilidad de modelar la TV que queremos. Será cuestión de no repetir fórmulas y de mostrarnos tal cual somos.