Algunas miradas sobre la TV

Aunque la televisión haya perdido forzosamente el lugar de principal proveedor de imágenes en nuestra vida diaria –compitiendo con computadoras, teléfonos celulares o cámaras digitales–, sigue pesando en nuestro tiempo libre, apareciendo en conversaciones y nutriendo la agenda periodística. Hay frases dichas en TV que se repiten como consignas, personajes que rápidamente pasan a ser como de la familia y episodios que, aunque no hayan sido vistos en el momento de su emisión, rebotan en youtube y son comentados en radio, diarios y revistas. Prueba de que la televisión no ha perdido su influencia es la exaltación con la que se suele polemizar sobre algunas de sus producciones.
Sin embargo, la mayoría de las veces, el debate se limita a dos cuestiones que -aunque relevantes- no merecerían tanto análisis: su perfil pasatista (es característica específica del medio su afán seductor y la necesidad de nunca dejar de ser, en palabras de González Requena, “un espectáculo permanente”) y la parcialidad informativa de sus noticiarios y programas periodísticos (que siempre responderán a intereses o ideas de quienes los sustentan). La uniformidad de opiniones y otros problemas llevaron, incluso, a impulsar una nueva Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual.
Pero permanecen al margen las discusiones en torno al aprovechamiento del lenguaje televisivo y la exploración de sus posibilidades. Un producto se considera aventurado si sus periodistas o sus actores hablan de corrupción o de mentiras, pero no por su creatividad o su estilo. 678 desmonta con astucia discursos aceptados pasivamente, pero su formato es el que viene repitiéndose desde hace cincuenta años (periodistas sentados alrededor de una mesa) y su idea de comentar la actualidad editando material previo es la misma que ya aplicaba Miguel Rodríguez Arias en Las patas de la mentira (1990). En El otro lado Fabián Polosecki aleaba imagen, música, reflexiones en off y testimonios (estos dos últimos como si se tratara de serenas confesiones) sin bajadas de línea y consiguiendo un programa tan sencillo como profundo, pero de esto hace casi veinte años. Los unitarios y telecomedias de la TV local han progresado en calidad técnica y suelen recurrir a buenos actores, pero, sujetos a meras intrigas y enredos sentimentales, pocas veces (Los simuladores, Lalola) se apartan del realismo melodramático o costumbrista. Todavía lo imaginativo o lo diferente hay que rastrearlo en los márgenes de la programación (video-clips, separadores), en canales de cable (algunas series extranjeras), en horarios marginales (Filmoteca) o en ciclos infantiles (como el programa de animación local Cabeza de ratón). ¿Hay algo de bueno o de nuevo en la televisión de los últimos años? Espacio Cine pidió reflexiones sobre el tema a un puñado de periodistas y personas vinculadas al medio.
GUSTAVO NORIEGA
(Crítico de cine y TV, director de revista El Amante)
No veo mucha TV de aire, a menos que uno considere televisión la transmisión de partidos de fútbol, cosa que consumo de manera totalmente descontrolada. Las ficciones norteamericanas emitidas por el cable están marcando un panorama nuevo, sorprendente. Buena parte de la creatividad del mundo del cine se desplazó allí, convirtiendo a la TV en un territorio menos codificado y estandarizado de lo que venía siendo. La deriva argumental de Lost, la manía preciosista de Mad Men, la precisión política de The West Wing, cualquiera puede poner su ejemplo. En las series norteamericanas, los profesores de secundario con problemas económicos se hacen prostitutos (Hang) o dealers de droga (Breaking Bad): nada parece a priori demasiado escandaloso como para no poder ser emitido. La clave, creo yo, reside en que el consumo de cine ha sido acaparado por los niños y los adolescentes, y los adultos han buscado refugio en la TV. De esta manera, la TV presenta dos ventajas para la gente madura: en primer lugar, ofrece una programación más libre y no lastrada por el infantilismo; y, por otro lado, permite poner distancia de los adolescentes, que están en el cine.
HUGO PAREDERO
(Periodista especializado, guionista televisivo, autor)
¡La TV de los últimos tiempos! Insoportable y fascinante, reiterativa y con espaciadas gotas de inteligencia o creatividad, obscena y mentirosa, informativa y distorsionadora, útil y perjudicial, más o menos como siempre. La televisión es ese familiar irritante que nos sobrevivirá a todos, y con el cual nos vemos obligados a establecer vínculos dándonos por destinatarios de todo lo que sale de su pantalla. Para ello disponemos de un artefacto electrodoméstico, llamado televisor. Podemos apagarlo cada vez que el familiar nos enloquece, pero no por eso somos dueños de que se apague para otros. Eso nunca. Aun pensando en el peor de los apagones a nivel mundial, siempre habrá un familiar encendido para alegrar, perturbar, modificar, distraer, cagar la vida de quien corresponda… Los entendidos en analizar la televisión la llaman medio de comunicación audiovisual, los entendidos en explotarla industrialmente la llaman gran negocio, los entendidos en producirla en todos sus niveles la llaman medio de trabajo, llamaríamos bienaventurados a los desentendidos que encuentran la luz en su camino y descubren que hay vida más allá de la tele. En ese sentido puedo decir que estoy viviendo en situación de telebuenaventuranza. Porque hay días en que no la enciendo porque no tengo tiempo ni deseo, estoy con otra cosa. Igual puedo encender y engancharme con algún ilustrado tan entregado como ante un boludo, no soy sectario con la agenda del familiar. Pero extrañarlo, nunca. Hay tantas cosas mejores en su lugar: la radio, la música elegida (siempre infalible), la compu (siempre derrochona en novedades), el cine, los libros, las caminatas, el amor, los árboles, la calle con la gente tanto más fascinante y soportable cuando podemos observarla accionando en vivo (no en pantalla). Por todo esto siento que perdería tiempo si sigo hablando de la tele; ella me lo robaría, bah. Porque no sé si hace falta aclarar que se trata de un familiar corrupto y extorsionador, irremediablemente también.
JORGE NIELSEN
(Director de Ediciones del Jilguero, autor de ‘La magia de la TV argentina’ y otros libros)
En la tele de aire no hay demasiado novedoso importante para remarcar. Un Tinelli hegemónico, programas de archivo o comentando la realidad (678 es un buen ejemplo), la tarde copada por los ciclos de espectáculos-chimentos, llegando a las hasta hace poco inmaculadas pantallas de Telefe y El Trece. Creo que se está dando una democratización del fenómeno televisivo. La tele de aire sin demasiado nuevo por decir (lo mejor lejos es Capusotto, pero lleva varios años en pantalla, son pocos programas por año y su estética puede referenciarse en 1992 con De la cabeza) está perdiendo posiciones frente a la TV por cable y las diversas opciones que se puedan ver y escuchar en las pantallas de la propia TV o la computadora. Hay una nueva forma de autoprogramación, cada individuo puede armar su propia programación, con TV abierta, por cable, por cable con anabólicos, bajando películas o series, etc. Eso es bárbaro, aunque en contrapartida no hay ese programa que si no lo ves y no lo comentás al día siguiente con tus conocidos o compañeros de trabajo, quedás fuera de la conversación. En términos generales veo a la Argentina en una profunda crisis cultural (desde los niveles de la educación hasta la guita que se llevan afuera los empresarios y las casas intrusadas que cuando desalojan las queman o afanan ventanas) y la muy profesional TV argentina refleja y devuelve, distorsionada y ampliada, elementos de esa crisis. Para destacar nuevas figuras (salvo actores o actrices) hay que remontarse al período 1990-1995, cuando empiezan a jugar en las primeras ligas Tinelli, Pergolini, Suar, Rial y Polosecki.
PAULO PÉCORA
(Realizador, videasta, periodista)
Desde hace ya varios años, la imagen y las temáticas sensacionalistas ocupan cada vez más espacio en la programación de los canales de TV de todo el mundo. Las imágenes de miseria, guerra, accidentes, catástrofes o atentados se mezclan con las de millonarios mediáticos que ostentan sin vergüenza sus egos y sus lujos, así como con mediáticos, freaks, hombres diminutos, animales de dos cabezas y otras rarezas y curiosidades por el estilo. La TV pasó de ser un espacio de información, entretenimiento y esparcimiento productivo, un lugar donde prevalecían mensajes y expresiones culturales de todo tipo, o donde las personas podían encontrar un canal de formación enciclopédica a la medida de su tiempo libre, a parecerse cada vez más a una feria de atracciones. Si bien en la Argentina el sensacionalismo ya estaba presente en algunos pocos programas específicos, actualmente parece haberse instalado en toda la grilla, incluidos algunos noticieros y programas de discusión política que se consideran a sí mismos serios (no hace falta más que sintonizar La cornisa, de Luis Majul, para comprobarlo). La forma en la que los locutores sobreactúan al leer algunas noticias, los temas intrascendentes pero coloridos que se difunden en desmedro de hechos más importantes, o el modo en que se dirigen las preguntas hacia los puntos más superficiales de un problema, son ejemplos de esta tendencia que busca esconder o disimular los verdaderos ejes de la realidad política, económica y social detrás de infinitos velos de sucesos leves o espectaculares. El sensacionalismo es una estrategia de manipulación de la información periodística dirigida a atrapar la atención del público, valorizando emociones fuertes en detrimento de la información y del razonamiento reflexivo y crítico del espectador. Para eso se vale de recursos de distorsión narrativa de los hechos, como la exageración y la dramatización. Se trata de un mecanismo que presenta los aspectos más llamativos de una noticia o de un suceso para producir una emoción (angustia, dolor, compasión, miedo, estupor) y, de ese modo, atrapar al espectador, a través de una deformación o manipulación de los hechos. Más allá de la elección interesada de temas escabrosos, la efectividad del sensacionalismo está especialmente en la forma particular que tiene para comunicarlos. Grandes titulares, placas rojas, locuciones exageradas, repetición de sucesos, edición veloz y fragmentada de las imágenes, uso arbitrario de fotos e ilustraciones impactantes, todo está dirigido a conmover la sensibilidad del televidente y a anular su capacidad reflexiva.
DIEGO BATLLE
(Crítico de La Nación, director del sitio Otros Cines)
Las pocas series que veo son Mad men, The walking dead, Curb your enthusiasm y The big C, entre otras. Veo mucho fútbol (ver al Barca de Messi es un placer) y otros deportes, poco cine en TV (básicamente documentales) y algún que otro programa de noticias o política. Pero, a veces, paso días sin prender la tele.
CLAUDIO CALDINI
(Cineasta experimental, videasta, músico, docente)
No veo TV y si lo hago es para ver películas. El cine es lo mejor que hay para ver en televisión; los programas diarios o las series no me interesan, apenas conozco títulos o nombres de conductores, no hay nada allí que atraiga mi atención por mas de 10 segundos. Ni siquiera me interesó Twin peaks. Recuerdo a Jorge Luis Borges diciendo (creo que en 1984) “¿Vamos a cambiar el estudio de la maravillosa Alicia por el estudio del canal 9?”
RAÚL MANRUPE
(Periodista, coordinador del área Cine Y Video del Centro Cultural Rojas, de Bs As)
La forma de mirar imágenes en movimiento cambió y sigue cambiando. Para muchos jóvenes de edad y no tanto, el televisor puede servir de (reloj) despertador, sonido de fondo al uso de la PC o Mac (¿Cómo va el partido? No sé, no lo estoy mirando), imágenes cambiantes y mudas en lugares públicos. Desde los monitores, Cuevana y otros sitios de descarga o avistaje de películas le sacan público al televisor, que en los mejores casos, aspira a ser otro monitor (plasma) con pretensiones de cine, para ver películas. En la vereda y otros medios de transporte se venden películas. Los capítulos de las series norteamericanas de éxito, se traducen y suben a internet en el mismo día. En tanto, Fútbol para todos con su propuesta democratizante y programación escalonada de los partidos implica un nuevo furor por ver y una abstinencia cada vez mayor cuando no hay. En el debe, los relatos y comentarios, a cargo de un Marcelo Araujo envejecido a la cabeza de un grupo no siempre acertado, que a veces incurre en la propaganda. Marcelo Tinelli, máximo referente televisivo desde hace años es hoy un showman, el comediante en la propuesta que combina bellos cuerpos en danza, un jurado donde cada uno es un personaje y una buena dosis de grotesco, chistes privados y detalles de millonario, ahora que Ricardo Fort no tiene pantalla. El zapping nos permite oscilar entre el apoyo total al gobierno de 678 contrapesando la crítica total de TN o C5N. Es llamativo este contraste. No hay una opción que muestre lo bueno y lo malo, quedando eso a cargo del espectador. Las redes sociales juegan un rol cada vez más importante. Beatriz Sarlo entonces puede tener tanto impacto como Juanita Viale. El canal Encuentro es un hallazgo de creatividad, inteligencia y contenidos y fuente de trabajo para artistas y profesionales. Paka-Paka sigue ese camino, con el agregado de una cruzada política que si bien justa, deriva al combate político. La televisión pública (otro nombre diferente más para el viejo canal 7) alterna como siempre aciertos y errores. En toda la oferta sigue la explicitez en el sexo, la violencia y lo sangriento. Incluso en canales dedicados a los animales o a la ciencia podemos ver alguna operación de cerebro o una autopsia. Las tiras de Pol-ka repiten repartos. Faltan programas cómicos. Faltan programas de investigación. Se pasan documentales. Hay cierta cultura de lo esperpéntico. Pero siempre sigue el afán de investigar, descubrir, revisar, más allá de las banderas. Algo importante a destacar, y que a veces no notamos, inmersos en nuestra historia de confrontaciones: el 17 de octubre se cumplen 60 años de televisión argentina. Hemos visto tantas cosas desde entonces… La forma de mirar imágenes en movimiento cambió y sigue en eso, la forma de transmitirlas también. Nos falta tanto por aprender… por suerte.
PABLO MAKOVSKY
(Periodista, escritor)
No miro TV, ni siquiera registro cuando hay un televisor por ahí. Sin embargo, creo que tengo una buena cultura televisiva y miro series, pero siempre por internet. Veo con devoción Fringe, Boardwalk Empire, Breaking Bad, The killing, The walking dead y no sé cuántas más. Miré encantado Todos contra Juan. Le descargué a mi hijo todas las temporadas de 31 minutos, magistral programa chileno para chicos, y lo miro con él. También le bajé Hijitus, que es a veces tan freak que nos provoca la ternura que despiertan ciertos idiotas. Hice televisión en los 90, copiábamos el programa El monitor argentino, vi los documentales de Prelorán, frecuenté los de la BBC, etc. Creo que en la TV argentina actual sólo hay de bueno unas cosas que vi de refilón en Paka Paka o en Encuentro. Veo que hay gente que tiene el televisor prendido todo el tiempo, por lo general en programas que de sólo ver que existen me deprimen y enfurecen, aunque no creo que eso tenga importancia. A mí se me hace que la TV llegó recién ahora a ser lo que iba a ser, es decir: lo que funestamente profetizaban Orwell, Dick, etc. (siempre y cuando estemos refiriéndonos a programas como los que mencionan los idiotas de turno en la radio: Tinelli y no sé cuántos más). No sé si podría ser de otra manera, en ese sentido fue, es y será siempre un ruido. Que haya en estos momentos en EEUU y Europa producciones de series que ponen al cine casi en el lugar que la fotografía puso a la pintura a fines del siglo XIX, es un fenómeno aparte, pero es la TV también, sólo que con un relato, es decir, con la posibilidad de interpretar el mundo. No creo, por último, que haya una gran necesidad de renovar formas en la TV, porque las formas lo son todo cuando lo que se hace es algo más que un ruido. Celebro, además, que no haya mayor inventiva en lo formal, de lo contrario estaríamos ante algo realmente grave y demoníaco.
JUAN MASCARDI
(Periodista, director de las carreras de Periodismo y Realización Audiovisual de la UAI Rosario)
Hacia fines del 2010 escribí una reflexión sobre el proyecto Crónica Z (especie de híbrido entre el audiovisual y el digital) para la revista Replicante de México. Aquella vez arranqué la nota diciendo: “Cuando pensé que sabía lo suficiente sobre periodismo televisivo nació YouTube. Y lo cambió todo”. La plataforma de videos en línea más grande del planeta resquebrajó la narrativa periodística televisiva en una época de transición. Mientras el teleperiodismo aún seguía en pañales y llevaba poco más de una década abandonando su tono radial, la era digital terminó de fracturar a la hermana menor de la radio. Y para completar el desconcierto periodístico en medio de debates sobre polivalencia, nuevos espacios, el rol de los usuarios y la transformación de los receptores, se consolidó Twitter como gran actor del 2010 y su impacto en la labor de la prensa agigantó el cimbronazo. El temblor se hizo visible y obligó a repensar la comunicación vertical de los medios tradicionales. La TV está desconcertada, replicando un modelo analógico en plena era digital. No obstante, la reina TV sigue imponiendo a fuerza de aguja hipodérmica la agenda de medios. Y, en este pulso crepuscular, algunas acciones alientan a narrativas que se mezclan, se fusionan y le sacan el polvillo que alguna vez sacudió Alberto Olmedo y su humor rompe escenografías de No toca botón. La TV y sus biógrafos especializados Pablo Sirvén o Carlos Ulanovsky siguen analizando contenidos que se generan en la fábrica de las deformidades más horripilante del mundo: Buenos Aires. Mientras tanto, el audiovisual extranjero galopa timorato en otras latitudes. Las producciones no porteñas replicando en señales nacionales son un hito que marca el cambio de un rumbo. Va mucho más allá que el debate barato sobre Beatriz Sarlo y el team 678. Lo mejor que he visto en este último tiempo son dos realizaciones del rosarino Héctor Molina: Unidositres y Los Rosarinos. En ambas, Molina hace lo mejor que sabe hacer: aprovechar al máximo la espontaneidad mezclada con cierta dosis de ingenuidad. Esa frescura es la que le falta a la deforme TV porteña. Se llevan también mis aplausos Memoria del suelo y los micros Sopa de sapo de la Señal Santa Fe y la producción entrerriana Un viaje al País de los Panza Verde de Encuentro. Y a estar atentos al servicio informativo de Telefé Noticias, que, con el español Paco Mármol a la cabeza, está desestructurando el modelo CNN que ya es mucho más que pasado. No queda bien que lo diga, porque estoy trabajando en ese grupo; pero coincido ideológicamente con esa manera de pensar el periodismo televisivo: menos corbatas, más escenas, más sonido ambiente, más humanidad, más historias, más vida.
LEANDRO CERUTI
(Periodista, productor)
Bajo una suerte de preconcepto o falsa idea de entretenimiento, agentes protagonistas de la industria televisiva parecen dar justificación al criterio con que pueblan las grillas horarias de los canales, con un tipo de contenido que ya parece haberse perpetrado como una fórmula. Dejando de lado las ficciones, que merecen un comentario aparte y han dejado en evidencia (pese a todo tipo de cuestionamientos que puedan hacerse) una notable evolución de narrativa y realización (basta volver a mirar la ficción televisiva de los ’90 hacia atrás), el resto de la programación tomó un rumbo definido para estructurar la agenda de contenidos con la misma producción del medio. La realidad, como objeto referencial, reemplazada por la representación misma, como nuevo objeto referencial. El semiólogo argentino Mario Carlón comenzó a indagar sobre este tema cuando los primeros programas que decidieron editorializar sobre la misma TV proliferaron a un ritmo vertiginoso (recuérdese PNP, o los inicios de TVR). A grandes rasgos, Carlón categorizó este tipo discursivo, el de la TV que habla sobre la TV, para definirlo como metatelevisión, en obvia referencia al concepto de metamensaje. Es interesante, por ende, acercarnos a dicha idea que parece hoy motorizar el éxito de la mayoría de los programas que van por fuera de la ficción o los noticieros (dentro de los cuales quedaría comprometida la página de espectáculos). La nueva realidad que actúa como referente, una realidad gestada desde el mismo interior de su representación, parece ser la agenda setting preferida por la audiencia que acusan los registros de IBOPE. Mientras tanto, las alternativas dan batalla a través de las pantallas frías en rating, con la posibilidad de multiplicarse y promocionarse (Encuentro, INCAA TV, Paka Paka), lentamente quizás, pero asumiendo que sus lugares ya son un hecho, y no una eventual oportunidad en una señal perdida de cualquier monopolio. He trabajado en TV como productor y cronista en Rosario, y en Buenos Aires formé parte de una propuesta que vio su final recientemente porque sólo un canal como la TV Pública puede apostar a tenerlo en su grilla: la idea de Juan Alberto Badía que llegó al aire bajo el nombre de Estudio País, no habría podido continuar en ninguna de las señales privadas. Una alternativa que debería haber competido con una decena de productos metatelevisivos, con resultados cantados.
DIEGO ROLLE
(Realizador de dibujos animados, director con Pablo Rodríguez Jáuregui del programa televisivo “Cabeza de ratón”)
Primero me gustaría hacer una salvedad: hacer TV es ingrato y difícil. En general, los que nos dedicamos a cualquier rama de la realización audiovisual, lo sabemos: por el tiempo y esfuerzo que lleva hacerlo y por el escaso reconocimiento que puede tener por parte del público en general. Es cierto que se nos dificulta (o no sabemos) generar producciones que alcancen un amplio rango de espectadores, pero quizá tenga que ser así. Hoy, pienso, la televisión argentina (la masiva) fue dinamitada por los tinellis, los suares y los noticieros que ya no reflejan la realidad sino lo que les conviene (pero está bien, digo irónicamente, en la TV nada es real). Quizá tengamos que apuntar a un público no-masivo, quizá tengamos que desaprender tantos preconceptos que nos metieron en la cabeza de que tenemos que generar productos de consumo masivo si queremos triunfar. Quizá, con muchos de estos proyectos pequeños, honestos, propios, podamos inundar los diversos canales de televisión y como pequeñas hormigas ir desarticulando a los intocables de la TV nacional. La gente no quiere ver Tinelli, se lo imponen. La gente no es tonta. La gente disfruta de programas con buenos contenidos, que los haga pensar, que los haga debatir. Es mentira que la gente llega cansada del laburo y lo único que quiere ver a la noche es un puterío. En ese sentido, las mega producciones norteamericanas son mejores. En cierta forma te hacen pensar. Como en Lost (que si bien no fue algo muy novedoso, fue muy interesante): con sus nombres de personajes de filósofos y científicos y sus teorías estrafalarias de electromagnetismo nos mantuvieron bastante entretenidos y a la vez podíamos decir cosas como que Desmond lleva el mismo apellido que el filósofo escocés David Hume. En fin, no fue la gran cosa pero por lo menos nos mantenían las neuronas haciendo sinapsis por un rato. O como en Fringe, con sus personajes simples y su intrincado contenido de auténtica ciencia ficción, que muchos se equivocan al comparar con X Files, ya que no hablan ni de extraterrestres ni de hechos paranormales. En Fringe todo tiene su explicación en la ciencia (ficción). Y podría nombrar más series extranjeras pero no viene al caso, porque nuestra tarea no es imitar lo que viene de afuera, sino hacer algo que tenga que ver con nosotros en relación a nuestro contexto y nuestra cosmovisión. Hubo material interesante en estos últimos años en nuestro país como Todos contra Juan, Los simuladores o Hermanos y detectives. Y los ya clasicos Okupas o Tumberos. Pero son pocas estas producciones en donde se ve un trabajo interesante y, a la vez, de alcance masivo. Creo que ahora tenemos una gran oportunidad, estamos en un momento en donde, aparentemente, tendremos la posibilidad de modelar la TV que queremos. Será cuestión de no repetir fórmulas y de mostrarnos tal cual somos.

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