Mar del Plata 2011: entusiasmo y buenas películas

Depende del cristal con que se lo mire. Si se compara la visita al Festival Internacional de Cine de Mar del Plata en su primera época (la mejor de sus 26 años de historia discontinua) de Vincent Minelli, François Truffaut, Pier Paolo Pasolini, Paul Newman o Vittorio Gassman, con la módica popularidad de quienes desfilaban este año por la alfombra roja antes de presenciar el acto de apertura –apenas aplaudidos por un puñado de curiosos–, éste parecería estar sobrellevando un inocultable proceso de debilitamiento. Si, en cambio, se lo relaciona con la frivolidad y los contratos oscuros de los tiempos de Menem/Mahárbiz, puede afirmarse que ahora el festival luce más acotado pero digno. Y, en tanto otros eventos similares exhiben mayor rigor en la elección de películas y miembros del jurado, el de Mar del Plata (presidido por José Martínez Suárez) luce menos exclusivo, más cálido, mejor dispuesto a favorecer la asistencia de estudiantes.
Es una lástima –y ésta es una de las deficiencias que deben señalarse– que esta vez no hayan sido muchos los directores extranjeros que vinieron a acompañar sus películas, ya que siempre es estimulante el contacto personal de los realizadores con el público. En otro orden, es para lamentar, también, la ausencia de santafesinos en las actividades programadas, con la solitaria excepción de Juan Mascardi, que presentó su documental Tiburones en el Paraná dentro de la Jornada 24 Horas de Cine Nacional (estaba prevista, asimismo, la participación del crítico Emilio Bellón en una charla organizada por la Asociación de Cronistas, pero no pudo asistir).

Buenas películas

En los primeros días del festival asomaron algunas películas de esas que perduran en la memoria. ¡Vivan las antípodas!, del ruso Víctor Kossakovsky, es una especie de desprejuiciada mirada sobre nuestro planeta integrando seres vivos que habitan territorios opuestos, desde insectos, gatos, cóndores y jirafas hasta gauchos entrerrianos, trabajadores chinos o una familia africana. Opulenta, ocasionalmente graciosa y a veces contemplativa, envuelta en música de diversas procedencias, resulta un experimento curioso.
Esto no es un film es, precisamente, algo distinto a una película: la experiencia de ver a Jafer Panahi (el director iraní de El espejo, cumpliendo arresto domiciliario e imposibilitado de hacer cine por su oposición al gobierno) confinado en su departamento mientras un amigo registra sus intentos de representar el guión que no puede plasmar en imágenes, hasta que, finalmente, se asoma a la calle y se enfrenta con una fogata cargada de significados. Un ejercicio casi periodístico, de indudable valor político, que permite compartir con Panahi su asfixia, con algo de esa capacidad que tiene el cine iraní para reflexionar sobre el medio y jugar con las fronteras que separan la realidad de la ficción. Otro maestro, Alexander Sokurov, ofreció su sugestiva versión de Fausto (León de Oro en el último Festival de Venecia), película extensa de planos cortos, atmósfera húmeda, fotografía magistral, escenas de sobrecogedora belleza, toques cronenbergianos y un Diablo (prestamista de oficio) viscoso y singular en la caracterización de Anton Adasinsky.
L’Apollonide, recuerdos del burdel, de Bertrand Bonello, recorre los interiores de una casa de tolerancia en el París de comienzos del siglo XX, lugar presto para ocultas perversiones y despreocupadas tertulias. El film transmite notablemente la elegancia decadente de ese ámbito y ese tiempo, con provocadoras inserciones musicales fuera de época. La otra película francesa de la competencia internacional, El ejercicio del Estado, de Pierre Schoeller, es un drama intenso sobre los recodos del poder político, siguiendo el trajín cotidiano de un sanguíneo Ministro de Transportes (Olivier Gourmet, en uno de los mejores trabajos actorales vistos durante el festival) enfrentado a sus pares, al periodismo y a sus propias contradicciones.
Fuera de la competencia pudo verse Un verano ardiente, inteligente reflexión de Phillip Garrell sobre la pareja y la amistad, que, aunque algunos consideran deudora de Godard (por El desprecio), recuerda más a Truffaut por el cariño y la sinceridad con los que trata a sus enamoradizos personajes, tan seductores para el espectador como pueden serlo Louis Garrel, Jéròme Robart y Mónica Bellucci.
Se exhibió también –por primera vez en nuestro país– Las acacias, de Pablo Giorgelli, la película argentina ganadora de la Cámara de Oro en la última edición del Festival de Cannes. Acompañando el sutil cambio que produce en un camionero huraño la compañía de una joven mujer y su beba, es un film sobre el entendimiento, clásico en su estructura, dramáticamente contenido, que conmueve sin demagogia.

Buenas intenciones

No mucho más que buenas intenciones pudieron apreciarse en algunas películas argentinas participantes de las distintas secciones competitivas. Si Graba, de Sergio Mazza (cuyas escenas eróticas eran comentadas por los pasillos), parece remedar el cine de los Dardenne, con una pasiva Belén Blanco en medio de un clima angustioso bastante impostado, Diablo, de Nicanor Loreti (filmada casi toda en una sola locación), recuerda a las bromas sanguinolentas de Robert Rodríguez festejables en ruedas de amigos, aportando –sobre todo por las intervenciones de Sergio Boris y Luis Ziembrowski– algo de bienvenido humor. Claro que los valores del film de Loreti desaparecen si se lo compara con las comedias de Luis García Berlanga o de Jacques Tati que se exhibían en el marco del festival.
Tanto Verónica Rocha como Paula Markovitch rescataron hechos y recuerdos de su historia personal, con honestidad pero cierta puerilidad: Rocha repasa, en Ferrioviarios, el esplendor y posterior decadencia del ferrocarril en su ciudad natal (Cruz del Eje), con previsibles testimonios a cámara y algunas dramatizaciones algo ingenuas, mientras que Markovitch recrea en El premio una anécdota de su infancia –en tiempos de la dictadura militar, en San Clemente del Tuyú– que daba para un cortometraje y no para un film de casi dos horas, que sólo atrae por la asombrosa naturalidad de sus pequeños actores (especialmente su protagonista Paula Galinelli Herzog).
Si se habla de jóvenes intérpretes, merece destacarse, igualmente, la entrega física y emocional de la adolescente Joslyn Jensen en Without, despareja película dirigida por el estadounidense Mark Jackson, suerte de intromisión en la intimidad de una chica que, al quedarse a cuidar a un anciano en una casona, se siente extrañamente libre, por momentos melancólica y ligeramente enajenada.
Donde cuesta encontrar pretensiones nobles es en Tiranosaurio, ópera prima del actor y director inglés Paddy Considine, sobre la impensada relación de un hombre violento con una angustiada vecina (interpretados por Peter Mullan y Olivia Colman). Dos perdedores, seres patéticos castigados por un guión bastante antojadizo y nada benevolente, que maltrata sin miramientos a mujeres, chicos y perros.

La gente

Si un festival de cine, además de un abierto abanico de películas, debe ser un lugar de encuentro de cinéfilos y un espacio de aprendizaje, hay que reconocer que, aún con sus limitaciones, la edición 2011 del certamen marplatense cumplió con lo que debía esperarse: se dictaron seminarios y hubo presentaciones de libros, mesas redondas y homenajes. Uno de quienes se hicieron presentes para charlar con el público fue el director y actor Alex Cox, afirmando, en un amable castellano, que considera a El patrullero y no a Sid y Nancy su mejor película como realizador, y que se siente orgulloso de haber hecho en los ‘90 un film basado en La muerte y la brújula de Borges. Las presencias de Joe Dante (Gremlins) y el actor Willen Dafoe (La sombra del vampiro) eran también esperadas con expectativa.
Finalmente, y volviendo a las películas, si resulta discutible la heterogeneidad del conjunto (en el que cabían desde retrospectivas de Raymundo Gleyzer y Rodolfo Kuhn, o clásicos como Los amantes de Louis Malle, hasta Juan y Eva), o la deslucida proyección en una plaza de El secreto de sus ojos (que, a estas alturas, ya vio todo el mundo), nombres como los de Naomi Kawase, Bruno Dumont, Richard Linklater o Jonathan Caouette compensan esos desaciertos.
Un buen festival permite reencontrar la avidez de mucha gente por ver cine, algo que pocas veces puede observarse en otras circunstancias. En este sentido, es para celebrar que la cantidad de público haya superado a la del año pasado, confirmando lo que podía detectarse fácilmente, todos los días, en los cines marplatenses y sus alrededores: el entusiasmo, la necesidad de descubrir y las ganas de disfrutar.

Por Fernando Varea

(Publicado en el diario El Ciudadano el 12/11/2011)
Balance del Festival de Mar del Plata 2010 aquí

http://www.mardelplatafilmfest.com/

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6 pensamientos en “Mar del Plata 2011: entusiasmo y buenas películas

  1. sin lugar a dudas el futuro de Loreti sera espectacular si en su opera prima trae como referente a Tati y Rrodriguez.

  2. Ana, lo que decís no es exactamente lo que escribí. El referente de Loreti parece ser Robert Rodriguez, pero está muy lejos de un Berlanga o un Tati.

  3. Esta película, que abrió este año el Festival de Venecia, muestra la vida cotidiana en lugares contrapuestos del planeta e inicia su periplo en la provincia argentina de Entre Ríos (noroeste) en un remoto paraje de apenas tres casas y la curiosidad de sus habitantes por saber quiénes habitan justo bajo sus pies, en la faz opuesta de la Tierra.

  4. Sugel: evidentemente te referís a VIVAN LAS ANTÍPODAS. Entre Ríos está al noreste (no al noroeste) de Argentina.

  5. Fernando, de estas, vi a Fausto y a Esto no es un film, realmente dos interesantes relatos. Se tenes la oportunidad, te recomendo que veas a O som ao redor y Era uma vez eu, Veronica, dos largos brasileños de los cuales se he hablado muy bien ese ano, principalmente el primero, de um director re exitoso en cortos y que dicen ser quizás la mejor peli del año en Brasil.

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