El control en tiempos hipervisibles

EL OJO ABSOLUTO
(Gérard Wajcman; Ediciones Manantial; 2011)

(Por GUSTAVO GALUPPO)
“La gente honesta no tiene nada que esconder”, dice Christine Pierre-Decool, presidenta de la Comisión Departamental de Videovigilancia de la Prefectura de París, y en esa sentencia erigida entre el lugar común y la obviedad espuria, desnuda violentamente un problema fundamental de la sociedad hipermoderna que se configura como el eje de este libro fascinante de Gérard Wajcman. Todo deber ser mirado. El ojo absoluto debe constituir una especie de esfera que visibilice aún las partes en sombras, lo privado, lo íntimo, lo que no se conoce y lo que no debería (ni podría) conocerse. Todos vistos y todo el tiempo. Todos bajo vigilancia permanente en virtud de la prevención. El terrorismo puede ser una excusa, lo mismo la inseguridad cotidiana. La cuestión es transplantar la lógica del panóptico carcelario al mundo en toda su integridad. Y allí, inmersos en ese sistema global de vigilancia, todos nosotros, cada ciudadano común, sería en primera instancia inocente pero sólo de modo provisional. La mirada ubicua del control nos convierte inmediatamente en sospechosos, en perseguidos. La culpabilización del ciudadano común mediante la mirada como herramienta para modificar sus actitudes. Porque la mirada tecnológica estaría allí, siempre, en todas partes. Tal vez en este orden de cosas no sea ya tan importante la imagen generada por los aparatos, sino el hecho mismo de saber que hay una mirada en cualquier parte.
Así es que somos mirados siempre, desde antes de nacer mediante las ecografías (“Nacimiento del bebé-imagen: bienvenido al mundo del hombre transparente”), después de nacer mediante circuitos cerrados de vigilancia hogareños, de adultos mediante cámaras de vigilancia y satélites, rayos x en aeropuertos, dispositivos médicos invasivos que desnudan el interior del mismo cuerpo; y a todo esto se agregarían las propias imágenes de lo íntimo que uno mismo produce y pone a circular en redes sociales (que hasta pueden terminar rellenando tiempo en noticieros de TV). Nacimiento del hombre transparente en la sociedad hipermoderna. Siempre mirado, desde todos lados, todo el tiempo, y mirado hasta ese punto que trasciende la mirada habitual, hasta los órganos, hasta los propios genes. Quizás esta sociedad en la que habitamos ya no sea tanto una sociedad de la imagen, sino en cambio de la mirada (del saberse mirado y del necesitar ser mirado). Una sociedad carcelaria en la cual la restricción de la libertad basada en el encierro y la oscuridad del antiguo calabozo es reemplazada por un sistema opuesto: la hipervisibilización. La cuestión es que, si en la cárcel se vigila al culpable, en este nuevo orden de cosas se vigila al inocente, pero visto ahora como un culpable potencial.
Habría ya que aclarar aquí que, lógicamente, no es que Wajcman encuentre negativo el desarrollo tecnológico en la medicina ni en otros campos de la ciencia (como lo referido a las ecografías mencionadas arriba y a todos los sistemas de diagnóstico por imágenes), sino que los enlaza agudamente y los pone en relación con esa tendencia actual de la sociedad, en la que todo se dirige hacia la idea de la hipervisibilización y la transparencia (todo es visible), y en la cual lo real tiende a diluirse progresivamente tras la constitución de un mundo convertido en imagen por presencia ubicua de la mirada tecnológica.
“La entrada del ojo en el cuerpo, acto inaugural de la transparencia en medicina, permite o hace simplemente posible todo cuando hasta el presente representará las diversas modalidades de efracción de lo íntimo del sujeto. La resonancia magnética puede pretender captar el secreto del pensamiento que nace en nuestro cerebro, del mismo modo en que todas las cámaras de vigilancia les quitaron a nuestras casas la cualidad que tenían antes de ser para los sujetos el lugar de lo íntimo. Desde ahora el interior y el exterior se compenetran. El adentro se expande hacia el afuera, el afuera viene a habitar, a invadir el adentro”. Y en esa disolución de los límites que implica la ubicuidad de la mirada tecnológica en todas sus esferas, comienzan a tejerse entramados complejos como estigmas indelebles de nuestro rol en la sociedad contemporánea: si en los sistemas de videovigilancia utilizados en casas o edificios se reconoce la idea de un límite, de una barrera que establece la diferencia entre el interior y el exterior, ubicando de ese modo a la posible amenaza en lo que viene desde afuera, en el actual mundo videovigilado ya no hay límite. No hay interior ni exterior, no hay adentro ni afuera, porque todo ya está bajo el influjo de la misma mirada global omnipresente. Entonces, es fácil inferirlo, el enemigo social es interno, la amenaza está entre nosotros. Y más aún, claro, el enemigo somos nosotros mismos. La inocencia provisional. La culpabilidad potencial de cada ciudadano. Bienvenidos a Ciudad Paranoia: sonría, usted está siendo filmado.
Verlo todo entonces. La videovigilancia, pero apenas como una parte de un sistema global en el cual la mirada es el Amo absoluto. La mirada y el saberse mirado. Pero no mirado solamente en la violación de lo íntimo, del secreto y de la sombra, sino también hasta la disolución de ese límite que suponía lo visible, trasponer la misma carne, ir a lo más recóndito de la materia (del cuerpo y de los confines del universo). La videovigilancia es entonces sólo el foco más visible de una política general de la mirada que tiene como objetivo disolver lo real en la pura imagen: “Verlo todo responde a la idea de que no sólo son un peligro los terroristas enemigos de la civilización, sino que lo real en sí es una amenaza. No hay entonces otra respuesta posible que volverlo íntegramente visible”.
En esa línea de razonamiento, la ecografía, con el bebé que nace en imagen antes de nacer físicamente, o que accede al ser primero y ante todo como imagen, es un signo importante de este estado de cosas: “El bebé es el testigo impotente de la mutación sin precedentes que tiene lugar en la historia de los hombres debido a que se nos observa, todo el tiempo, por todas partes, bajo todas las costuras. Esa mutación está cargada de consecuencias, pues tiende a imponer la creencia de que seríamos íntegramente solubles en lo visible, sin resto”. Y ahí, en ese dominio ya aberrante de lo visible, el hombre deviene estrictamente en lo que puede ser visto, hasta el interior mismo, todo, hasta sus genes, pero pura y solamente imagen. Superficie transparente sin secretos ni sombras, sin individualidad. Pérdida de la humanidad, triunfo de la mirada tecnológica.
Si bien pensando estas cuestiones desde aquí, desde nuestra coyuntura, puede parecer un poco una fantasía paranoica en la línea de 1984 (George Orwel) o Un mundo feliz (Aldous Huxley), hay que tener en cuenta la presencia de la videovigilancia y el desarrollo tecnológico puesto al servicio del control social y las ciencias en países más desarrollados, principalmente en diversos países de Europa y en muchas ciudades de Estados Unidos. Londres, según explica Wajcman, es la capital de la videovigilancia. En esa ciudad, un hombre que sale a hacer las compras diarias, “es observado” en su trayecto por al menos 300 cámaras. Un dato aterrador si se lo piensa, y que disuelve violentamente ese halo fantástico que puede tener para nosotros todo el desarrollo de la situación planteada. Si bien tal vez ese “ojo absoluto” aquí definido, aún no imponga su política de la mirada en todos los rincones del planeta, se torna evidente que sería apenas cuestión de tiempo. Y que aun medios como el cine y la TV (y aquí sí, globalmente) contribuyen a esta idea de la hipervisibilidad, del reemplazo de lo real por una construcción de imágenes absolutas, transparentes, capaces de traducir el mundo en su integridad.
Todo lo real es entonces susceptible de ser convertido en imagen, para llegar a la conclusión absurda de que toda imagen es lo real. El cine y la TV, históricamente, han sido los principales instrumentos para instaurar esta idea mediante la espectacularización del mundo, mediante la conversión de lo real en un espectáculo omnipresente capaz de reemplazar a la verdadera experiencia del individuo frente al mundo. Hoy, en este imperio de la mirada, desde la videovigilancia hasta los ojos satelitales, los dispositivos médicos y militares, el GPS, los celulares e internet, el individuo deviene en un sujeto transparente, íntegramente calculable y previsible, y el mundo podría pensarse como un espectáculo global en el cual pasamos a formar parte de una puesta en escena generalizada.
En ese sentido, Gerard Wajcman señala los atentados a las Torres Gemelas del 11-S como el punto inaugural del siglo XXI como era de lo hipervisible. Si de la Primera Guerra Mundial había surgido lo “indecible” del horror (los soldados enmudecidos ante la barbarie); si en la Segunda Guerra emergía la idea de lo “no mostrable” (no existen imágenes –literalmente– que puedan rendir cuentas del Holocausto), en el 11-S el horror deviene íntegramente imagen, el mundo entero es convertido en un plató, todos los roles correspondientes son distribuidos en directo llevando la dimensión espectacular del horror a un grado nunca antes alcanzado. La humanidad entera fue puesta en escena. “Esto significa que el horror se debe no sólo al salvajismo del crimen perpetrado, sino al hecho de que lo es no simplemente ante nuestra vista, sino para nosotros, y a que, difundido en las pantallas de televisión, una vez más se nos fuerza a verlo. La televisión, pequeña claraboya abierta al mundo, pasa a ser así un instrumento de tortura que nos pone en escena, nos asigna al lugar de espectadores.”
El ojo absoluto está dividido en 62 capítulos relativamente breves. En cada uno el panorama se profundiza, se desvía, se completa, o se atomiza en temas que recubren el territorio con títulos como: El niño imagen, El elogio de la sombra, Sociedad de la transparencia, Política de la mirada, La caída del muro de lo íntimo, Google Earth y yo, Ver todo y perdérselo todo, entre muchos otros. Y allí, la escritura de Gérard Wajcman, aunque aguda y profundamente reflexiva y fundamentada, no deja de lado la ironía y hasta el humor; tampoco se desentiende de un posible estilo mínimamente didáctico y accesible, y por momentos fascinante en la construcción exacta de este universo expansivo casi aterrador de una sociedad bajo vigilancia. Dedica también varios pasajes al modo en que el cine contemporáneo aborda estos temas, y pone énfasis en el rol de las series de TV, en las que observa la mirada más crítica, cínica y virulenta de la sociedad norteamericana actual como reflejo del estado de situación del mundo.
Cuestiones también paradójicas: en la sociedad del Todo Visible hemos perdido, de algún modo, la capacidad de ver. Desincrustamos nuestra mirada del cuerpo y la depositamos sobre dispositivos como cámaras de fotos, celulares, generando una memoria ciega de imágenes desinformadas almacenadas en discos rígidos. En este estado de cosas se nos ha dispensado hasta de la gracia de ver. No sólo se nos mira todo el tiempo y desde todos lados, sino que ahora se ve también por nosotros. El derecho a ocultar, se afirma sobre el final, sigue siendo el garante de las libertades reales en esta sociedad de lo hipervisible.

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