Tomás Lipgot: “La riqueza de Moacir es impresionante”

El joven realizador Tomás Lipgot (Neuquén, 1978) llegó a Moacir (2011) después de haber conocido en un documental anterior –Fortalezas (2010), filmado en instituciones de reclusión- a un inefable cantante brasileño, increíblemente alegre y afectuoso a pesar de un pasado con una infancia difícil, adicciones y marginación. Exhibido en la última edición del BAFICI y ganador del Premio del Público en el Festival Reencuentros del Cine Latinoamericano de Bordeaux (Francia), Moacir (como lo hacía también Tanke PAPI, del santafesino Rubén Plataneo) rescata del anonimato a una persona que logró encontrar en el arte una poderosa tabla de salvación. Hablamos con Lipgot, quien vino a acompañar el estreno de su película en el cine El Cairo, de Rosario.
– ¿Cómo lograste ingresar de esta manera en la intimidad de Moacir?
– Básicamente porque hay un trabajo previo de investigación muy grande. Creo que es una de las grandes diferencias entre el cine y la televisión, que tiene tiempos muy urgentes. Para mí es fundamental la confianza con el personaje: hay que elaborarla, trabajarla, ganársela en un sentido.
– La cámara en movimiento y el fuera de foco en algunos momentos parecen reflejar cierto nivel de improvisación.
– Es para mostrar la realidad con cierta crudeza, como una cámara de guerrilla. El fuera de foco en la calle, al comienzo, fue porque me gusta trabajar en zonas medio difusas. El fuera de foco tiene una cosa expresiva, de indefinición. En esa escena Moacir caminaba y se detenía, y me parece que ese recurso funcionó bien.
– Hay todo un tramo inicial en el que poco se sabe del protagonista, hasta que éste, finalmente, comienza a contar algunos aspectos de su vida y de su infancia. ¿Demoraste deliberadamente esa confesión?
– Sí, correcto, porque si yo te tiro esa ficha al principio te predisponés de otra manera. En cambio si te ganás al personaje en tu corazón, después es más fácil entrarle a ese tema. Si no lo hacía así, el prejuicio hubiera jugado más fuerte.
– ¿Estuvo en vos el propósito de expresar, de alguna manera, el espíritu de la ciudad de Buenos Aires, con sus bares y calles por donde anónimamente transitan personajes singulares como Moacir?
– Sí. Y lo hace más interesante el hecho de que no es porteño, sino un brasileño que asimiló a la perfección la cuestión porteña. Incluso el tango que compone es un tangazo. Lo que pasa es que cuando vino a la Argentina ya había estudiado tango en una escuela en Brasil con Angela María, que cantaba tangos en portugués.
– De hecho, en la historia de Moacir, y en la película, se juntan la melancolía del tango de Buenos Aires con la alegría del samba brasileño. Sergio Pángaro también puede verse como contrapunto de Moacir.
– Sí, si bien Pángaro no hace tangos tiene el prototipo del tanguero melanco. Es una manera de mezclar esas dos facetas interesantísimas. La verdad es que es impresionante que un personaje tenga tanta riqueza.
– Los recursos del final lo hacen muy festivo y colorido ¿por qué no los empleaste en otros momentos de la película?
– Porque eso es como un cierre o una síntesis de un proceso. Para que ese final tenga fuerza necesita un crecimiento, un llegar hacia. Además, la película está centrada en la grabación de un disco y es ahí cuando vemos consumada estéticamente una canción entera, mezclada y hecha video-clip.
– En Moacir lo documental está atravesado por la ficción. ¿Te interesa eso en el cine?
– Absolutamente. Siempre me gustó pero creo que recién ahora, con esta película, lo estoy logrando llevar a cabo de una manera que me cierra. A mí la palabra documental no me gusta. No es que reniegue del género, es lo que yo hago, pero me gusta darle otro vuelo, sacarlo de lo estereotipado. Me gusta trabajar en esa frontera que no sabés si es real o no. En realidad, todo es construcción. En Moacir la idea de grabar un disco no tiene nada de documental: si bien era un deseo de Moacir, todo ese escenario es creado por la instancia de la película. Tampoco se conocía con Pángaro. Además, por momentos actúa: es conciente de su dimensión de personaje.

Por Fernando G. Varea

http://www.moacir.com.ar/

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