Batman desciende

BATMAN – EL CABALLERO DE LA NOCHE ASCIENDE
(The dark Knight rises, 2012; dir: Christopher Nolan)

¿Qué hace que un producto banal e ideológicamente equívoco sea recibido y considerado por muchos como una obra sofisticada y moderna?
Tal vez la explicación haya que encontrarla en la fama que el director Christopher Nolan (1970, Londres, Inglaterra) logró ganarse como autor de productos supuestamente complejos, como El origen o las elegantes pero sobrevaloradas predecesoras de esta trilogía, Batman inicia (2005) y Batman – El caballero de la noche (2008), arrastrando tras de sí a legiones de jóvenes (y no tanto) que lo suponen un artista. Sumado a esto el magnetismo que mantiene Batman como personaje y la indiscutible fuerza de la publicidad con la que se acompaña su lanzamiento, Batman – el caballero de la noche asciende arremete con una máscara que oculta su verdadera identidad.
La promesa era ver a Batman saliendo de su retiro, poniendo de nuevo en juego sus artilugios para que triunfe la justicia en Ciudad Gótica, como –según aseguran los entendidos– ocurre en el comic original. Pero el resultado es un film escaso en ideas de puesta en escena y excedido en palabras, cuya música omnipresente intenta todo el tiempo tensar situaciones desvaídas. Las tomas aéreas de la ciudad entre charla y charla, similares a las que suelen verse en cualquier serie televisiva, se alternan con explosiones, disparos y patadas registradas sin originalidad alguna, haciendo extrañar las acrobacias de, por ejemplo, un John Woo. Hasta la escena de amor junto a una chimenea con una billonaria aparentemente bienintencionada (Marion Cotillard) parece digna de alguna telenovela mediocre.
Tampoco aparecen la excentricidad y la simpatía que caracterizan a la galería de freaks que siempre rodearon al super héroe: al Batman ceceoso de Cristian Bale le falta magia, Alfred (Michael Caine) se muestra algo reblandecido, y Bane (Tom Hardy) es un alienado sin gracia con voz de ultratumba. Está claro que, si hablamos de adaptaciones de Batman al cine, no habrá malvados que superen a la Gatúbela de Michelle Pfeiffer y al Guasón de Heath Ledger, pero para una película de casi tres horas de duración la carencia de personajes divertidos es fatal. Sólo las intervenciones de Anne Hathaway diciendo algunas frases irónicas aportan algo de encanto.
Las secuencias del secuestro de un avión en pleno vuelo y del estallido de explosivos en distintos puntos de la ciudad están indudablemente bien resueltas, pero no sorprenden. Probablemente el final, al ahorrar palabras y crear expectativas sobre el rumbo de los personajes, despierta más interés que casi todo el resto.
La ferocidad de la operación promocional de la Warner Bros y la ceguera de algunos fans, sin embargo, reprimen con dureza las objeciones que pueden hacérsele. “La última de Batman tiene que ser una buena película”, se autoconvencen, y les ofende más que alguien diga lo contrario que la apología de ciertos valores cuestionables que propone el film.
Porque en Batman – El caballero de la noche asciende (el producto está inflado hasta en su título) hay, además, otro punto discutible: su discurso político, ambiguo en el mejor de los casos. Los personajes que cuestionan a los ricos y a los dirigentes políticos son terroristas y ladrones, y cuando se desata una suerte de anarquía en la ciudad, los ciudadanos se comportan como ovejas de un rebaño y quienes quedan del lado de los sensatos son policías, un cura protector de niños huérfanos… y Batman, por supuesto. Los motivos por los que Bane desprecia la vida ajena se remontan a lo que sufrió siendo niño en parajes bastante parecidos a los de países considerados enemigos por los estadounidenses en la actualidad. Y su principal ataque se produce en un estadio en el que un chico canta el himno estadounidense como un ángel encarnando la paz en la Tierra.
Mientras estas situaciones dejan entrever un nacionalismo y una división entre bandos de tintes agresivos, la violencia se expande más allá de la pantalla, confundiendo realidad y ficción, muerte y espectáculo. En fotos en los diarios puede vérselo a Cristian Bale saludando a los heridos de la masacre desatada por el estudiante James Holmes en el estreno en una sala en Denver, como si fuera el mismo Batman socorriendo a los habitantes de Ciudad Gótica, así como tres años atrás la muerte de Heath Ledger no impidió que su figura formara parte de la glamorosa ceremonia de los Oscar, importando poco la persona triste que se ocultaba tras el disfraz del risueño Guasón. Una suerte de círculo vicioso retroalimenta el morbo, desvelándose por dejar a salvo el show antes que la vida.

Por Fernando G. Varea

http://www.thedarkknightrises.com/

Agresión

“Las dos grandes exportaciones de los EEUU son las armas y el cine. Y están, de algún modo, vinculados: ambos son instrumentos de agresión.”

(JONATHAN ROSENBAUM, crítico cinematográfico estadounidense)

Recorriendo el alma de una ciudad

CUATRO CALLES
(2012; dir: Francisco Zini y Pablo Zini)

Sin temor a caer en exageraciones, puede asegurarse que este programa que los hermanos platenses Juan Francisco Zini (1980) y Pablo Zini (1978) realizaron después de haber sido premiados en la Convocatoria del Espacio Santafesino Estímulo a la Producción Audiovisual del Ministerio de Innovación y Cultura de la Provincia de Santa Fe, es un modelo de buena televisión.
Se trata de Cuatro calles, una serie documental que rastrea historias del pasado y el presente de nuestra ciudad recorriendo la Avenida San Martín, la calle Mendoza, el Boulevard Oroño y la Avenida del Rosario, deteniéndose en algunos sitios y personas.
En principio, no sólo evita los lugares comunes de un presentador y un relato en off: tampoco recurre a reconstrucciones con actores ni al registro de situaciones triviales con una cámara indecisa. Y si bien asoman algunos emblemas de Rosario (los trolebuses, el parque Independencia, la sala Lavardén), se da cabida a puntos poco o nunca explorados cada vez que se ha contado la vida cotidiana de los rosarinos, valorando algunas franjas de la ciudad relegadas en libros y películas previas. De la misma manera, resulta inteligente la selección de las personas elegidas como portavoces de cada calle, ya que, junto a personalidades conocidas como Jorge Debiazzi, Rafael Ielpi y Dante Taparelli, aparecen, por ejemplo, un boxeador, un afilador, un artista callejero o el dueño de una pizzería, hablando de Rosario con otras palabras, a partir de su experiencia y con los invalorables conocimientos que les brinda el hecho de ser vecinos de las zonas en las que viven. Y aunque la investigación no es –ni pretende ser– exhaustiva, incluye testimonios de hombres y mujeres de distintas generaciones y estratos culturales que, reunidos, resultan representativos de la ciudadanía en su conjunto.
Otro de sus aciertos es no creer que los hechos importantes en la vida de los rosarinos son los relacionados con los cambios de gobierno y la coyuntura política. ¿O acaso la participación en los corsos de carnaval o la asistencia a un balneario en el verano no han sido tanto o más importantes en la historia personal de los habitantes de esta ciudad que la visita de un presidente o un evento público? Evidentemente, el equipo de trabajo de Cuatro calles tuvo la clara y saludable intención de ponerse del lado de la gente que transita las calles a las que alude el título, dándole valor a lo que realmente lo tiene.
De todas maneras, algunos cambios políticos, económicos y sociales que Rosario atravesó a lo largo de su existencia surgen casi sin explicitarse, como cuando se hace referencia a las transformaciones que produjo en el barrio Saladillo la instalación del frigorífico Swift (una muestra de la declinación de ciertos privilegios y la integración a la sociedad de sectores hasta entonces postergados, que afectaban a toda la sociedad argentina) o cuando se escucha el testimonio de una joven integrante de HIJOS (dando, de paso, una visión diferente del elegante boulevard Oroño).
Hay que agregar, además, que la serie soslaya acertadamente –aunque no sin dificultad– el tema de la delincuencia urbana: a diferencia de los noticiarios, donde éstas y otras calles sólo son mencionadas como escenarios de noticias policiales, aquí se las muestra como fuentes de recuerdos y de afecto, atendiendo a las historias de vida que atesoran y a la belleza de sus esquinas, fachadas y casonas.
Con dinámica televisiva, la travesía por la ciudad es agitada y divertida. Si bien detenerse unos segundos de más en algunos planos no hubiera venido mal, el resultado es un ejemplo de cómo generar un producto audiovisual con fines informativos o educativos sin renunciar en ningún momento a la lógica del entretenimiento, interponiendo momentos emotivos y graciosos nunca forzados, provenientes de las reflexiones y anécdotas de los entrevistados.
El irreprochable profesionalismo que exhibe Cuatro calles incluye –además del trabajo de los Zini y de Hernán Roperto en la producción, la realización, la fotografía y la edición– una excelente musicalización, sumando a la pegadiza música compuesta especialmente por Alexis Kanter y Diego Zaballa ráfagas con las voces de Alberto Castillo o de una banda de hip-hop local.
La presentación en público de los cuatro capítulos de esta producción televisiva en el cine El Cairo de Rosario contó con un público numeroso, que aplaudió espontáneamente en varios momentos. Ahora es de esperar que, por su calidad y sus características, encuentre el lugar que se merece en el medio televisivo, ya que, lamentablemente, muchos de los trabajos producidos o alentados por el Ministerio de Innovación y Cultura de la Provincia de Santa Fe en los últimos años (algunos realmente valiosos, como La canción del lugar, Punto Qom, Los días del juicio, Sopa de sapo y Memoria del suelo), más allá de los premios y los comentarios entusiastas, deambulan erráticos por internet y por horarios marginales en los canales de TV.

Por Fernando G. Varea

http://cuatrocallesrosario.blogspot.com.ar/

La guerra en otros términos

FIGURAS DE GUERRA
(Qu’ils reposent en révolte/Des figures de guerre, 2010; dir: Sylvain George)

Hay películas que perduran en la memoria porque nos revelan la injusticia sufrida por hermanos a los que no conocíamos. Es el caso de este notable documental escrito, producido, dirigido y editado por Sylvain George (1968, Vaulx-en-Velin, Francia), que no nos pone de frente sino al lado de jóvenes asiáticos y africanos que, llegados a Francia para atravesar el Canal de la Mancha y radicarse en Inglaterra, son abandonados a su suerte, perseguidos y apresados.
Figuras de guerra expone este problema con la misma urgencia y desesperada improvisación con las que se mueven los inmigrantes y quienes los reprimen. Mientras los primeros hacen de su viaje en busca de un futuro mejor una permanente huida, conviviendo con el riesgo y superviviendo a duras penas, los policías y funcionarios franceses no demuestran tener planes muy precisos para deshacerse de ellos. El mismo George ha expresado que estas medidas represivas responden a “políticas experimentales”. Por eso, su película también lo es.
El resultado parece una suma de fragmentos de imágenes capturadas para un noticiario atravesada por soplos de poesía. El espíritu del cine documental contestatario de los años ’60 asoma en las paredes con graffitis, en las dramáticas manifestaciones contra la policía, o en utópicas expresiones de deseo y de rabia (como cuando alguien dice estar esperando el día en que los europeos deban pedir ayuda a los africanos). Antes era la guerra de Vietnam, ahora las medidas políticas anti-inmigratorias.
Hay un momento que nadie que vea el film olvidará: los inmigrantes quemando sus manos para borrar sus huellas digitales. “Si pudiera cortarme las manos, lo haría”, confiesa uno de ellos. ¿Hasta qué punto la angustia puede llevar a un ser humano a sentir eso? ¿Por qué, en su gran mayoría, los medios masivos de comunicación y los dirigentes políticos, sociales y religiosos ignoran esto y prefieren ubicar en las agendas de discusión otros temas más triviales o menos apremiantes? ¿Acaso estos sufrimientos son la continuación inevitable de la opresión que desde hace siglos vienen padeciendo ciertos pueblos, como lo sugiere uno de los entrevistados? Son muchas las preguntas que dispara -sin verbalizarlas- este film que prefiere las digresiones antes que la exposición didáctica o morbosa, atenuando la crudeza de algunas escenas con el registro en blanco y negro. En este sentido, es curioso cómo el realizador evita que su obra se transforme en una simple letanía, ayudado por la actitud de muchos inmigrantes que, aún en momentos difíciles, aparecen sonriendo, haciendo bromas o cantando.
Extenso y sin música, Figuras de guerra es un documental perturbador, como corresponde a su tema. Con él, George exterioriza un gesto solidario, nada altisonante, que se corresponde con las palabras que dirigió a los estudiantes de cine al ser premiado en el BAFICI 2011: “A él, a ella, quisiera decirle que no pierda la esperanza, que no abandone, que permanezca atento a sus deseos. Estos deseos son océanos de llamas capaces de destruir las columnas del cielo, los mitos, las representaciones dominantes y estigmatizantes, también capaces de darle cobijo a lo desconocido, lo imposible. A él, a ella, quisiera decirle que no desespere, no abandonar, y pelear. Pelear por lo que uno cree. Pelear por uno mismo, como por los demás. Pelear por uno mismo como uno de los demás.”

Por Fernando G. Varea

Hombre Araña sin dilemas

EL SORPRENDENTE HOMBRE ARAÑA
(The Amazing Spider-Man, 2012; dir: Marc Webb)

(Por JUAN AGUZZI)
Luego de cinco años, la saga del superhéroe de Marvel vuelve a tener un nuevo capítulo. Pero esta vez no se trata de una historia que continúa aquellas tres pergeñadas por el realizador Sam Raimi –a saber, El Hombre Araña 1, 2 y 3– donde el arácnido con contradicciones sobre su lugar entre el bien y el mal, que se debatía entre hacer justicia por mano propia o estar al servicio de una ley a la que muchas veces consideraba injusta, sentía pese a todo que su lugar en el mundo no era justamente aquél que hubiera elegido; no, ahora, El sorprendente Hombre Araña retoma la historia de Peter Parker nuevamente desde su inicio, con algunos agregados como la breve aparición de los padres de Peter y su inmediata y misteriosa desaparición –tomados de algunos números del comic original en los que su creador Stan Lee dejaba el guión a otros colegas de menor rango–, sosteniendo todos aquellos componentes que dieron forma a la aparición del superhéroe en una Manhattan con colegios secundarios donde la violencia física entusiasma a los estudiantes y con zonas donde otra violencia mayor, más despiadada, se enseñorea en sus callejones, pero prescinde de los giros sobre la humanidad del protagonista que hicieron tan atractiva la saga Raimi.
El desconocido para el mundo hispano Marc Webb (aunque en Argentina se estrenó 500 días con ella, su film debut) estuvo a cargo de la dirección y hubo en el casting una borrada total para todos los actores que estuvieron a la orden de Raimi. Desde ya, es muy probable que muchos extrañen a Tobey Maguire –su exacta combinación entre ingenuidad y tormento– y a Kirsten Dunst –la chica que intuye que una historia de amor con un superhéroe está condenada al fracaso– en los roles de Peter y Mary Jane; y a otros actores-personajes de la factoría Raimi como el desaforado director del periódico Daily Bugle, el amigo-enemigo de gran corazón Harry y, fundamentalmente, los villanos, que con Raimi adquirieron una estatura compleja y rica en matices –no tan compleja y oscura como la de los malvados villanos de Christopher Nolan en la saga Batman, el caballero de la noche, es cierto, sino más volcada a la fantasía pura pero con igual intensidad– y que aquí, en El sorprendente Hombre Araña lucen algo forzados: Andrew Garfield –a quien puede recordarse en su lograda composición de un sufriente clon en Nunca me abandones, una formidable adaptación de una novela de Katzuo Ishiguro que dirigió Mark Romanek y pasó desapercibida– pone su rostro algo anodino a Parker, y si bien a medida que avanza la acción cumple ajustadamente con su rol, por momentos algo desentona en su casi despreocupada aceptación de su mutación arácnida y en la posibilidad de convertirse en un salvador de vidas; su novia –ya no Mary Jane sino Gwen Stacy, hija del jefe de policía del distrito–, con un carácter marcadamente egoísta en sostener su amor pese a las tribulaciones que comienzan a jalonar su existencia; sus tíos May y Ben –que con decoro y suficiencia actúan los veteranos Martin Sheen y Sally Field–, que parecen esconder el secreto de la desaparición de los padres de Peter pero que nunca irán más allá de un celo cariñoso de padres postizos; un jefe de policía –el ya también algo veterano Dennis Leary–, de rasgos entre hieráticos y conservadores, cuyo final está anunciado cuando descubre quién está detrás de la máscara del Hombre Araña, y, por último, quien esta vez se erige como el enemigo del superhéroe, El Lagarto, en su faceta humana el Dr. Connors, un genetista manco –y socio científico en las investigaciones del padre de Parker antes de su desaparición– que busca regenerar su extremidad experimentando con la innata potencialidad con que cuentan los reptiles para subsanar esa ausencia, pero que en El sorprendente… es un adversario no inoculado con la fiebre de una condición ambiciosamente maldita –como lo fueron El Duende Verde o Venom, por caso–.
De este modo, la trama carece de esos vasos comunicantes que le confieren la espesura que supo darle Raimi –y sin duda aquí resulta inevitable la comparación–, que mostraban a un superhéroe imbuido en sus dilemáticas vicisitudes y sin solución de continuidad; en cambio, ahora Webb se vale de la linealidad en el sentido más intrínseco: no se tarda demasiado en proponer un tablero donde los contrincantes ocupan su lugar y lo asumen como tal sin dilaciones, con aliados previsibles y acentuando la razón del bien para encontrar en la historia un devenir que exhibe a los “buenos” protagonistas seguros de su accionar.
Por lo demás, es decir, en cuanto a efectos especiales, El sorprendente… no desentona con las propuestas anteriores y hay, sí, un mayor despliegue de las telarañas con las que Parker se desliza por Manhattan y que sirven contra El Lagarto como una eficaz arma defensiva. A lo que cabe agregar la funcional edición, que contribuye a volver dinámicas las más de dos horas de extensión.

http://www.theamazingspiderman.com/

Lucrecia Martel: “Las películas son como los vampiros, no entran si no se las deja pasar”

Del grupo de realizadores argentinos surgidos a fines de los años ’90, Lucrecia Martel (1966, Salta) es, probablemente, la única que ha logrado crear una obra de rasgos verdaderamente distintos, singulares. Su corto Rey muerto (1995), que formó parte de la primera edición de Historias breves, ya anticipaba su talento y exuberantes ideas plásticas, pero los tres largometrajes que filmó después –La ciénaga (2001), La niña santa (2004) y La mujer sin cabeza (2008)- la mostraron dueña de un estilo propio, hecho de diálogos ambiguos y una sagaz utilización del lenguaje cinematográfico, explorando sinuosamente sentimientos, sensaciones, gestos y modismos provincianos. Hasta en Muta (2011), un corto promocional que realizó para una marca de ropa, logró imponer sus inquietudes estéticas. Sus obras, aunque resistidas por algunos, son discutidas y valoradas por críticos, publicaciones especializadas y cinéfilos de distintas partes del mundo. En estos días, los preparativos para un viaje le imposibilitaron participar de un encuentro de escritores y cineastas en el CCPE de Rosario al que había sido invitada, pero eso no impidió que pudiéramos dialogar con ella vía mail.
– En tu cine hay una aproximación a lo fantástico a partir del misterio que esconden elementos cotidianos o de las confusiones que surgen del miedo y de la culpa. ¿Te interesa el género?
– Ví muchas películas de terror cuando ayudaba a mi amigo Alberto Fasce en Noches de espantos, en un canal que se llamaba Canal del Abonado en VCC… Me aterran. No es lo que prefiero ver. Pero sí me han dejado muchas enseñanzas sobre la arquitectura del espacio en el cine, la monstruosidad y lo inaudito. Me sirven más los monstruos que la psicología para construir personajes. Y para pensar.
– También percibo un propósito lúdico, la intención de experimentar sorprendiendo o desconcertando al espectador. ¿Pensás que el cine puede ser un medio para jugar?
– Narrar es un procedimiento hipnótico, siempre. Uno intenta distintos artilugios para hacer respirar al otro a un ritmo, que creemos adecuado para algo. Es un juego, sin duda, que uno inventa y que, en el mejor de los casos, el espectador o el lector aceptará jugar. Las películas rara vez se imponen sobre la audiencia. Son como los vampiros, no entran si no se los deja pasar.
– Incluso hay bastante humor. Un humor muy sutil y negro, pero humor al fin.
– Como sé que no es muy evidente, trato de que se predisponga el espectador con los títulos, que como verás son siempre clase B: La ciénaga, La niña santa, La mujer sin cabeza
– ¿Por qué te gusta recurrir a actrices emblemáticas del cine argentino de otra generación, como Graciela Borges y María Vaner?
– Trabajo con grandes actrices por eso, porque son buenas actrices. Y son emblemáticas porque, para volver a lo que hablábamos, nos han hecho a todos jugar su juego.
– ¿Y por qué en algunos momentos apelás a canciones olvidadas e intrascendentes?
– Bueno, no tan olvidadas ni tan intrascendentes… Son las que me acuerdo. Soley, Soley y Mammy Blue las cantaba en guitarra un tío militar que, además, amaba el cine ruso. Él me hizo ver películas en el cine Cosmos. La verdad es que no tengo oído para la música, sólo tengo memoria para los ruidos. En una fiesta es una pena, pero en el cine es bastante útil.
– Oír la Zamba pa’ Don Rosendo cantada por Jorge Cafrune y Marito cuando la protagonista de La mujer sin cabeza ve el accidente genera escalofríos… En realidad, todo el trabajo con el sonido en tus películas es muy creativo.
– La familia Cafrune era vecina de mi casa. Quizás eso contribuyó a que le preste más atención a su trabajo. Y en cuanto al sonido, es la dimensión más táctil de lo que puede proponer el cine. Me resulta más fácil imaginarme las escenas sonoramente, antes que visualmente. Quizás por mi deficiencia musical, por mi cortedad de vista o incluso por ser asmática. Detrás de toda estética, siempre hay un diagnóstico médico… El aire es la clave del sonido. Saberse sumergido en aire es muy revelador. Lo ha sido para mí, al menos. Y el sonido es el primer síntoma de inmersión.
– En tus películas, a la par de una planificación rigurosa hay gritos adolescentes, bailes, chicos que juegan, corridas a la luz del día. ¿Cómo hacés para combinar ambas cosas?
– Se va dando de a poco. Lo primero es observar algo, discernir partes o fragmentos que lo componen, y después elegir con qué reconstruirlo. Todo este proceso es arbitrario y caprichoso, pero hay que hacerlo con rigor científico. Vaya paradoja… Siempre es un proceso deficitario respecto de la realidad, que es tan vasta. Pero tiene algo que no tiene la realidad: perspectiva. Nuestro gran invento como especie.
– ¿Cómo vivís el prestigio que fuiste ganando en estos últimos años?
– Bueno, cierto reconocimiento disminuye el miedo a los aviones, por ejemplo. Cosa que agradezco. Desde que hice estas películas tengo un poco menos de miedo a que se caiga el avión en el que viajo. Salvo cuando sobrevolamos el mar. No he ganado suficiente prestigio como para sobrellevar la idea de caer al mar, sobrevivir al impacto, y luego ahogarme o morirme de frío.
– ¿Hasta qué punto te interesan las reacciones del público y de la crítica?
– El motivo principal por el que uno hace algo público es porque quiere encontrarse con los otros, que son el público. El problema es que esta actividad no se conforma con el público y quiere millones de público. Yo también quiero millones, aunque no sé para qué, sinceramente, muy sinceramente… Supongo que por cuestiones económicas. En el fondo todos somos Roberto Carlos.
– Algunos han relacionado tu cine con el que hacía Leopoldo Torre Nilsson ¿te gustan sus películas?
– Conozco a sus nietos y me caen muy bien. Vi algunas de sus películas. Ojalá tuviera esa calidad, ya que difícilmente llegue a esa cantidad. En realidad sé muy poco de cine, pero estoy segura que de todo lo que vi algo saqué.
– En tus películas hay mujeres que, si bien sufren (acoso, enfermedades, incomprensión), también se ven muy fuertes. ¿Les ves a tus “heroínas” un perfil feminista?
– Quizás no sea tu caso, pero cuando la gente usa la palabra feminista no sabe a lo que se está refiriendo. Minita resentida con los tipos, reflexiones profundas sobre el ser mujer… Del feminismo como crítica al pensamiento hegemónico no sé mucho, pero sin duda ha hecho cambiar este mundo y las cosas me han resultado más fáciles a mí, probablemente, por su lucha. Pero no pienso en heroínas ni héroes cuando escribo. Pienso en la monstruosidad, como te he dicho, que para mí es lo que revela la divinidad.
– ¿Te interesa el cine que hacía María Luisa Bemberg?
– Me gusta María Luisa Bemberg. Fue crítica con su propia clase social. Eso no es fácil, ni siquiera para alguien de su posición.
– Cuando El secreto de sus ojos se convirtió en un gran éxito y ganó el Oscar, muchos comenzaron a sostener que “es el cine argentino que hay que hacer”. ¿Qué opinás de ese razonamiento y de la película?
El secreto de sus ojos me parece una buena película. Pero si todas las películas fueran como El secreto de sus ojos hasta Campanella dejaría de ir al cine. Porque lo que le gusta al humano es la diversidad, el varieté. La grosería del mercado es la homogeneidad. La verdadera variedad no es muy rentable, esa es la macana.
– ¿Por qué se truncó el proyecto de llevar al cine El eternauta?
– Se truncó porque nos desconocimos con los productores. Así se dice en el norte… Fueron unos meses de extraordinario reencuentro con Buenos Aires. Quería filmar por Liniers, Villa Luro, Vélez Sarfield, Mataderos, Pompeya, Barrio Norte, Belgrano. Todavía cuando camino por Liniers, Villa Luro, Vélez Sarfield, Mataderos, Pompeya, Barrio Norte, Belgrano, sigo marcando escenarios para esa película. Mi guía Oesterheld de Buenos Aires. Eso es lo que tiene esta actividad de particular: lo que no filmaste queda eternamente en preproducción. Ahora estoy trabajando en un proyecto que me va a llevar para el Gran Chaco boliviano paraguayo… Si todo sale bien, que es mucho pedir.

Por Fernando G. Varea