Lucrecia Martel: “Las películas son como los vampiros, no entran si no se las deja pasar”

Del grupo de realizadores argentinos surgidos a fines de los años ’90, Lucrecia Martel (1966, Salta) es, probablemente, la única que ha logrado crear una obra de rasgos verdaderamente singulares. Su corto Rey muerto (1995), que formó parte de la primera edición de Historias breves, ya anticipaba su talento y exuberantes ideas plásticas, pero los tres largometrajes que filmó después –La ciénaga (2001), La niña santa (2004) y La mujer sin cabeza (2008)- la mostraron dueña de un estilo propio, explorando sinuosamente sentimientos, sensaciones, gestos y modismos provincianos. Hasta en Muta (2011), un corto promocional que realizó para una marca de ropa, logró imponer sus inquietudes estéticas. Sus obras, aunque resistidas por algunos, son discutidas y valoradas por críticos, publicaciones especializadas y cinéfilos de distintas partes del mundo. En estos días, los preparativos para un viaje le imposibilitaron participar de un encuentro de escritores y cineastas en el CCPE de Rosario al que había sido invitada, pero eso no impidió que pudiéramos dialogar con ella vía mail.
– En tu cine hay una aproximación a lo fantástico a partir del misterio que esconden elementos cotidianos o de las confusiones que surgen del miedo y de la culpa. ¿Te interesa el género?
– Ví muchas películas de terror cuando ayudaba a mi amigo Alberto Fasce en Noches de espantos, en un canal que se llamaba Canal del Abonado en VCC… Me aterran. No es lo que prefiero ver. Pero sí me han dejado muchas enseñanzas sobre la arquitectura del espacio en el cine, la monstruosidad y lo inaudito. Me sirven más los monstruos que la psicología para construir personajes. Y para pensar.
– También percibo un propósito lúdico, la intención de experimentar sorprendiendo o desconcertando al espectador. ¿Pensás que el cine puede ser un medio para jugar?
– Narrar es un procedimiento hipnótico, siempre. Uno intenta distintos artilugios para hacer respirar al otro a un ritmo, que creemos adecuado para algo. Es un juego, sin duda, que uno inventa y que, en el mejor de los casos, el espectador o el lector aceptará jugar. Las películas rara vez se imponen sobre la audiencia. Son como los vampiros, no entran si no se los deja pasar.
– Incluso hay bastante humor. Un humor muy sutil y negro, pero humor al fin.
– Como sé que no es muy evidente, trato de que se predisponga el espectador con los títulos, que como verás son siempre clase B: La ciénaga, La niña santa, La mujer sin cabeza
– ¿Por qué te gusta recurrir a actrices emblemáticas del cine argentino de otra generación, como Graciela Borges y María Vaner?
– Trabajo con grandes actrices por eso, porque son buenas actrices. Y son emblemáticas porque, para volver a lo que hablábamos, nos han hecho a todos jugar su juego.
– ¿Y por qué en algunos momentos apelás a canciones olvidadas e intrascendentes?
– Bueno, no tan olvidadas ni tan intrascendentes… Son las que me acuerdo. Soley, Soley y Mammy Blue las cantaba en guitarra un tío militar que, además, amaba el cine ruso. Él me hizo ver películas en el cine Cosmos. La verdad es que no tengo oído para la música, sólo tengo memoria para los ruidos. En una fiesta es una pena, pero en el cine es bastante útil.
– Oír la Zamba pa’ Don Rosendo cantada por Jorge Cafrune y Marito cuando la protagonista de La mujer sin cabeza ve el accidente genera escalofríos… En realidad, todo el trabajo con el sonido en tus películas es muy creativo.
– La familia Cafrune era vecina de mi casa. Quizás eso contribuyó a que le preste más atención a su trabajo. Y en cuanto al sonido, es la dimensión más táctil de lo que puede proponer el cine. Me resulta más fácil imaginarme las escenas sonoramente, antes que visualmente. Quizás por mi deficiencia musical, por mi cortedad de vista o incluso por ser asmática. Detrás de toda estética, siempre hay un diagnóstico médico… El aire es la clave del sonido. Saberse sumergido en aire es muy revelador. Lo ha sido para mí, al menos. Y el sonido es el primer síntoma de inmersión.
– En tus películas, a la par de una planificación rigurosa hay gritos adolescentes, bailes, chicos que juegan, corridas a la luz del día. ¿Cómo hacés para combinar ambas cosas?
– Se va dando de a poco. Lo primero es observar algo, discernir partes o fragmentos que lo componen, y después elegir con qué reconstruirlo. Todo este proceso es arbitrario y caprichoso, pero hay que hacerlo con rigor científico. Vaya paradoja… Siempre es un proceso deficitario respecto de la realidad, que es tan vasta. Pero tiene algo que no tiene la realidad: perspectiva. Nuestro gran invento como especie.
– ¿Cómo vivís el prestigio que fuiste ganando en estos últimos años?
– Bueno, cierto reconocimiento disminuye el miedo a los aviones, por ejemplo. Cosa que agradezco. Desde que hice estas películas tengo un poco menos de miedo a que se caiga el avión en el que viajo. Salvo cuando sobrevolamos el mar. No he ganado suficiente prestigio como para sobrellevar la idea de caer al mar, sobrevivir al impacto, y luego ahogarme o morirme de frío.
– ¿Hasta qué punto te interesan las reacciones del público y de la crítica?
– El motivo principal por el que uno hace algo público es porque quiere encontrarse con los otros, que son el público. El problema es que esta actividad no se conforma con el público y quiere millones de público. Yo también quiero millones, aunque no sé para qué, sinceramente, muy sinceramente… Supongo que por cuestiones económicas. En el fondo todos somos Roberto Carlos.
– Algunos han relacionado tu cine con el que hacía Leopoldo Torre Nilsson ¿te gustan sus películas?
– Conozco a sus nietos y me caen muy bien. Vi algunas de sus películas. Ojalá tuviera esa calidad, ya que difícilmente llegue a esa cantidad. En realidad sé muy poco de cine, pero estoy segura que de todo lo que vi algo saqué.
– En tus películas hay mujeres que, si bien sufren (acoso, enfermedades, incomprensión), también se ven muy fuertes. ¿Les ves a tus “heroínas” un perfil feminista?
– Quizás no sea tu caso, pero cuando la gente usa la palabra feminista no sabe a lo que se está refiriendo. Minita resentida con los tipos, reflexiones profundas sobre el ser mujer… Del feminismo como crítica al pensamiento hegemónico no sé mucho, pero sin duda ha hecho cambiar este mundo y las cosas me han resultado más fáciles a mí, probablemente, por su lucha. Pero no pienso en heroínas ni héroes cuando escribo. Pienso en la monstruosidad, como te he dicho, que para mí es lo que revela la divinidad.
– ¿Te interesa el cine que hacía María Luisa Bemberg?
– Me gusta María Luisa Bemberg. Fue crítica con su propia clase social. Eso no es fácil, ni siquiera para alguien de su posición.
– Cuando El secreto de sus ojos se convirtió en un gran éxito y ganó el Oscar, muchos comenzaron a sostener que “es el cine argentino que hay que hacer”. ¿Qué opinás de ese razonamiento y de la película?
El secreto de sus ojos me parece una buena película. Pero si todas las películas fueran como El secreto de sus ojos hasta Campanella dejaría de ir al cine. Porque lo que le gusta al humano es la diversidad, el varieté. La grosería del mercado es la homogeneidad. La verdadera variedad no es muy rentable, esa es la macana.
– ¿Por qué se truncó el proyecto de llevar al cine El eternauta?
– Se truncó porque nos desconocimos con los productores. Así se dice en el norte… Fueron unos meses de extraordinario reencuentro con Buenos Aires. Quería filmar por Liniers, Villa Luro, Vélez Sarfield, Mataderos, Pompeya, Barrio Norte, Belgrano. Todavía cuando camino por Liniers, Villa Luro, Vélez Sarfield, Mataderos, Pompeya, Barrio Norte, Belgrano, sigo marcando escenarios para esa película. Mi guía Oesterheld de Buenos Aires. Eso es lo que tiene esta actividad de particular: lo que no filmaste queda eternamente en preproducción. Ahora estoy trabajando en un proyecto que me va a llevar para el Gran Chaco boliviano paraguayo… Si todo sale bien, que es mucho pedir.

Por Fernando G. Varea

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6 pensamientos en “Lucrecia Martel: “Las películas son como los vampiros, no entran si no se las deja pasar”

  1. Gracias, Fernando, por esta entrevista. Siempre es un placer leer lo que piensa Martel sobre el cine en general y el propio en particular. Y en Muta estarían todos esos componentes (por decirlo de algún modo) que mencionás en tus preguntas: lo fantástico, el juego, el terror e incluso el humor, y un trabajo con el sonido que es, como bien decís, sumamente creativo (lo identificable, lo no-identificable…).
    Ema

  2. Coincido con vos, Ema. Sus reflexiones, como sus producciones audiovisuales, son tan lúcidas como imprevisibles. Saludos.

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