Julia Solomonoff: “Sacar fotos, como amasar el pan, es una manera de atrapar el tiempo”

En una escena de la película que quedó afuera de la versión final, un personaje dice “Hay cosas que sólo existen cuando son recordadas” y alguien le responde: “Y hay otras que sólo existen con los ojos cerrados”. De ese diálogo finalmente eludido en torno al valor de los relatos orales, provino el título de la ópera prima de la brasileña Julia Murat, presentada ya con buena repercusión en San Sebastián, Toronto, Rotterdam y otros importantes festivales internacionales. Historias que sólo existen al ser recordadas (2012) –que Murat pudo materializar a sus 32 años, después de estudiar Diseño Gráfico en la Universidad de Río de Janeiro y realizar algunos cortos y videos experimentales– acompaña la mansa rutina de una anciana en un pueblo semiabandonado, al que imprevistamente llega una joven fotógrafa que perturba esa vida hecha de rituales silenciosos. Co-producción de Brasil con Francia y Argentina, considerada por Variety “de una sensibilidad casi táctil e imágenes exquisitas”, la película cuenta en su equipo con alguien muy conocido por los rosarinos: Julia Solomonoff, la directora de Hermanas (2004) y El último verano de la boyita (2009), en su segunda incursión como productora tras la experiencia de Cocalero (2007, Alejandro Landes). Murat y Solomonoff se conocieron en la residencia de guionistas de la Fundación Carolina/Casa de América, en Madrid, donde se hicieron amigas y prosperó el interés de la rosarina por sumarse a la producción del film junto a Felicitas Raffo, con quien viene trabajando para apoyar proyectos cinematográficos de calidad y con claro sentido de identidad latinoamericana. Hablamos con Julia Solomonoff (también productora asociada de Todos tenemos un plan) de su experiencia con Historias que sólo existen al ser recordadas.
– Sabemos que tu integración a este proyecto como productora proviene de tu amistad con Julia Murat. Sin embargo, en el mismo pueden apreciarse elementos del cine que te interesa hacer como directora: la mirada femenina, la comprensión del otro, el proceso de aprendizaje en los jóvenes ¿Lo ves así?
– Sí, es un poco el huevo o la gallina ¿no? ¿Soy amiga de Julia Murat porque tenemos maneras similares de entender el cine y de ver el mundo? ¿o hicimos esta película juntas porque la película nos sirvió para fortalecer el vínculo?… Nos conocimos en Madrid en el 2006, en unos talleres de guión. Fue a partir de compartir ese trabajo que nos hicimos amigas. También en esa ocasión profundicé mi amistad con Ana Piterbarg, con quien también continué trabajando, apuntalando desde la producción su proyecto. Las tres peliculas (El ultimo verano de la Boyita, Todos tenemos un plan e Historias que sólo existen al ser recordadas) compartieron cuna. La diferencia entre el cine y los hijos, es que el tiempo de gestación se cuenta en años, no en meses.
– Aunque la película tiene un marco realista, el pueblo, los personajes y el final incluso, tienen un aire a cuento, a fábula. ¿Esto fue deliberado?
– Sí, eso estaba desde el principio y es para mí un gran acierto de Julia Murat. Los personajes, los lugares, los diálogos, tienen la textura rica y única de la realidad. Julia partió de una extensa búsqueda documental para la escritura. La fábula, creada por el guión, ayuda a hacer que ciertas ideas, ciertos conceptos (la relación de la fotografía con la memoria pero también con la muerte, la tensión con la tradición, entre repeticiones y ruptura) puedan verse de manera más clara.
– ¿Cómo fue la búsqueda del pueblo donde filmaron?
– El pueblo ficcional está en realidad compuesto de tres o cuatro pueblos distintos. Julia Murat había recorrido esa zona (las fazendas de café, abandonadas) cuando su madre, reconocida periodista y directora de cine, realizaba el film Brava Gente Brasilera (2000). El equipo entendió muy bien la premisa. Era un equipo joven, entusiasta, relativamente pequeño. No fue fácil filmar allí, pero la dificultad, el aislamiento, son parte de la historia.
– La película fue premiada en el XVI Festival Internacional de Cine de Lima, entre otras cosas “por la mirada amorosa con la que retrata a sus personajes”. ¿Cómo se trabajó para lograr eso?
– Eso no se trabaja, eso se lleva. Julia Murat es una persona rigurosa en sus conceptos, precisa, inteligente, pero ante todo amorosa, cálida. Y eso hace que esta película trascienda el cine de “observación” y llegue al de la emoción, de una manera honesta, no forzada. Fue esa “mirada amorosa” lo que me llevó a querer trabajar con ella.
– ¿Cómo hizo Lucio Bonelli (que trabajó con vos en El último verano de la boyita y con Lisandro Alonso en Liverpool) para lograr con la luz esas texturas y esos climas melancólicos?
– Lucio es uno de los directores de fotografía mas talentosos y económicos (en el sentido de la manera de usar los recursos, de encontrar la belleza en la simplicidad) que he visto trabajar. La película, y la formación de Julia Murat, exigían un trabajo de composición y luz muy exquisito. Siendo la fotografía un componente tan importante, no sólo de la estética sino de la historia de la película, Julia quería filmar en super 35 mm y formato panorámico, pero nunca conseguimos el dinero. Fue todo un desafío convencerla de las bondades del HD. Sólo en manos de alguien tan sensible como Lucio yo me animé a proponérselo. Y creo que este tipo de iluminación tan mínima hubiera sido imposible en fílmico, por cuestiones de latitud del material. El resultado final se siente puramente fílmico, y eso es virtud de Lucio y de la gente encargada de la post-producción: Paula Grandio y el laboratorio Stagnaro, que lamentablemente cerró este año. La finalización de la película fue hecha en un muy cuidado 35 mm y se siente esa textura única del cine.
– ¿Cómo fueron elegidos los actores no profesionales que formaron parte del film?
– Julia pasó meses grabando a la gente de la región. De esa investigación surgió su primer película documental, Dia dos Pais (2008). A la hora de escribir el guión de Historias que sólo existen… ella desgrabó aquellos diálogos para poder conservar esa cadencia, esa manera de hablar de los personajes. Luego hizo un proceso de selección: durante un par de meses trabajó en improvisaciones con un grupo de quince personas, de los que luego seleccionó nueve. La idea era conseguir una cierta confianza, una familiaridad con la cámara y con las inevitables repeticiones y esperas a las que obliga el cine de ficción.
– La historia parece desarrollar un permanente encuentro de opuestos: ancianos-jóvenes, hombre-mujer, muerte-vida, pasado-presente, lo viejo-lo nuevo.
– Sí, creo que la tesis de Julia Murat es ésa. Una cierta tensión entre tradición y ruptura, la necesidad de encontrar el camino propio y a la vez comprender ciertos mandatos sociales, ciertas pertenencias. La valoración de lo pasado, la afirmación del presente. El tiempo, la memoria, la inevitable muerte y, a su vez, las posibles maneras de renacer.
– También propone una sutil valoración de pequeños gestos rutinarios: cuidar el jardín, preparar el café, amasar el pan…
– Sí, totalmente. En esa observación cuidadosa hay una valoración. Y, de alguna forma, amasar el pan, como sacar fotos, es una manera de atrapar el tiempo… Una vez oí a un cocinero (Ignacio Fontclara, en la maravillosa expedición Parana-Ranga) hablar muy poéticamente de la masa madre, de cómo “captura” el aire, las experiencias, los sabores, el agua, la levadura. Una especie de memoria específica de un tiempo y lugar determinados, una cápsula de tiempo. Como en el revelado de la fotografía, ambas tareas suceden en una cierta oscuridad, en soledad, con un cierto nivel artesanal. Y ambas maneras artesanales van desapareciendo con las nuevas formas industriales o digitales.
– ¿Cómo ha sido la experiencia con el público en los distintos festivales en los que la película ha participado?
– De su amplio recorrido, yo sólo he podido acompañarla a tres países. Me impresiona la manera con la que responden jóvenes y viejos. La respuesta es más emocional de lo que me esperaba. Creo que, como todo buen cine, es muy específico en su identidad y sus raíces, pero universal en sus alcances.

Por Fernando G. Varea

(Publicado el 1º/9/2012 en el diario El Ciudadano)

Trailer de Historias que sólo existen al ser recordadas aquí

Anuncios

2 pensamientos en “Julia Solomonoff: “Sacar fotos, como amasar el pan, es una manera de atrapar el tiempo”

  1. Muy buena entrevista, Fernando. Y es muy tierna la recepción de la gente. Cuando vi acá me di cuenta de eso. La peli logra conectarse con la gente de una forma muy sensible.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s