Pizza, birra, buena gente y buenos cortos

Tres rasgos parecen distinguir a Pizza, birra y cortos de los tantos festivales y muestras audiovisuales que se realizan en distintas ciudades de nuestro país, incluso de los que se llevan a cabo en nuestra provincia.
En principio, cierto espíritu juvenil, que viene desde su nombre mismo (apelando a una película ya emblemática de la nueva generación de cineastas argentinos surgida hace poco más de una década) y pasa por la edad y el entusiasmo de los organizadores, por la iniciativa de compartir con los espectadores pizza y cervezas al término de cada jornada, por las características de las mesas de debate (de especial interés para estudiantes y nuevos realizadores), y hasta por la edad promedio de los personajes de los cortos seleccionados. A esto se suma un auténtico interés cinéfilo –manifiesto en el criterio con el que se escogen las películas invitadas y los miembros del jurado– y la atención dispensada a la producción del mal llamado interior del país.
En Santa Fe, la innegable importancia de la Escuela Documental todavía lleva a algunos a pensar, erróneamente, que sólo importa –o que importa más– un cine con vocación testimonial, como si desde los tiempos de Tire dié (1959) el medio audiovisual no hubiera atravesado cambios estéticos, tecnológicos e incluso ideológicos profundos y diversos. En este sentido, se diría que el efervescente festival de Gálvez, motorizado con pasión y simpatía por un grupo de amigos con Adrián Culasso a la cabeza, tiene más de birra que de Birri, dicho esto sin la intención de desmerecer los valores de la obra del maestro santafesino. El hecho de que en su séptima edición se haya optado por invitar no a alguna diva intrascendente o a veteranos directores de prestigio dudoso, sino a los muy jóvenes realizadores cordobeses Nadir Medina (Un espacio entre los dos) y Mariano Luque (Salsipuedes) para exhibir sus películas y hablar con el público, o a María Canale (premiada en Locarno por su actuación en Abrir puertas y ventanas) para integrar el jurado, habla de la visión amplia, fresca, del certamen galvense.
Sin desentonar con esa mirada, los largometrajes proyectados en funciones especiales fueron El gran río (Rubén Plataneo) y Civilización (Rubén Guzmán) –documentales exhibidos este año en el BAFICI–, la producción rosarina Otros sentidos (Mariana Wenger) y la ficción de reciente estreno Todos tenemos un plan (Ana Piterbarg), en algunos casos con la presencia de sus directores o productores, muy conformes con el afecto y los comentarios que los espectadores les transmitían al terminar las proyecciones en el teatro Marconi.
Tal vez sean factores a mejorar los próximos años un control más riguroso de los horarios de las funciones y actividades previstas, y un mayor interés en promover la comunicación de los directores de los cortometrajes con el público.
Respecto a los 51 cortos en competencia, debe reconocerse que todos eran técnicamente impecables, y a pesar de que varios de ellos evidenciaban carencias de distinto tipo, el jurado (que con gusto integré junto a Vanessa Ragone, Hernán Guerschuny y María Canale) no se vio en demasiados problemas para encontrar trabajos valiosos.
Entre los cortos animados resultó bienvenida la dosis de disparate de Incordia y Tabaco Western (ambos de Pablo Polledri), la simpatía del muy breve Hot-Corn (realizado en stop-motion por Juan Pablo Zaramella) y el atractivo diseño de los personajes de Box (Juan Carlos Camardella).
La gran hora (Gabriel Muro) y La rueca (Sebastián Bar/Albano Rochás), registrando respectivamente la labor de una tejedora en Entre Ríos y el funcionamiento de los relojes de algunos lugares públicos en Buenos Aires, son documentales serios y prolijos, aunque Camino (Antonio Zucherino) y, sobre todo, Primera sangre (Ramiro Longo/Leo Garcés), evidenciaron mayor creatividad y lirismo, en el segundo caso exponiendo una auténtica tragedia cotidiana (el drama de los choferes de tren ante la frecuencia de accidentes viales) apelando a una fuente literaria, generando emoción y tensión, y evitando el sensacionalismo.
En cuanto a las ficciones, la libertad formal y narrativa para retratar a una adolescente con la cámara como confidente en Noelia (María Alché), la originalidad de recursos para plasmar una complicada historia de amor en Ni una sola palabra (Niño Rodríguez), el seductor trabajo de luz y movimiento en el cuadro de un grupo de enigmáticos personajes que salen y entran de una casona en La inviolabilidad del domicilio se basa en el hombre que aparece empuñando un hacha en la puerta de su casa (Alex Piperno) –que estuvo en el BAFICI y en Cannes–, las búsquedas plásticas en torno a un robo en el interior de una mina en Juku (Kiro Russo), la naturalidad con la que está resuelta la conversación de tres amigas en el interior de un automóvil en la graciosa Salón Royale (Sabrina Campos), y Los teleféricos (del rosarino Federico Actis, y de la que ya hablamos cuando se estrenó como parte de Historias breves 6), se destacaron por sobre el resto.
Además, claro, de la ganadora de los premios a Mejor Ficción y Mejor Corto del festival Lo-Fi, del santafesino Milton Secchi, que hace del recorrido de un joven por el interior de una casa una suerte de viaje interferido por cambios lumínicos y musicales (hasta un encuentro final que puede significar un posible remedio a su abatimiento), logrando concentrar en apenas catorce minutos referencias al amor, la amistad y la soledad sin desdeñar la ternura ni el humor, convirtiendo ámbito y circunstancias corrientes en algo ligeramente irreal, sutilmente maravilloso.

Por Fernando G. Varea

http://www.pbycortos.com/

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