Dos preguntas a Jacques Rancière

El gran filósofo francés Jacques Rancière pasó por nuestra ciudad. Invitado por la Facultad Libre de Rosario, disertó en el Teatro La Comedia y el Espacio Cultural Universitario sobre filosofía, política y estética, deslizando ante un público numeroso y entusiasta reflexiones siempre incitantes, asegurando, por ejemplo, que la transformación de la realidad no depende de nuevos sueños sino de las prácticas cotidianas, o demostrando que la política y la acción social usan mundos de ficción como la literatura. Un muy reducido grupo de periodistas tuvimos el gusto de poder hacerle personalmente unas pocas preguntas: Espacio Cine aprovechó esa ocasión para indagar en algunas de las disquisiciones reunidas en su libro Las distancias del cine.
– En Las distancias del cine usted sostiene que el cine pertenece a un régimen del arte en el que no se distinguen las bellas artes de las artes mecánicas. ¿No piensa que estas últimas van cobrando cada vez más peso y que el cine va siendo invadido por lo mecánico?
– No lo creo, porque el cine continúa siendo una especie de campo en el cual ocurren múltiples cosas al mismo tiempo. El peligro no es que gane lo mecánico por sobre lo artístico o lo bello, sino una suerte de formateo. Hay una gran tendencia a separar, clasificar y destinar ciertas películas para tal o cual público, cuando la fuerza del cine ha sido esta indistinción entre su tendencia artística y su tendencia de extracción popular. Entonces, el problema hoy es esta tendencia a clasificar: tiene que haber block busters, películas artísticas para un amplio público y otras películas artísticas para un público restringido, como las que no circulan y sólo se ven en museos o en festivales. El peligro no es que el cine sea mecánico sino que sea formateado.
– Me gustaría una reflexión respecto a los riesgos de la pedagogía cinematográfica que usted plantea en su libro ¿cree que de alguna manera una producción audiovisual puede cumplir una función pedagógica?
– Creo que es peligroso pensar que podría haber una programación de cine que ayudaría a la instrucción, al conocimiento o a la politización. El poder de las imágenes sigue siendo, fundamentalmente, mostrar algo que no vemos, que no acostumbramos ver, o mostrar lo que acostumbramos ver pero bajo otro aspecto, bajo otro recorte de lo visible, con otra relación de lo visible y lo pensable. En este sentido, el cine es también una introducción al mundo del arte porque siempre son varios artistas quienes hacen el cine: el director, el cameraman, el actor, etc. Sigue siendo arte popular y arte total a la vez. En segundo lugar, si confiamos en las imágenes, éstas tienen el poder de desplazar la visión o la mirada. Por ejemplo, implican el hecho de pasar más tiempo ante un espectáculo y de hacer durar ese tiempo. Cuando la información se organiza alrededor de un recorte muy rápido para que sepamos de entrada lo que nos están mostrando, la pedagogía de la imagen podría ser una suerte de acostumbramiento a pasar tiempo ante las imágenes. Sería una transformación de la percepción y de la atención temporal.

Por Fernando G. Varea

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