Una sola imagen

Los peronistas celebran su pública militancia, los admiradores de los ídolos populares su éxito como cantante valiéndose de baladas sencillas, los nacionalistas la repercusión de sus películas basadas en mitos y personajes históricos, los cinéfilos su talento como director. El fallecimiento de Leonardo Favio (28/5/1938-5/11/2012) reflejó esta tendencia de cada sector a destacar sólo la faceta relacionada con sus intereses, olvidando que para valorar la trayectoria de este hombre temperamental y sensible no puede ignorarse ninguno de estos aspectos.
Todo eso era él. Ni su calidad como cineasta puede analizarse separada de su adhesión al peronismo, ni la notoriedad de sus canciones desprendida de su devoción por lo popular.
Nada fue pose en su agitada vida y sus creaciones artísticas parecen variaciones sobre los mismos temas, expresiones puras de sí mismo, imágenes que se funden en una sola.

  • Una faceta poco valorada de su trayectoria artística es la de actor, y sin embargo sus interpretaciones en películas de Daniel Tinayre, Fernando Ayala, José Martínez Suárez y Leopoldo Torre Nilsson –cuando apenas superaba los veinte años– hablan un poco del propio Favio: a falta de formación, le ponía el cuerpo y desesperada sinceridad a personajes de jóvenes maltratados, belicosos, enamoradizos. Su Adolfo de Fin de fiesta (1960) tiene algo de la rebeldía sanguínea, algo estéril, de los protagonistas de sus futuras películas como director, y cuando, años después, miraba el campo desde una mezquina ventana como el hijo mayor de Martín Fierro (1968), parecía anticipar al Moreira aferrado a los barrotes de su celda lamentando la cercanía de la muerte “con este sol”.
  • Tampoco es muy recordado su corto El amigo (1960), que integró muestras y festivales junto a cortometrajes de Rodolfo Kuhn, David Kohon, Simón Feldman y otros representantes de la generación del ’60. Allí asoman materiales que serán característicos de su cine (influencias del neorrealismo, la cámara inquieta, la fascinación por los parques de diversiones), aunque utilizó un recurso que posteriormente desdeñó casi por completo: un sueño como medio para aludir a ilusiones o frustraciones del personaje. Favio cerró ese corto con una frase de Víctor Hugo que puede servir para resumir el corazón de su obra posterior: “Un hada está escondida en todo lo que ves”.
  • En sus tres primeros largometrajes plasmó, con despojada belleza, abrumadora humildad y un provechoso empleo del lenguaje cinematográfico, historias que parecían abrevar de experiencias personales: la represión en un orfanato, el tuteo con el delito, la conquista de una mujer.
    Crónica de un niño solo (1964), que nunca abandona el punto de vista –ingenuo, deslumbrado, angustiado– de un pibe que escapa de un reformatorio y sobrevive como puede en la calle, pudo ser terminada después de tres años de dificultades y dilaciones. Cuando, apenas terminada, se la mostró a su maestro y amigo Leopoldo Torre Nilsson, éste le dijo “¿Vos te das cuenta lo que hiciste?”.
    Su presentación oficial fue en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, en marzo de 1965, donde no fue muy bien recibida por espectadores argentinos que deseaban que los representara un film menos pesimista. De todos modos, fue premiada y cosechó comentarios elogiosos, como el del destacado pediatra Florencio Escardó, que la consideró “la más expresiva película que se ha filmado sobre esa edad de la vida”.
    Más accidentado fue el contacto con el público de la meditabunda Este es el romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza… y unas pocas cosas más (1965) y la sinuosa El dependiente (1967), rodadas en Mendoza. En ambas había cine, había verdad, había una sensible percepción de cotidianas vivencias y frustraciones pueblerinas, pero la primera permaneció sólo una semana en cartel en dos salas porteñas (debiendo después re-estrenarse en una sala más chica), en tanto la otra vio obstaculizada su exhibición comercial al ser calificada “B” por el Instituto Nacional de Cinematografía. Ni siquiera lograron merecidos estímulos en festivales: cuando El dependiente ganó un 3º premio en el Festival de Cine de Cartagena, en marzo de 1969, la distinción fue rechazada por el embajador argentino porque el primer premio había sido declarado desierto al considerarse que ninguna película contaba con “cualidades mínimas para asistir a un festival.” Estos films de Favio –los tres con momentos que aún hoy cortan la respiración por su desgarradora belleza– son ejemplos de cómo el tiempo es el que determina la trascendencia de una obra artística: una y otra vez son revisados en escuelas de cine, valorados en encuestas entre críticos, admirados por directores de distintos estilos y generaciones.
  • El fracaso comercial de estas películas lo llevó a probar suerte como cantante popular, y como tal protagonizó Fuiste mía un verano (1969, dir. Eduardo Calcagno) y Simplemente una rosa (1971, dir. Emilio Vieyra). Calcagno contó una vez que le permitió a Favio dirigir una escena de su película y que la misma resultó la mejor de todo el film.
    Cuando en los años ’70 volvió a ubicarse detrás de las cámaras el ascetismo fue dejando paso a una poesía más exaltada, tal vez porque la Argentina de entonces también lo era.
    En Juan Moreira (1972) el homónimo rebelde habitante de la pampa un siglo atrás (previamente recuperado por el folletín, el circo, el radioteatro y el cine) reapareció con el ímpetu de una versión hecha de sensaciones, de sacudimiento y poesía, de música y colores intensos, de reflexiva placidez alternada con arrebatada tragedia. Su éxito fue notable: después de tres semanas en cartel debieron agregarse más salas (demorándose el estreno de Argentinísima II), mientras diálogos y personajes del film comenzaban a formar parte, espontáneamente, de la cultura popular.
    Su estilo lució aún más desorbitado en Nazareno Cruz y el lobo (1974/75), alucinante estallido de supersticiones y excitación romántica. “Ningún director local podría llegar a una sola de mis intenciones cinematográficas –declaraba Favio, en esos años no tan humilde en sus declaraciones públicas–. Yo ando en globo, no me gusta la gente que trabaja con herramientas convencionales. El mundo del cine es otra cosa: debe ser un mundo de abracadabras, fantástico.” El público la convirtió en otro suceso, mientras los especialistas la discutían: en tanto la revista Mayoría la describía como “una sinfonía de colores, luz, poesía, ritmo y música”, el diario La Prensa la consideraba “una retahíla de manierismos”.
    Soñar, soñar comenzó a filmarse en febrero de 1976 y se terminó unos días después del golpe militar. Libre, divertida, políticamente incorrecta, se centraba en la tensa relación entre dos personajes como El dependiente pero con luminosos exteriores y cierta euforia, distintivos de sus dos películas anteriores.
    Había una clara correspondencia entre esta parte de su filmografía y el contexto político: la impetuosa Juan Moreira fue estrenada en la víspera de la asunción de Cámpora, la ardiente y finalmente trágica Nazareno Cruz y el lobo en pleno 1975, la libertad de Soñar, soñar era interrumpida por el golpe militar.
  • A diferencia de lo que en estos días afirmaba un conocido canal de noticias, Favio no estuvo exiliado todo el período de la dictadura 1976/1983. Primero viajó a México, pero en 1979 volvió y se recluyó en su querida Mendoza. En 1982, aprovechando una gira como cantante, volvió a radicarse en México y, finalmente, residió en Colombia. Cuando volvió a nuestro país, su regreso al cine se hizo desear. Con esfuerzo llegó a concretar tres nuevas producciones audiovisuales, bajo el signo del artificio.
    Gatica, “el mono” (1991/93) procuraba relacionar la trayectoria del boxeador José María Gatica con la del peronismo derrocado en 1955, sorprendiendo con algunos momentos prodigiosos dentro de una reconstrucción de época y personajes algo acartonada. Durante el largo proceso de preproducción y rodaje Favio recibió adhesiones diversas (incluyendo una carta del ex presidente Raúl Alfonsín) y no ocultaba su ansiedad por reencontrarse con el gran público: “Hombre mirando al sudeste, que tuvo un millón de espectadores, es una de las películas más bellas que se han hecho últimamente en el país, pero su tema no es justamente popular en los barrios –razonaba en una nota para la revista Humor–; Sur, que tampoco tiene un lenguaje popular, llegó a los 700.000 espectadores. Por eso confío en Gatica.” Su film terminó obteniendo un éxito considerable, pero los tiempos habían cambiado y ese mismo año muchos jóvenes prefirieron el amorío hippie con estética publicitaria de Tango feroz (dir. Marcelo Piñeyro).
    Gatica, “el mono” fue incluso elegida para competir por el Oscar, pero Favio renunció a esa posibilidad tal vez por timidez, aunque declaró que lo hacía como un llamado de atención para que “nuestros parlamentarios den curso a la Ley de Cine que protege nuestra industria”. En los medios y fuera de ellos nadie se privaba de celebrar su vuelta al cine, aunque había quienes planteaban algunos reparos. “Una película soberbia”, dicen que dijo María Luisa Bemberg, jugando con el doble significado de la palabra. “Es como si el decorado contaminara todo el relato: mucho mambo, raso, lentejuelas, champán”, opinó en su momento Luis Gusmán. “Llama la atención que Gatica, ‘el mono’ se parezca tanto, estilísticamente, a lo que era el boxeador sobre el ring: furibundo y sensible a la vez, letal y vulnerable a la vez, notable y vulgar a la vez”, sostenía Marcelo Figueras.
    Perón, sinfonía de un sentimiento (1994/98) fue un telefilm realizado a pedido de Eduardo Duhalde, entonces gobernador de la provincia de Buenos Aires. Sin dudas es su obra más discutible, sobre todo teniendo en cuenta su idealizada visión del peronismo (sin menciones a los enfrentamientos en Ezeiza o la Triple A) en pleno menemismo, período durante el que Favio adoptó una ambigua posición de amor-odio, como la mayoría de sus compañeros de militancia. Pero, salvando referencias cuestionables (como la que señala que durante los primeros gobiernos peronistas “el cine argentino alcanzó su mayor esplendor”), este ambicioso proyecto revelaba ideas creativas y a veces insólitas, travesuras ingenuas de esas que Favio ha acostumbrado consumar sin medir las consecuencias: fragmentos documentales de la Primera Guerra Mundial con música de la Misa Criolla, la lectura de los derechos del trabajador con el fondo de la canción Viva el sol interpretada por Jairo, referencias al renunciamiento de Evita ilustradas con una paloma en vuelo, la imagen de Perón mirando llover tras su vuelta al país en 1972 con el fondo de Aquellos soldaditos de plomo por Víctor Heredia.
    Finalmente Aniceto (2007), nueva versión de El romance del Aniceto y la Francisca, bailada y enteramente filmada en estudios, fue una curiosa experiencia audiovisual, conjugando la plasticidad de movimientos, la abstracción de los decorados y la seducción de las miradas y los rostros.
  • El amor y la libertad fueron siempre los ideales que impulsaron a sus personajes a protagonizar arduas escapadas, pequeños-grandes actos de rebeldía, violentos arranques de coraje, intentando desprenderse de realidades que los agobian o someten, convirtiéndose sin quererlo en símbolos de resistencia.
    De manera igualmente apasionada e instintiva filmaba Favio. No tenía ínfulas de autor, pero sabía –como declaró en un reportaje en Clarín– que siempre filmaba “la misma película. El Polín de Crónica de un niño solo hubiera sido amigo del Aniceto. Nazareno Cruz y el lobo fue la obra que escuché por radio de chico. Juan Moreira, Soñar, soñar, todos los temas que alguna vez interpreté, son una unidad.”
    Alguna vez definió el cine como “un acto de amor sin premeditación”. Un amor que, cada vez que sus películas vuelven a exhibirse, le es correspondido por todos los fernández, rulos, anicetos y franciscas escondidos en cada espectador.

Por Fernando G. Varea

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2 pensamientos en “Una sola imagen

  1. Da gusto, como siempre, leer a Fernando. Concreto, ecuánime, y sin privarse de expresar los sentimientos. Gracias por la nota!

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