Javier Rebollo: “No busco que el espectador se identifique con mis personajes”

Cuando presentó en la función de apertura del 27° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata (acompañado de parte de su equipo) su película El muerto y ser feliz, Javier Rebollo pidió al público que “no la tomen demasiado en serio; tampoco nosotros nos tomamos muy en serio la película mientras la hicimos”. Es que esta recorrida de Santos, un asesino enfermo (José Sacristán), por distintos puntos de la Argentina, deslizando comentarios perspicaces sobre la siesta de los santiagueños, el color del río Paraná u otras cuestiones más delicadas, podía no ser comprendida por los expectantes espectadores, sumado al hecho de que se trata (como las películas anteriores de este director) de una obra imprevisible, a veces ácida, ocasionalmente graciosa.
Conversamos posteriormente con Rebollo (1969, Madrid, España), un cinéfilo locuaz que, al hablar de los argentinos, expresa mayor cariño y entusiasmo que el protagonista de su película, muy discutida durante el festival.
– Uno no sabe muy bien qué sentir por los personajes de tus películas, si ternura, compasión o rechazo. ¿Te gusta incomodar al espectador?
– Está muy bien planteada tu pregunta. Efectivamente, no busco la identificación, que tiene que ver con determinado cine clásico. Que a mí me gusta mucho, pero como director no creo que el espectador deba ser arrastrado y anestesiado por los personajes. Me gusta que no pierda su conciencia de espectador y que tenga, como tú dices, cierta incomodidad, y que no sepa cómo abordarlo. No saber si reír o llorar. Me interesa eso porque creo que así es en la vida. Nadie es de una pieza. Esos personajes no son derrotados, todos tienen su dignidad. Piensa en Carmen Machi en La mujer sin piano: es como Buster Keaton, que no para. La protagonista de Lo que sé de Lola es lo mismo. Pueden parecer desheredados, desesperanzados, pero mantienen su dignidad. Cuando yo en el patio del colegio salía a las once al recreo, con los que jugaba a cartaginenses y romanos eran los últimos de la clase: el gordito, el que era homosexual y no lo sabía… Me gustaban esos amigos, no el canchero, el guapo o el peleón.
– Pareciera que estos personajes siempre se inventan o se imaginan un mundo distinto.
– Están fuera del mundo. Tiene que ver también conmigo. Aunque soy una persona simpática y me gusta la gente, disfruto mucho de la soledad, estar encerrado en mi cuarto disfrutando de la música o de la lectura. Uno de los motores de La mujer sin piano era una frase de Pascal, el severo filósofo francés: la soledad es buena siempre que puedas salir de ella. ¡Ay del hombre moderno que no puede estar solo en su casa sin hacer nada!… El Quijote, que es un personaje muy importante para El muerto y ser feliz, en un momento dice que, a fin de cuentas, sólo nos tenemos a nosotros mismos y a nuestro reflejo en el espejo. Santos (Sacristán) es un Don Quijote.
La mujer sin piano me remitió a Buñuel, y en la presentación de El muerto y ser feliz pediste no tomarla muy en serio. Me pregunto si no tenés, como obviamente tenía Buñuel, la intención de quitarle solemnidad a ciertos temas.
– El humor es maravilloso porque vuelve ambiguo cuanto toca. Lo malo es que nadie lo toma en serio. Te permite decir “Viva Perón pero Evita más”. Me interesa esa facultad que tiene el humor para descolocarte. La solemnidad es el escudo de la estupidez. Piensa que fui a un colegio de curas, tenía que rezar e ir a misa todos los días, la primera vez que me acariciaron fue un cura… Entonces ¡por favor, un poco de humor! De eso sabían mucho Buñuel, Kafka, Samuel Beckett. En esta película yo trato de quitarle solemnidad al personaje porque un hombre que se muere, que fue asesino a sueldo, con un tema que puede ser de milicos por detrás, es de una gravedad que yo no sabría hacerlo en serio.
– ¿Hay referencias a la historia política argentina en El muerto y ser feliz?
– El cine está lleno de signos. En las películas, al menos en las que a mí me gustan, todo significa. Un Ford Falcon tiene una connotación militar directamente y, al ser rural, tiene forma de coche fúnebre. Cuando Sacristán tiene ese monólogo tan largo, contando los tiros que hacen falta para matar a una vieja, ahí puedes pensar que ha trabajado con milicos o con López Rega, a quien le gustaba rodearse de custodios gallegos. Pero no es el tema de la película, yo no estoy haciendo ningún juicio moral, ni sobre el personaje, ni sobre esa época ni sobre Argentina. Me interesan las atmósferas, las situaciones que crean unos paisajes con unos personajes.
– La película está dedicada a la Cinemateca Uruguaya, transcurre en Argentina y su protagonista es español ¿Por qué estas tres cosas? Cuesta encontrar una relación.
– Quizás porque la Argentina no tiene cinemateca. Es un chiste, pero también es verdad… Se me acaba de ocurrir. También es un poco cómico que diga “co-producción hispano-francesa-argentina” y esté dedicada a la Cinemateca Uruguaya… Pero ¿por qué? Pues por amor. Las dedicatorias son por eso. Yo viví en Argentina y en Uruguay, soy directivo de la Cinemateca Uruguaya, Jorge Jelinek trabaja allí, Alejandra Trelles (una de las directoras de la cinemateca) me ayudó en un momento difícil de mi vida, durante una enfermedad. Por todo eso esa dedicatoria. Además, tiene mucho de humor uruguayo. En cuanto al personaje de Santos, debía ser español porque Argentina es un país de mezclas, y cuando yo quiero hacer un custodio inmediatamente pienso en lo que hemos hablado. Salvador Roselli (co-guionista) me dijo que a López Rega le encantaba estar con gallegos, y eso venía de molde con José Sacristán que es tan argentino, ha vivido aquí, ha estado casado con una actriz argentina…
– ¿Por qué recurriste a esa voz en off? ¿tiene algo que ver con Historias extraordinarias?
– Yo creo que nada, no sé cuál es tu opinión.
– Yo creo que tampoco. Las películas no se parecen. Pero me interesa tu opinión.
– Pues las tuyas son preguntas un poco de revista de cine… Cuando yo estoy preparando la película decido que haya una voz en off, porque para la construcción del mito lo oral es muy importante: el cantar de gestas, el romance de caballería, todo eso quería que esté en esta película. Entonces alguien me dice que viera esa película extraordinaria que es la de Mariano Llinás. La he visto varias veces, la utilizo en clase, pero la voz de Mariano es más novelesca, como la de Stevenson, es épica, una voz que te lleva… La voz de El muerto y ser feliz es todo lo contrario, te está expulsando y cuestionando. Mi amigo Diego Trerotola se ha equivocado en el catálogo, donde escribió que es una voz omnisciente. La voz omnisciente es la que sabe todo sobre el relato y va puntuándolo. Es la voz de Dios. La mía es la voz de un melancólico, de alguien que está construyendo el relato, que a veces sabe más y a veces menos, y se equivoca muchas veces. Al principio dice lo que se ve, hasta que hay una sospecha y se produce un desplazamiento. Yo no quería hacer un pastiche de thriller policíaco, quería que hubiera un dispositivo que añadiera algo. Además, en un momento la voz empieza a hablar desde el mito: “Dicen que…” Eso es el Quijote. Y, como el mito, termina con las voces abriéndose a todas las posibilidades.
La muerte y ser feliz cambia el rigor formal de Lo que sé de Lola por un estilo más suelto, con más exteriores.
– Si te fijas, la cámara nunca sale del coche si no salen los personajes. Lo que sé de Lola fue rodada en estudios, con mucho dinero, teleobjetivo y decorados construidos, era el retrato de un autista minucioso. En La mujer sin piano comienza a moverse la cámara porque es alguien que está tratando de escapar del espacio. Y aquí se mueve muchísimo. Pero cuando los personajes están dentro del coche la cámara siempre va adentro. No es una película paisajista. En realidad, la cámara también se mueve mucho por una frivolidad: me regalaron una cámara portátil con la que me dediqué a hacer movimientos… Pero además, cuando los personajes salen del coche, me apetecía mover la cámara para que la película respirase, por una cuestión rítmica. Y para dar sensación de rapidez, como es rápido un viaje en carretera. Yo quería rodar rápido para olvidar, como Santos. Como en las road movies americanas: el mito de correr para olvidar. El mismo Quijote quiere olvidar. Creo que mi película es una road movie, completamente. Yo estuve muy enfermo durante el rodaje y no quería detenerme a pensar.
– ¿Cómo fue la experiencia de rodar en Argentina?
– Maravillosa. Sobre todo cuando nos alejamos de Buenos Aires, que estaban los sindicatos controlándonos mucho. Teníamos un equipo de producción argentino alucinante. Unas personas excelentes, unos profesionales que combinados con mi estilo amateur dieron lugar a un animal mitológico maravilloso, ya que nos combinamos muy bien. Saben hacer todo en el momento preciso, con una dedicación… El rodaje fue una alegría. Aunque había un dolor personal, cuando se apagaban las luces era una fiesta cada día. Al principio los sindicatos no nos dejaban beber vino, pero al tercer día de rodaje ya corría el vino, se enamoraban unos de otros, Pepe (Sacristán) nos daba lecciones de moral, de política y de humor todos los días… No hicimos más que una hora extra. Y hasta cuando se perdió una actriz lo aprovechamos en una escena. Los argentinos son tan diferentes pero tan afectuosos.
– ¿Y por qué en la película esa mirada irónica sobre los argentinos?
– Es que miro con mis ojos. Cuando he filmado en París es la misma mirada. Cuando estos policías cambian una Virgencita para quitar una multa, es lo que a mí me ha pasado. Los productores fueron muy generosos y nos dejaron hacer el viaje antes de la escritura, y eso fue muy saludable, porque de esa manera incorporamos cosas que vivimos, además de otras que nos había contado Roselli. Intentas hacer un Twin Peaks en La Cumbrecita donde hay algo extraño, en mitad de las Sierras de Córdoba encuentras un pueblo alemán donde alguien dice que ya no quedan nazis pero resulta que uno de los figurantes, de 98 años, fue capitán con Goebbels y bombardeó Londres… Pero todo está hecho desde la ternura.
– ¿Y cómo fue el trabajo en Rosario?
– En Rosario estuvimos tres días. Está filmada la entrada en Rosario, el hotel moderno y limpio donde está Santos haciéndose inyectar por la mucama, la secuencia maravillosa con el actor rosarino que no recuerdo el nombre que habla sobre el hipódromo (Omar Tiberti)… Cuando fui a Rosario me alojé en una pensión enfrente de la estación y ahí le pregunté al recepcionista cuándo había carreras y me dijo que ya no había. “Pero si vi las luces encendidas” le dije yo, y entonces me contestó exactamente lo que recita el personaje. Se lo mostré a Roselli, “Mira lo que tengo” le dije. Y él lo adaptó a lo argentino. Rosario me gustaba porque es una ciudad moderna, otras tienen hoteles más decadentes. Y por el Paraná, esas cosas lujosas que están alrededor del río. Lo que ocurre es que no quise filmar el río con una luz bonita, con un filtro, eso es una mariconada. A mí no me interesan las postales. Mi recuerdo de Rosario es una ciudad moderna, joven, algo dinamitada como Madrid: hay algunos edificios modernos que te hacen pensar que allí debió haber algún palacio maravilloso, como en el boulevard Oroño.
– Al presentar tu película dirigiste unas palabras a Leonardo Favio ¿cómo conocés sus películas?
– Salvo el remix musical que ha hecho (Aniceto) y el documental sobre Perón, las otras las he visto a todas. Las he visto desde niño, desde siempre. Recuerdo Crónica de un niño solo. Salvador me presentó Nazareno Cruz y el lobo, que no la había visto… Los amigos uruguayos me dijeron “La que tienes que ver es Gatica, ‘el mono’”. Y es mi favorita: de un manierismo, un delirio de la estilización, con esos doblajes, ese sentimiento…
– ¿Pensás que en tu cine puede haber algo del estilo de Favio?
– En mi cine también hay una estilización, y partimos de la realidad para acceder a otra cosa. Y por la admiración que le tengo es que en un momento de El muerto y ser feliz, cuando Sacristán va a pedir dinero en un despacho, como código se utilizan versos de las canciones de Favio. Creo que es el mejor cineasta americano, junto a Buñuel y Glauber Rocha.

Por Fernando G. Varea

(Publicado el 24/11/2012 en el diario El Ciudadano)

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2 pensamientos en “Javier Rebollo: “No busco que el espectador se identifique con mis personajes”

  1. Sr. Varea: gracias por individualizarme como el actor que habla del hipódromo en la pelicula “El muerto y ser feliz”. Omar Tiberti

  2. Estimado Omar:
    Los realizadores de “Desencuentro lejano” me hicieron notar que eras vos el actor que Rebollo recuerda.
    Saludos!

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