Diversas películas, distintas miradas

Vistos 12 de los 14 títulos de la Competencia Internacional del 27º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata que finalizó el pasado domingo, conforta el parejo nivel de calidad y lo diverso de las propuestas.

  • Student, de Kazajistán, dirigida por Darezhan Omirbayev, y Night of silence, producción turca de Reis Çelik, tienen en común su parquedad y su falta de demagogia para exponer el padecimiento de personajes obligados a vivir en una sociedad con reglas que no comparten. En el primer caso, un joven que se siente íntimamente desesperado en medio de una sociedad violenta y exitista; en el otro, un ex presidiario y una niña forzados a casarse por arcaicas tradiciones: ambas películas no pueden sino terminar trágicamente. Dostoievski y Bresson laten en el film de Omirbayev, que –a pesar de algunos subrayados alegóricos– con su expresivo empleo del fuera de campo y la dramática belleza de sus encuadres retrata admirablemente a un personaje que parece encarnar la disconformidad y la angustia ante mezquindades dominantes. Fue, sin dudas, una de las películas más relevantes de la selección internacional. Al público y al jurado les gustó más, sin embargo, la de Çelik, que probablemente incomode menos por poner en tela de juicio prácticas ajenas a nuestra cultura occidental. Espléndidamente fotografiada y actuada, creando interés y tensión en torno a un solo hecho, casi en tiempo real y prácticamente en un solo ambiente, la resiente el excesivo peso de sus diálogos, adquiriendo apariencia de obra teatral.
  • La rumana Domestic (Adrián Sitaru) y la china Memories look at me (Song Fang) coinciden en recurrir a extensos planos fijos y dilatadas conversaciones para capturar la esencia de la intimidad familiar, aunque con el mismo punto de partida se abren hacia terrenos diferentes. La de Sitaru sorprende por un escrupuloso trabajo con el color y el movimiento de los personajes en el plano, por la gracia con la que plasma los ritos agrios de la vida cotidiana, por la fluidez con la que cruza charlas a veces disparatadas, por el dibujo certero de lo doméstico en el que interactúan con naturalidad adultos, chicos y mascotas. Si bien por momentos toma demasiado de la estructura del vodevil, por su vitalidad y su minuciosa construcción estuvo entre lo más lúcido de la competencia. La película china, a su vez (registrando sin estridencias las charlas de una muchacha con sus padres durante las que van aflorando recuerdos), es gris y melancólica. Fang simplemente escucha y observa, con una pasividad algo insatisfactoria.
  • La francesa Augustine (Alice Winocour), la co-producción islandesa-noruega The deep (Baltasar Kromákur) y la estadounidense Starlet (Sean Baker) son películas de anti-héroes vulnerables y queribles, narrativamente clásicas, eficaces y emotivas. Las dos primeras están basadas en hechos reales: la historia de una mucama (encarnada por la joven cantante Soko, muy extrovertida en su contacto con el público durante el festival) víctima de violentos ataques, por los que termina siendo objeto de estudio a comienzos del siglo pasado, y la de un obeso pescador que sobrevive asombrosamente a un naufragio en 1984. Severa la primera, más distendida y vivaz la segunda, intensas ambas, no eluden fórmulas del melodrama romántico o el relato de aventuras, con imágenes de las personas reales asomando en el momento de los créditos finales. Por su parte, Starlet tiene a su favor cierta liviandad y frescura, mostrando el imprevisto vínculo entre una chica que se gana la vida como actriz porno y una anciana algo malhumorada.
  • En El muerto y ser feliz, co-producción francesa-española-argentina dirigida por Javier Rebollo, y Sightseers, del inglés Ben Weathley, hay una mirada poco complaciente sobre el turismo, ejercido con displicencia por un decadente criminal en el primer caso y con instintos asesinos por una pareja en el segundo. Ambas tienen momentos divertidos, pero cuesta volver a ver a José Sacristán hablando con cierta pedantería de los argentinos (como en Un lugar en el mundo y otras) y entender los motivos del sadismo con el que Weathley trata a sus personajes (trayendo a la memoria a Tiranosaurio, película inglesa vista en Mar del Plata el año pasado).
  • También formó parte de esta sección la brasileña O som ao redor (Kleber Mendonça Filho), que, en algún punto, se toca con la mexicana Post Tenebras Lux (Carlos Reygadas), que participó de la Competencia Latinoamericana: la intromisión en el seno de familias acomodadas que permite revelar desigualdades, violencias ciertas o agazapadas, desapacibles lazos familiares. La película de Mendonça Filho parece una telenovela que todo el tiempo se desvía y enrarece. Es un fresco naturalista atravesado por una sensación de incomodidad y de miedo, con muchos personajes que desconfían unos de otros. La de Reygadas, claro, es otra cosa: tras uno de los comienzos más brillantes vistos en cine en mucho tiempo (con una nena perdida en medio de una estremecedora tormenta), el film se disgrega estética y narrativamente: experimenta deformando los bordes de la imagen, inquieta mostrando a un Diablo que husmea habitaciones de noche, combina momentos que parecen contradecirse (ricos hablando banalidades como en un culebrón, parejas de edad madura juntas y desnudas en un baño turco que parece salido de un sueño, escenas dignas de un film de terror). Lo suyo es caprichoso pero sacudidor.
  • Finalmente, en materia de cine argentino, algunas películas exhibidas puede decirse que responden a tendencias bastante claras. El impenetrable, de Daniele Incalcaterra y Fausta Quattrini, sobre intereses en torno a la posesión de tierras en el Chaco paraguayo, tiene un valor testimonial incuestionable, pero el planteo –típicamente televisivo– con viajes, encuentros, discusiones y deducciones registrados generalmente con cámara en mano, no se aparta de un modelo de documental ya institucionalizado. En Samurai, Gaspar Scheuer imagina un encuentro entre un joven samurai y un gaucho en la Argentina de fines del siglo XIX sin el vuelo esperado, repitiendo el frío preciosismo de su anterior El desierto negro (2007): de alguna manera, parece continuar el camino de Aballay (2010, Fernando Spiner), con ese interés por recuperar un cine de aventuras con raíces históricas y nacionalistas, aunque en este caso los condimentos de acción y violencia se hacen desear.
  • La corporación, de Fabián Forte, y De martes a martes, de Gustavo Triviño, responden a un cine de ficción fuertemente sostenido en las formulaciones del drama de suspenso, con eficacia narrativa y el atractivo de actores conocidos. La película de Forte, sobre un empresario con una vida artificial (como The Truman Show pero con aceptación del protagonista), aunque formalmente rasa, presenta un guión muy sólido y una vuelta de tuerca final nada complaciente. El molde es Nueve reinas (2000, Fabián Bielinsky), aunque aquí no es dinero lo que se busca sino compañía y afecto. La de Triviño, en tanto, comienza con un acertada pintura de personajes porteños, hecha de detalles y pequeñas miserias, generando interés al ir revelando la rutina de su protagonista (un hombre de físico temerario pero carácter pacífico), pero su problema es que pretende denunciar los abusos sexuales en Argentina no desde la mirada de una mujer violada sino desde la de un hombre que es testigo pasivo de una violación. Incluye, asimismo, una innecesaria escena de violencia imaginada y cae en el facilismo de poner como violador a un personaje de buena posición económica, a quien el humilde protagonista termina extorsionando (¿qué hubiera pasado si hubiera sido un amigo suyo o alguien de su misma extracción social?). Otra vez en el cine argentino una película con personajes fascinados por el dinero y convencidos de que manejarse por fuera de la Justicia no sólo no tiene nada de malo, sino que, además, es una muestra de astucia.
  • Una mirada sobre el cine indudablemente distinta es la de los jóvenes realizadores Juan Diego Kantor y Eduardo Crespo, presentes en la Competencia Argentina con Buscando al huemul y Tan cerca como pueda respectivamente. Ya el origen de sus proyectos marca una diferencia: Kantor (italiano formado como realizador audiovisual en Rosario) realizó su documental seducido por la búsqueda de un huidizo animal en extinción por parte de un joven mapuche, en tanto el entrerriano Crespo llegó a su primer largometraje procurando plasmar los sentimientos que le transmiten su gente, su familia, su pueblo. Hay en ambas una sensible, saludable necesidad de mirar, de acompañar, de comprender. Lejos del mundanal ruido, documentando la aventura de dos amigos que parecen cowboys apocados en busca de un sueño, o intentando apresar las sutiles sensaciones que provocan las conversaciones de entrecasa o un silencioso baño en el río.

Por Fernando Varea

Imagen: fotograma de Student.
Balance del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata 2011 aquí

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2 pensamientos en “Diversas películas, distintas miradas

  1. Creo que entendí perfectamente lo que vi. Tal vez el que no tuvo muy claras las cosas fue el director: abuso sexual, chantaje, complicidad con un violador e inacción de la Justicia no son temas para tratar tan a la ligera.

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